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El día que un periodista francés se burló de María Félix en París – Su respuesta dejó en SHOCK

 Arnaud interpretó el silencio como una ofensa personal. Nadie le decía que no a Philip Arnaud. nadie. A partir de ese momento, comenzó una campaña sutil, pero constante contra María en su columna. Comentarios que parecían alagos, pero eran puñaladas disfrazadas. Escribía cosas como que era interesante ver como el exotismo latinoamericano fascinaba temporalmente a la alta sociedad parisina, sugiriendo que el interés en María era pasajero, una moda, un capricho.

 En otra columna mencionó que ciertos rostros del trópico resultaban novedosos en los salones europeos, pero que la verdadera elegancia era algo que se heredaba, no que se compraba en la Avenue Montaigne. María leía cada columna, Lupita se las traducía. Aunque María hablaba francés bastante bien, quería asegurarse de no perder ningún matizo.

María no respondía, no decía nada, solo guardaba cada recorte de periódico en un sobre que mantenía en el cajón de su tocador y sonreía. Esa sonrisa que Lupita conocía bien, la sonrisa que significaba que María estaba calculando algo, preparando algo, esperando el momento perfecto. El momento llegó el 14 de noviembre.

 El hotel Ris organizaba su gala anual de las artes, un evento que reunía a lo más electo de la cultura francesa y europea. Políticos, embajadores, artistas, directores de cine, escritores, diseñadores de moda, periodistas de primer nivel, 200 Invitados Quitos Selection Autos. Era el evento del año en París, la noche donde se decidían reputaciones, donde se cerraban negocios culturales, donde se forjaban alianzas y se destruían enemistades.

 María fue invitada como estrella principal. La organización la sentó en la mesa de honor junto al embajador de México en Francia, junto a Jan Renoir y junto a Christian Dior. Su mesa era la más visible del salón, ubicada en el centro bajo el candelabro principal. Arnaud también estaba invitado, por supuesto. Se sentó tres mesas más atrás, un detalle que no pasó desapercibido.

 El periodista más temido de Francia relegado a una mesa lateral mientras una actriz mexicana ocupaba el centro. Llegó temprano, como siempre. Se instaló en su mesa con una copa de vino tinto, observando la sala con esos ojos grises que parecían diseñados para juzgar. Junto a él estaban otros tres periodistas, todos del mismo círculo intelectual, todos con la misma actitud de superioridad cultivada que confundían con cultura.

 Jan Piier, un crítico de cine de Lemonde, fue el primero en comentar, “Parece que esta noche la protagonista es la mexicana.” Arnaud no respondió de inmediato. Bebió un sorbo de vino. Miró hacia la mesa de honor donde el lugar de María todavía estaba vacío. Es una moda pasajera dijo finalmente. Como el jaz, como el tango, como todo lo que viene de allá.

 Los europeos se aburren, buscan novedad, encuentran a una morena bonita y pierden la cabeza. En 6 meses nadie recordará su nombre. Marc, un periodista de Paris Match, intervino. No sé, Philip, Dior no viste a cualquiera y Renoir no contrata a actrices por su cara. Arnaud Río con desprecio. Dior viste a quien paga.

 Y Renoir es un viejo sentimental que se enamoró de una cara bonita. No confundamos comercio con arte, pero la cara es extraordinaria, admitió Jan Piier. Arnaud lo miró con frialdad. Las caras se marchitan, el talento permanece. Y el talento de esa mujer es una ilusión creada por un cine primitivo para un público analfabeto.

 En México puede ser reina. Aquí es una invitada y los invitados tarde o temprano se van a casa. A las 9 de la noche María hizo su entrada. Y cuando decimos que hizo su entrada, hay que entender que María Félix no entraba a un lugar, lo tomaba. Vestía un vestido negro largo de Christian Dior, diseñado específicamente para esa noche.

 Hombros descubiertos, tela que caía como agua oscura, ceñido a la cintura y con una cola discreta que barría el piso de mármol. En el cuello, un collar de esmeraldas y diamantes que había pertenecido a una emperatriz austriaca, comprado en una subasta en Ginebra. Los aretes hacían juego, gotas de esmeralda que brillaban con cada movimiento de su cabeza.

El cabello negro recogido en un chongo alto que dejaba expuesto ese cuello que los fotógrafos perseguían obsesivamente, largo, perfecto, como esculpido. Y los ojos, siempre los ojos, grandes, oscuros, delineados con una precisión quirúrgica que hacía que cada mirada fuera un evento. María caminó por el salón con la naturalidad de quien camina por su propia casa.

 No aceleró el paso, no buscó aprobación, no sonó a nadie en particular, simplemente caminó y el salón entero se detuvo a mirarla. Jan Renoir se levantó para recibirla. Machere Marie, dijo besándola en ambas mejillas. Estás devastadoramente hermosa esta noche. Estoy devastadoramente hermosa todas las noches, J. Respondió María sin sonreír. Heno Hu. Es verdad.

Perdóname por el cumplido innecesario. Dior se acercó, le tomó la mano, la giró lentamente, observando como el vestido caía. Perfecto, murmuro. Exactamente como lo diseñé. María lo miró. No, Cristian, mejor de lo que lo diseñaste. Porque el vestido no hace a la mujer. La mujer hace al vestido. Dior Sonrio. T.

La mesa de honor se llenó rápidamente. El embajador mexicano estaba radiante, orgulloso de tener a María representando a su país. Los meseros servían champag del 47, un año excepcional. La conversación fluía en francés, en español, en italiano. María hablaba francés con un acento que los franceses encontraban encantador, ligeramente mexicano, ligeramente musical, completamente seductor.

Desde su mesa, Arnaud observaba todo con creciente irritación. Cada risa que venía de la mesa de honor, cada mirada de admiración dirigida a María, cada flash de cámara que la iluminaba era un insulto personal. Llevaba tres copas de vino y su lengua se estaba afilando. “Miren como la adoran”, dijo a sus compañeros de mesa.

Como niños con juguete nuevo, ¿no ven que es una actriz? Todo es actuación. La forma en que camina, en que mira, en que habla. Es un show permanente. Jan Pierre fue cauteloso. Philip, quizás deberías bajarle el tono esta noche. Hay mucha gente importante aquí. Bajarle el tono. Arnaud lo miró incrédulo.

 A mí, Philip Arnu, yo no bajo el tono por nadie y mucho menos por una mexicana que se cree Cleopatra. Si alguien quiere hablar de quién es quien aquí soy yo. Ella es una invitada en mi ciudad, en mi país, en mi continente. Levantó su copa. Creo que es hora de que alguien le recuerde de dónde viene. Mientras la cena comenzaba, algo curioso sucedió en el salón.

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