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Todas Querían Casarse Con El Duque… Pero Él Eligió A La Única Que Jamás Debía Estar Allí

Todas querían casarse con el duque.

Todas menos una.

Ella estaba de pie junto a la puerta de servicio, con un vestido azul oscuro que no era suyo, las manos temblando alrededor de una bandeja vacía y los ojos clavados en el suelo como si mirar demasiado alto pudiera condenarla.

Se llamaba Inés Aranda.

Y jamás debió estar allí.

—Esa muchacha no puede permanecer en esta casa —susurró la marquesa Beatriz de Valcárcel, tía del duque, apretando los dedos contra el abanico de nácar—. Si alguien descubre quién es, esta noche se convertirá en un escándalo.

—El escándalo ya está aquí —respondió don Álvaro, hermano menor del difunto duque, con una sonrisa torcida—. Solo falta que Adrián lo vea.

En el centro del salón, Adrián permanecía inmóvil bajo el retrato de sus antepasados. Tenía treinta y cuatro años, la mirada cansada de un hombre que había heredado demasiado pronto y una cicatriz fina junto a la ceja izquierda que ninguna dama se atrevía a mencionar. A su alrededor, las familias nobles se movían como lobos vestidos de seda.

Su prima Leonor, vestida de blanco perla, ya se comportaba como duquesa. Su padre había negociado durante meses. Su madre había enviado invitaciones cuidadosamente calculadas. Hasta el viejo sacerdote de la familia había sido advertido de que, si todo salía bien, quizá habría boda antes de Navidad.

Pero entonces apareció Inés.

No entró por la escalera principal, ni fue anunciada por un lacayo. Llegó empapada por la lluvia, con el dobladillo manchado de barro, buscando a su hermano menor, Tomás, que había desaparecido esa tarde después de recibir una carta sellada con el escudo de Valcárcel. Nadie le explicó nada. Nadie quiso escucharla. Un mayordomo la confundió con una ayudante de cocina y la obligó a ponerse aquel vestido prestado para servir durante la gala.

Ella aceptó porque necesitaba entrar.

Porque su hermano estaba dentro.

Porque, veinte años atrás, su madre había salido de aquella misma casa esposada, acusada de robar las joyas de la duquesa y de incendiar el ala oeste donde murió una niña.

La niña que todos creyeron enterrada.

La niña cuyo nombre nadie pronunciaba.

Cuando Adrián levantó la vista y vio a Inés al otro lado del salón, el mundo entero pareció detenerse. La música siguió sonando, las copas siguieron brillando, las damas siguieron sonriendo, pero algo en el rostro del duque se quebró.

Porque aquella joven tenía los ojos de alguien que él había amado antes de aprender a odiar.

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