2 de octubre de 1999, Las Vegas, Nevada. El reloj marca casi la medianoche. Adentro del Hilton, el aire pesa. Más de 5000 almas contienen la respiración. Y en el centro del cuadrilátero, bajo una luz que parece bajada del cielo, hay un hombre, un hombre pequeño. Un hombre que mide apenas 1,60 m.
Un hombre al que le sangra la frente. Un hombre al que le sangra la ceja. Un hombre al que la sangre le baja por la cara y le mancha el pecho desnudo. Un hombre que tiene 33 años y que lleva el corazón de México latiendo dentro de cada nudillo. Ese hombre se llama Ricardo López y le dicen finito y está a punto de hacer historia.
Frente a él, otro hombre, un americano, un campeón mundial, un peleador que en su esquina está convencido de que esa noche, esa noche en Las Vegas, va a destrozar el mito invicto del mexicano más perfecto que ha pisado un cuadrilátero. Se llama Will Grig y trae la corona de la Federación Internacional de Boxeo y trae el corazón frío y trae las manos rápidas y no tiene miedo.
Pero antes de que sigamos, antes de que te cuente lo que pasó esa noche brutal de octubre, antes de que te lleve round por round, segundo por segundo, gota de sangre por gota de sangre, hasta el veredicto que hizo a México llorar de orgullo. Te tengo que decir algo, lo que vas a ver hoy no es un combate cualquiera.
La noche en que un hombre que llevaba 14 años defendiendo el honor de su país, en la división más pequeña del boxeo, decidió subir, subir de peso, subir al territorio enemigo, subir contra el campeón y demostrarle al mundo entero, a la prensa estadounidense que lo ignoraba, a los promotores que lo subestimaban, a los aficionados que decían que los chiquitos no podían ser leyendas, que un mexicano de 1,60 podía caminar al matadero, mirar al monstruo a los ojos, sangrar a litros y aún así regresar a casa con dos coronas mundiales. Esta es
la historia de Ricardo Finito López contra Will Grigby. La noche del 2 de octubre de 1999, la noche en que Las Vegas se vistió de verde, blanco y rojo. Y si te quedas conmigo hasta el final, vas a entender por qué este combate, este combate olvidado por muchos, pero recordado por los que saben de verdad, fue uno de los actos de valor más grandes de la historia del boxeo mexicano.

No te vayas, no cambies, no le des pausa, porque lo que viene es brutal, lo que viene es épico, lo que viene es México puro. Para entender lo que pasó esa noche en el Hilton, primero tienes que entender quién era Finito López. Y déjame decirte una cosa, una cosa que la gente joven de hoy no sabe, una cosa que la prensa actual ha olvidado.
Ricardo López no era un boxeador. Ricardo López era una obra de arte caminando. Era la perfección hecha hombre. Era lo que pasa cuando agarras la disciplina mexicana, la dignidad mexicana, la sangre azteca y la metas en un cuerpo de 1,60 y le enseñas a pelear desde los 14 años. Ricardo López nació el 25 de julio de 1966 en Cuernavaca, Morelos, en una casa modesta, en una casa donde no sobraba nada, en una casa donde el padre trabajaba duro y la madre rezaba más duro todavía.
Y ahí, entre las calles polvorientas de Morelos y los gimnasios de azulejos rotos del centro de la ciudad, nació una leyenda. Cuando empezó a boxear era un niño, un niño flaco, un niño tímido, un niño que pesaba menos que su mochila de la escuela. Y los entrenadores se reían. Los entrenadores le decían que se fuera a su casa, que un peleador así no servía, que un mexicano tenía que ser grande, tenía que ser tosco, tenía que ser carnicero, tenía que ser como Salvador Sánchez o como Julio César Chávez.
Y Ricardo escuchaba y Ricardo bajaba la cabeza, y Ricardo regresaba al día siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que un día un hombre lo vio, un hombre que sabía, un hombre que tenía ojo para los milagros, un hombre llamado Ignacio Berstein, el maestro Nacho Berstein, el mejor entrenador de boxeo que ha producido México.
Y ese hombre vio en Ricardo López lo que nadie había visto. vio en ese cuerpo pequeño, en esos pies de bailarín, en esas manos finas, vio al boxeador perfecto. Vio al hombre que iba a llevar el nombre de México por todo el mundo y empezó a entrenarlo. Y le enseñó a moverse y le enseñó a pegar y le enseñó algo que pocos peleadores aprenden en toda una vida.
Le enseñó a no ser tocado. Le enseñó la defensa más exquisita que se haya visto en un peso minimosca. Le enseñó a salir del rango, le enseñó a entrar y salir como una sombra, le enseñó a contragolpear como nadie. Y a los 18 años Ricardo López ya era profesional. Y a los 24 ya era campeón mundial.
Y desde ese día, desde ese 25 de octubre de 1990, cuando le quitó el cinturón mosca paja del Consejo Mundial al coreano Jideyuki Ohashi, no se lo volvió a quitar nadie, nadie. Durante casi 9 años. 21 defensas exitosas, 21 veces 21 rivales que llegaron al cuadrilátero pensando que esta vez sí, esta vez sí caía el mexicano y 21 veces que regresaron a sus países con la cara hinchada, con el cinturón perdido, con la dignidad quebrada.
Finito López no perdía, Finito López no se cansaba. Finito López no era humano, pero había un problema, un problema enorme, un problema que la prensa de Estados Unidos usaba para no darle el respeto que merecía y ese problema era su división. Las 105 libras, El peso paja, la división más pequeña del boxeo profesional. Una división que en los años 90 Estados Unidos no veía, no le daba transmisiones grandes, no le daba bolsas grandes, no le daba portadas.
La prensa norteamericana decía que un peleador de 105 libras no podía ser legendario, que para ser grande había que pesar más, que Mike Tyson era leyenda porque pesaba 220 libras, que Roy Jones Jor era leyenda porque era mediano, que los chiquitos eran solo curiosidades, eran circo, eran preliminares. Y eso a México le dolía.
Eso a los aficionados mexicanos nos partía el alma porque sabíamos, sabíamos que Ricardo López era tan grande, tan completo, tan perfecto, que si lo ponías al lado de cualquier campeón de cualquier división era el más fino, era el más técnico, era el más limpio, era el más mexicano. Y entonces, en 1998 pasó algo, algo que cambió todo, algo que llevó a Finito López a la encrucijada más grande de su carrera.
En marzo de ese año, en la Plaza de Toros México ante miles y miles de mexicanos enardecidos, Ricardo López subió al ring para unificar los títulos minimosca contra otro guerrero, el nicaragüense Rosendo Álvarez. Y esa pelea se convirtió en una guerra, una verdadera guerra. Y en el séptimo asalto, un cabezazo accidental cortó afinito, le abrió la frente, le bañó la cara en sangre y la pelea se fue a las tarjetas.
Y los jueces, en una decisión que sigue ardiendo en el alma de los mexicanos hasta el día de hoy, la declararon empate técnico. Empate. La basura cayó al ring. Los aficionados gritaban robo, robo, robo! El honor definito, ese honor inmaculado, ese récord perfecto que decía 47 victorias y cero derrotas. Ahora tenía una mancha, un empate, una sola mancha, pero una mancha al fin.
Esa noche Ricardo López lloró. Lloró en los vestidores, lloró en silencio y juró. Juró por su madre. Juró por la bandera. Juró por todos los mexicanos que habían apostado su corazón a él que iba a borrar esa mancha. Y lo hizo 8 meses después. En noviembre de 1998, Finito López le ganó la revancha a Rosendo Álvarez por decisión dividida, una decisión ajustada, pero ganó.
recuperó el cinturón unificado, recuperó el honor, recuperó México. Pero algo había cambiado, algo dentro de Ricardo López ya no era lo mismo. Hacer el peso de las 105 libras se había vuelto un infierno. A los 32 años su cuerpo le pedía clemencia. Cada vez que tenía que bajar al peso paja, era una tortura. Pasaba hambres, pasaba sed, su piel se ponía gris, su cabello perdía brillo y Nacho Berstein lo veía sufrir y le dijo, le dijo lo que ningún entrenador mexicano se había atrevido a decirle a su pupilo más grande. Le dijo, “Ricardo,
ya es hora. Ya no es por dinero, ya no es por fama, es por tu salud. Sube de peso, sube a las 108 libras. Sube al peso Minimosca Junior, vete al Light Flyweight y allá arriba busca otra corona. Infinito le hizo caso y en septiembre de 1999 anunció lo que parecía imposible. Después de 14 años en la división de las 105 libras, después de 21 defensas, después de toda una era, Ricardo López subiría 3 libras.
3 libras que en el boxeo de los chiquitos son una eternidad. 3 libras que pueden cambiar todo. 3 libras que para un peleador de su tamaño podían ser la diferencia entre seguir siendo invencible o caer por primera vez en su carrera. Y como castigo por dejar la división, el Consejo Mundial y la Asociación Mundial le quitaron sus cinturones, le quitaron las coronas que había defendido durante una década, lo dejaron sin nada, lo dejaron desnudo, lo dejaron, decían los gringos, vulnerable.
Pero México sabía, México sabía que un Fito López sin cinturones seguía siendo finito López y México lo iba a apoyar hasta el final y entonces apareció el rival Will Grigy. Anótalo bien. Will Griffby, 29 años, Saint Paul, Minnesota, Estados Unidos de América. campeón mundial Light Flyweight de la Federación Internacional de Boxeo y un peleador que, déjame decirlo con todas sus letras, era peligroso, muy peligroso, más peligroso de lo que la gente recuerda hoy.
Grige venía del barrio, venía de las calles duras de Saint Paul, de un vecindario llamado Selby Dale, donde crecer significaba pelear todos los días por no ser nada. Griby boxeaba desde niño. Griby tenía instinto. Griby tenía manos rápidas y Griby tenía una historia rara, casi novelesca, que le daba un aura de leyenda underground en los círculos del boxeo americano.
¿Sabes cuál era esa historia? En 1988, en apenas su segunda pelea profesional, Will Grig se enfrentó nada menos que a Michael Carvajal, el mismísimo Michael Carvajal, el que después sería ídolo del boxeo méxicoamericano, El futuro salón de la fama. Y Griby con apenas dos peleas como profesional casi le gana, casi le gana.
perdió por decisión dividida en su segunda pelea profesional. Una decisión que muchos pensaron que en realidad había ganado, pero perdió y se desilusionó y se retiró. 5 años se retiró del boxeo. 5 años en la nada. 5 años trabajando lo que se podía, sobreviviendo, viendo pasar la vida. Pero la sangre del boxeo no se va.
Y en 1995, Will Grixby regresó y regresó con hambre y empezó a ganar. Y ganó. Y ganó. Y ganó. hasta que en diciembre de 1998 en Fort Lauderdale, Florida, le dieron la oportunidad una pelea por el título mundial Light Flyweight de la Federación Internacional de Boxeo. Vacante. Su rival era el tailandés Ratanapol Sor Borapin.
Un monstruo, un peleador con récord de 37 victorias, un campeón temido, un hombre que hacía temblar a las divisiones pequeñas del mundo entero. Y Will Grig lo destrozó. lo destrozó, le dio una paliza, una paliza tan completa, tan absoluta, tan demoledora, que los que vieron la pelea esa noche en Florida salieron del recinto convencidos de que no existía un solo peleador de 108 libras o menos en todo el planeta capaz de vencer a Will Grixby.
El salón de la fama del boxeo de Minnesota lo dejó por escrito con todas sus palabras. Después de ver lo que le hizo Griby al tailandés, nadie creía que existiera un hombre pequeño en este mundo capaz de derrotarlo. Nadie, excepto un mexicano. Un mexicano de Cuernavaca, un mexicano de 1,60, un mexicano que ya no era campeón, pero que cargaba en los hombros la dignidad de 100 millones de personas.
Y se firmó el contrato 2 de octubre de 1999, Las Vegas, Nevada. The pavilion de Las Vegas Hilton como semifondo de la pelea estelar entre Julio César Chávez y Willy Wise. Don King de promotor. Showtime transmitiendo a todo Estados Unidos. Vía digital transmitiendo a toda América Latina. Jaime Ugarte, Xavier Aspitarte y Elio Guzmán en los micrófonos para los hispanos. El árbitro Joe Cortés.
Las tarjetas Mike Gliena, Joseph Pascuale. Bill Graham. 12 asaltos. Título mundial: Light Flywe Weight de la Federación Internacional de Boxeo en Juego. Ricardo Finito, López contra Will Grigby. El mexicano contra el americano, el bicampeón contra el campeón, la leyenda contra el Guerrero del Bronx Blanco de St.
Paul y México entero, México de costa a costa, México del Bravo a suiate. Encendió la televisión esa noche con el corazón en un puño. La semana del combate Las Vegas se transformó. Las Vegas, esa ciudad que nunca duerme, esa ciudad de neón y vicio, esa ciudad donde el boxeo siempre ha hecho su casa, se llenó de mexicanos. Llegaron de Los Ángeles, de San Diego, de Chicago, de Houston, de Phoenix, de Dallas.
Llegaron en autobuses, llegaron en camionetas, llegaron caminando si era necesario, llegaron con banderas en las mochilas, con sombreros, con camisetas verdes blancas y rojas, con rosarios en el cuello y con la voz lista para gritar el nombre definito hasta perder la garganta. El miércoles previo al combate hubo conferencia de prensa.
Ricardo López llegó vestido de traje gris, discreto, elegante como siempre. Los reporteros estadounidenses, esos reporteros que durante años lo habían ignorado, esa noche estaban ahí. Estaban ahí porque sabían, sabían que algo grande podía pasar. Sabían que si López ganaba esa pelea, se convertía en uno de los pocos mexicanos en la historia del boxeo, en ganar coronas mundiales en dos divisiones distintas, siendo aún invicto.
Sabían que si Grixby ganaba terminaba la era de López para siempre. A Finito le preguntaron en inglés si tenía miedo, si tenía dudas, si pensaba que 3 libras de diferencia podían acabar con su carrera. Y Ricardo López, con esa calma que solo tienen los hombres que ya lo han visto todo, contestó en español, en su español de Cuernavaca, en el español de los abuelos.
y dijo, “Y México se acuerda hasta hoy que él subía al cuadrilátero a hacer su trabajo, que él no iba a esa pelea por la fama, que él no iba por el dinero, que él iba por algo mucho más grande, iba por su gente, iba por la bandera, iba por todos los chiquitos que en México estaban entrenando en gimnasios sin aire acondicionado, con vendas usadas, con guantes prestados, soñando con ser como él.
” Will Grixby también habló y Will Grixby dijo cosas duras. Dijo que López era un viejo. Dijo que López era pequeño. Dijo que López nunca había peleado en 108 libras y que esa noche iba a sentir el poder verdadero de la división. Dijo que iba a tumbarlo al canvas. Dijo que iba a ser la primera derrota de la carrera de finito. Los mexicanos en la sala se quedaron callados, pero por dentro ardían.
El viernes, día del pesaje. El Hilton se llenó. Aicionados mexicanos tomaron el lobby. Bandera tricolor por todos lados. Mariachis. Gritos. México, México, México. Cuando Finito López subió a la báscula, los flashes de las cámaras estallaron. Pesó exactamente 108 libras, ni una más ni una menos, el peso límite de la división.
Su cuerpo se veía bien, más lleno que nunca, más sólido, como si hubiera estado guardando energía durante años. Cuando bajó de la báscula, levantó el puño derecho, un solo gesto, un gesto silencioso y todo el lobby explotó en un grito que sacudió las paredes. México. Griffby pesó 108. También pesó duro. Pesó en forma.
Sus músculos estaban marcados como cuerdas. Sus ojos estaban quietos. Tenía la mirada de un hombre que va a la guerra sabiendo que va a ganar. Cuando los dos peleadores se pararon frente a frente para la foto del careo, los flashes los rodearon como una tormenta y ahí pasó algo, algo pequeño, algo que solo notaron los que estaban cerca.
Will Grixby le dijo algo a Ricardo López en inglés, algo entre dientes, algo provocador y finito, sin mover un músculo de la cara, sin perder esa serenidad de monje guerrero que siempre lo caracterizó. Le clavó la mirada. Una mirada que decía todo. Una mirada que decía mañana sabrás. Una mirada que decía mañana hablamos. Una mirada de mexicano que ha sido subestimado 1 veces y que sabe lo que viene.
El sábado por la noche llegó 2 de octubre de 1999. Un día que iba a entrar en la historia, un día que iba a quedar grabado para siempre. De pavilion de Las Vegas, Hilton estaba lleno, lleno hasta el techo. Más de 5000 personas adentro. La mayoría mexicanos. La mayoría con la garganta lista. La mayoría con los ojos brillantes.
Showtime estaba transmitiendo en vivo a todo Estados Unidos, vía digital a Latinoamérica. En México era cerca de la medianoche y desde Tijuana hasta Mérida, desde Ciudad Juárez hasta Tapachula, las casas tenían las luces encendidas, las cantinas estaban llenas, las familias estaban reunidas frente a la pantalla, los abuelos, los padres, los niños, todos esperando, todos rezando.
Cuando Will Grixby salió de los vestidores, sonó música rap, salió saltando, salió con una bata blanca y dorada con su nombre bordado, salió con su esquina detrás, su entrenador Dennis Presley sus seconds, subió las escaleras del cuadrilátero rápido, levantó los puños, gritó, la parte estadounidense del público lo aplaudió.
Pero los aplausos eran ligeros, eran tibios, porque la mayoría de la gente esa noche no estaba ahí por él. Y entonces sonó el otro tema musical y se hizo silencio y se apagaron las luces y un foco amarillo iluminó el pasillo. Y por ese pasillo, despacio, sin prisa, sin saltar, sin gritar, caminó un hombre, un hombre pequeño, un hombre serio, un hombre que llevaba en la cabeza una banda con los colores de la bandera mexicana y que tenía bordadas en los shorts las palabras México y finito.
Y a su lado caminaba Nacho Berstein y atrás su esquina y el aire pesaba y los mexicanos del público se levantaron de sus asientos y empezó, empezó el grito. Primero suave, luego más fuerte, luego como un trueno. México, México, México. Y Ricardo López caminaba mirando al frente sin sonreír, sin levantar el puño, concentrado como un sacerdote que se prepara para oficiar una misa sagrada y subió las escaleras del cuadrilátero y se persignó y miró al cielo y respiró.
El presentador anunció a los peleadores. Primero a Griffby, el campeón. 14 victorias, una derrota, un empate. Seis knockouts. St. Paul, Minnesota, la esquina blanca. Hubo aplausos, sí, pero también hubo algunos silvidos. Y luego anunció a López y cuando dijo el nombre, cuando dijo Ander from Cuernavaca, Morelos, México, Ricardo Finito, Lopez, el Hilton estalló.
Estalló como si se hubiera caído el techo, como si una bomba mexicana hubiera detonado en el centro del pabellón. La gente saltó, las banderas se agitaron, los gritos se convirtieron en un solo rugido. 48 victorias, cero derrotas, un empate, 36 knockouts. Bicampeón mundial buscando su tercera corona. Y aunque los americanos lo habían subestimado durante años, esa noche en su propia casa en Las Vegas, en el corazón de Nevada, México lo recibió como a un emperador.
Joe Cortés los llamó al centro, les dio las instrucciones. Pelea limpia, sin golpes bajos. Defiéndanse en todo momento. Cuando ordene parar, paran. Cuando ordene seguir, siguen. Toquen guantes. Y los dos se tocaron los guantes. Y los dos volvieron a sus esquinas. Y la campana sonó. Y empezó la guerra. Primer asalto.
Los dos peleadores salen midiéndose. Grixby en el centro del ring, finito moviéndose por afuera. Y aquí, desde el primer segundo, México pudo ver algo que iba a marcar todo el combate. Ricardo López no había venido a improvisar. Ricardo López no había venido a sorprenderse. Ricardo López y Nacho Berstein habían estudiado a Will Grig como un libro abierto.
Y lo primero que hizo el mexicano fue establecer el jab, ese jab quirúrgico, ese jab de relojero suizo, ese jab que durante 14 años había hecho llorar a los rivales de las 105 libras. Pum, pum, pum. A la cara de Griby tocando, marcando territorio, diciéndole sin palabras, “Aquí estoy, no me vas a tocar.” Griffby intentó responder, avanzó con la guardia alta, tiró un gancho de izquierda al cuerpo, finito se movió, salió, pivoteó y desde ángulo lanzó una mano derecha que entró limpia por encima del hombro del americano. Pum. La cabeza
de Griby se sacudió 1 milímetro, pero no cayó. Aguantó. Y los aficionados mexicanos sintieron el primer escalofrío de orgullo porque vieron lo de siempre. Vieron a su finito, vieron al maestro. El asalto avanzó. Grixby trató de meter presión. Finito no se dejó. Cada vez que Griby quería cortar el ring, Finito se deslizaba a un costado.
Cada vez que Griby tiraba dos manos seguidas, Finito ya había salido del rango. Era boxeo de alta escuela, era boxeo de Tisa, era boxeo de Verystein. Y los comentaristas en Showtime, esos que durante años habían hablado mal definito, esa noche tuvieron que tragarse las palabras porque lo que estaban viendo era arte puro.
Cuando faltaban 15 segundos para el final del primer round, hubo un intercambio. Griffby lanzó un cross finito lo bloqueó con el guante derecho y devolvió con un uppercut izquierdo al estómago. Grixby gruñó y la campana sonó. Primer asalto para Ricardo López. En la esquina mexicana, Beristein se acercó, le habló al oído afinito, le dijo que estaba bien, que siguiera así, que Griby era fuerte, pero predecible, que cuidara la izquierda del americano, esa izquierda peligrosa que ya había noqueado a varios.
Y le dijo algo más, algo que solo dicen los maestros. Le dijo, “Estás peleando por todos los nuestros, no lo olvides.” Finito asintió en silencio. Segundo asalto. Y aquí Will Grixby cambió la estrategia. sintió que en el primer round le habían faltado opciones y se lanzó. Salió tirando. Empezó a presionar, a pisar el espacio, a buscar el cuerpo a cuerpo.
Y aquí los mexicanos del público empezamos a sentir la primera ola de tensión porque Griby era más fuerte físicamente, era más joven, era más fresco y si lograba meter a Finito contra las cuerdas, podía pasar cualquier cosa. Pero Finito leyó la jugada. Finito había visto esto 1000 veces.
Finito ya estaba listo y cuando Grixby intentó cargar hacia adelante, Ricardo se metió por la izquierda y le clavó una combinación de tres golpes. Jab derecha, gancho de izquierda. Pum, pum, pum, limpia, quirúrgica. Y Griby se detuvo. Se detuvo en seco como si hubiera chocado con un muro invisible. Y los mexicanos en el Hilton gritaron. Gritaron con todo porque vieron lo que solo Finito sabía hacer.
Vieron como el más pequeño le enseñaba al más grande quién mandaba en ese cuadrilátero esa noche. A mediados del round, sin embargo, pasó algo feo, algo que ya había marcado peleas anteriores de finito. Los dos peleadores se cerraron y en el cierre las cabezas chocaron. Choque accidental, frontal, seco y por encima de la ceja izquierda de Ricardo López brotó una línea de sangre roja, caliente, inmediata.
Y el corazón de México dio un vuelco. Otra vez. Otra vez no. Pensamos. Otra vez no. Esa cabeza rompiéndose. Otra vez no la sangre tapándole el ojo afinito. Otra vez no. El árbitro Joe Cortés paró la acción, miró el corte. El doctor del Ringside, le revisó y dijo que se podía continuar. Y la pelea siguió. Y Griby oliendo la sangre del mexicano, atacó con todo.
Lanzó una andanada de golpes, pero finito, herido, sangrando, con una de las cejas abiertas, no retrocedió, no dio ni un paso atrás, le respondió con un cross que entró firme y los dos terminaron el round intercambiando. Cuando regresó a la esquina, Beristein trabajó rápido, le puso hendura tolerada en la herida, le aplicó la presión exacta, le habló al oído, le dijo que el corte estaba en lugar peligroso, pero que aguantaría, que no se preocupara, que respirara, que el mundo lo estaba viendo, que México lo estaba viendo y finito asintió. Tercer asalto. Y aquí
México volvió a respirar porque Ricardo López salió como si nada hubiera pasado, como si no tuviera la frente abierta, como si no tuviera la sangre bajándole por el ojo, como si fuera un hombre que no conocía el dolor y empezó a boxear con una elegancia que solo se ve cada 20 o 30 años en el boxeo mundial.
Cada vez que Grixby se acercaba, Finito ya no estaba ahí. Cada vez que Griby tiraba, Finito ya había contestado. Cada vez que Griby quería pensar, Finito ya estaba pensando dos jugadas adelante. Era ajedrez, ajedrez puro. En el ajedrez del cuadrilátero, el rey blanco era el americano, pero el rey negro era mexicano y el rey negro estaba dando una clase magistral.
A los 2 minutos del tercer asalto, Finito conectó la combinación de la noche. Yaaba al rostro, cruzado de derecha a la mejilla, gancho de izquierda al hígado y subiendo, una segunda derecha que entró por encima de la guardia y le tocó la mandíbula al americano. Cuatro golpes en menos de un segundo. Cuatro golpes perfectos.
Y Grixby retrocedió por primera vez en la pelea. Grixby retrocedió de verdad. Sus piernas dudaron. Apenas un instante, apenas una fracción, pero los aficionados mexicanos lo notaron y el Hilton volvió a explotar. Y de los gritos salió uno más fuerte que los demás, un grito que se había escuchado antes en muchas peleas grandes.
Sí se puede, sí se puede, sí se puede. México adentro del Hilton, México vibrando, México creyendo. Cuando sonó la campana del tercero, los tres jueces tenían a finito arriba. Estaba ganando. Claro, estaba ganando con autoridad y la sangre de la frente seguía bajándole, pero seguía boxeando como si la sangre fuera tinta de imprenta y él estuviera escribiendo en directo en tiempo real, frente a 5000 testigos.
La página más bonita de su carrera. Cuarto asalto. Y aquí en este round Will Grixby demostró por qué era campeón mundial. Porque no se quebró, porque no se rindió, porque salió a buscar a finito con todo. Cambió la estrategia, decidió que no iba a esperar, decidió que iba a meter manos, iba a meter volumen, iba a meter cantidad, si no podía meter calidad.
Y por primera vez en la pelea, Will Grig tuvo un round bueno, no ganador, no claro, pero un round competido. Empezó a tocar con jabs de izquierda, empezó a doblar el jab y meter cross. Empezó a hacer su trabajo y a la mitad del asalto conectó un gancho de izquierda al cuerpo de Finito que se escuchó hasta los asientos del fondo.
Pum, sólido, real. Y Finito sintió. Por primera vez en la noche, Finito sintió un golpe de verdad. Un golpe que dolió. Un golpe de hombre de 108 libras. Un golpe que en sus 14 años en 105 libras nunca había recibido. Y esa fue la primera prueba real, la prueba del peso, la prueba de la división nueva, la prueba de si Ricardo López estaba listo para esto y México contuvo la respiración porque vimos a Finito hacer una mueca, una mueca breve, apenas un segundo, pero la vimos y por un instante, un instante terrible, pensamos
que tal vez había sido un error. Tal vez Beristein se había equivocado. Tal vez subir de peso había sido una locura. Tal vez esta era la noche en que iba a caer. Pero Finito hizo lo que siempre hacía. tragó saliva, apretó los dientes, movió los pies y disparó el contragolpe. Cross de derecha, pum, limpio a la cara de Griby y siguió como si nada, como si el golpe al cuerpo no le hubiera dolido, como si fuera de hierro, como si fuera de mármol, como si fuera mexicano.
Cuando regresó a la esquina, México volvió a respirar. Pero todos sabíamos, todos los que de verdad veíamos boxeo sabíamos que esto recién empezaba y que faltaban ocho rounds. Ocho rounds eternos. Ocho rounds de matar o morir. Quinto asalto. Y aquí, en este round, pasó algo que cambió el clima de la pelea, porque los dos peleadores ya tenían el ritmo, ya se conocían, ya se habían medido.
Y ahora venía la pelea de verdad, la pelea de hombres, la pelea sin máscaras. Y Will Griffby, animado por el buen cuarto round que había tenido, salió decidido a doblar la apuesta, salió a presionar, salió a apretar, salió a buscar el cuerpo a cuerpo y en este round empezaron los choques. Choques de hombros, choques de codos, choques de cabezas.
El boxeo se ensució un poco y a la mitad del asalto ocurrió otra vez otro cabezazo, esta vez por el lado derecho y la frente de finito ya cortada se abrió otra vez y la sangre brotó con más fuerza. Le bañó la cara entera, le manchó el pecho, le manchó los shorts y México, México que estaba pegado a la pantalla sintió que el alma se le caía a los pies.
Pero algo más pasó, algo que la cámara captó perfectamente, algo que Will Grig también empezó a sangrar. Sí, el americano, el americano duro, el americano peligroso, también tenía un corte. En la nariz, en el labio, la sangre le salía. Y eso, aunque el público no lo quisiera reconocer, era una victoria silenciosa de finito.
Porque significaba que sus golpes estaban entrando, porque significaba que el mexicano, aunque sangrando, estaba haciendo daño, porque significaba que Griby no era invulnerable. Joe Cortés detuvo el combate brevemente, le revisó la cara a López, decidió que podía seguir y siguieron. Y los dos hombres cubiertos de sangre se cerraron en un intercambio brutal. Pum, pum, pum, pum.
Cuatro golpes intercambiados en menos de 3 segundos. Sin clinch, sin escapatoria, sin diplomacia. Solo dos hombres pequeños, gigantes en valor, peleando como si fuera la última pelea del mundo. Y los aficionados mexicanos, en lugar de asustarse por la sangre, empezamos a gritar más fuerte, más fuerte.
Y de las gargantas salió otro grito, un grito antiguo, un grito ancestral, un grito que ha acompañado al boxeo mexicano desde los tiempos de Salvador Sánchez. México, México, México. Y la campana del quinto sonó. Sexto asalto, mitad del combate, punto de inflexión. Y aquí México vio lo que ningún estadista, ningún político, ningún académico, ningún periodista deportivo puede explicarle a alguien que no sea de boxeo.
Aquí México vio en directo en vivo lo que es la grandeza pura, lo que es la dignidad de un peleador, lo que es estar herido y aún así dar la vida por la bandera. Porque Ricardo López con la frente abierta en dos lugares, con la sangre cayéndole a goterones, con el ojo izquierdo casi cerrado por la inflamación, salió a este sexto asalto a hacer algo que solo los grandes hacen.
Salió a dominar, no a sobrevivir, no a defenderse, a dominar. Y en los primeros 30 segundos del round conectó la combinación más bonita de toda la noche. Dos jabs, cross de derecha, gancho de izquierda al hígado, gancho de derecha a la mandíbula. cinco manos, cinco golpes perfectos y Will Griffsby retrocedió tres pasos y se pegó a las cuerdas.
Y por un momento los aficionados pensamos que iba a caer, no cayó, aguantó, pero estuvo cerca. Estuvo muy cerca y los comentaristas en español lo gritaron. Jaime Ugarte con esa voz épica que tiene lo gritó. Lo tiene, lo tiene finito. Está peleando con la frente abierta y aún así está dándole una clase.
Y México vibró. Y México ardió y México creyó. Pero el sexto round no había terminado. Y Griby herido no muerto, hizo lo que hacen los campeones cuando están contra las cuerdas. Sacó la garra, salió rebotando, tiró un gancho de izquierda con todo y conectó. Y finito sintió y se tambaleó. No mucho, apenas 1 milro.
Pero se tambaleó y el silencio cubrió el Hilton por una fracción de segundo. El silencio del miedo, el silencio del y si cae. No cayó. Finito. No cayó. Finito se acomodó. Movió los pies, pivoteó y se sacudió el golpe como un torero esquiva unasta. Y siguió boxeando y la campana sonó. Sexto asalto dividido, pero peleado con la sangre y con el alma.
Séptimo asalto. Y aquí después de seis rounds, los dos peleadores empezaban a sentir el cansancio. Pero el cansancio no como un freno, el cansancio como una motivación, como un combustible. Porque cuando un boxeador está cansado pero sigue peleando, ahí es donde sale lo verdadero, ahí es donde sale el carácter.
Y Ricardo López en este séptimo asalto mostró el carácter de toda una nación. salió midiendo otra vez como si los rounds anteriores no hubieran existido, como si las cejas no le sangraran, como si la inflamación no le tapara medio ojo. Y empezó a tirar el jab. Pum, pum, pum. Otra vez el jab. Ese jab que era marca registrada, ese jab que era patrimonio cultural de México, ese jab que durante una década había sido la cuchilla de la división de los chiquitos.
Grixby trató de cortar el ring, trató de meterlo a las cuerdas, pero finito, aunque cansado, era un fantasma, no estaba donde se suponía que estaba, no estaba ahí donde tirabas y cada vez que Grixby fallaba un golpe, recibía dos. A mediados del round, Finito conectó algo bello, una contra. El americano tiró un cross. Finito lo evadió con un slip mínimo.
Ese slip de cintura que solo los mexicanos tradicionales saben hacer. y devolvió con un cross propio que entró limpio. ¡Pum! La cabeza de Grixby giró y después encadenando Finito tiró un gancho de izquierda al cuerpo. ¡Pum! Y Griby gruñó otra vez. Tercera vez en la pelea que el americano gruñe. Tercera vez en la pelea que duele.
y los aficionados mexicanos, los que estábamos gritando desde el primer round, empezamos a creer, de verdad, a creer profundamente que esto se iba a hacer, que esa noche, esa noche en Las Vegas, Finito López iba a salir con la corona de las 108 libras, que íbamos a tener bicampeón mundial mexicano vigente, que la afrenta del empate con Rosendo Álvarez iba a quedar sepultada definitivamente, que la prensa estadounidense iba a tener que reconocer Finalmente que un mexicano de 108 libras podía ser tan grande, tan completo, tan legendario como cualquier campeón
pesado. Cuando regresó a la esquina al final del séptimo, Beristein lo recibió con cariño, le limpió la cara, le habló al oído y por primera vez en la noche le dijo algo que sonó casi como una orden. Ricardo, faltan cinco, cinco rounds y lo tenemos. Lo tenemos, pero no te confíes, no bajes la guardia.
Este hombre no se rinde. Mantén la mente. Infinito asintió. Sin hablar, sin sonreír. Solo asintió como un soldado que recibe la última orden antes de la batalla final. Octavo asalto. Will Grixby salió desesperado y cuando un peleador se desespera en el boxeo, normalmente significa el principio del fin. Pero Grixby era duro.
Griby tenía orgullo y Griby sabía que iba abajo en las tarjetas y entonces decidió arriesgar todo. Salió tirando. Tiró cuatro manos al hilo en los primeros segundos del round. Cross, gancho, cross, uppercut. Y dos de esas manos entraron, una al cuerpo, una al rostro. Finito retrocedió. Por primera vez en la pelea. Retrocedió de verdad.
Tres pasos, las cuerdas detrás y Griby se le fue encima. Olió la sangre, tiró cinco, seis manos, una serie, una andanada y los aficionados mexicanos sentimos otra vez ese vuelco, ese vuelco horrible del corazón que cae al estómago. Pensamos que podía pasar. Pensamos que tal vez ahora sí, en este round, en este maldito round, podía caer finito, pero entonces, con una elegancia que pocos peleadores en la historia del boxeo han tenido, Ricardo López hizo algo.
Hizo lo que solo los maestros hacen cuando están contra las cuerdas. Pivoteó. Pivoteó saliendo por la izquierda y cuando Grex vigiró buscándolo, ya estaba afuera. Ya había salido del rincón. ya estaba en el centro del cuadrilátero y el americano, vendido por su propia avanzada, se quedó solo en las cuerdas mirando al mexicano que ahora le sonreía.
Sí, le sonreía apenas. Una sonrisa triste, una sonrisa de hombre que sabe lo que está haciendo. Y México se levantó y México gritó. Y los americanos del público también aplaudieron. Porque cuando ves arte así, cuando ves boxeo así, cuando ves técnica así, no hay frontera que valga, no hay nacionalidad que importe, solo importa la grandeza.
Y esa noche en el Hilton todo el mundo vio grandeza, lo que quedó del octavo round lo dominó finito, boxeó, movió, tocó, no se cansó. Era una máquina mexicana. Era reloj suizo de Cuernavaca. Era el resultado de 14 años de estudiar a Beristin. Y cuando sonó la campana, los tres jueces estaban convencidos. Estaban convencidos de que la pelea iba claro para el lado mexicano, pero faltaban cuatro rounds y en el boxeo cuatro rounds son una eternidad. Novo asalto.
Y aquí en este nono, las dos esquinas hablaron, las dos esquinas trabajaron, las dos esquinas dieron instrucciones y los dos peleadores volvieron a salir. Pero la energía había cambiado, era distinta. Era la energía del que sabe que se le acaba el tiempo contra la energía del que sabe que lo está haciendo. Era el desespero contra la calma, era la juventud contra la experiencia, era Saint Paul contra Cuernavaca, era los Estados Unidos contra México y México fue ganando todo el round despacio, sin prisa, sin alarde, como un señorío, como
un emperador en su trono. Cada minuto que pasaba era un minuto más cerca del título. Cada golpe que tocaba era un golpe más para la posteridad. Infinito boxeó. Boxeó con una sabiduría que solo los más grandes tienen. No se arriesgó. No buscó el knockout. Sabía que ya tenía la pelea.
Sabía que solo tenía que terminarla y los tres jueces lo iban escribiendo en sus tarjetas. Pero faltaba algo. Faltaban tres rounds. Faltaba lo más difícil. Faltaba lo que separa a los buenos de los grandes. Y Will Grigby, el campeón en el papel, todavía no había muerto, todavía no había firmado la rendición y eso en el boxeo siempre es peligroso.
Décimo asalto. Y este round, déjame decírtelo claro, fue el round más nervioso para los mexicanos que estábamos viendo, porque Will Grigo el orgullo del mundo, con todo el coraje del peleador que no quiere perder su corona, se lanzó como nunca. Salió tirando con todo, con todo lo que tenía, como si supiera que era ahora o nunca, como si supiera que si no caía finito en este round, ya no caía y nos asustó.
A todos los mexicanos nos asustó porque conectó dos manos al cuerpo definito y conectó un cross al rostro. Y por unos segundos, el árbitro Joe Cortés pareció dudar si parar la pelea para revisarle de nuevo el corte de la frente al mexicano porque la sangre le había vuelto a brotar con fuerza. Pero Cortés no paró y finito otra vez, otra vez, otra vez hizo lo que llevaba haciendo toda la noche.
Se acomodó, movió y respondió cross de derecha, gancho de izquierda y se salió de la zona caliente y empezó a circular alrededor del americano y a tocarlo y a tocarlo y a tocarlo. Y aunque los golpes ya no eran tan fuertes como en los rounds tempranos, eran muchos, eran todos. Y los tres jueces anotaban. Cuando sonó la campana del décimo, los aficionados mexicanos del Hilton estaban de pie, de pie completos, aplaudiendo, gritando, llorando algunos, porque sentíamos sentíamos que esto se iba a hacer, que Finito lo iba a lograr, que
después de todo, después de tanto, después de tantas dudas, tantos sacrificios, tantas hambres, tantos sudores, este mexicano de Cuernavaca iba a regresar a casa. con una segunda corona mundial, con un segundo cinturón, con la cabeza alta, con la dignidad intacta y nos servía la sangre, nos servía de orgullo.
Décimo, primer asalto, penúltimo round. Y aquí los dos peleadores ya iban en automático, ya iban con el cuerpo molido, ya iban con la mente nublada por el cansancio acumulado, pero seguían porque los grandes no se rinden, porque los grandes pelean los 12 rounds completos, aunque el cuerpo les pida clemencia. Will Grixby intentó otra carga, pero se notaba que ya no tenía la fuerza del cuarto round, ya no tenía la velocidad del primero, estaba quemado, había gastado demasiado, había arriesgado demasiado en los rounds intermedios
buscando el knockout y ahora en el penúltimo le pasaba la factura y finito, en cambio, se mantenía increíblemente después de 11 rounds, después de los cabezazos, después de la sangre, después de subir de peso, después de todo. El mexicano se mantenía como si tuviera tres tanques de oxígeno escondidos en alguna parte, como si el corazón no se le cansara nunca.
Y en este round, en este primero, Ricardo López hizo lo que podríamos llamar el movimiento mexicano, esa cosa que solo los peleadores aztecas saben hacer. Se paró. Se paró firme, se paró con los dos pies plantados como un árbol y empezó a tirar las dos manos. No con velocidad, no con sutileza, con peso, con fundamento, con rabia controlada.
Y le metió a Will Grixby una serie de cuatro golpes que sacudieron al americano hasta los tobillos. Gancho, cross, uppercut y Grixby retrocedió y se cubrió y aguantó, pero estuvo cerca. Otra vez estuvo cerca y los aficionados mexicanos volvimos a gritar. Gritamos como si Finito ya hubiera ganado. Gritamos como si la campana final ya hubiera sonado.
Gritamos como si el árbitro ya hubiera levantado el brazo del mexicano. Pero faltaba un round, solo uno. 3 minutos. 3 minutos eternos. 3 minutos donde podía pasar lo que fuera. Y ese round, ese último round fue para la historia. 12undo. Asalto. La campana sonó por última vez. Los dos peleadores se levantaron de los banquillos y el Hilton, todo el Hilton, se puso de pie.
5,000 personas paradas, todas sin excepción, aplaudiendo, gritando, llorando algunas. Y los dos peleadores caminaron al centro del cuadrilátero y se tocaron los guantes. Sí, en medio del último round, antes de empezar a pelear, Will Grixby le tocó los guantes a Ricardo López como diciendo respeto. Como diciendo, “Gracias.
como diciendo, “No importa quién gane, esto fue grande.” Y entonces empezó la última batalla. Will Grixby, sabiendo que iba abajo en las tarjetas, sabiendo que solo el knockout le quedaba, se lanzó como un huracán. Tiró todo lo que tenía. Cross, gancho, cross, uppercut, una andanada de seis, siete, ocho golpes seguidos en los primeros 30 segundos del round y dos de esas manos entraron y una entró fuerte.
le pegó afinito en la mandíbula con todo el peso del cuerpo del americano y por una fracción de segundo, una fracción tan corta que casi no se puede medir, las piernas de Ricardo López dudaron. Dudaron y México, que estaba viendo, sintió que el corazón se le paraba. Pero Finito no cayó. Finito apretó.
Finito agarró fuerte el cuadrilátero con los pies y disparó el contragolpe. Cross, cross, cross. Tres derechas seguidas a la cara del americano y Will Grixby retrocedió y se quedó plantado. Y los dos peleadores en el centro del ring en el último minuto del último round se metieron en un intercambio que iba a ser recordado para siempre.
20 golpes intercambiados en una serie continua, sin clinch, sin parar, sin diplomacia, como dos espadachines en duelo a muerte. Y los dos sangrando. Y los dos tambaleándose. Y los dos sin querer ceder ni un milímetro. Era México contra Estados Unidos. Era Cuernavaca contra Saint Paul. Era el orgullo contra el orgullo.
Era la dignidad contra la dignidad. y los aficionados mexicanos, los 5,000 que estábamos en el Hilton, los millones que estábamos pegados a las pantallas en México, los cientos de miles que veían en California, en Texas, en Chicago, en Nueva York, todos al mismo tiempo, en el mismo segundo, gritamos. Gritamos hasta romper la garganta.
Gritamos un solo grito y Ricardo López, herido, sangrando, exhausto, con el cuerpo destrozado por 27 años de boxeo, con la cara cubierta de sangre seca y nueva mezcladas, sacó de algún lugar adentro de él, de algún lugar donde solo los grandes saben buscar, una última energía, una última gota, una última flama y se metió a tirar siete manos limpias sobre la cara de Will Griby.
Y el americano se tambaleó y se pegó a las cuerdas. Y por un segundo los aficionados mexicanos creímos que íbamos a ver el knockout, que íbamos a ver caer al americano, que íbamos a ver la apoteosis perfecta y nos desgañitamos. Gritamos como si fuera el último grito de nuestras vidas, pero Will Grixby no cayó. Will Grixby aguantó.
Le sobró orgullo, le sobró carácter y aunque tambaleándose, aunque ensangrentado, aunque exhausto, salió de las cuerdas y siguió peleando los últimos 15 segundos y le tiró a finito un último gancho, un último gancho de despedida, un último gancho de hombre y Finito lo bloqueó y le devolvió un último ja. Un último hub de mexicano, un último hub de leyenda.
Y entonces sonó la campana, la campana final, la última campana, la campana del destino. Y los dos peleadores, los dos hombres pequeños que habían dado todo durante 36 minutos, se detuvieron. Se detuvieron donde estaban y se miraron. Y no se dijeron nada. No tenían que decirse nada. La mirada lo dijo todo. La mirada decía, “Hermano, peleamos.
” La mirada decía, “Hermano, fuimos hombres.” La mirada decía, “Gane quien gane.” Los dos hicimos historia esta noche. Y se abrazaron. En el centro del ring, los dos peleadores se abrazaron como hermanos, como guerreros, como peleadores que entienden que la verdadera fraternidad del boxeo solo se conoce dentro del cuadrilátero. y el Hilton, todo el Hilton, los aficionados mexicanos y los americanos juntos, los promotores, los entrenadores, los reporteros, los managers, los Ringside, todos, todos al mismo tiempo se pusieron de pie, de pie completos y aplaudieron.
Aplaudieron durante un minuto entero. Aplaudieron a las dos almas que acababan de regalarles una de las peleas más bellas, más limpias, más dignas, más bravas que se hubieran visto en años en la división de los chiquitos. Y entonces vino lo más largo de todo, lo más doloroso de todo, lo más eterno de todo, la espera de las tarjetas.
Ricardo López caminó a su esquina. Beristein lo recibió con una toalla, le limpió la sangre, le quitó el protector bucal, le pasó el agua, le habló al oído, le dijo, “Ya está, Ricardo, ya está. Hicimos todo, hicimos lo que teníamos que hacer. Ahora a esperar.” Y Finito asintió y se sentó en el banquillo y respiró profundo y miró al cielo.
Will Grixby caminó a su esquina. Su entrenador, Denise Presley, lo abrazó, le habló, le dijo cosas en inglés. Will asentía. Will sonreía un poco. Will sabía. Will sabía probablemente en el fondo lo que iba a pasar. Pero Will tenía esperanza, toda esperanza, porque las tarjetas en el boxeo a veces son extrañas. Y Will había ganado algunos rounds y nunca se sabe.
El presentador del Hilton subió al cuadrilátero, tomó el micrófono y hubo un silencio. Un silencio espeso, un silencio que podías cortar con cuchillo. 5000 personas en silencio y al otro lado de la pantalla, millones de mexicanos en silencio en las cantinas, en las salas, en las cocinas, en los hospitales, en los cuarteles, en los pueblos, en las ciudades.
Todos en silencio esperando, apretando los puños, apretando los rosarios, apretando las cervezas, apretando los recuerdos. El presentador empezó, habló en inglés. Tras 12 rounds de boxeo, las tarjetas de los jueces son las siguientes. Y empezó por la tarjeta más cerrada, la de Mike Gliena y dijo el número 116 112. Y un murmullo recorrió el Hilton.
Porque 116 a 112 en el boxeo en una pelea a 12 rounds significa cuatro puntos de diferencia. Significa una victoria clara, pero no demoledora. El presentador continuó. La tarjeta de Joseph Pascual 117 111, seis puntos de diferencia. Y el murmullo se hizo grito. Y los aficionados mexicanos empezaron a entender, empezaron a comprender, empezaron a ver lo que se venía.
Y entonces, la tarjeta final, la tarjeta de Bill Graham. El presentador respiró, tomó aire, lo dijo. 118 110 ocho puntos de diferencia, una paliza limpia y el presentador, en cuestión de medio segundo, anunció lo que México llevaba esperando 14 años escuchar. Anunció lo que iba a sellar para siempre la leyenda de Ricardo Finito López.
anunció con voz fuerte, con voz dramática, con la voz de alguien que sabía que estaba presenciando un momento histórico. And the new International Boxing Federation Light Flyweight Champion of the World, Ricardo Finito López y el Hilton se cayó. Se cayó. 5,000 personas explotaron en un solo grito y Ricardo López se levantó despacio, como siempre, sin alardes, sin saltos, sin gritos y caminó al centro del cuadrilátero.
Y Jo Cortés le levantó la mano derecha y la levantó alto, bien alto hasta el techo. Y los flashes de las cámaras estallaron como una tormenta blanca. Y el rostro de Ricardo López, ese rostro cubierto de sangre seca, ese rostro hinchado, ese rostro guerrero, por primera vez en toda la noche se quebró. Una lágrima, una sola, una lágrima que bajó por la mejilla derecha mezclándose con la sangre.
Una lágrima mexicana, una lágrima de hombre, una lágrima de bicampeón mundial. Y México lloró con él. Toda una nación lloró. Lloraron los abuelos en los pueblos, lloraron los padres en las cantinas, lloraron los niños sin entender bien por qué. Lloraron las madres que habían rezado durante 12 rounds, lloraron los reporteros mexicanos en el Ringside.
Lloró Nacho Berstein, el maestro, que entró al cuadrilátero y abrazó a su pupilo con la fuerza de 20 años de trabajo en común. Lloró todo el Hilton, lloró toda la transmisión de vía digital, lloró todo Cuernavaca, lloró todo Morelos, lloró todo México. Porque esa noche, 2 octubre de 1999, en Las Vegas, Nevada, había pasado algo, algo enorme, algo que iba a quedar grabado para siempre en los libros del boxeo mundial.
Un hombre pequeño de Cuernavaca, un mexicano de 1,60, había subido al cuadrilátero, había sangrado por su gente, había peleado los 12 rounds completos contra un campeón duro, peligroso y respetado, y había salido con la corona en la cintura y la dignidad intacta. Ricardo López, bicampeón mundial, 49 victorias, cero derrotas, un empate, 36 knockoutes y ahora cinturón Light Flyweight de la Federación Internacional de Boxeo.
Una nueva era, una nueva conquista, una nueva página de gloria para el boxeo de México. La noche del 2 de octubre de 1999 en Las Vegas Hilton, Ricardo Finito López nos enseñó a todos los mexicanos lo que es ser mexicano. subió herido, subió cortado, subió subestimado, subió contra un campeón duro y joven, subió contra el peso, subió contra la prensa, subió contra el tiempo y a pesar de todo, salió con la corona en la mano, con la frente alta, con la lágrima en la mejilla y con el nombre de México grabado para siempre en una nueva
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división del boxeo profesional. Por eso esta historia hay que contarla, por eso esta noche hay que recordarla. Por eso, a los jóvenes mexicanos que están viendo este video, hay que decirles, nuestra historia es esta, nuestra grandeza está aquí. Nuestros héroes no están solo en los libros viejos, están en los rings, están en las imágenes en blanco y negro de las viejas peleas, están en hombres como Ricardo López.
Y la próxima vez que escuches a alguien decir que los mexicanos somos pequeños, que los mexicanos somos perdedores, que los mexicanos no podemos competir con los grandes, acuérdate de esa noche. Acuérdate del hombre de 1,60, acuérdate de la sangre en la frente. Acuérdate de los 12 rounds. Acuérdate del cinturón en alto.
Acuérdate del grito que hizo temblar a Las Vegas Hilton. Acuérdate del Mexico, Mexico, Mexico. Porque esa noche, esa noche brutal. Esa noche épica, esa noche que todavía hoy después de tantos años sigue siendo motivo de orgullo para todo el que lleva la sangre azteca corriendo en las venas. Esa noche, Ricardo Finito López le demostró al mundo entero que México cuando quiere, cuando se lo propone, cuando saca el corazón, no se cae, no se rinde, no se calla, no se conforma.
México sube al cuadrilátero. México sangra, México pelea, México gana. Esa fue la noche, esa fue la pelea, ese fue finito y esa mexicanos es nuestra historia.