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El sol de domingo en Madrid no perdona.

PARTE 1

El sol de domingo en Madrid no perdona.

Ese sol que se cuela por las persianas a medio bajar y te recuerda que hoy toca comida familiar.

Marta estaba en el pasillo, revisando por quinta vez la mochila del pequeño Dani.

Llevaba agua, toallitas, una manzana cortada en gajos y, por supuesto, el objeto de la discordia.

El casco.

No era un casco cualquiera.

Era un casco con forma de tiburón, con su aleta superior y unos dientes pintados que parecían decir: “aquí no entra ni un rasguño”.

Marta lo acarició como quien acaricia una reliquia sagrada.

En la cocina, el sonido de la cafetera de rosca anunciaba que Paco, su suegro, ya estaba operativo.

Paco era de esa generación que desayuna un café solo con un chorrito de algo “para alegrar el cuerpo” y un palillo en la boca.

Un hombre forjado en una época donde las rodillas peladas eran un galón de guerra.

Marta suspiró, anticipando el debate nacional que se avecinaba.

Salió al salón y allí estaba él, sentado en el sofá, mirando el telediario con el volumen demasiado alto.

Paco se giró al verla y sus ojos se posaron directamente en el casco de tiburón.

Soltó una risita seca, de esas que significan “vaya tela con los modernos”.

—¿A qué profundidad se va a sumergir el niño hoy, Marta? —preguntó Paco con sorna.

Marta no picó el anzuelo, al menos no todavía.

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