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El Cardenal del que Guardó el Secreto de una Familia

Después del funeral, Esteban la interceptó junto al coche.

—Lucía, debemos hablar con calma.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Cometes un error. Remover el pasado no te devolverá lo que perdiste.

—Quizá me devuelva mi nombre.

Él sonrió con desprecio.

—Tu nombre es Salvatierra porque nosotros lo permitimos.

Lucía lo miró sin pestañear.

—No. Mi nombre es mío porque sobreviví a vosotros.

Esteban se inclinó hacia ella.

—Escúchame bien. Roma no es Madrid. El Vaticano no abre sus puertas a mujeres resentidas con delirios familiares. El cardenal Valcárcel es un príncipe de la Iglesia. Tú no eres nadie.

Lucía apretó la medalla en el bolsillo.

—Entonces no debería darte miedo que vaya.

El rostro de Esteban se endureció.

—Tu abuela murió vieja, pero no murió en paz. A veces la verdad no libera, Lucía. A veces destruye a todos los que la tocan.

—Ya me destruisteis una vez.

Subió al coche antes de que él pudiera responder.

Dos días después, Lucía viajó a Roma.

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