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MUJER AMARGADA destruye nuestro costoso jardín en Sevilla por pura envidia y ahora debe pagar una enorme compensación que la arruina

MUJER AMARGADA destruye nuestro costoso jardín en Sevilla por pura envidia y ahora debe pagar una enorme compensación que la arruina

PARTE 1

En Sevilla hay dos tipos de calor: el calor normal, ese que te hace sudar hasta las ideas, y el calor de las miradas de una vecina que no soporta verte feliz. Lo primero se arregla con un abanico, una cerveza fría y sombra. Lo segundo, como aprendimos nosotros, puede acabar en una reclamación judicial con más páginas que el manual de instrucciones de un aire acondicionado japonés.

Nosotros vivíamos en una urbanización tranquila a las afueras de Sevilla, de esas donde todo el mundo dice “aquí no pasa nunca nada” justo antes de que pase algo gordísimo. Mi marido, Antonio, siempre decía que el barrio era tan tranquilo que hasta los perros ladraban con educación.

—Guau, pero perdone usted —decía él, imitando a los perros de los vecinos.

Yo me llamo Carmen, y durante años mi mayor drama doméstico fue que Antonio ponía el jamón en la nevera como si fuese un paquete de tornillos. Hasta que llegó el jardín.

El jardín no empezó como un capricho. Bueno, un poco sí. Vale, bastante. Pero era un capricho trabajado, meditado y aprobado por la familia en asamblea extraordinaria durante una cena de tortilla de patatas.

Nuestra hija Laura, que estudiaba diseño de interiores y tenía opiniones fuertes sobre cojines, fue la primera que dijo:

—Mamá, este patio tiene potencial.

Antonio miró el patio, que en aquel momento tenía dos macetas tristes, una silla coja y una manguera enrollada como una serpiente deprimida.

—Potencial tiene mi primo Manolo para adelgazar desde 1998 y ahí sigue —contestó.

Pero Laura insistió. Sacó el portátil, abrió una carpeta con referencias de jardines japoneses, patios andaluces y terrazas modernas, y empezó a enseñarnos imágenes preciosas. Había arces japoneses, bonsáis grandes, bambú ornamental, piedras blancas, farolillos discretos y fuentes pequeñas donde el agua corría con esa paz que uno solo ve en internet.

—Esto en Sevilla queda espectacular —dijo Laura—. Una mezcla de jardín asiático con patio andaluz.

 

—¿Y eso cuánto cuesta? —preguntó Antonio, que era un hombre práctico. Práctico quería decir que si veía una vela aromática de doce euros se mareaba.

Laura carraspeó.

—Depende.

Cuando alguien dice “depende” antes de hablar de dinero, ya sabes que te va a doler.

La cuestión es que, entre unas cosas y otras, acabamos encargando plantas ornamentales importadas de Asia a través de un vivero especializado. No eran plantas cualquiera. Eran plantas con pasaporte emocional. Cada una venía con nombre, cuidados especiales y un precio que Antonio leía en silencio, como quien recibe malas noticias médicas.

—¿Este arbolito cuesta más que mi primer coche? —preguntó.

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