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Chavela Vargas: La Obligaron a Esconderse 50 Años… y a los 81 Por Fin Pudo Ser Ella Misma

Chavela Vargas: La Obligaron a Esconderse 50 Años… y a los 81 Por Fin Pudo Ser Ella Misma

1991, Ciudad de México. Una mujer de 71 años termina de cantar y baja los brazos despacio como si le pesaran toda la vida que ha vivido sin permiso. Lleva 12 años sin subirse a un escenario, 12 años viviendo sola en una cabaña de las montañas de Tepostlán, bebiendo mezcal hasta perder el nombre, esperando morirse sin hacer ruido.

El público no aplaude. No porque no quiera, porque no puede. Están llorando todos. Las mujeres con los pañuelos contra la boca para no hacer ruido. Los hombres mirando al suelo porque no soportan que los vean así. Y ella ahí en el centro del escenario con el zarape rojo sobre los hombros, completamente quieta, sosteniendo ese silencio como quien sostiene a un niño que acaba de nacer.

Eso es lo que hace Chabela Vargas cuando canta. Te rompe algo por dentro que no sabías que estaba roto. Te abre una herida que llevas años fingiendo que no tienes y cuando termina la canción ya no puedes mentirte a ti mismo. Por eso el público no aplaude. Aplaudir sería volver a ser quienes eran antes de escucharla y después de escucharla ya no se puede.

 Lo que ese público de Ciudad de México no sabe todavía. Lo que tardarán años en entender es que la mujer que tienen delante no es solo una cantante que ha vuelto del olvido. Es una mujer que ha pasado 50 años escondiéndose de un mundo que no la dejaba existir, que ha pagado por ser exactamente quién era, un precio que ningún ser humano debería tener que pagar jamás.

Chavela Vargas no nació en el cuerpo equivocado, nació en la época equivocada, en el país equivocado, rodeada de la gente equivocada. Todo lo que ella era, su forma de amar, su forma de vestir, su forma de moverse por el mundo, era exactamente lo que una mujer latinoamericana de mediados del siglo XX no tenía permitido ser.

 Y sin embargo, Chabela no fingió ser otra. No se casó por compromiso, no bajó la voz, no escondió a las mujeres que amaba, pagó un precio brutal por eso. La expulsaron de su propia familia a los 7 años. La rechazó la industria de la música durante tres décadas. La ignoró México hasta dejarla casi en la miseria. Y cuando por fin el mundo la descubrió, tenía 81 años y una voz que había sobrevivido a todo lo que habían intentado hacerle.

Esto que estás viendo es la historia de cómo una niña abandonada por sus propios padres en una casa ajena, en un pueblo ajeno, con una maleta y una foto que no se atrevía a mirar, se convirtió en la voz más libre que ha tenido jamás América Latina. Es la historia de los 12 años en que desapareció del mundo, de los amores que tuvo que esconder o de la noche en que el público no pudo aplaudir y de la frase que pronunció a los 81 años en una entrevista que se publicó en España, que cambió para siempre la forma

en que el continente entero la iba a recordar. Antes de que termine este video, vas a descubrir por qué una mujer que vivió 50 años escondiéndose terminó siendo el símbolo de libertad más poderoso de toda América Latina. ¿Vas a entender qué pasó realmente en aquella cabaña de las montañas durante 12 años de silencio? Y vas a saber qué fue exactamente lo que cantó la noche en que el público no pudo aplaudir.

Quédate porque lo que viene a continuación no se cuenta en ningún documental oficial. Lo primero que hay que entender antes de cualquier otra cosa es lo que está en juego en esta historia, porque esta no es solo la biografía de una cantante. Esta es la historia del precio exacto que se paga por ser uno mismo en un mundo que ha decidido antes incluso de que tú nazcas.

 Lo que tienes que ser es la historia de una mujer que durante 50 años tuvo que elegir entre dos cosas imposibles. O fingía ser lo que la sociedad esperaba de ella y se traicionaba a sí misma cada minuto del día. O era ella misma y aceptaba que la familia la dejara, que la industria la apartara, que el éxito le llegara, si es que le llegaba alguna vez demasiado tarde.

 Chabela Vargas eligió la segunda opción y este video es lo que pasó cuando la eligió, antes de que el mundo la conociera, antes del Zarape Rojo, antes de las cantinas de Ciudad de México, antes de Frida Calo y de Pedro Almodóbar. Y del Olimpia de París había una niña, se llamaba Isabel Vargas Lisano. Había nacido en Costa Rica el 17 de abril de 1919 en un pueblo pequeño llamado San Joaquín de Flores.

 Y desde muy temprano hubo algo en ella, algo que ni siquiera ella sabía nombrar todavía, que sus padres no podían soportar. América Latina en los años 20 era un mundo cerrado católico hasta el hueso, una sociedad que tenía un libreto exacto para cada mujer que nacía dentro de ella y ese libreto no admitía variaciones. La mujer se casaba, la mujer tenía hijos, la mujer obedecía, la mujer iba a misa, la mujer no levantaba la voz, la mujer no usaba pantalones, la mujer no miraba a otras mujeres como si fueran lo más hermoso que había visto en su vida.

Cualquier desviación de ese libreto era patología, era pecado, era vergüenza familiar. y a las niñas que daban señales tempranas de no encajar en el libreto, América Latina tenía maneras muy concretas de tratarlas. Algunas familias las cazaban a la fuerza, otras las metían en conventos. Las menos afortunadas, las que tenían familias que no soportaban ni siquiera el rose con la diferencia, hacían algo más sencillo, se deshacían de ellas.

Pero para entender cómo una niña abandonada por sus propios padres en Costa Rica se convirtió en la voz más libre de toda América Latina, hay que volver al principio. Hay que volver a una tarde de 1926 en una casa de un pueblo pequeño en que dos personas dejaron a su hija de 7 años con unos parientes lejanos y se dieron la vuelta para no regresar jamás.

San Joaquín de Flores en los años 20 era un pueblo de calles de tierra, de iglesias blancas, de cafetales que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Los Vargas Lisano eran una familia de clase media baja, ni pobres ni ricos, lo suficientemente respetables como para que importara mucho lo que dijeran los vecinos.

 El padre se llamaba Francisco, la madre se llamaba Herminia. Y cuando nació la pequeña Isabel en abril de 1919, fueron dos meses de alegría tibia en una casa que esperaba un hijo varón y se había encontrado con otra niña. A Isabel la trataron al principio como se trataba entonces a las niñas, vestidos, cintas en el pelo, lecciones de catecismo, pero algo desde muy temprano no terminaba de funcionar.

 La niña se quitaba los lazos, no quería ponerse los zapatos blancos. Cuando jugaba con los otros niños del pueblo, prefería estar con los varones, corriendo por los cafetales, subiéndose a los árboles, peleando con palos como si fueran espadas. Y cuando llegaba a casa con la ropa rasgada y las rodillas sangrando, Herminia la miraba como se mira a un enigma incómodo y le decía, “Tú no eres como las otras niñas.

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