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SEÑORA OBSESIONADA sabotea el negocio familiar de mis hijos en Málaga y su propia familia la abandona por su terrible maldad

SEÑORA OBSESIONADA sabotea el negocio familiar de mis hijos en Málaga y su propia familia la abandona por su terrible maldad

Parte 1

A mis sesenta y dos años yo creía haberlo visto todo en Málaga: turistas preguntando si la Alcazaba era “el castillo de Juego de Tronos”, señores intentando aparcar un SUV en una plaza donde no cabía ni una bicicleta plegable, y guiris comiéndose una paella congelada a las cinco de la tarde con cara de estar descubriendo el Mediterráneo. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que hizo doña Remedios Valcárcel con la pastelería de mis hijos.

La pastelería se llamaba La Biznaga Dulce, un nombre que eligió mi hija Lucía después de tres noches sin dormir y cuatro cafés que le dejaron el ojo izquierdo bailando sevillanas. Estaba en una calle estrecha de Málaga, de esas donde por la mañana huele a pan recién hecho, a fregona con lejía y a conversación de vecinas antes de que abran los comercios.

Mis tres hijos, Lucía, Álvaro y Nico, se habían metido en aquel negocio con más ilusión que dinero, que es como se empiezan casi todas las cosas bonitas y peligrosas de la vida. Lucía era la repostera principal. Tenía unas manos que hacían magia con la masa, aunque ella decía que no era magia, que era mantequilla, paciencia y no discutir con el horno. Álvaro llevaba las cuentas, el trato con proveedores y el arte de poner cara seria cuando el banco llamaba. Nico, el pequeño, era el de redes sociales, fotos, vídeos y frases modernas tipo “experiencia sensorial de repostería mediterránea”, que yo nunca entendí del todo.

—Nico, hijo, ¿por qué no pones simplemente “tenemos tartas buenísimas”?

—Mamá, eso no posiciona.

—Pues a mí me posiciona estupendamente delante del mostrador.

La primera semana fue una locura. Se vendieron las tartas de queso antes de las once, los pastelitos de almendra antes de mediodía y los rollitos de canela antes de que Álvaro pudiera probar uno, cosa que él todavía menciona como si hubiese sido una tragedia nacional.

 

Yo estaba allí casi todos los días. No porque mis hijos me necesitaran, según ellos, sino porque una madre jubilada con energía es una especie de inspectora de Hacienda emocional: aparece, mira, opina y deja un táper. Me ponía detrás del mostrador cuando había mucha cola, limpiaba mesas, recomendaba pasteles y, de vez en cuando, vigilaba a Lucía para que comiera algo.

—Mamá, estoy trabajando.

—Y yo también. Estoy trabajando en que no te desmayes encima de un milhojas.

Todo iba bien. Demasiado bien, quizá. En el barrio ya nos conocían. Los del taller de la esquina venían por café. Las chicas de la peluquería encargaban bandejas para cumpleaños. Hasta don Eusebio, que llevaba treinta años diciendo que el dulce “no le entraba”, compraba todos los viernes una palmera de chocolate del tamaño de una chancla.

Y entonces apareció ella.

Doña Remedios Valcárcel vivía en el edificio de enfrente, segundo derecha, balcón con macetas perfectamente alineadas y cara de haber olido vinagre desde 1987. Era una mujer de esas que no caminan por la calle, inspeccionan. Miraba los toldos, las bolsas de la compra, los zapatos de la gente y el alma si te descuidabas. Tenía el pelo siempre colocado en un casco rubio ceniza, tan rígido que una vez sopló terral y no se le movió ni un mechón. Yo sospechaba que aquello no era laca, sino cemento blanco.

La primera vez que entró en la pastelería lo hizo despacio, con el bolso colgado del antebrazo y una expresión solemne, como si estuviera entrando en una notaría para desheredar a alguien.

—Buenos días —dijo Lucía con su sonrisa de mostrador, que era más dulce que el merengue.

Doña Remedios miró las vitrinas.

—Ya veremos si son buenos.

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