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Lo Que Ronaldinho Escribía en Su Libreta en el Lobby del Hotel Cuando Nadie Lo Sabía

La pregunta llevaba años en el aire, no en el sentido metafórico en que se dice que algo lleva tiempo sin responderse. En el sentido literal de que esa pregunta específica, formulada de formas levemente distintas en decenas de idiomas por periodistas de cuatro continentes, nunca había recibido una respuesta que nadie considerara completa.

 Los que hacían la pregunta la hacían porque era la pregunta que se hace. Los que la escuchaban la escuchaban porque era la respuesta que se espera. Y Ronaldinho que había escuchado esa pregunta cientos de veces y que tenía preparadas docenas de respuestas que encajaban perfectamente en el tiempo disponible de cualquier entrevista, la respondía siempre de una manera que satisfacía al formato sin satisfacer del todo a quien preguntaba.

La pregunta era, ¿cuál ha sido el momento más feliz de tu vida? La tarde del 7 de marzo, en una sala de hotel de Sao Paulo que el equipo de producción de una revista deportiva internacional había convertido en estudio improvisado con tres focos de luz, dos cámaras, una silla de director para el periodista y otra para el entrevistado.

 Y el tipo de silencio artificial que se crea cuando se apaga el aire acondicionado porque hace ruido en la grabación. Ronaldinho se sentó frente a Marcos Villanueva con la relajación de alguien que ha hecho estos suficientes, veces como para no necesitar prepararse. Marcos tenía 38 años, llevaba 14 en el periodismo deportivo y había entrevistado a suficientes futbolistas como para distinguir las respuestas que un deportista da porque sabe que son las correctas de las que da porque son verdaderas.

La diferencia no estaba en el contenido, estaba en la cadencia, en si los ojos van hacia adelante o hacia algún lugar interior cuando empieza la frase, Marcos era bueno en su trabajo y parte de ser bueno en ese trabajo era saber qué preguntas tenían posibilidades de atravesar la superficie. La entrevista había comenzado con el protocolo habitual, las preguntas sobre la carrera, los títulos, los partidos memorables.

Ronaldinho respondía con generosidad y con la fluidez de quien tiene ordenada su historia y sabe dónde están las partes que funcionan bien en el formato periodístico. Era buen entrevistado. Sabía hacer que sus respuestas sonaran espontáneas, aunque hubieran sido dichas antes. Eso también es una habilidad y no una menor.

 Pero Marcos había reservado algo para el final. Una pregunta que Marcos había aprendido que el momento en que se hace cambia completamente lo que ocurre después. Al final de la entrevista, cuando el cuerpo ya se ha relajado en la silla y la mente ha gastado parte de su energía de control, a veces esa pregunta llega a algún sitio diferente. Marcos esperó, dejó que el silencio durara 2 segundos más de lo habitual y luego dijo con el tono de alguien que lo dice casi de paso, “¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida?” Ronaldinho no respondió.

No, de inmediato. Hubo un silencio que Marcos midió mentalmente en 4 segundos, que en el tiempo de una entrevista grabada es un silencio largo, el tipo que los editores de video normalmente cortan porque ralentiza el ritmo. Pero Marcos no se movió, no reformuló la pregunta, no ofreció una salida. Esperó y Ronaldinho sonrió.

No la sonrisa que el mundo conocía, no la de las cámaras y los flashes y las galas y las portadas, sino una sonrisa diferente, más pequeña y más interior. La sonrisa de alguien que acaba de encontrarse con algo que no esperaba encontrar dentro de una pregunta que ya había escuchado 100 veces.

 Y luego dijo, “Hay muchos momentos.” Marcos esperó el Balón de Oro, la Champions, el Bernabéu. Pausa, muchos momentos. Pero algo en la cadencia de esas respuestas, en la forma en que salieron, en el orden en que Ronaldinho había elegido listarlas, le dijo a Marcos lo que Marcos ya sospechaba, que esos no eran los momentos de los que estaba hablando la pregunta, que esos eran los momentos disponibles para ser respondidos, que los otros, los que la sonrisa había mostrado por un instante antes de que la respuesta llegara, esos eran diferentes.

cámara seguía grabando. El asistente de producción, una chica joven llamada Valentina, que llevaba dos años en el equipo, levantó la vista de su tableta por primera vez en varios minutos. Marcos decidió no presionar. asintió, dijo que entendía, dijo gracias y dio por terminada la entrevista con las frases de cierre habituales.

Suscríbete ahora y deja un comentario porque lo que Valentina escuchó 20 minutos después, cuando el equipo recogía el material y Ronaldinho esperaba en el pasillo. Es la razón por la que esta historia existe y por la que la pregunta sobre el momento más feliz tiene una respuesta que no apareció nunca en ninguna grabación.

El equipo tardó 20 minutos en recoger. Marcos hablaba con el director de fotografía sobre la siguiente entrevista. El técnico de sonido revisaba las pistas grabadas con los auriculares puestos. Valentina había salido al pasillo a confirmar los detalles de transporte con el coordinador del hotel. El pasillo era largo, de moqueta oscura y luces empotradas con las puertas numeradas de las habitaciones alineadas en ambos lados.

Ronaldinho estaba sentado en una de las sillas junto al ascensor, con el teléfono en la mano, pero sin mirarlo, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y los ojos en el techo, en la postura de alguien que no está descansando, sino pensando. Valentina habló con el coordinador, confirmó los detalles y cuando terminó se giró para volver a la sala.

 Y fue en ese momento cuando Ronaldinho dijo algo, no a ella, no a nadie. particular. Lo dijo con el volumen de las cosas que se dicen cuando uno cree estar solo o cuando ya no importa si alguien escucha porque lo que se dice ha estado dentro demasiado tiempo para seguir guardándolo. Valentina se detuvo. No porque quisiera escuchar algo que no iba para ella, sino porque cuando alguien habla con ese tono en un pasillo que creías vacío, el cuerpo se detiene antes de que la mente decida qué hacer.

Lo que Ronaldinho dijo fue esto. Los momentos más felices eran los que nadie miraba. Valentina no se giró, siguió caminando hacia la sala, abrió la puerta, entró. Pero esas seis palabras se le quedaron en algún lugar entre el oído y la memoria con la adherencia específica de las frases que no buscabas y que, sin embargo, te encuentran exactamente en el momento en que tienes la capacidad de recibirlas.

Valentina tenía 26 años, llevaba dos en el equipo de producción de la revista y tenía buen oído. Sabía distinguir la frase que se dice para impresionar de la que se dice porque es verdadera. Esa era verdadera. lo supo de inmediato. Pero este es el momento que nadie en ese equipo de producción anticipaba que ocurriría.

Porque cuando el equipo terminó de recoger y salieron al pasillo con las maletas y los estuches de equipo, Ronaldinho ya no estaba en la silla junto al ascensor. Había bajado. Y cuando Valentina llegó al vestíbulo del hotel, lo vio en un rincón de lobby sentado en uno de los sillones de cuero marrón con una libreta pequeña abierta sobre la rodilla y un bolígrafo en la mano. Estaba escribiendo.

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