En el vasto y hostil territorio de la Alta Guajira, donde el viento arrastra la arena y las fronteras se desdibujan entre la aridez del paisaje, ha surgido una figura que combina la brutalidad del paramilitarismo tradicional con la inmediatez de la era digital. Se trata de Onaín Andrés Pérez, conocido en el bajo mundo y ahora en las pantallas de miles de teléfonos como Alias Naín o “El Bendito Menor”. Este joven de apenas 25 años, cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra, ha logrado lo que pocos criminales veteranos se atrevieron a hacer: poner en ridículo al aparato de seguridad del Estado colombiano utilizando nada más que un teléfono celular y una conexión intermitente a internet.
La historia de Naín no es solo la de un delincuente en ascenso; es el reflejo de una preocupante metamorfosis del crimen organizado en Colombia. Ya no se trata únicamente de ocultarse en las montañas o en la selva; ahora, el objetivo es ser visto, ser viral y, sobre todo, demostrar que se tiene el control total de un territorio donde la presencia del Estado es, en el mejor de los casos, un rumor lejano. Sin embargo, esta exposición mediática que Naín utiliza como escudo y arma de propaganda parece estar convirtiéndose en su propia sentencia d
e muerte.
El fenómeno del “Narcotiktoker”

Alias Naín ha sabido explotar las redes sociales —especialmente TikTok e Instagram— para construir una imagen de “dueño y señor” de la Guajira. En sus videos, se le ve recorriendo las “trillas” del desierto en camionetas 4×4, rodeado de hombres armados y enviando mensajes directos y desafiantes al presidente Gustavo Petro. Para los expertos en seguridad, Naín es un “fenómeno interesante”, una readaptación del delito a las dinámicas sociales actuales. No solo utiliza las redes para alardear de su poder, sino también como una herramienta de reclutamiento masivo.
Según denuncias de defensores de derechos humanos como Norma Vera, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra han llegado a publicar ofertas de empleo en redes sociales, ofreciendo salarios de hasta un millón y medio de pesos para jóvenes que quieran unirse a sus filas. La respuesta fue aterradora: más de 5,000 mensajes en menos de dos horas. En una región donde la deserción escolar es alarmante y las oportunidades laborales son casi inexistentes, la figura del “narcotiktoker” se vuelve un modelo a seguir para las nuevas generaciones, que ven en las armas y el dinero fácil una salida a la pobreza estructural.
Un cerco binacional y la sombra de la DEA
A pesar de su aparente invulnerabilidad, el tiempo se le agota al “Bendito Menor”. Su audacia de declarar objetivo militar al presidente Petro y sus constantes burlas a la Fuerza Pública han elevado su estatus a “objetivo de alto valor estratégico”. Actualmente, no solo el Gaula policial y militar, junto con el Ejército Nacional, están tras sus pasos; la inteligencia de los Estados Unidos, a través de la DEA, ha empezado a colaborar activamente en su localización.
La presión ha escalado a niveles diplomáticos. Se sabe que existe una conversación de alto nivel entre el gobierno de Colombia y representantes de Venezuela para coordinar un cerco fronterizo. Alias Naín ha utilizado el territorio venezolano como una “retaguardia estratégica” o santuario, aprovechando la porosidad de la frontera y los niveles de corrupción que facilitan el movimiento de actores armados. Sin embargo, el pacto para dar con su captura o darlo de baja parece ser inminente. Las autoridades estiman que no le queda más de un mes de libertad.
El desafío geográfico: La trampa de arena
Capturar a Naín no es una tarea sencilla. La Alta Guajira es un laberinto de arena y viento donde la tecnología convencional a menudo falla. En este desierto, la navegación no depende de satélites, sino de seguir las “trillas” o huellas dejadas por vehículos anteriores. Una tormenta de arena puede inutilizar cualquier equipo de búsqueda satelital en cuestión de segundos, dejando a las tropas en tierra a merced del clima extremo.
Además, Naín se refugia en rancherías indígenas Wayú que carecen de servicios básicos como luz, agua potable o internet. Esta falta de infraestructura, paradójicamente, lo protege de la vigilancia electrónica. Existe también un factor social complejo: en estas zonas, los grupos armados a menudo construyen una “gobernanza criminal” que les otorga cierto grado de legitimidad ante la ausencia del Estado. El miedo, sumado a los favores o la protección que estos grupos brindan a las comunidades, crea una red de silencio difícil de romper, incluso con una recompensa de mil millones de pesos sobre la mesa.
La guerra interna por el control del Caribe
El ascenso de Naín no ha pasado desapercibido para otros grupos criminales. En la región existe una disputa sangrienta entre las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra y el Clan del Golfo por el control de las rutas de exportación de cocaína hacia el Caribe. La Guajira, y específicamente zonas como Bahía Portete, son puntos estratégicos de alto valor debido a su calado natural, que permite la entrada de buques medianos para ser cargados con alcaloides lejos de cualquier radar policial.
A esta guerra se suman grupos como el “Frente Contrainsurgencia Guayú”, que se ha reorganizado para colaborar con otros actores armados y expulsar a la estructura de Naín del territorio. Los panfletos amenazantes y los enfrentamientos en las zonas rurales han convertido la vida de los campesinos e indígenas en un calvario constante. Naín es visto por algunos de sus propios jefes veteranos como alguien que “habla demasiado” y que, con su exposición mediática, está atrayendo una atención innecesaria que perjudica los negocios ilícitos de la organización.

¿Un final anunciado?
Para los analistas que siguen de cerca el conflicto en el Caribe colombiano, el desenlace de la historia de Alias Naín es predecible y probablemente fatal. Al haber nacido en medio de la guerra, jóvenes como él no han conocido otra forma de supervivencia que la violencia. Sin embargo, su decisión de convertir el crimen en un espectáculo público lo ha dejado sin aliados reales y con el peso de dos Estados sobre sus hombros.
El fenómeno de los “narcotiktokers” marca un punto de inflexión. Si el Estado no logra intervenir con educación y oportunidades en regiones como el Magdalena y la Guajira, la captura o muerte de Naín solo dará paso al surgimiento de otros “benditos menores”. Mientras tanto, la recompensa de mil millones sigue vigente, y el cerco en la frontera colombo-venezolana se estrecha cada vez más. El joven que se creía dueño del desierto y de las redes sociales está a punto de descubrir que, en el mundo real, los algoritmos no pueden salvarte de un operativo de inteligencia militar.