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El día que un Mexicano de 1.60 Humilló al campeón Gringo en las vegas MX

2 de octubre de 1999, Las Vegas, Nevada. El reloj marca casi la medianoche. Adentro del Hilton, el aire pesa. Más de 5000 almas contienen la respiración. Y en el centro del cuadrilátero, bajo una luz que parece bajada del cielo, hay un hombre, un hombre pequeño. Un hombre que mide apenas 1,60 m.

Un hombre al que le sangra la frente. Un hombre al que le sangra la ceja. Un hombre al que la sangre le baja por la cara y le mancha el pecho desnudo. Un hombre que tiene 33 años y que lleva el corazón de México latiendo dentro de cada nudillo. Ese hombre se llama Ricardo López y le dicen finito y está a punto de hacer historia.

Frente a él, otro hombre, un americano, un campeón mundial, un peleador que en su esquina está convencido de que esa noche, esa noche en Las Vegas, va a destrozar el mito invicto del mexicano más perfecto que ha pisado un cuadrilátero. Se llama Will Grig y trae la corona de la Federación Internacional de Boxeo y trae el corazón frío y trae las manos rápidas y no tiene miedo.

Pero antes de que sigamos, antes de que te cuente lo que pasó esa noche brutal de octubre, antes de que te lleve round por round, segundo por segundo, gota de sangre por gota de sangre, hasta el veredicto que hizo a México llorar de orgullo. Te tengo que decir algo, lo que vas a ver hoy no es un combate cualquiera.

La noche en que un hombre que llevaba 14 años defendiendo el honor de su país, en la división más pequeña del boxeo, decidió subir, subir de peso, subir al territorio enemigo, subir contra el campeón y demostrarle al mundo entero, a la prensa estadounidense que lo ignoraba, a los promotores que lo subestimaban, a los aficionados que decían que los chiquitos no podían ser leyendas, que un mexicano de 1,60 podía caminar al matadero, mirar al monstruo a los ojos, sangrar a litros y aún así regresar a casa con dos coronas mundiales. Esta es

la historia de Ricardo Finito López contra Will Grigby. La noche del 2 de octubre de 1999, la noche en que Las Vegas se vistió de verde, blanco y rojo. Y si te quedas conmigo hasta el final, vas a entender por qué este combate, este combate olvidado por muchos, pero recordado por los que saben de verdad, fue uno de los actos de valor más grandes de la historia del boxeo mexicano.

No te vayas, no cambies, no le des pausa, porque lo que viene es brutal, lo que viene es épico, lo que viene es México puro. Para entender lo que pasó esa noche en el Hilton, primero tienes que entender quién era Finito López. Y déjame decirte una cosa, una cosa que la gente joven de hoy no sabe, una cosa que la prensa actual ha olvidado.

Ricardo López no era un boxeador. Ricardo López era una obra de arte caminando. Era la perfección hecha hombre. Era lo que pasa cuando agarras la disciplina mexicana, la dignidad mexicana, la sangre azteca y la metas en un cuerpo de 1,60 y le enseñas a pelear desde los 14 años. Ricardo López nació el 25 de julio de 1966 en Cuernavaca, Morelos, en una casa modesta, en una casa donde no sobraba nada, en una casa donde el padre trabajaba duro y la madre rezaba más duro todavía.

Y ahí, entre las calles polvorientas de Morelos y los gimnasios de azulejos rotos del centro de la ciudad, nació una leyenda. Cuando empezó a boxear era un niño, un niño flaco, un niño tímido, un niño que pesaba menos que su mochila de la escuela. Y los entrenadores se reían. Los entrenadores le decían que se fuera a su casa, que un peleador así no servía, que un mexicano tenía que ser grande, tenía que ser tosco, tenía que ser carnicero, tenía que ser como Salvador Sánchez o como Julio César Chávez.

Y Ricardo escuchaba y Ricardo bajaba la cabeza, y Ricardo regresaba al día siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que un día un hombre lo vio, un hombre que sabía, un hombre que tenía ojo para los milagros, un hombre llamado Ignacio Berstein, el maestro Nacho Berstein, el mejor entrenador de boxeo que ha producido México.

Y ese hombre vio en Ricardo López lo que nadie había visto. vio en ese cuerpo pequeño, en esos pies de bailarín, en esas manos finas, vio al boxeador perfecto. Vio al hombre que iba a llevar el nombre de México por todo el mundo y empezó a entrenarlo. Y le enseñó a moverse y le enseñó a pegar y le enseñó algo que pocos peleadores aprenden en toda una vida.

Le enseñó a no ser tocado. Le enseñó la defensa más exquisita que se haya visto en un peso minimosca. Le enseñó a salir del rango, le enseñó a entrar y salir como una sombra, le enseñó a contragolpear como nadie. Y a los 18 años Ricardo López ya era profesional. Y a los 24 ya era campeón mundial.

Y desde ese día, desde ese 25 de octubre de 1990, cuando le quitó el cinturón mosca paja del Consejo Mundial al coreano Jideyuki Ohashi, no se lo volvió a quitar nadie, nadie. Durante casi 9 años. 21 defensas exitosas, 21 veces 21 rivales que llegaron al cuadrilátero pensando que esta vez sí, esta vez sí caía el mexicano y 21 veces que regresaron a sus países con la cara hinchada, con el cinturón perdido, con la dignidad quebrada.

Finito López no perdía, Finito López no se cansaba. Finito López no era humano, pero había un problema, un problema enorme, un problema que la prensa de Estados Unidos usaba para no darle el respeto que merecía y ese problema era su división. Las 105 libras, El peso paja, la división más pequeña del boxeo profesional. Una división que en los años 90 Estados Unidos no veía, no le daba transmisiones grandes, no le daba bolsas grandes, no le daba portadas.

La prensa norteamericana decía que un peleador de 105 libras no podía ser legendario, que para ser grande había que pesar más, que Mike Tyson era leyenda porque pesaba 220 libras, que Roy Jones Jor era leyenda porque era mediano, que los chiquitos eran solo curiosidades, eran circo, eran preliminares. Y eso a México le dolía.

Eso a los aficionados mexicanos nos partía el alma porque sabíamos, sabíamos que Ricardo López era tan grande, tan completo, tan perfecto, que si lo ponías al lado de cualquier campeón de cualquier división era el más fino, era el más técnico, era el más limpio, era el más mexicano. Y entonces, en 1998 pasó algo, algo que cambió todo, algo que llevó a Finito López a la encrucijada más grande de su carrera.

En marzo de ese año, en la Plaza de Toros México ante miles y miles de mexicanos enardecidos, Ricardo López subió al ring para unificar los títulos minimosca contra otro guerrero, el nicaragüense Rosendo Álvarez. Y esa pelea se convirtió en una guerra, una verdadera guerra. Y en el séptimo asalto, un cabezazo accidental cortó afinito, le abrió la frente, le bañó la cara en sangre y la pelea se fue a las tarjetas.

Y los jueces, en una decisión que sigue ardiendo en el alma de los mexicanos hasta el día de hoy, la declararon empate técnico. Empate. La basura cayó al ring. Los aficionados gritaban robo, robo, robo! El honor definito, ese honor inmaculado, ese récord perfecto que decía 47 victorias y cero derrotas. Ahora tenía una mancha, un empate, una sola mancha, pero una mancha al fin.

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