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La emboscada del mantel de hilo

Parte 1: La emboscada del mantel de hilo

El viernes en Madrid tiene un aroma particular. No es solo el olor a asfalto recalentado o el rastro lejano de los calamares fritos de la Plaza Mayor; es una vibración, una especie de zumbido eléctrico que recorre la espina dorsal de la ciudad avisando de que el curro ha terminado y la supervivencia social ha comenzado. Javi caminaba por la calle Jorge Juan con las manos en los bolsillos y la mente puesta en una caña bien tirada, una de esas que vienen con una ración de bravas bañadas en salsa radiactiva y un camarero que te llama “jefe” sin conocerte de nada. Su plan era sencillo, casi primitivo: beber, picar algo y despotricar de su jefe hasta que el cuerpo aguantara.

A su lado, Marcos caminaba con una soltura que a Javi empezó a parecerle sospechosa. Marcos no llevaba su sudadera habitual de los viernes; llevaba una camisa de lino azul claro, de esas que parecen planchadas por ángeles, y unos zapatos que brillaban más que el futuro de un heredero. Javi, en cambio, lucía sus vaqueros de confianza y una camiseta con una mancha de café que él consideraba “minimalista”.

— ¿Seguro que es por aquí, tío? —preguntó Javi, esquivando a un grupo de turistas que miraban un mapa con cara de estar buscando la tumba de Nefertiti en mitad del barrio de Salamanca—. Que el “Bar Manolo” está para el otro lado y me estoy empezando a deshidratar. Las bravas no se van a comer solas.

Marcos soltó una risita nerviosa, de esas que preceden a las grandes catástrofes o a las confesiones de infidelidad.

— Olvida al Manolo, Javi. Hoy es un día especial. He reservado en un sitio que han abierto hace poco. Un concepto nuevo, algo disruptivo. Se llama “L’Essence de la Terre”. Me lo ha recomendado una tía del departamento de marketing que sabe de qué va la vaina. Hay que abrir el paladar, hombre, que pareces un neandertal de la tapa de ensaladilla.

Javi se detuvo frente a una fachada de color negro mate, sin rótulo, solo con un pequeño símbolo dorado que parecía un jeroglífico egipcio o el logo de una secta de lujo. Un portero con un pinganillo y una mirada que juzgaba hasta tu árbol genealógico les abrió la puerta con una reverencia que a Javi le hizo sentir como si estuviera entrando en la zona de embarque de un vuelo privado hacia la bancarrota.

El interior olía a sándalo, dinero viejo y pretensiones frescas. La iluminación era tan tenue que Javi tuvo que entrecerrar los ojos para no chocar contra una escultura de cristal soplado que probablemente costaba más que su coche. Las mesas estaban separadas por una distancia que permitía conspirar contra el Estado sin ser escuchado, y el hilo musical era una especie de jazz experimental que sonaba como si alguien estuviera afinando un violonchelo dentro de una cueva.

— Marcos —susurró Javi mientras una camarera con un uniforme de seda negra los conducía hacia una mesa al fondo—, este sitio no tiene pinta de tener raciones de oreja a la plancha. Aquí el aire que respiramos ya nos lo van a cobrar en la factura. ¿Estás seguro de esto? Yo venía mentalmente preparado para una servilleta de papel que no limpia y un suelo lleno de palillos. Esto parece el búnker de un villano de James Bond.

— Relájate, pesado —respondió Marcos, acomodándose en una silla de terciopelo que era insultantemente cómoda—. Déjate llevar por la experiencia. Estamos en el epicentro de la vanguardia gastronómica. Mira la carta, es poesía pura.

La camarera les entregó dos tarjetas de cartón grueso, con una textura que recordaba al papiro sagrado. Javi la abrió y sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. No había precios. Solo nombres de platos que parecían títulos de novelas de realismo mágico: “Sinfonía de tubérculos en el bosque de otoño”, “Deconstrucción de la memoria del mar” y “Esencia de vacío con crujiente de nada”.

— Marcos —insistió Javi, buscando desesperadamente un número, una cifra, algo que le diera una pista de la magnitud del desastre—, aquí no hay precios. Eso en mi pueblo significa que, si tienes que preguntar cuánto cuesta, es que no puedes pagarlo. He visto atracos en Gran Vía con menos puesta en escena que este menú.

— Es que aquí no vienes a comer, Javi, vienes a sentir —sentenció Marcos con una solemnidad que le hacía parecer el protagonista de un anuncio de perfumes—. El precio es secundario cuando el arte entra por la boca. Además, hoy pago yo… bueno, ya sabes, como siempre, a medias, pero yo elijo el sitio para que te modernices un poco.

Javi miró a su amigo. Marcos siempre hacía lo mismo. Tenía esa tendencia de elegir planes “aspiracionales” para sentirse parte de la élite madrileña, ignorando sistemáticamente que ambos vivían de sueldos que no daban para muchas deconstrucciones. La tensión cómica empezó a crecer en el estómago de Javi, compitiendo con el hambre atroz que tenía.

— A medias —repitió Javi para sí mismo—. Elegir un sitio caro sin avisar y luego soltar el “pagamos a medias” debería figurar en el Código Penal como delito emocional agravado con alevosía.

Apareció un sumiller que parecía haber salido de una película de época. Llevaba un catavinos colgado al cuello y una actitud de superioridad moral que solo se adquiere tras años de memorizar añadas de viñedos que nadie conoce.

— Buenas noches, caballeros. ¿Desean comenzar con un maridaje de burbujas ancestrales o prefieren que les sugiera un blanco de fermentación espontánea en tinaja de barro? —preguntó el hombre, mirándoles como si fueran dos bárbaros que acaban de descubrir el fuego.

Marcos miró a Javi con suficiencia.

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