Existen fechas que quedan grabadas con sangre en la memoria colectiva de la humanidad, días en los que la inocencia de toda una época parece desvanecerse de un solo golpe. El nueve de agosto de mil novecientos sesenta y nueve es, indiscutiblemente, una de esas fechas. Lo que debía ser la vida de ensueño de una de las actrices y modelos estadounidenses más prometedoras de la década de los sesenta, se transformó abruptamente en el escenario del crimen más atroz, mediático y perturbador en la historia de Hollywood. Sharon Tate no fue solamente un ícono ineludible de la moda y de una generación que predicaba la libertad y el amor; fue una mujer talentosa, dulce y políglota cuyo destino se cruzó de manera fatal con la locura desenfrenada de Charles Manson. Su vida, marcada por una profunda timidez, relaciones complejas, un matrimonio dominante y un trágico final, es un relato desgarrador que sigue estremeciendo al mundo más de medio siglo después.
Sharon Mary Tate llegó al mundo el veinticuatro de enero de mil novecientos cuarenta y tres en la ciudad de Dallas, Texas, en Estados Unidos. Fue la primogénita de un matrimonio de clase media alta conformado por Paul James Tate, un respetado militar del ejército de los Estados Unidos, y Doris Gwendolyn, una dedicada ama de casa. Posteriormente llegarían sus dos hermanas menores, Patricia y Debra. Debido a que su padre fue nombrado coronel, la dinámica familiar estuvo dictada por los constantes traslados y mudanzas exigidas por las obligaciones militares. La crianza de Sharon se desarrolló en un entorno que, aunque estable y amoroso, era irremediablemente nómada.
Este constante ir y venir por diferentes estados y bases militares le generó a la joven Sharon profundas dificultades para echar raíces y forjar amistades duraderas. A lo largo de su infancia y adolescencia, llegó a vivir en seis lugares completamente diferentes y tuvo que matricularse en seis colegios distintos. Esta inestabilidad geográfica moldeó su carácter, dotándola de una personalidad sumamente retraída, insegura y extremadamente tímida. Justo cuando la adolescente creía que por fin encontraría un lugar donde estabilizarse, su padre recibió una nueva orden de transferencia militar, esta vez cruzando el océano Atlántico hacia Italia.
Toda la familia se trasladó al país europeo, y fue en la pintoresca ciudad de Verona donde Sharon finalmente logró culminar sus estudios secundarios, graduándose en el año mil novecientos sesenta y uno. Fue allí, lejos de su país natal, donde floreció. Logró construir buenas amistades y, casi por accidente, se convirtió en una celebridad local tras aparecer en la portada del periódico militar “Stars and Stripes”, deslumbrando a todos con una fotografía suya en traje de baño. Ese fue apenas el preludio de su contacto con la fama. A los dieciséis años, su innegable belleza angelical la llevó a ganar un concurso de belleza, coronándose con el título de Miss Richland. A partir de ese momento, continuó apostando por su estética y fue galardonada con diversos títulos que eventualmente le abrirían las puertas para realizar apariciones en películas de bajo presupuesto.
A pesar de estos incipientes éxitos frente a las cámaras, Sharon no visualizaba el mundo del entretenimiento como una vocación a largo plazo. Su verdadera pasión, aquello a lo que deseaba dedicar su futuro, era el estudio de la psiquiatría. Sin embargo, el destino tenía preparados otros planes para ella. La chispa del cine se encendió definitivamente cuando Sharon y su grupo de amigos se enteraron de que una gran producción de Hollywood, titulada “Hemingway’s Adventures of a Young Man”, se estaba rodando en las cercanías. El elenco de la cinta incluía a personalidades de la talla de Paul Newman, Susan Strasberg y Richard Beymer. Atraídos por la curiosidad de estar cerca de sus ídolos, Sharon decidió anotarse para participar como extra. Sabía que el dinero adicional no le vendría mal y que sus cualidades físicas probablemente jugarían a su favor. Aquella aventura adolescente fue la puerta de entrada a un universo que cambiaría su existencia para siempre.
Durante el rodaje de aquella película, la deslumbrante belleza de Sharon Tate no pasó desapercibida. Fue el actor Richard Beymer quien la descubrió entre la multitud de extras. Cautivado por su presencia, el actor se presentó, la cortejó y pronto iniciaron un noviazgo. Aunque la relación amorosa no prosperó y duró poco tiempo, Beymer le brindó el impulso de confianza necesario para que la joven se animara seriamente a perseguir una carrera actoral en el cine.
El siguiente paso en su incipiente trayectoria llegó en el año mil novecientos sesenta y uno, cuando fue contratada por el popular cantante Pat Boone para aparecer en un especial de televisión que el artista grabó en las góndolas y canales de Venecia. Al año siguiente, en mil novecientos sesenta y dos, Sharon consiguió un pequeño rol en la épica película “Barrabás”, la cual se encontraba filmando escenas en las cercanías de Verona. Allí, la estrella de Hollywood Jack Palance la conoció y quedó profundamente impresionado por su porte y actitud. Esta conexión derivó en una oportunidad dorada: invitaron a Sharon a Roma para realizar una prueba de cámara profesional y evaluar formalmente sus dotes histriónicos.
Lamentablemente, el resultado fue un completo desastre. Sharon carecía de experiencia técnica, y la paralizante timidez que arrastraba desde su solitaria infancia se trasladó brutalmente a la pantalla. La desilusión fue inmensa, lo que la llevó a tomar la drástica decisión de viajar de regreso a los Estados Unidos para retomar sus estudios, decidida a sepultar aquel sueño fugaz de convertirse en estrella. Sin embargo, una vez instalada en su país, descubrió que la psiquiatría ya no encendía en ella la misma pasión de antaño. La llama de la actuación, aunque débil, se negaba a extinguirse.
Comenzó a obtener papeles ínfimos, trabajando como extra o en roles secundarios en diversas series. La impaciencia la consumía, pero su representante le exigió calma, asegurándole que solo necesitaba adquirir confianza en sí misma para que su carrera despegara por inercia. En mil novecientos sesenta y tres, Tate firmó un exigente contrato por siete años con el agente Martin Ransohoff. Como parte de su entrenamiento para ganar experiencia frente a las cámaras sin exponerla a críticas severas, Ransohoff le consiguió pequeños papeles en exitosas comedias televisivas como “Mister Ed” y “The Beverly Hillbillies”. Era una estrategia calculada para mantenerla en las sombras hasta que estuviera verdaderamente lista para asumir protagónicos.
Durante esta época de transición, la vida sentimental de Sharon fue tumultuosa. Conoció al apuesto actor francés Philippe Forquet, con quien inició un apasionado romance que culminó en compromiso. Sin embargo, la unión estaba destinada al fracaso. Las peleas eran constantes y sumamente violentas, escalando hasta el punto de la agresión física, lo que provocó que la actriz tuviera que ser hospitalizada en una ocasión para ser tratada por sus heridas. Tras romper este destructivo compromiso, en mil novecientos sesenta y cuatro conoció a Jay Sebring, un ex marinero que había construido un imperio como el estilista más cotizado y vanguardista de las estrellas de Hollywood. Sharon y Jay forjaron una relación profundamente amorosa, pero cuando él le propuso matrimonio, ella lo rechazó con dulzura, argumentando que necesitaba centrar todas sus energías en su carrera actoral. Lejos de terminar enemistados, ambos decidieron seguir siendo amigos íntimos. La lealtad de Sebring hacia Sharon fue tan inmensa que se mantuvo a su lado hasta los últimos y más aterradores segundos de su vida.
La perseverancia y el arduo trabajo comenzaron a rendir frutos significativos. Sharon obtuvo su primer papel cinematográfico de verdadera relevancia en el año mil novecientos sesenta y seis con la película “El ojo del diablo” (Eye of the Devil), compartiendo créditos con gigantes de la actuación como David Niven y Deborah Kerr. Aunque la cinta no logró ser un taquillazo en Estados Unidos, alcanzó una enorme popularidad en Europa, adquiriendo rápidamente el estatus de película de culto. Finalizado este rodaje, Sharon decidió prolongar su estancia en Londres, sumergiéndose de lleno en el modelaje, la vibrante vida nocturna y las exclusivas discotecas británicas. Esta liberación social permitió que su histórica timidez comenzara a disiparse gradualmente, abriendo el camino hacia el que sería el último y más trascendental amor de su corta existencia.
Fue precisamente en una de esas exclusivas fiestas londinenses donde su mirada se cruzó con la de Roman Polanski, el visionario y aclamado director de cine polaco que era la absoluta sensación del momento gracias al éxito arrollador de sus películas. La atracción fue inmediata. Dialogaron, compartieron anécdotas, confesaron sus experiencias conjuntas con ciertas drogas recreativas de la época, se sedujeron y compartieron una apasionada noche juntos. Tras aquel encuentro fugaz, sus caminos se separaron durante varios meses.
El destino volvió a unirlos cuando Polanski se encontraba inmerso en la etapa de preproducción de su película “La danza de los vampiros” (The Fearless Vampire Killers). El agente de Sharon, Martin Ransohoff, le sugirió insistentemente al director que la contratara como protagonista. Polanski, conocido por su ojo crítico, no estaba inicialmente convencido del potencial de la joven actriz, pero terminó aceptando la propuesta.
Los primeros días en el set de grabación fueron un auténtico calvario lleno de tensión. Roman Polanski era un cineasta obsesivo y perfeccionista hasta el extremo, capaz de obligar a sus actores a repetir una misma toma decenas de veces. Nunca estaba satisfecho con el desempeño de Sharon, y, carente de cualquier atisbo de piedad o tacto, la humillaba constantemente frente a todo el equipo, remarcándole a gritos que era una completa inexperta. Paradójicamente, en medio de aquel ambiente cargado de peleas, lágrimas, discusiones y presiones artísticas, la actriz y el director se enamoraron perdidamente.
Para el año mil novecientos sesenta y siete, con una autoconfianza mucho más consolidada, Sharon coprotagonizó la comedia “No hagan olas” (Don’t Make Waves) junto al legendario Tony Curtis, una cinta en la que la actriz lució su espectacular figura en bikini durante casi todo el metraje. Su consagración definitiva llegaría ese mismo año al conseguir un importante rol en “El valle de las muñecas” (Valley of the Dolls), una ambiciosa adaptación cinematográfica de un aclamado best seller literario. A pesar de que sus películas no siempre lograron romper los récords de taquilla, Sharon Tate consiguió forjar el renombre necesario y una imagen afianzada en la industria cinematográfica, obteniendo nominaciones y premios, como el Globo de Oro. Sin embargo, en la intimidad, luchaba contra la frustración de ser tratada con superficialidad por los críticos y productores, quienes a menudo valoraban más su imponente físico que su genuino talento dramático y cómico.
En mil novecientos sesenta y ocho, Sharon y Roman Polanski contrajeron matrimonio, convirtiéndose rápidamente en una de las parejas más envidiadas y fotografiadas de Hollywood. Ambos acordaron públicamente mantener una relación “abierta” y libre. En una franca entrevista, la actriz llegó a declarar: “Cualquier hombre que deja que su mujer lo ate o que le obliga a renunciar a sus instintos naturales es un hombre débil; no sería un hombre para mí. Con Roman tenemos un acuerdo: él cree que me engaña, y yo hago como que no me doy cuenta de las cosas que hace”. No obstante, detrás de este aparente liberalismo, los amigos íntimos del matrimonio aseguraban que la relación estaba fuertemente marcada por el carácter controlador y dominante que Polanski ejercía sistemáticamente sobre Sharon.
A finales de la década, la residencia de la pareja se transformó en uno de los focos sociales más importantes de la élite californiana. En su casa de Beverly Hills se organizaban fiestas multitudinarias cada semana, reuniendo a un ecléctico compendio de celebridades: actores, actrices de renombre, periodistas influyentes, músicos de rock y las figuras más excéntricas del panorama artístico. Los excesos, la bohemia y las sustancias recreativas eran moneda corriente en estas exclusivas veladas. En el plano laboral, ese mismo año, la actriz formó parte del elenco de la película “The Wrecking Crew”, donde tuvo el privilegio de contar con el mítico Bruce Lee como su asesor y coreógrafo de artes marciales, forjando con él una entrañable amistad.
La alegría pareció multiplicarse cuando, al poco tiempo, Sharon descubrió que estaba embarazada. Sin embargo, el temor la paralizó. Ocultó cuidadosamente la noticia a Polanski durante varios meses, aterrorizada ante la certeza de que su esposo aún no deseaba convertirse en padre y temiendo que él, valiéndose de su carácter dominante, la obligara a someterse a un aborto. Cuando finalmente la noticia salió a la luz, el matrimonio pareció adaptarse a la idea de la paternidad. Para mil novecientos sesenta y nueve, se estrenó en Italia la comedia “12+1” (conocida también como The Thirteen Chairs). Esta película estaría eternamente marcada por una serie inagotable de contratiempos y accidentes durante su producción, pero el detalle más macabro y perturbador de todos fue que se trataría del último largometraje en el que participaría Sharon Tate, siendo estrenado a título póstumo tras una de las carnicerías más crueles en la historia de Estados Unidos.
La Familia Manson: El Nacimiento de la Secta del Terror
Mientras Sharon Tate construía su vida soñada bajo el sol de California, en los rincones más oscuros y marginados del mismo estado irrumpía con una fuerza devastadora la figura de un hombre que revolucionaría al mundo entero: Charles Manson. Criminal de carrera, con un extenso prontuario de arrestos por robos, fraudes y agresiones a sus espaldas, Manson emergió a finales de los sesenta como una suerte de siniestro gurú espiritual para jóvenes desilusionados con el sistema.
Poseedor de un intelecto retorcido, manipulador y una labia hipnótica, Manson fusionó su interés por el ocultismo, el esoterismo y ciertas vertientes distorsionadas de la filosofía oriental para atraer seguidores. Así nació “La Familia”, una secta destructiva que creció exponencialmente alimentada por drogas psicodélicas, aislamiento y el delirio megalómano de su líder. Manson desarrolló una fijación obsesiva y psicótica con el aclamado “White Album” de la banda británica The Beatles. Sostenía firmemente la delirante teoría de que la canción “Helter Skelter” era en realidad una profecía apocalíptica oculta. Según su demencial interpretación, la comunidad afroamericana en Estados Unidos estaba a punto de protagonizar una brutal revuelta social y racial que terminaría por aniquilar a la raza humana blanca. Manson utilizó esta apocalíptica teoría del terror para lavar sistemáticamente el cerebro de sus devotos seguidores, convenciéndolos de que solo aquellos que estuvieran a su lado lograrían sobrevivir al inevitable exterminio.
Lo que en sus inicios se presentó a los jóvenes prófugos de la sociedad como una utópica comunidad basada en los ideales del amor libre, la liberación sexual y el autoconocimiento, se transformó velozmente en una maquinaria de lavado de cerebro, control absoluto y muerte. La Familia Manson comenzó a cruzar los límites legales cometiendo crímenes violentos, como el asesinato del músico Gary Hinman. En un intento desesperado por acelerar la supuesta guerra racial que Manson profetizaba, los miembros de la secta dibujaron el símbolo político de las Panteras Negras utilizando la sangre de su víctima, buscando incriminar cobardemente a la población afroamericana.
Más allá de sus delirios apocalípticos, Charles Manson albergaba una profunda y frustrada ambición personal: deseaba desesperadamente convertirse en una estrella de la música. Llegó a grabar un disco con algunos miembros de su secta, convencido de que su música sería el canal ideal para difundir sus advertencias sobre el fin del mundo. Con esta grandiosa idea en la cabeza, Manson se obsesionó con localizar al importante productor musical Terry Melcher. Logró entablar contacto con él, pero tras audicionarlo, Melcher rechazó tajantemente producir el material discográfico de Manson.
Enfurecido, herido en su narcisismo y sediento de venganza, Charles Manson se dirigió personalmente a la residencia ubicada en el número 10050 de Cielo Drive, en el exclusivo y apartado barrio de Beverly Hills, buscando ajustar cuentas con el productor. Para su frustración, al llegar a la propiedad, descubrió que Terry Melcher se había mudado tiempo atrás. Antes de marcharse del lugar, el líder sectario notó que la imponente mansión ahora se encontraba alquilada por una famosa pareja de Hollywood: la actriz Sharon Tate y el director Roman Polanski. En ese preciso instante, una idea profundamente macabra se encendió en su retorcida mente.
En aquella ocasión decidió retirarse sin causar estragos, pero la semilla del mal ya estaba plantada. Según se supo mucho tiempo después gracias a los testimonios, Sharon le había comentado aterrada a su esposo que había visto rondando por los límites de la propiedad a un individuo de aspecto andrajoso y “espeluznante”. No sospechaba que aquel sujeto era la misma encarnación de la muerte que regresaría para cobrar una deuda que a ella no le correspondía pagar.
La Noche de la Masacre: 8 de Agosto de 1969
El rencor purulento de Manson por haber fallado en su intento de convertirse en una estrella del rock lo impulsó a saciar su locura y su odio a través de la violencia más pura y descarnada. Ordenó y envió a un selecto grupo de sus más leales y sanguinarios seguidores directamente a la dirección de Cielo Drive. La orden dictada por Manson fue escalofriantemente clara, simple y brutal: debían masacrar y destruir a absolutamente todo ser vivo que se encontrara dentro de la propiedad, de la manera más cruel y sádica posible. Manson sabía perfectamente que los actuales ocupantes de esa casa eran celebridades de alto renombre, y eso era exactamente lo que su ego necesitaba para que sus crímenes acapararan las portadas mundiales y su nombre pasara a la historia.
La calurosa noche del viernes ocho de agosto de mil novecientos sesenta y nueve transcurría con normalidad. Sharon Tate, quien se encontraba transitando la última etapa de su gestación a solo dos semanas de dar a luz, invitó a cenar a algunos de sus más cercanos y mejores amigos: el célebre y leal estilista Jay Sebring, el actor y escritor polaco Wojciech Frykowski, y la pareja de este último, la heredera del imperio cafetero Abigail Folger. La amena cena se llevó a cabo en el reconocido restaurante El Coyote, en Los Ángeles. Tras finalizar la velada, el grupo regresó a la residencia de la actriz alrededor de las diez y media de la noche. Su esposo, Roman Polanski, se encontraba a miles de kilómetros de distancia en la ciudad de Londres, ultimando los delicados detalles de preproducción para su próxima película.
El grupo de amigos se relajó en la tranquilidad del hogar. Algunos se quedaron dormidos en los sillones de la sala, mientras que la actriz y su exnovio Jay Sebring charlaban pacíficamente en una de las habitaciones. Ajeno a este ambiente de paz, a las afueras de la mansión se apostaba el comando de la muerte enviado por Charles Manson. El mortífero escuadrón estaba integrado por los jóvenes Susan Atkins, Patricia Krenwinkel, Linda Kasabian y Charles “Tex” Watson, quien ejercía como el despiadado líder táctico de la misión.
Cerca de la medianoche, antes de lograr ingresar a los predios de la residencia, los asesinos se toparon de frente con Steven Parent, un inocente joven de apenas dieciocho años que simplemente había ido a visitar al cuidador de la finca y se encontraba retirándose del lugar en su vehículo. Tex Watson no dudó un solo segundo; se acercó a la ventanilla del conductor y le disparó cuatro veces a quemarropa, arrebatándole la vida instantáneamente. Acto seguido, los atacantes se anticiparon a cualquier posible pedido de auxilio cortando los cables de la línea telefónica de la propiedad.
Entraron a la mansión por la puerta principal, ordenando a Linda Kasabian que se quedara en el exterior vigilando y custodiando la zona por si aparecían las patrullas policiales. La primera persona con la que los invasores se toparon en el interior de la casa fue el guionista Wojciech Frykowski, quien se encontraba profundamente dormido en el sillón de la sala. Al escuchar el leve estruendo de los pasos, el escritor despertó aturdido, encontrándose súbitamente con la mirada gélida de Tex Watson apuntándole directamente a la cabeza con un revólver. Al mismo tiempo, el resto del escuadrón de la muerte comenzó a inspeccionar metódicamente las habitaciones de la casa para cazar al resto de los ocupantes. Encontraron a Abigail Folger pacíficamente leyendo un libro en su recámara, y a Sharon Tate conversando amigablemente con Jay Sebring.
Watson dio la orden estricta de arrastrarlos a la fuerza y juntarlos a todos en el centro de la sala principal. Fue en ese momento cuando el grupo de amigos pensó que se trataba de un simple y violento asalto a mano armada. Pero las intenciones de la secta distaban mucho del robo material. Comenzó entonces un enfermizo y macabro juego de terror psicológico con los rehenes. Los captores les informaron que venían en representación del mismísimo diablo. Cuando Frykowski le preguntó a Watson quién era y qué quería, el asesino soltó una de las frases más infames de la historia criminal: “Soy el diablo, y vengo a hacer el trabajo del diablo”.
El pánico se apoderó de la sala y el instinto de supervivencia desató el caos. Jay Sebring, en un intento heroico por proteger a la mujer que amaba, intentó arrebatarle agresivamente el revólver a Tex Watson, pero la maniobra fracasó. El líder de la secta le disparó directamente en el torso, haciendo que el estilista se desplomara sobre la alfombra al instante, tras lo cual Watson comenzó a patearle violentamente el rostro hasta dejarlo completamente inconsciente y ensangrentado.
Al ver la brutalidad del ataque, el guionista Frykowski forcejeó desesperadamente con Susan Atkins, logrando golpearla en la cabeza. Sin embargo, Watson reaccionó con una rapidez felina y se abalanzó sobre él, asestándole múltiples puñaladas y disparándole en dos ocasiones, dejándolo tendido y agonizante. Completamente horrorizada y paralizada por la escena, Abigail Folger logró zafarse y salió corriendo hacia la zona de la piscina gritando desgarradoramente por ayuda. Patricia Krenwinkel corrió detrás de ella para alcanzarla y someterla. En ese pequeño lapso de distracción, Watson regresó al cuerpo de Sebring y le asestó puñaladas mortales, asesinándolo en el acto. Folger fue finalmente capturada en el jardín exterior, arrojada brutalmente al suelo y apuñalada un total de veintiocho veces por Krenwinkel y Watson.
Mientras tanto, Frykowski, agonizante, ensangrentado y luchando por su último aliento, logró arrastrarse fuera de la casa, caminando a tropezones hasta un poste de luz exterior mientras clamaba por auxilio, todo esto bajo la fría e inerte mirada de la centinela Linda Kasabian. Un Watson completamente extasiado por la adrenalina del asesinato lo persiguió, lo alcanzó y lo remató asestándole docenas de crueles puñaladas.
Dentro de la casa, rodeada de los cadáveres de sus amigos, restaba una sola persona viva: Sharon Tate. La joven actriz, de veintiséis años y a punto de dar a luz, se encontraba reducida, aterrorizada y amarrada por el cuello con una soga de nylon. Reunió las últimas y frágiles fuerzas que le quedaban en su cuerpo para intentar escapar, pero se topó de frente con toda “La Familia”, que se había reagrupado en la sala, listos para concluir su dantesca encomienda. La escena final de aquella noche parecía extraída de la película de terror más sádica jamás escrita. Las mujeres de la secta de Manson sujetaron fuertemente a la actriz por los brazos para que no pudiera moverse.
Llorando desconsoladamente y consumida por la desesperación maternal, Sharon Tate rogó, imploró y suplicó por la vida de su bebé. Les pidió a los asesinos que la tomaran como rehén, que hicieran con ella lo que quisieran, pero que por favor le permitieran vivir únicamente el tiempo necesario para dar a luz a su hijo y que este pudiera salvarse. Sin un ápice de empatía o piedad humana en sus almas, los verdugos ignoraron sus ruegos. El fatal y doloroso destino de la estrella de Hollywood se consumó cuando Tex Watson y Susan Atkins la apuñalaron en dieciséis ocasiones directas.
Al término del terrorífico y satánico acto criminal, antes de escapar amparados por la profunda oscuridad de las colinas de Los Ángeles, Susan Atkins utilizó una toalla empapada con la sangre de la propia Sharon Tate para escribir la palabra “PIG” (cerdo) en la puerta principal de la residencia, dejando una firma macabra que aterrorizaría al país entero a la mañana siguiente.
Paranoia, Sospechas y el Último Adiós a una Estrella
Cuando el sol iluminó Beverly Hills el nueve de agosto, el ama de llaves, Winifred Chapman, llegó a la residencia para comenzar su jornada laboral. Al abrir la puerta, casi sufre un colapso al toparse con el dantesco, sangriento y satánico escenario. Huyó gritando de la casa y alertó inmediatamente a las autoridades. Las patrullas policiales llegaron a la escena del crimen a los pocos minutos, seguidas por una nube de reporteros y fotógrafos. Ni siquiera los más curtidos y experimentados investigadores y forenses de Los Ángeles pudieron contener las náuseas al contemplar la atrocidad cometida dentro de aquellos lujosos muros. Realizaron las pericias y recolección de evidencias pertinentes, pero el desconcierto era absoluto: no tenían ninguna pista sólida sobre la identidad de los sanguinarios ejecutores, ni lograban comprender el motivo u origen de semejante barbarie.
A miles de kilómetros de allí, en Londres, Roman Polanski recibió la peor llamada telefónica que un ser humano puede escuchar. Al enterarse de la brutalidad de los asesinatos y de que el cuerpo apuñalado de su esposa y su hijo no nacido habían sido masacrados, el director de cine perdió el control de la realidad de manera instantánea. Sufrío una crisis nerviosa, comenzó a golpear violentamente las paredes del lugar donde se encontraba y a golpear su propia cabeza con los puños mientras gritaba desconsolado, repitiendo una y otra vez la misma frase dolorosa: “¿Sabía ella cuánto la amaba? ¿Sabía ella eso?”. Al escuchar semejante y preocupante descontrol emocional, los asistentes del director se vieron obligados a llamar a un equipo médico de urgencia para que le administraran un poderoso sedante. El gobierno estadounidense, en una medida de emergencia, le otorgó una visa expedita para que pudiera volar de regreso a Los Ángeles a la brevedad posible y así despedir a la mujer de su vida.
El sepelio de Sharon Tate se llevó a cabo bajo un denso manto de luto y paranoia en el Cementerio Holy Cross de Culver City, California, el miércoles trece de agosto de mil novecientos sesenta y nueve, tan solo cuatro días después de la masacre. La noche previa al funeral, el padre de la actriz, el coronel Paul Tate, veló en profunda soledad junto al féretro de su hija. Exigió expresamente a los servicios fúnebres que abrieran el ataúd cerrado para poder contemplar, por última vez, el rostro de su adorada Sharon. En sus brazos inertes se encontraba cobijado el cuerpo de su pequeño hijo, quien falleció asfixiado en su vientre, y al que nombraron póstumamente Paul Richard Polanski, en honor a sus dos abuelos.
Dentro de la iglesia, un Roman Polanski completamente destruido y bajo los efectos de los tranquilizantes se sentó en la primera fila, acompañado por los devastados padres de Sharon y sus jóvenes hermanas, Patricia y Debra. El funeral reunió a la realeza de Hollywood. Figuras de la talla de Warren Beatty, Kirk Douglas, James Coburn y el maestro de las artes marciales, Bruce Lee, acudieron a darle el último adiós a la prometedora estrella.
Sin embargo, tras el entierro, el clima en Hollywood se volvió irrespirable. La falta de datos certeros sobre los homicidas provocó que el miedo y la paranoia se apoderaran de los residentes. La seguridad privada de las mansiones se multiplicó, la venta de armas se disparó, y Polanski, incapaz de asimilar lo sucedido, comenzó a tejer sus propias y desesperadas teorías conspirativas. La desconfianza llegó a niveles tan absurdos y tristes que el director llegó a sospechar de su querido amigo Bruce Lee, fundamentando su paranoia en el hecho de que, entre las evidencias recogidas en la escena del crimen, la policía había encontrado la montura de unas gafas que supuestamente pertenecían al astro marcial.
Los medios de comunicación, lejos de actuar con ética y sensibilidad, se sumergieron en el amarillismo más abyecto para lucrar con la tragedia. Difundieron calumnias afirmando que los asesinatos fueron el resultado de orgías descontroladas, deudas por consumo de drogas pesadas y rituales de magia negra que salieron mal. Llegaron al extremo de especular y difamar el nombre de las víctimas al sugerir que Sharon Tate y sus amigos pertenecían activamente a una secreta secta satánica que operaba en las altas esferas del cine. Todo era un torbellino de mentiras que mancillaba el recuerdo de los fallecidos.
El Fin del Misterio: La Caída del Imperio del Terror
La ceguera policial respecto a los crímenes se mantuvo durante meses, hasta que la estupidez y la arrogancia de los propios perpetradores les jugaron una mala pasada. El inicio del fin para la macabra familia de Charles Manson ocurrió cuando una de sus acólitas, Susan Atkins, fue detenida por la policía bajo el cargo menor de robo de un automóvil. Mientras se encontraba encerrada en prisión preventiva, el ego y el afán de notoriedad de Atkins la superaron. Comenzó a alardear frente a sus compañeras de celda, confesándoles que el simple robo de un coche no era el peor de sus delitos. Con una frialdad espeluznante, se atribuyó directamente la autoría del apuñalamiento de Sharon Tate y se jactó de haber probado la sangre de la actriz aquella fatídica noche de agosto.
Aterradas por las confesiones de Atkins, las reclusas informaron de inmediato a los guardias penitenciarios. Estas declaraciones finalmente le otorgaron a las autoridades policiales la pieza maestra del rompecabezas que necesitaban desesperadamente para conectar a este grupo marginal con los sangrientos asesinatos de la calle Cielo Drive y otros crímenes similares cometidos en días posteriores. La suerte y la impunidad de Charles Manson y su enloquecida compañía de acólitos se terminó abruptamente. El ocho de diciembre de mil novecientos sesenta y nueve, el Departamento de Policía de Los Ángeles organizó redadas masivas que lograron capturar a todos los miembros clave de “La Familia”, desvelando ante el mundo entero la escalofriante verdad del móvil sectario y apocalíptico que motivó la matanza.
El juicio fue uno de los más largos, costosos y seguidos mediáticamente en la historia judicial de Estados Unidos. En el año mil novecientos setenta y uno, los tribunales californianos condenaron a los asesinos materiales Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Tex Watson a sufrir la pena de muerte. Sin embargo, unos años más tarde, la Corte Suprema de California declaró inconstitucional la pena capital en el estado, por lo que todas las condenas a muerte, incluyendo las de la secta Manson, fueron conmutadas automáticamente a cadena perpetua. Linda Kasabian, la joven que sirvió como vigía a las afueras de la mansión, aceptó un trato con la fiscalía y fue acusada de encubrimiento, recibiendo inmunidad legal completa a cambio de testificar como el testigo clave que hundiría a sus excompañeros. Tras el juicio, Kasabian se distanció completamente de la luz pública y se reunió con su esposo y su hija en el anonimato.
Los verdugos de Sharon Tate pagaron sus crímenes encerrados en celdas de máxima seguridad. Susan Atkins falleció en prisión en dos mil nueve a los sesenta y un años, víctima de un agresivo cáncer cerebral. Patricia Krenwinkel y Tex Watson, a pesar de múltiples peticiones de libertad condicional denegadas, aún continúan cumpliendo sus respectivas condenas a cadena perpetua. A Charles Manson, por su parte, se le juzgó en un proceso separado. Si bien no manchó sus propias manos con la sangre de las víctimas de Cielo Drive, fue condenado como el autor intelectual y el líder mesiánico que ordenó meticulosamente los asesinatos. Manson fue sentenciado a cadena perpetua y pasó cuarenta y ocho años ininterrumpidos detrás de los barrotes de diversas prisiones de California, hasta que la muerte lo alcanzó en la cárcel en noviembre de dos mil diecisiete, a los ochenta y tres años de edad.
El Legado de una Estrella Cuya Luz Fue Robada
De esta trágica e injusta manera se cerraba el capítulo legal de una historia que dejó una cicatriz profunda e imborrable en el corazón de Norteamérica y del mundo entero. Sharon Tate era una mujer adorada por su círculo íntimo y venerada por la prensa que la conoció. Sus amigos la recordaban siempre como una persona extraordinariamente dulce, carente de soberbia a pesar de su fama, capaz de hablar con fluidez cuatro idiomas y dueña de una belleza natural que iluminaba cualquier habitación en la que entrara.
El brutal asesinato de la actriz no solo significó la pérdida de un enorme talento de Hollywood, sino que sirvió como un doloroso catalizador social. Su madre, Doris Tate, transmutó el inmenso dolor de perder a su hija de manera tan violenta en un motor de lucha incansable. Se convirtió en una de las más firmes, vocales y respetadas defensoras de los derechos de las víctimas de crímenes violentos en los Estados Unidos. Doris fundó y se reunió con organizaciones de víctimas, asumiendo un papel de consejera nacional, y utilizó la trágica notoriedad pública del caso de su hija para animar el debate legislativo y criticar duramente las deficiencias del sistema penal y el sistema de libertad condicional del país.
Sharon Tate tuvo una carrera actoral que, aunque breve en años, fue intensamente vivida y profundamente amada. Jamás se rindió ante los primeros y desmoralizantes rechazos de la industria. Demostró una perseverancia asombrosa y, hasta los últimos e infernales instantes de su existencia terrenal, suplicó y veló por lo que más quería en este mundo: el hijo que latía en sus entrañas. Lamentablemente, su radiante figura y su legado cinematográfico quedarán por siempre e inevitablemente ligados a ese oscuro, espantoso y macabro hecho de sangre que acabó con los años de inocencia de la década de los sesenta y que la condenaría, sin tener culpa alguna, a ocupar eternamente la página más oscura, dolorosa y triste de la historia del cine de Hollywood.