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MARTA SAHAGUN: Por ESTO Tenía HECHIZADO a Vicente Fox… Sus Hijos Saquearon Pemex Entero

Era la 1:30 de la madrugada del 22 de noviembre de 2002. En la residencia oficial de Los Pinos, la mayor parte de las luces ya estaban apagadas. El presidente de México, Vicente Fox Quesada, dormía en la cabaña presidencial y por los jardines, entre las palmeras que rodean la residencia, caminaba un hombre vestido con una túnica blanca larga hasta los pies.

como si fuera un obispo. Llevaba dos cocos verdes en las manos, avanzaba despacio, rezaba en voz baja, repetía un nombre y los soldados del Estado Mayor presidencial, los hombres encargados de cuidar la vida del presidente, lo miraban pasar sin atreverse a pararlo, porque ese hombre tenía permiso. Lo había dado la primera dama, la esposa del presidente, la señora Marta Saagún de Fox.

El hombre de la túnica era cubano, le decían el padre Campos. Y entraba a Los Pinos por las noches a hacer los trabajos que la primera dama le pedía. Trabajos de santería, rituales con sangre, con cocos partidos, con tarántulas vivas clavadas a fotografías de los enemigos políticos, trabajos pagados con dinero del herario.

Y todo esto está documentado con nombres y con fechas en tres libros publicados por periodistas serios entre 2003 y 2008. La argentina Olga Warnat lo contó primero, después lo amplió José Gil Olmos en una investigación que tardó 4 años en hacer y la mexicana Anabel Hernández remató el cuadro con datos de auditoría que nadie ha podido desmentir.

Escúchame bien, lo que te voy a contar hoy no es una historia de brujería ni de telenovela, es una historia real. está documentada y explica por qué el sexenio de Vicente Fox, el presidente que prometió el cambio, terminó como terminó. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que la prensa rosa de aquellos años no se atrevió a contarte.

Primero vas a saber quién era exactamente el padre Campos, cuánto cobraba por sus trabajos y por qué el presidente más popular de México en 40 años no podía decirle que no a la mujer que dormía a su lado. Segundo, vas a conocer el nombre de la empresa por la que los tres hijos de Marta Saagún cobraron contratos de Pemex por más de 6000 millones de pesos y la fecha exacta en que esa empresa pasó de estar a punto de ser embargada a convertirse en la consentida del gobierno mexicano.

Tercero, vas a conocer a Lilian de la Concha, la primera esposa de Vicente Fox, la mujer que crió a los cuatro hijos del presidente durante 20 años y lo que le pasó a su vida el día en que Marta Saagún cruzó por primera vez las puertas de Los Pinos. Y cuarto, vas a entender por qué Marta hoy vive callada en su rancho de Guanajuato, mientras el caso más grande de saqueo de Pemex no tiene un solo culpable en prisión.

¿Y por qué un solo apellido García Luna, explica el final completo de toda esta historia? Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera dentro de la casa más vigilada del país, tienes que volver atrás. Tienes que volver a una noche de julio de hace 25 años. Una noche que tú probablemente recuerdas porque la viste por televisión.

Una noche que cambió México y que también cambió a una mujer que entonces casi nadie conocía. Si tienes más de 60 años, acuérdate conmigo, porque esa noche no la olvida nadie. Era el 2 de julio del año 2000, domingo de elecciones. Tú estabas en tu casa con tu familia, con la televisión prendida en Televisa o en TV Azteca esperando los resultados.

Llevabas 71 años escuchando a tus papás y a tus abuelos hablar del PRI como si fuera una sombra que nunca se iba. Y esa noche a las 11 de la noche con40 minutos, el consejero presidente del Instituto Federal Electoral, José Walenberg, salió en cadena nacional y reconoció lo que parecía imposible. El candidato del partido a Acción Nacional, un guanajuatense alto, con bigote, con botas, con voz fuerte, había ganado la presidencia de la República.

Vicente Fox Quesada se convertía en el primer presidente no priista de México desde 1929. Era el fin de una época, era el principio de otra. Y tú en tu sala que sentiste que algo histórico estaba pasando. Lloraste, brindaste, llamaste a tu hermana. Tu mamá, si todavía estaba contigo, dijo que nunca pensó que iba a vivir para verlo.

Esa misma noche, en una calle del fraccionamiento Santa Cecilia de la ciudad de León, Guanajuato, una mujer también lloraba. Se llamaba Lilian de la Concha Estrada. Tenía 48 años. Había sido la esposa de Vicente Fox durante 19 años. Desde 1972 habían adoptado juntos cuatro hijos, Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo.

Lo había acompañado en sus campañas primero como diputado, después como gobernador de Guanajuato. Habían vivido en el rancho San Cristóbal, criando los caballos de raza, los avestruces que Vicente había traído de Sudáfrica. Lilian fundó una casa hogar para niños abandonados, la casa cuna amigo Daniel, y se pasaba los días dándoles biberón a los bebés que llegaban en las madrugadas.

Era una mujer creyente, católica, practicante, que cuando se casó por la Iglesia el 18 de marzo de 1972 en la Iglesia de Nuestra Señora del Rayo, dijo lo que todas las mujeres católicas de México decían entonces, hasta que la muerte nos separe. Lo que finalmente los separó no fue la muerte que ella había prometido en el altar, fue otra mujer.

Lilian llevaba 9 años divorciada de Vicente cuando él ganó la elección, pero todavía decía en cada entrevista que le hacían lo que para ella era una verdad religiosa. Lo que Dios ha unido no lo separa el hombre. Esa frase la repetía como una oración, como si el divorcio civil del año 1991 no contara, como si el hombre con el que había compartido 24 años de su vida fuera a regresar, tarde o temprano al hogar que habían construido juntos.

Cuando Fox ganó la presidencia, Lilian incluso dijo en una entrevista que tenía esperanzas de un proceso de reconciliación. Esa frase salió publicada el 5 de julio del año 2000, tr días después de la elección. Lo que Lilian todavía no sabía esa noche, lo que iba a saber en pocos meses, era que mientras ella seguía esperando, dentro del equipo de campaña de Fox había una mujer que llevaba años trabajando para que esa reconciliación nunca ocurriera.

una mujer que había pasado de ser candidata, derrotada a la alcaldía de Celaya en 1994, a ser vocera del candidato presidencial, una mujer que había aprendido el oficio de la política en el PAN de Guanajuato, en los años en los que ese partido era todavía la oposición que nadie tomaba en serio. Una mujer divorciada con tres hijos varones, hija de un médico de un pueblo de Michoacán llamado Zamora.

Esa mujer se llamaba Marta María Saagún Jiménez y estaba a punto de convertirse en la primera dama más poderosa que ha tenido México, la que en Los Pinos, a sus espaldas los altos funcionarios empezaron a llamar con un solo apodo. La jefa. Acuérdate de ese nombre. La jefa, lo vas a necesitar para entender el final.

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