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Por que Ronaldinho jugo descalzo en el Camp Nou y dejo sus botines en el cesped

El minuto 42 del partido entre Barcelona y Sevilla, Ronaldinho recibió el balón en el borde del área. Tenía el gol en sus pies, la portería abierta, el portero fuera de posición. Era el momento perfecto, pero entonces hizo algo que nadie entendió. Se detuvo. Miró hacia abajo, hacia sus pies, hacia los botinés negros que llevaba puestos.

Y sin ninguna explicación se agacho. Se quito los botinés, uno primero, luego el otro. Los dejo cuidadosamente en el césped y siguió jugando descalso. El árbitro corrió hacia el confundido. Sus compañeros lo miraban sin entender. Los comentaristas no sabían qué decir. Las cámaras enfocaban los botinés abandonados en el césped como si fueran una bomba a punto de explotar.

Pero Ronaldinho no daba explicaciones, solo jugaba. Descalzo con los pies tocando directamente el césped del Camp Note, como si estuviera de vuelta en las calles de Tierra de Porto Alegre. Nadie sabía por qué lo había hecho. Nadie entendería hasta después del partido, cuando la verdad saliera a la luz, cuando el mundo conociera la historia de aquellos botinés y del joven que los había usado antes que Ronaldino.

Esta es la historia de Felipe Santos, el mejor amigo de Ronaldinho que murió demasiado joven. Los botines que Ronaldinho Heredo. Y el día en que decidió que el fútbol no era sobre goles, era sobre honor, sobre memoria, sobre los que ya no están. Para entender esta historia debemos viajar a 1992. Ronaldinho tenía 12 años.

 Vivía en una de las favelas más pobres de Porto Alegre. No tenía botinés, no tenía balón propio, no tenía nada excepto talento y hambre de jugar. En aquellos días, Ronaldinho jugaba con quien quisiera jugar con él. No había equipos formales, solo niños del barrio que se reunían en un campo de tierra después de la escuela. Jugaban hasta que oscurecía, hasta que sus madres los llamaban a cenar, hasta que ya no podían ver el balón.

Entre todos aquellos niños había uno que destacaba casi tanto como Ronaldinho. Felipe Santos. Felipe tenía la misma edad que Ronaldinho, 13 años recién cumplidos. Era hijo del zapatero del barrio, un hombre pobre que arreglaba zapatos viejos para sobrevivir, pero un hombre que había ahorrado durante años anos para comprarle a su hijo algo especial, un par de botinés de fútbol.

No eran botinés profesionales, no eran de marca famosa, eran botinés simples de cuero negro comprados en una tienda de segunda mano, pero para Felipe eran el tesoro más grande del mundo. Felipe y Ronaldinho se hicieron mejores amigos inmediatamente. No solo porque ambos amaban el fútbol, porque ambos entendían lo que significaba sonar cuando el mundo te decía que no tenías derecho a sonar, porque ambos veían el fútbol como la única salida de una vida que parecía no tener salida.

 Jugaban juntos todos los días. Ronaldinho descalzo. Felipe con sus botinés negros. Hacían combinaciones que dejaban a los otros niños humillados. Se pasaban el balón como si pudieran leer la mente del otro. Eran imparables. Una tarde, después de un partido particularmente bueno, Felipe le dijo algo a Ronaldinho que nunca olvidaría. Algún día tú vas a jugar en estadios llenos de gente, vas a ganar trofeos, vas a ser famoso y cuando eso pase, quiero que uses mis botinés para que sepas que yo estoy ahí contigo, aunque no me puedas ver.

Ronaldinho se ríó. Tus botinés no me van a quedar. Tienes pies enormes. Felipe sonrió. Entonces esperaré hasta que crezcas y cuando te queden te los regalo. Era una promesa de niños, una promesa que parecía imposible, una promesa que ninguno de los dos tomaba completamente en serio. Pero el destino es cruel con los que prometen.

Suscríbete y deja un comentario, porque lo que viene ahora es el momento que cambio todo. Tres meses después de aquella conversación, Felipe murió. No fue por enfermedad, no fue por accidente, fue por la violencia que consumía las favelas de Brasil en aquella época. Felipe estaba en el lugar equivocado. En el momento equivocado, una bala perdida de un tiroteo entre pandillas lo alcanzó mientras caminaba a casa después de jugar fútbol.

 Tenía 13 años. Llevaba puestos sus botinés negros. iba sonriendo porque había marcado tres goles esa tarde. Ronaldinho recibió la noticia a la mañana siguiente. No lo creyó al principio. No podía creerlo. Felipe había estado con el Asia apenas unas horas. Felipe le había dicho que mañana jugarían de nuevo. Felipe no podía estar muerto, pero lo estaba.

El funeral fue pequeño, pobre, como todo en la favela, el padre de Felipe, el zapatero, estaba destrozado. Había perdido a su único hijo. Había perdido la razón por la que trabajaba, había perdido todo. Después del funeral, el padre de Felipe se acercó a Ronaldinho. Mi hijo te quería como a un hermano. siempre hablaba de ti.

Siempre decía que ibas a ser famoso y me hizo prometerle algo antes de morir. Ronaldinho escuchaba con lágrimas en los ojos. Me hizo prometer que te daría sus botines. Dijo que tú los ibas a necesitar más que él. Dijo que quería que jugaras con ellos cuando llegaras a los grandes estadios. El padre le entregó los botinés negros.

Los botinés que Felipe había usado el día de su muerte. Los botinés que todavía tenían tierra del campo donde habían jugado por última vez. Ronaldinho, los tomo, los apreto contra su pecho y lloro como nunca había llorado. Los botinés eran demasiado grandes para él en ese momento.

 Ronaldinho tenía pies pequeños para su edad, pero los guardo, los limpio, los cuido como si fueran de oro. Y prometió que algún día los usaría. Los años pasaron. Ronaldinho creció. Sus pies crecieron y cuando tenía 17 años se probó los botinés de Felipe. Le quedaban perfectos. Desde ese día, Ronaldinho los uso en los momentos más importantes de su carrera.

No en todos los partidos, solo en los especiales. Solo cuando necesitaba sentir a Felipe cerca. Solo cuando necesitaba recordar de dónde venía y quiénes lo habían acompañado en el camino. Uso los botinés de Felipe cuando debuto profesionalmente con Gremio. Uso los botinés de Felipe cuando firmo con el Paris Saint-Germain.

Uso los botinés de Felipe cuando gano su primer balón de oro. Nadie lo sabía. Nadie notaba que sus botinés eran diferentes. Para el mundo eran solo botinés negros viejos. Para Ronaldinho eran la presencia de su mejor amigo, pero los botinés no durarían para siempre. Comparte y suscríbete porque el final de esta historia es lo que nadie podría haber imaginado.

El partido contra el Sevilla era importante. Barcelona luchaba por la liga. Cada punto contaba. Ronaldinho estaba en su mejor momento. El mundo esperaba magia, pero aquella mañana Ronaldinho había recibido una noticia que lo destrozo. El padre de Felipe había muerto. El zapatero que le había entregado los botinés, el hombre que había perdido a su hijo y había seguido viviendo por pura inercia.

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