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Un prestigioso arquitecto español insultaba la inteligencia de su esposa humilde y queda en shock al descubrir que ella diseñó su obra maestra

Un prestigioso arquitecto español insultaba la inteligencia de su esposa humilde y queda en shock al descubrir que ella diseñó su obra maestra

Parte 1

Álvaro Santamaría tenía dos formas de entrar en una habitación. La primera era abriendo la puerta. La segunda, más frecuente, era esperando que la habitación se diera cuenta de que él había llegado.

En Madrid, dentro del estudio Santamaría & Asociados, aquello ocurría todos los lunes a las nueve y diez de la mañana, porque Álvaro jamás llegaba a las nueve. Llegar puntual le parecía de funcionario triste, y él, según decía, era “un creador de espacios”. Lo repetía tanto que hasta la cafetera del despacho parecía saberlo.

Aquel lunes entró con su abrigo largo, bufanda gris de lana italiana y unas gafas de sol que no se quitó hasta llegar a la mesa principal, aunque fuera enero y el cielo estuviera más apagado que un domingo por la tarde después de comer cocido.

—Buenos días, equipo —dijo, dejando una carpeta negra sobre la mesa—. Hoy vamos a hablar de grandeza.

Pablo, el becario, levantó la vista del portátil con la misma cara de quien oye que el dentista acaba de decir “esto va a molestar un poco”.

—¿Grandeza en general o grandeza con PowerPoint? —murmuró Inés, la jefa de proyectos, sin levantar mucho la voz.

Álvaro fingió no oírla, porque Álvaro solo oía lo que confirmaba su importancia.

En la mesa había planos, maquetas, muestras de piedra, piezas de madera y una bandeja con cruasanes que nadie se atrevía a tocar hasta que él empezara. No porque fuera una norma escrita, sino porque en ese estudio hasta los cruasanes parecían tener jerarquía.

—El concurso del Centro Cultural Aurora será el proyecto que nos coloque donde merecemos estar —continuó Álvaro—. No quiero un edificio bonito. Bonito es un jarrón de escaparate. Quiero una obra maestra.

Inés cruzó los brazos.

—¿Tenemos ya una idea base?

Álvaro sonrió con seguridad, esa seguridad tan suya que a veces parecía alquilada por horas.

—Estoy trabajando en ello.

Eso, traducido al idioma real de cualquier oficina, significaba que no tenía absolutamente nada.

En su casa, Clara lo sabía antes que nadie.

Clara Moreno no tenía títulos colgados en la pared, ni apellidos compuestos, ni fotos estrechando manos importantes. Había nacido en un pueblo de La Mancha donde las casas se pensaban con sentido común: ventanas donde corría el aire, patios donde la sombra se agradecía, cocinas donde siempre cabía una silla más aunque ya no cupiera nadie. Su padre había sido carpintero y su madre cosía cortinas para medio pueblo. Clara había crecido entre listones de madera, telas, patios encalados y conversaciones de vecinas que sabían más de acústica que muchos arquitectos, aunque no lo llamaran acústica.

 

Ella decía que una casa hablaba.

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