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¡HARFUCH REVIENTA CONVOY de 11 SICARIOS en SINALOA; FUERZAS ESPECIALES Y HELICOPTEROS ARTILLADOS! ư

¡HARFUCH REVIENTA CONVOY de 11 SICARIOS en SINALOA; FUERZAS ESPECIALES Y HELICOPTEROS ARTILLADOS! ư

Atención. Helicópteros militares desplegados sobre la sierra. Fuerzas especiales cerrando brechas en la oscuridad. Cientos de disparos, 11 sicarios abatidos y el arsenal más brutal que cualquier célula del cártel de Sinaloa ha concentrado en un solo punto en lo que va del año. Omar García Harfush activó el protocolo desde Culiacán antes de que el sol tocara los cerros de Mocorito.

 Ordenó cerrar el cerco en silencio. Diseñó la trampa semanas antes y la ejecutó en brechas de terracería donde nadie graba, nadie pregunta y nadie sale corriendo a contarlo. Lo que ocurrió en Santiago de Comanito no fue un enfrentamiento, fue una ejecución táctica planificada y dejó sobre la tierra seca de Sinaloa ocho fusiles Barret calibre 50, 24 ametralladoras de guerra y un secreto queena todavía no ha explicado públicamente.

 Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Uno de esos Barred tiene grabado un número de serie que lleva directo a una bodega militar en Sonora. Alguien armó a este convoy desde adentro. Vamos a llegar ahí. Pero primero necesitas entender quién dio la orden de mover ese armamento esa noche y por qué esa persona no estaba en ninguna de las camionetas cuando llegaron los helicópteros.

 Porque esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harfuch. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo. Mocorito no aparece en los titulares normalmente. Es un municipio de parcelas abiertas, caminos sin nombre, comunidades donde el silencio tiene más capas que el ruido. Enclavado en la sierra sinalo rodeado de elevaciones que cambian la visibilidad en segundos.

 un cerro aquí, una curva allá y de repente no ves lo que viene desde el otro lado. Es exactamente la geografía que los grupos armados del cártel de Sinaloa han explotado durante años para mover armamento personal y cargamento sin ser detectados. La célula que operaba en esa zona no era un grupo de novatos improvisados con pistolas viejas.

 Controlaba corredores de movilidad en al menos cuatro municipios de la sierra. financiaba retenes informales en caminos secundarios. Reclutaba localmente con dinero y con miedo. Mantenía comunicación encriptada con mandos regionales en Culiacán a través de frecuencias que rotaban cada 48 horas. Tenían logística, tenían inteligencia propia y tenían la convicción completamente equivocada, como estaban a punto de descubrir, de que sabían cuándo y dónde podían moverse sin que nadie los viera.

 Su error de cálculo no fue uno, fueron tres decisiones que parecieron inteligentes y que en retrospectiva sellaron su destino con semanas de anticipación. Pero había algo que ellos no sabían todavía. Desde la Secretaría de Seguridad en Ciudad de México, el patrón de movimientos de esa célula había sido identificado con precisión quirúrgica, no por un soplón, no por una llamada anónima a un número de emergencias, sino por algo que no falla, que no negocia y que no duerme.

Los datos, frecuencias de radio interceptadas, rutas trazadas por dron, vehículos fotografiados en puntos de control y cruzados contra bases de datos federales. El perfil completo de la célula estaba construido antes de que ellos supieran que alguien los estaba construyendo. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo.

 El primer error lo cometieron tres semanas antes del operativo y en ese momento desde adentro parecía la decisión más inteligente que podían tomar. La célula mantenía su armamento disperso en tres puntos distintos de la sierra, un protocolo de seguridad que habían respetado durante meses sin excepción. Fraccionar el arsenal significaba que ningún golpe podía desarmarte de un solo movimiento.

Era lógica de guerrilla y funcionaba. Pero el jefe de la célula decidió cambiar el protocolo, concentrar todo en un solo traslado, los ocho Barret, las 24 ametralladoras, los 34 AK, los miles de cartuchos, todo en un convoy único. La lógica era eficiencia, menos movimientos, menos exposición, menos oportunidades para que alguien viera algo en el camino equivocado.

 Lo que no sabía era que esa concentración inusual de vehículos pesados y blindados en movimiento nocturno activó un patrón de alerta en el sistema de análisis satelital del Centro Nacional de Inteligencia. Ese tipo de agrupamiento no es rutinario, es una firma operativa y la firma quedó registrada desde el primer movimiento.

 Desde ese momento había un expediente abierto con la ruta probable del convoy y el nombre del responsable de ordenar el traslado. Ese fue el primero. El segundo error llegó 4 días antes del operativo. Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. Para el traslado eligieron tres camionetas con blindaje artesanal. Vehículos conocidos, vehículos que ya habían usado, vehículos en los que confiaban.

 El problema era que esas mismas unidades habían sido utilizadas dos semanas antes en un retén ilegal en Badirahuato. Una cámara de vigilancia las captó. Una patrulla del ejército fotografió sus placas en ese punto y los datos entraron al sistema federal esa misma noche. La noche del miércoles a las 11:40 horas, una patrulla militar los identificó repostando en una gasolinera de mocorito.

 Transmitió las placas por radio encriptada y siguió de largo sin detenerse. Los hombres del convoy vieron alejarse las luces de la patrulla y respiraron. Creyeron que nadie los había visto. Creyeron que tuvieron suerte. Lo que no sabían era que esa patrulla tenía órdenes explícitas de no intervenir bajo ninguna circunstancia.

 Solo confirmar posición, solo cerrar el último punto del mapa antes de activar el cerco. La trampa ya estaba completamente diseñada, solo faltaba que ellos llegaran al lugar correcto y se quedaran quietos. El tercer error lo cometieron en la madrugada del jueves y fue el más costoso de todos, precisamente porque fue el más razonable.

 El convoy decidió no moverse de noche. Pernoctaron en una zona de brechas cerca de Santiago de Comanito, esperando la primera luz del día para continuar. Calcularon que las horas de oscuridad eran más peligrosas para ellos, que era mejor esperar, que quedarse quietos era lo más prudente que podían hacer. Esa quietud los mató.

 A la 1:17 de la madrugada, un dron militar de ala fija los había localizado. Voló sobre ellos durante más de 4 horas sin emitir sonido audible desde tierra. Con todos los vehículos, estimó el personal. Registró coordenadas exactas en tiempo real. Para las 6:00 horas, Harfush tenía el cuadro completo, número de unidades, posición exacta, estimación de efectivos y la confirmación de que todo el armamento estaba concentrado en ese único punto.

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