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El código de silencio en el portal número doce

Parte 1: El código de silencio en el portal número doce

El portal del número doce de la calle Pez, en pleno corazón de Malasaña, olía a una mezcla inconfundible de madera vieja, humedad castellana y el rastro lejano de un cocido que alguien había perpetrado a mediodía. Sergio estaba apoyado contra la pared de azulejos desconchados, mirando su reflejo en el cristal sucio de los buzones mientras intentaba descifrar por qué, después de medio año de citas, todavía se sentía como un agente encubierto de la Guerra Fría. A su lado, Lucía buscaba las llaves en el fondo de su bolso con una parsimonia que a él le resultaba casi sospechosa, como si cada segundo ganado fuera una victoria contra la transparencia.

Fuera, el ruido de las terrazas de Madrid vibraba con esa intensidad de viernes noche que invita a la confesión o al desastre. Sergio se ajustó la chaqueta y soltó un suspiro que retumbó en el portal vacío. Llevaba toda la cena, una de esas cenas de raciones compartidas y cañas rápidas, dándole vueltas a la misma idea. Si nadie sabe que estáis juntos, quizá, y solo quizá, no estáis juntos de verdad.

— Oye, Lucía, antes de que subas… —empezó él, con esa voz que uno usa cuando sabe que está a punto de pisar una mina antipersona emocional—. Estaba pensando que mañana mis colegas han quedado en el Retiro para hacer un poco el vago y tomar algo. Y, no sé, me gustaría que vinieras.

Lucía finalmente encontró las llaves, pero no abrió la puerta. Se quedó mirando el llavero de una flamenca de plástico como si fuera un objeto de culto religioso. El silencio que siguió fue denso, de esos que en Madrid se cortan con un cuchillo de jamonero bien afilado.

— ¿A tus amigos? —preguntó ella, con una entonación que a Sergio le pareció excesivamente cautelosa—. No sé, Sergio. Es que… es pronto, ¿no crees?.

Sergio arqueó una ceja, una de esas cejas que expresan una incredulidad absoluta perfeccionada tras años de lidiar con excusas creativas en la oficina. Se separó de la pared y dio un paso hacia ella, entrando en el círculo de luz amarillenta de la bombilla del rellano.

— ¿Pronto? Lucía, llevamos seis meses. Seis meses no es pronto. Seis meses es lo que dura una legislatura en algunos países con problemas democráticos. Seis meses es el tiempo que tarda mi madre en decidir si el color de las cortinas del salón es “beige” o “hueso”. Hemos pasado un invierno entero, hemos sobrevivido a la cuesta de enero y estamos a punto de meternos en los calores de mayo.

Lucía suspiró y se apoyó también en la pared, frente a él. Tenía esa expresión de “no es por ti, es por el sistema” que tanto irritaba a Sergio.

— Bueno, no quiero presión, Sergio —respondió ella, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza en su barricada emocional—. Ya sabes cómo son estas cosas. En cuanto entran los amigos y la familia en el juego, todo se vuelve oficial, pesado, lleno de etiquetas. Ahora estamos bien, ¿no? Solo nosotros dos. Sin juicios, sin que nadie pregunte qué somos o hacia dónde vamos.

Sergio soltó una carcajada seca, de esas que no tienen nada de gracia y mucho de ironía castiza.

— Presión es inflar las ruedas de un Seat Ibiza en una gasolinera un domingo por la tarde, Lucía. Esto no es presión. Esto es existir. Esto es reconocer que somos una pareja y no dos personas que se encuentran fortuitamente en portales oscuros para intercambiar fluidos y anécdotas del trabajo. Existir implica que el mundo exterior tenga constancia de que ocupamos un espacio común.

— Qué dramático eres, de verdad —dijo ella, intentando quitarle hierro al asunto con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. No es que te esconda como si fueras un tesoro pirata o un alijo de contrabando. Es que me gusta lo que tenemos en esta burbuja. Madrid es muy pequeño, Sergio. En cuanto nos vean por ahí, la voz corre. Y yo acabo de salir de una historia que fue un circo mediático entre mi grupo de amigas. No quiero repetir el desfile.

— Un circo mediático dice… —Sergio se cruzó de brazos—. Lucía, tus amigas no son la prensa del corazón. Son gente que toma cañas en la Latina. Además, seis meses en el anonimato absoluto empieza a parecerse peligrosamente a una relación clandestina de película de espías de los años cincuenta. Solo me falta llevar gabardina y que hablemos en clave sobre el estado de la cosecha en Ucrania.

Lucía finalmente metió la llave en la cerradura, pero se giró una última vez antes de entrar.

— Dame tiempo, ¿vale? Solo un poco más. No quiero estropear esto por las prisas de “presentar a sociedad” como si estuviéramos en una novela de Jane Austen.

Sergio la vio desaparecer tras la puerta de madera mientras el eco de sus tacones subiendo las escaleras se mezclaba con el murmullo de la ciudad. Se quedó solo en el portal, sintiendo que el “pronto” de Lucía tenía la elasticidad de un chicle pegado al asfalto de la Gran Vía. Salió a la calle y el aire fresco de la noche le recordó que, aunque ella quisiera vivir en una burbuja, las burbujas tienen la mala costumbre de explotar cuando el aire de fuera presiona demasiado. ¿Cuánto tiempo es normal mantener una relación privada antes de que pase de ser un secreto romántico a una excusa para no comprometerse?.

Parte 2: La teoría del búnker emocional y el vermú de los espías

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