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El Día que Murió Sharon Tate: La Biografía de una Estrella, la Sombra de Polanski y la Masacre de Charles Manson

Existen fechas que quedan grabadas con sangre en la memoria colectiva de la humanidad, días en los que la inocencia de toda una época parece desvanecerse de un solo golpe. El nueve de agosto de mil novecientos sesenta y nueve es, indiscutiblemente, una de esas fechas. Lo que debía ser la vida de ensueño de una de las actrices y modelos estadounidenses más prometedoras de la década de los sesenta, se transformó abruptamente en el escenario del crimen más atroz, mediático y perturbador en la historia de Hollywood. Sharon Tate no fue solamente un ícono ineludible de la moda y de una generación que predicaba la libertad y el amor; fue una mujer talentosa, dulce y políglota cuyo destino se cruzó de manera fatal con la locura desenfrenada de Charles Manson. Su vida, marcada por una profunda timidez, relaciones complejas, un matrimonio dominante y un trágico final, es un relato desgarrador que sigue estremeciendo al mundo más de medio siglo después.

Los Primeros Años: Una Vida Nómada y la Búsqueda de Identidad

Sharon Mary Tate llegó al mundo el veinticuatro de enero de mil novecientos cuarenta y tres en la ciudad de Dallas, Texas, en Estados Unidos. Fue la primogénita de un matrimonio de clase media alta conformado por Paul James Tate, un respetado militar del ejército de los Estados Unidos, y Doris Gwendolyn, una dedicada ama de casa. Posteriormente llegarían sus dos hermanas menores, Patricia y Debra. Debido a que su padre fue nombrado coronel, la dinámica familiar estuvo dictada por los constantes traslados y mudanzas exigidas por las obligaciones militares. La crianza de Sharon se desarrolló en un entorno que, aunque estable y amoroso, era irremediablemente nómada.

Este constante ir y venir por diferentes estados y bases militares le generó a la joven Sharon profundas dificultades para echar raíces y forjar amistades duraderas. A lo largo de su infancia y adolescencia, llegó a vivir en seis lugares completamente diferentes y tuvo que matricularse en seis colegios distintos. Esta inestabilidad geográfica moldeó su carácter, dotándola de una personalidad sumamente retraída, insegura y extremadamente tímida. Justo cuando la adolescente creía que por fin encontraría un lugar donde estabilizarse, su padre recibió una nueva orden de transferencia militar, esta vez cruzando el océano Atlántico hacia Italia.

Toda la familia se trasladó al país europeo, y fue en la pintoresca ciudad de Verona donde Sharon finalmente logró culminar sus estudios secundarios, graduándose en el año mil novecientos sesenta y uno. Fue allí, lejos de su país natal, donde floreció. Logró construir buenas amistades y, casi por accidente, se convirtió en una celebridad local tras aparecer en la portada del periódico militar “Stars and Stripes”, deslumbrando a todos con una fotografía suya en traje de baño. Ese fue apenas el preludio de su contacto con la fama. A los dieciséis años, su innegable belleza angelical la llevó a ganar un concurso de belleza, coronándose con el título de Miss Richland. A partir de ese momento, continuó apostando por su estética y fue galardonada con diversos títulos que eventualmente le abrirían las puertas para realizar apariciones en películas de bajo presupuesto.

A pesar de estos incipientes éxitos frente a las cámaras, Sharon no visualizaba el mundo del entretenimiento como una vocación a largo plazo. Su verdadera pasión, aquello a lo que deseaba dedicar su futuro, era el estudio de la psiquiatría. Sin embargo, el destino tenía preparados otros planes para ella. La chispa del cine se encendió definitivamente cuando Sharon y su grupo de amigos se enteraron de que una gran producción de Hollywood, titulada “Hemingway’s Adventures of a Young Man”, se estaba rodando en las cercanías. El elenco de la cinta incluía a personalidades de la talla de Paul Newman, Susan Strasberg y Richard Beymer. Atraídos por la curiosidad de estar cerca de sus ídolos, Sharon decidió anotarse para participar como extra. Sabía que el dinero adicional no le vendría mal y que sus cualidades físicas probablemente jugarían a su favor. Aquella aventura adolescente fue la puerta de entrada a un universo que cambiaría su existencia para siempre.

El Difícil Ascenso a la Pantalla Grande y los Primeros Amores

Durante el rodaje de aquella película, la deslumbrante belleza de Sharon Tate no pasó desapercibida. Fue el actor Richard Beymer quien la descubrió entre la multitud de extras. Cautivado por su presencia, el actor se presentó, la cortejó y pronto iniciaron un noviazgo. Aunque la relación amorosa no prosperó y duró poco tiempo, Beymer le brindó el impulso de confianza necesario para que la joven se animara seriamente a perseguir una carrera actoral en el cine.

El siguiente paso en su incipiente trayectoria llegó en el año mil novecientos sesenta y uno, cuando fue contratada por el popular cantante Pat Boone para aparecer en un especial de televisión que el artista grabó en las góndolas y canales de Venecia. Al año siguiente, en mil novecientos sesenta y dos, Sharon consiguió un pequeño rol en la épica película “Barrabás”, la cual se encontraba filmando escenas en las cercanías de Verona. Allí, la estrella de Hollywood Jack Palance la conoció y quedó profundamente impresionado por su porte y actitud. Esta conexión derivó en una oportunidad dorada: invitaron a Sharon a Roma para realizar una prueba de cámara profesional y evaluar formalmente sus dotes histriónicos.

Lamentablemente, el resultado fue un completo desastre. Sharon carecía de experiencia técnica, y la paralizante timidez que arrastraba desde su solitaria infancia se trasladó brutalmente a la pantalla. La desilusión fue inmensa, lo que la llevó a tomar la drástica decisión de viajar de regreso a los Estados Unidos para retomar sus estudios, decidida a sepultar aquel sueño fugaz de convertirse en estrella. Sin embargo, una vez instalada en su país, descubrió que la psiquiatría ya no encendía en ella la misma pasión de antaño. La llama de la actuación, aunque débil, se negaba a extinguirse.

Comenzó a obtener papeles ínfimos, trabajando como extra o en roles secundarios en diversas series. La impaciencia la consumía, pero su representante le exigió calma, asegurándole que solo necesitaba adquirir confianza en sí misma para que su carrera despegara por inercia. En mil novecientos sesenta y tres, Tate firmó un exigente contrato por siete años con el agente Martin Ransohoff. Como parte de su entrenamiento para ganar experiencia frente a las cámaras sin exponerla a críticas severas, Ransohoff le consiguió pequeños papeles en exitosas comedias televisivas como “Mister Ed” y “The Beverly Hillbillies”. Era una estrategia calculada para mantenerla en las sombras hasta que estuviera verdaderamente lista para asumir protagónicos.

Durante esta época de transición, la vida sentimental de Sharon fue tumultuosa. Conoció al apuesto actor francés Philippe Forquet, con quien inició un apasionado romance que culminó en compromiso. Sin embargo, la unión estaba destinada al fracaso. Las peleas eran constantes y sumamente violentas, escalando hasta el punto de la agresión física, lo que provocó que la actriz tuviera que ser hospitalizada en una ocasión para ser tratada por sus heridas. Tras romper este destructivo compromiso, en mil novecientos sesenta y cuatro conoció a Jay Sebring, un ex marinero que había construido un imperio como el estilista más cotizado y vanguardista de las estrellas de Hollywood. Sharon y Jay forjaron una relación profundamente amorosa, pero cuando él le propuso matrimonio, ella lo rechazó con dulzura, argumentando que necesitaba centrar todas sus energías en su carrera actoral. Lejos de terminar enemistados, ambos decidieron seguir siendo amigos íntimos. La lealtad de Sebring hacia Sharon fue tan inmensa que se mantuvo a su lado hasta los últimos y más aterradores segundos de su vida.

El Encuentro con Roman Polanski y el Estrellato

La perseverancia y el arduo trabajo comenzaron a rendir frutos significativos. Sharon obtuvo su primer papel cinematográfico de verdadera relevancia en el año mil novecientos sesenta y seis con la película “El ojo del diablo” (Eye of the Devil), compartiendo créditos con gigantes de la actuación como David Niven y Deborah Kerr. Aunque la cinta no logró ser un taquillazo en Estados Unidos, alcanzó una enorme popularidad en Europa, adquiriendo rápidamente el estatus de película de culto. Finalizado este rodaje, Sharon decidió prolongar su estancia en Londres, sumergiéndose de lleno en el modelaje, la vibrante vida nocturna y las exclusivas discotecas británicas. Esta liberación social permitió que su histórica timidez comenzara a disiparse gradualmente, abriendo el camino hacia el que sería el último y más trascendental amor de su corta existencia.

Fue precisamente en una de esas exclusivas fiestas londinenses donde su mirada se cruzó con la de Roman Polanski, el visionario y aclamado director de cine polaco que era la absoluta sensación del momento gracias al éxito arrollador de sus películas. La atracción fue inmediata. Dialogaron, compartieron anécdotas, confesaron sus experiencias conjuntas con ciertas drogas recreativas de la época, se sedujeron y compartieron una apasionada noche juntos. Tras aquel encuentro fugaz, sus caminos se separaron durante varios meses.

El destino volvió a unirlos cuando Polanski se encontraba inmerso en la etapa de preproducción de su película “La danza de los vampiros” (The Fearless Vampire Killers). El agente de Sharon, Martin Ransohoff, le sugirió insistentemente al director que la contratara como protagonista. Polanski, conocido por su ojo crítico, no estaba inicialmente convencido del potencial de la joven actriz, pero terminó aceptando la propuesta.

Los primeros días en el set de grabación fueron un auténtico calvario lleno de tensión. Roman Polanski era un cineasta obsesivo y perfeccionista hasta el extremo, capaz de obligar a sus actores a repetir una misma toma decenas de veces. Nunca estaba satisfecho con el desempeño de Sharon, y, carente de cualquier atisbo de piedad o tacto, la humillaba constantemente frente a todo el equipo, remarcándole a gritos que era una completa inexperta. Paradójicamente, en medio de aquel ambiente cargado de peleas, lágrimas, discusiones y presiones artísticas, la actriz y el director se enamoraron perdidamente.

Para el año mil novecientos sesenta y siete, con una autoconfianza mucho más consolidada, Sharon coprotagonizó la comedia “No hagan olas” (Don’t Make Waves) junto al legendario Tony Curtis, una cinta en la que la actriz lució su espectacular figura en bikini durante casi todo el metraje. Su consagración definitiva llegaría ese mismo año al conseguir un importante rol en “El valle de las muñecas” (Valley of the Dolls), una ambiciosa adaptación cinematográfica de un aclamado best seller literario. A pesar de que sus películas no siempre lograron romper los récords de taquilla, Sharon Tate consiguió forjar el renombre necesario y una imagen afianzada en la industria cinematográfica, obteniendo nominaciones y premios, como el Globo de Oro. Sin embargo, en la intimidad, luchaba contra la frustración de ser tratada con superficialidad por los críticos y productores, quienes a menudo valoraban más su imponente físico que su genuino talento dramático y cómico.

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