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El funeral de los jueves

Parte 1: El funeral de los jueves

La caña estaba ahí, sudando sobre el posavasos de cartón publicitario, pero Javi ni la miraba. Miraba el hueco. Ese vacío físico en la silla de madera gastada del bar “El Manolo”, el cuartel general de cada jueves desde que terminaron la carrera. No era un hueco cualquiera; era el abismo dejado por Borja.

— Se ha muerto —sentenció Javi, sin levantar la vista del vaso—. Oficialmente, ha pasado a mejor vida. Una vida con edredones de lino y cenas que no consisten en kebab y autodesprecio.

A su lado, Nacho, el otro superviviente del grupo, intentó aplicar una lógica que ni él mismo se creía.

— No digas eso, tío. Estará… no sé, ocupado. Es la fase de la “fusión nuclear”. Ya sabes cómo es. Al principio no se separan ni para ir a renovar el DNI. — Ya lleva tres meses, Nacho. Tres meses de silencio administrativo. La última vez que le escribí por el grupo, me contestó con un sticker de un gatito con un corazón. ¡Un sticker! Borja, el tío que enviaba audios de diez minutos analizando por qué el VAR está matando el fútbol, ahora se comunica mediante felinos digitales. Está perdido.

En ese preciso instante, la puerta del bar chirrió. No era el viento. Era él. Borja entró con un aire distinto, como si viniera de un retiro espiritual en Bali en lugar de su piso de 40 metros cuadrados en Usera. Llevaba una camisa de lino planchada —un concepto ajeno a su existencia previa— y una sonrisa que Javi solo podía describir como “ofensivamente radiante”.

— ¡Chicos! ¡Perdonad el retraso! —exclamó Borja, acercándose a la mesa con una energía que no encajaba con el ambiente de serrín y fritanga del Manolo. — Vaya, pero si es el hombre invisible —dijo Javi, cruzándose de brazos—. Pensaba que te habías metido en un programa de protección de testigos. O en una secta. Lo segundo parece más probable viendo esa camisa. — No empecéis —rio Borja, sentándose (por fin) en la silla vacante—. Es que he tenido una semana de locos. Lucía quería que fuéramos a ver unas láminas de ilustración botánica a una galería en Malasaña y, claro, se nos hizo tarde. — ¿Ilustración botánica? —Nacho arqueó una ceja—. Borja, hace un año no sabías distinguir un geranio de un perejil. Una vez intentaste hacer un sofrito con una planta de plástico que te regaló tu madre.

Borja se encogió de hombros, manteniendo esa calma zen que resultaba casi insultante para sus amigos, que seguían anclados en la realidad de las cervezas a dos euros y las quejas sobre el jefe.

— La gente cambia, chicos. Se evoluciona. Uno descubre nuevos intereses cuando está con alguien que le estimula intelectualmente. — “Estimulación intelectual” —repitió Javi, mirando a Nacho—. Escúchalo. Habla como si le hubieran hecho un lavado de cerebro en una clínica suiza. Escúchame bien, desaparecido en combate: desde que sales con alguien, no apareces. Has borrado el jueves del calendario gregoriano. Para ti, los jueves ahora son el día de “mirar dibujos de lechugas en Malasaña”. — No desaparezco, Javi. No seas tan cuadriculado. Simplemente… redistribuyo mi tiempo. Es gestión de recursos, como en el Age of Empires, pero con la vida social.

Javi dio un golpe seco en la mesa, haciendo que las aceitunas saltaran.

— ¡Redistribuyo mi tiempo! ¡Míralo! ¡Habla como un consultor de Deloitte! Pues que sepas que me has mandado a la bancarrota afectiva, Borja. Estoy en números rojos de anécdotas tuyas. Ya ni sé quién es tu enemigo en el trabajo, ni si te has vuelto a comprar zapatillas de 200 euros que te rozan en el talón. Estoy vacío. — Dramático, pero justo —concedió Borja con una media sonrisa—. Pero entendedlo, es normal. Cuando estás empezando algo serio, las prioridades se recolocan solas. — Se recolocan tanto que nos has dejado en el trastero, junto a la bicicleta estática que nunca usas y la raqueta de pádel de cuando te dio por ahí —insistió Javi—. ¿Te acuerdas de cuando decíamos que nosotros nunca seríamos esos tíos? Esos que desaparecen en cuanto huelen un perfume que les gusta. Prometimos lealtad al grupo. Sangre y cerveza, Borja. Sangre y cerveza.

Borja pidió una caña, pero cuando el camarero se la trajo, la miró con cierta desconfianza, como si estuviera calculando las calorías o el impacto que tendría en su nueva vida de ilustración botánica.

— No exageres. He venido, ¿no? Estoy aquí. — Estás aquí físicamente —puntualizó Nacho—. Pero tu mente está pensando en qué tipo de hummus vais a comprar mañana en el súper ecológico. Te veo en los ojos, Borja. Estás buscando el momento de mirar el móvil para ver si ella te ha escrito.

Como si hubiera sido invocado por las palabras de Nacho, el móvil de Borja vibró sobre la mesa. Fue una vibración breve, pero el efecto fue eléctrico. Borja intentó disimular, pero sus ojos se desviaron hacia la pantalla con la velocidad de un depredador.

— ¿Ves? —Javi señaló el aparato—. Ya está. El cordón umbilical digital. — Es solo un mensaje, pesado —dijo Borja, aunque ya estaba desbloqueando el teléfono con el pulgar—. Es Lucía. Dice que si luego me apetece ir a ver una película coreana de ocho horas sobre un pescador que no habla. — ¿Y qué le vas a decir? —preguntó Javi con un tono de desafío. — Pues que… bueno, que igual me paso un rato. Después de esto.

Javi se hundió en su silla, derrotado. La redistribución del tiempo era, en realidad, una liquidación total por cierre. El Borja que conocían, el que se quedaba hasta el cierre debatiendo sobre si es posible ganar una pelea contra un canguro, estaba siendo sustituido por una versión premium, filtrada y mucho menos divertida.

— Esto es el fin de una era —suspiró Javi—. ¿La gente desaparece cuando se enamora o es una leyenda urbana que nos cuentan para que no nos asustemos cuando cumplimos los treinta? Porque lo tuyo es un caso para Cuarto Milenio, de verdad.


Parte 2: La metamorfosis del salón

Pasaron dos semanas antes de que volvieran a ver a Borja en un entorno no controlado por el “sector Lucía”. Esta vez, el encuentro no fue en el bar de siempre. Borja, en un alarde de generosidad —o quizá por un sentimiento de culpa que empezaba a corroerle las entrañas—, los invitó a su casa. O lo que antes era su casa.

Cuando Javi y Nacho cruzaron el umbral, se detuvieron en seco. El aire olía a algo que no era ropa sucia ni pizza recalentada. Olía a “sándalo y bergamota”.

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