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La telenovela de televisa prohibida de Maria Felix que el gobierno hizo desaparecer

 Un espejo que mostró que México de 1978 y México de hoy no son tan diferentes como nos gusta creer. Esta es la historia de esa telenovela, la historia que intentaron borrar y que María Félix se negó a dejar morir. Antes de continuar, necesito que entiendas algo sobre lo que significaba María Félix en 1978. Porque si naciste después de cierta época, si no viviste aquellos años, si no viste a esa mujer caminar por una habitación y sentir como el aire cambiaba, entonces necesitas contexto para entender por qué lo que estoy a

punto de contar te importa tanto. No olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta, historias de una época que no debemos olvidar. María Félix no era solo una actriz, no era solo una celebridad, era el último símbolo viviente de una época en que México creyó, aunque fuera por un momento, que podía producir grandeza propia.

 Era la prueba viviente de que una mujer nacida en Álamos, sonora, de familia sin apellido poderoso, sin contactos en la industria, sin más herramienta que su rostro, su voz y una voluntad de hierro forjada en la pobreza, podía plantarse frente al mundo entero y decirle, “Aquí estoy.” Y el mundo se hacía a un lado. Tenía 64 años en 1978.

Llevaba una década retirada del cine. La mayoría de las actrices de su generación habían aceptado el papel que la industria les asigna a las mujeres que envejecen. La invisibilidad elegante, la aparición esporádica en homenajes, la sonrisa agradecida por los premios a la trayectoria que son otra forma de decir que tu tiempo ya pasó.

 María no aceptó ninguna de esas cosas. seguía siendo devastadoramente hermosa a los 64 con esos ojos que habían destruido carreras y matrimonios con solo mirar, con esa postura de reina que no se aprende en ninguna escuela porque nace de adentro, de saber quién eres cuando el mundo intenta decirte que no eres suficiente.

 Y seguía siendo sobre todas las cosas peligrosa. Nadie le pidió que hiciera televisión. Durante décadas lo había rechazado con esa honestidad brutal que la caracterizaba. La televisión es para actores de segunda, decía sin pedir disculpas. El cine es el arte, la televisión es el mueble. Pero en 1977 algo cambió.

 María estaba viviendo en París, en su departamento de la Avenue Montaigne, cuando le llegó por correo un paquete sin remitente. Adentro, un manuscrito grueso encuadernado a mano, sin nombre de autor, solo el texto y una nota escrita con letra pequeña y temblorosa en una hoja suelta. Para la única mujer en México con el carácter suficiente para decir esto en voz alta.

María leyó las primeras 10 páginas de pie en la cocina de su departamento con un cigarrillo francés humeando en el cenicero. Luego apagó el cigarrillo, se sentó en el sillón de terciopelo verde que había comprado en una subasta en Versalles y leyó las siguientes 100 páginas sin moverse, sin comer, sin contestar el teléfono que sonó cuatro veces.

 Cuando terminó, eran las 3 de la mañana. París dormía afuera de sus ventanas, pero María estaba completamente despierta, más despierta de lo que había estado en años. Llamó a su asistente Consuelo, una mujer de 40 años que llevaba 15 a su lado y que conocía cada matiz del humor de María mejor que nadie en el mundo. Consuelo. Necesito que me consigan un vuelo a México. ¿Cuándo, doña María? Mañana.

Consuelo no preguntó por qué conocía ese tono. Era el tono de una decisión que ya se había tomado y que no admitiría conversación, negociación ni demora. Lo que María había leído era una telenovela de 26 capítulos. La historia de una matriarca poderosa llamada Dolores y en fuegos, que construye un imperio desde la nada, desde la pobreza más dura del norte de México y que ve como ese imperio es devorado lentamente por la corrupción del Estado, por la complicidad de los medios de comunicación, por la traición de los hombres que ella misma formó,

educó, financió y puso en posiciones de poder. Una mujer que al final lo pierde todo, absolutamente todo, excepto la única cosa que nadie puede quitarle. La verdad de lo que vio era ficción, pero era un espejo tan preciso, tan brutalmente exacto en su descripción de cómo funcionaba el poder en México, que cualquiera que hubiera vivido en ese país durante los últimos 30 años reconocería cada mecanismo, cada personaje, cada traición.

 Y María Félix nunca pudo resistirse a un espejo que dijera algo verdadero. México en 1977 era un país que estaba aprendiendo a vivir con miedo sin llamarlo miedo. El sexenio de Luis Echeverría había terminado dos años antes, dejando una herida abierta que nadie se atrevía a examinar. Clatelolco seguía sin ser juzgado.

 El alconazo seguía sin ser juzgado. Los estudiantes muertos seguían sin ser contados, porque contarlos era admitir lo que el gobierno había hecho. Y admitirlo era enfrentar consecuencias que nadie en el poder estaba dispuesto a enfrentar. José López Portillo había llegado a la presidencia prometiendo renovación moral, prometiendo que México iba a salir del hoyo, prometiendo que la riqueza petrólea, que se descubría en Tabasco iba a alcanzar para todos, que el país estaba a punto de entrar a una era de prosperidad que borraría las heridas del pasado. La gente quería

creerle. La gente siempre quiere creerle al que promete que mañana será mejor. Porque en México la esperanza es un hábito que sobrevive todas las decepciones. Emilio Azcárraga Milmo tenía 49 años y era el hombre más poderoso de la televisión mexicana, que en aquel país equivalía a ser uno de los hombres más poderosos a secas.

 Lo llamaban el tigre, no por afecto, sino por advertencia. Era el tipo de hombre que sonríe antes de cerrar la trampa, que te invita a cenar para decirte que estás despedido, que te abraza con un brazo mientras con el otro le hace señas a alguien para que te saque del edificio. Había heredado Televisa de su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, y la había convertido en algo mucho más que una empresa de entretenimiento.

 Era un aparato de control cultural tan eficiente que hacía innecesaria la censura directa del gobierno. Porque lo que Televisa transmitía era lo que México pensaba, lo que Televisa ignoraba simplemente no existía. Y Azcárraga lo sabía y lo usaba con precisión quirúrgica. Tenía una relación con el gobierno que en México tenía nombre propio, aunque nadie la describiera en voz alta en público.

 El gobierno protegía el monopolio. Televisa protegía al gobierno. Era un matrimonio sin amor, pero con intereses perfectamente alineados. Y Azcárraga lo había resumido el mismo en una frase que circulaba por los pasillos de Televisa con una mezcla de admiración y asco que nadie se atrevía a separar. Somos soldados del presidente.

 Si tus padres o tus abuelos vivieron aquella época, si recuerdas las tardes frente al televisor viendo lo que Televisa decidía que podías ver. Si alguna vez te preguntaste porque ciertas historias nunca se contaban, entonces esta historia es para ti. Compártela con quien vivió esos años porque merece saber lo que pasó.

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