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AURELIO LÓPEZ: TODO ERA MENTIRA (LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ)

Una frase que casi cuesta Aurelio López no llegar nunca a ningún equipo profesional. Chihuahua. Agosto de 1967. El campeonato nacional juvenil se juega en un campo polvoso con tribunas de madera y un sol que pega como martillo. La selección de Puebla es de las más débiles. Aurelio entra a lanzar de relevo en el cuarto inning de un partido perdido.

 Tiene 18 años, mide 1,78 y pesa 73 kg. Flaco, brazos largos, cara seria. Lo que pasa cuando Aurelio suelta la primera pelota es lo que después todos contarán diferente. El católico de Puebla, un muchacho de Atlxo, apellidado calvo, recordaría años después la frase lanzaba fuego los dos casatalentos sentados detrás del home se enderezan en sus asientos.

 Uno saca un cronómetro de bolsillo, el otro saca una libreta de ule negro. Ese de la libreta es Ramón Chita García. Aurelio poncha al primer bateador con tres rectas, poncha al segundo con cuatro, poncha al tercero con tres. Sale del montecito sin mirar a las gradas. Ni siquiera sabe que hay alguien observándolo desde la sombra del techo de lámina.

 Pero lo que pasó entre Chita García y el otro cazatalentos en ese momento es lo que casi le cuesta aurelio López no llegar nunca al béisbol profesional. El otro cazatalentos, un hombre mayor que llevaba 20 años firmando peloteros para los sultanes de Monterrey. Se voltea hacia Chita y le dice una frase que después se contó mucho en cantinas.

No lo firmes, es del rancho, no aguanta la ciudad. En tres meses se devuelve a Tecamachalco con la cola entre las patas. Chita García no responde. Anota el nombre del muchacho en la libreta. pone una cruz al lado, dos cruces, y al final del campeonato se acerca al banquillo de Puebla y le pide al manager que le presente al lanzador flaco.

 La conversación entre Chita y Aurelio dura menos de 2 minutos. Chita le pregunta si sabe leer y escribir. Aurelio dice que sí. Chita le pregunta si tiene a quien avisar. Aurelio dice que sí a sus papás. Chita le da una dirección de la Ciudad de México, una hora y un día, y le dice una sola cosa antes de irse.

 Si no apareces, ya sabes lo que te perdiste. Aurelio regresa a Tecamachalco en autobús, llega a la casa de noche, se sienta a la mesa con el padre y le dice por primera vez en voz alta lo que venía decidiendo desde los 14 años. El padre no lo mira, sigue masticando. La madre llora en silencio en la cocina y al final el padre le contesta una sola frase. Si te vas, no regreses.

 Aurelio se va al día siguiente con una bolsa de tela, dos camisas, un pantalón y los 90 pesos que la madre le mete a escondidas en el bolsillo. La frase del padre se le queda clavada en alguna parte y va a regresar 30 años después, en una madrugada de septiembre, cuando ya nadie se acuerde de ella. Ciudad de México, 1968.

Aurelio López tiene 19 años y vive en un cuarto rentado a tres calles del Parque del Seguro Social, donde los diablos rojos juegan de locales. La pensión cuesta 20 pesos a la semana. Comparte baño con cuatro hombres más. Aurelio se levanta a las 5 de la mañana, corre 5 km, regresa, se baña con agua fría y camina al estadio.

 Ahí entrena hasta el mediodía. Lo usan como abridor. Tira fuerte, demasiado fuerte. 72 km porh de mete y saca con el muchacho del rancho de Puebla, decían los reportes, pero le falta control. Walks. Hits por encima de la valla. En las primeras semanas pierde tres juegos seguidos. Chita García lo defiende ante la directiva.

 Le dice que aguanten, que el muchacho está verde, que el brazo va a madurar. Y entonces, en abril de 1969, en un partido contra Veracruz, Aurelio suelta una recta y siente que algo le truena adentro del codo. Se queda parado en el montecito un segundo de más. Mira el guante, camina al banquillo, no le dice nada a nadie. Esa noche el codo se le hincha del tamaño de una pelota de tenis.

Aurelio piensa una sola cosa, en el cuarto rentado con el codo metido en una cubeta de hielo. Ya se acabó. Lo que el doctor le hizo en el brazo a Aurelio López en las semanas siguientes. Nadie lo supo nunca con exactitud. Pero hay un detalle que un compañero suyo contó años después en una entrevista de radio, una frase de cinco palabras.

Vamos a regresar a eso. El doctor se llama Ilisaliturri. Es un médico mayor, calvo, de manos grandes, que atiende a peloteros en una clínica pequeña en la colonia Roma. Trabaja con técnicas que en 1969 nadie usa todavía en México. Aurelio se pone en sus manos porque no tiene de otra. Pasan seis semanas.

 Aurelio entra cada tercer día. El doctor le hace cosas. Aurelio no pregunta. El doctor no explica. Cuando Aurelio regresa al montecito en junio de ese mismo año, suelta su primera recta de calentamiento. El católico se levanta, mira al pitcher, vuelve a ponerse en cuclillas, recibe la segunda y la tercera y le grita al banquillo una frase que después ese católico repetiría en cada cantina de la ciudad.

Le pusieron un brazo nuevo. Aurelio no es el mismo pitcher, es otro. La recta sale ahora a una velocidad que en México nadie había medido en un derecho mexicano. Pero no es el codo lo único que cambió. Algo dentro de Aurelio también cambió en esas seis semanas. El muchacho que entró a la clínica era un abridor flaco con miedo a fallar.

 El que salió ya no le tenía miedo a nada. Y eso en el béisbol es la diferencia entre lanzar y matar. 1970 llega a los diablos rojos un manager nuevo. Se llama Wilfredo Calviño, cubano, hombre seco de los que no explican dos veces. Calviño ve lanzar a Aurelio una sola tarde y al día siguiente entra al vestidor y le dice, “Tú no eres abridor, tú eres relevista.

” Aurelio se queda parado con el guante en la mano. Quiere protestar. Quiere decir que lleva dos años preparando la rotación. Pero a Calviño no se le contradice. Aurelio acepta. Calla. Se traga la decisión. En el cuarto rentado esa noche le escribe una carta a la madre. Le dice que está bien, que está jugando, que pronto va a mandar dinero.

No le dice que lo bajaron de jerarquía. Algunas cosas no se cuentan en cartas a las madres, pero Calviño tenía razón. Aurelio en relevo es un animal distinto. Sale en el séptimo, en el octavo, en el noveno. Tira tres entradas a fuego puro. Los bateadores de la Liga Mexicana empiezan a temblar cuando lo ven calentar en el bulpen.

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