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Trataron a MÉXICO como Basura y Chávez HUMILLÓ al Campeón Coreano MX

Le robaron millones de dólares, lo humillaron poniéndolo como telonero, le negaron la pelea más grande de su vida. Y cuando Julio César Chávez, el hombre más peligroso del planeta con 72 peleas invicto, subió al ring esa noche de diciembre de 1990 en Atlantic City. no venía solamente a defender sus cinturones mundiales contra un coreano que jamás había peleado fuera de Asia.

No, Chávez venía a demostrarle al mundo entero y sobre todo a un promotor traicionero llamado Don King, que a México no se le pone de rodillas, que a un campeón mexicano no se le trata como un acto de segunda, que el orgullo de un pueblo entero no cabe en un letrero de carretera donde tu nombre aparece en letras chiquitas debajo del de otro peleador.

Lo que pasó esa noche dentro y fuera del ring es una de las historias más intensas, más rabiosas y más reveladoras de toda la carrera del gran campeón mexicano. Y te prometo que si te quedas hasta el final, vas a entender por qué esta pelea que muchos olvidaron cambió para siempre el destino de Julio César Chávez y la historia del boxeo latinoamericano.

que lo que estaba en juego esa noche no eran solo dos cinturones de campeonato mundial, era la dignidad de todo un país. Pero para entender la magnitud de lo que ocurrió ese 8 de diciembre de 1990, hay que retroceder, hay que volver al principio, hay que volver a Culiacán, Sinaloa, a una casa humilde donde un niño descalso vendía periódicos en las calles para ayudar a su familia a comer.

Julio César Chávez González nació el 12 de julio de 1962 en Ciudad Obregón, Sonora, pero creció en Culiacán, en el corazón de Sinaloa. Era uno de 10 hermanos. Su padre, Rodolfo trabajaba en el ferrocarril. Su madre, Isabel hacía milagros con lo poco que había para alimentar a toda esa familia.

No había lujos, no había comodidades, había hambre, había necesidad. Y había un niño que desde muy temprano aprendió que en este mundo nadie te regala nada, que todo lo que quieras te lo tienes que ganar a golpes. Literalmente, sus hermanos mayores, Rafael y Roberto fueron los primeros en meterse al boxeo. Y Julio, como buen hermano menor, lo seguía al gimnasio.

No porque tuviera un sueño de grandeza, no porque alguien le hubiera dicho que iba a ser el mejor peleador del mundo, sino porque en ese gimnasio había algo que en la calle no encontraba. Una oportunidad, un camino, una forma de sacar a su familia de la pobreza. Y desde el primer día que se puso unos guantes, algo fue diferente.

Había algo en la forma en que ese niño flaco de Culiacán tiraba los golpes. Una naturalidad, una precisión, un instinto asesino que no se enseña, que se trae en la sangre. Julio César Chávez debutó como profesional el 5 de febrero de 1980 a los 17 años. ganó por knockout en el sexto asalto y a partir de ese momento comenzó una racha que el mundo del boxeo jamás había visto y probablemente jamás volverá a ver.

Pelea tras pelea, knockout tras knockout, Chávez fue subiendo como una marea imparable. Peleaba en Culiacán, en la Ciudad de México, en Tijuana, en cualquier ring que le pusieran enfrente. No le importaba quién fuera el rival, no le importaba si era local o visitante. Lo único que importaba era que cuando sonaba la campana, el hombre que estaba frente a él iba a recibir una lección de lo que significa enfrentarse a un mexicano con hambre.

Para 1984, con apenas 22 años y un récord de 34 victorias sin derrotas, Chávez conquistó su primer título mundial al vencer a Mario Martínez por el campeonato superpluma del Consejo Mundial de Boxeo. México tenía un nuevo héroe, pero Chávez no se conformó. Defendió ese título una y otra vez.

Subió de peso, conquistó el campeonato ligero, siguió subiendo, conquistó el campeonato superligero, tres divisiones, tres cinturones mundiales y ni una sola derrota. Cada pelea era un evento nacional. Cada victoria era una fiesta en todo México. Las calles se vaciaban cuando peleaba Chávez. Las familias se reunían frente al televisor.

Los bares ponían la pelea en pantalla grande y millones de mexicanos gritaban con cada golpe de su campeón. Porque Julio César Chávez no peleaba solo por él, peleaba por todos ellos. Por cada niño que vendía periódicos de calzo, por cada familia que no tenía para comer, por cada mexicano que alguna vez sintió que el mundo lo miraba por encima del hombro.

Y entonces llegó la noche que lo cambió todo. El 17 de marzo de 1990, Las Vegas, el Hilton Center, Julio César Chávez contra Meldrick Taylor. La pelea que muchos consideran la más dramática en la historia del boxeo profesional. Taylor era un medallista olímpico, un peleador rápido, técnico, brillante y durante 11 asaltos le estaba ganando a Chávez en las tarjetas.

El mexicano estaba perdiendo. Los comentaristas ya hablaban de la primera derrota de Chávez. Pero hay algo que los números no miden. Hay algo que las tarjetas de los jueces no pueden capturar y es el corazón de un guerrero mexicano que se niega a caer. En el último asalto, el duodécimo. Cuando todo parecía perdido, Chávez conectó un derechazo demoledor que mandó a Taylor a la lona.

Taylor se levantó, pero estaba destruido, aturdido, perdido. El árbitro Richard Steel le preguntó si podía continuar. Taylor no respondió y con 2 segundos, dos míseros segundos restantes en la pelea, Steel la detuvo. Victoria para Chávez. El mundo explotó. México enloqueció y Julio César Chávez se convirtió en leyenda inmortal.

Esa parada generó una de las controversias más grandes de la historia del boxeo, con muchos argumentando que Taylor merecía que lo dejaran terminar. Pero la realidad es que un peleador que no puede responder a las preguntas del árbitro no está en condiciones de seguir recibiendo golpes.

Chávez lo había roto física y mentalmente. Esa victoria catapultó a Chávez a un nivel de fama mundial que pocos peleadores latinos habían alcanzado. Era el mejor libra por libra del planeta. The Ring Magazine loó peleador del año. Su récord era de 72 victorias, cero derrotas, 60 knockouts. Era invencible, era intocable, era el orgullo más grande que México había producido en el mundo del deporte.

Y ahora, apenas 9 meses después de esa noche mágica en Las Vegas, Chávez se preparaba para defender sus títulos del CMB y la FIB, en peso superligero contra un retador obligatorio que venía del otro lado del mundo. Un hombre que nadie en América conocía, un coreano llamado Kung Duke Ann.

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