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El Secreto de Ronaldinho: El Perro Que Lo Convirtió en el Mejor Regateador del Mundo

El campo de entrenamiento del FC Barcelona en San Joan de SP se ha convertido en una iglesia. No hay sonido, no hay silvato, no hay órdenes, solo silencio. En el círculo central, sobre la hierba recién cortada, Ronaldinho Gaucho está arrodillado con la cabeza inclinada y entre sus manos sostiene la cinta de capitán.

La cinta amarilla y roja que llevaba esa misma mañana en el brazo izquierdo. La cinta que para él vale tanto como un trofeo. Pero ya no la tiene en el brazo, la tiene en las manos. Y frente a él hay un perro mestizo, viejo, blanco, con manchas marrones, que mira al brasileño con la quietud de quien entiende lo que está pasando, aunque nadie le haya explicado nada.

A pocos metros en una silla de ruedas, un niño de 9 años llamado Diego respira con dificultad, pero sonríe como si el aire entero del mundo cupiera en sus pulmones. Frank Richcard ha bajado el silvato. Sabi mira al suelo. Puol se ha quitado la gorra y Ronaldinho con dedos temblorosos ata la cinta de capitán alrededor del cuello del perro.

despacio, con respeto, como si estuviera condecorando a un soldado. Y nadie en ese campo se atreve a moverse. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo es posible que un entrenamiento del Barcelona se haya transformado en uno de los momentos más íntimos de la historia reciente del fútbol? ¿Cómo es posible que un perro callejero haya recibido la cinta de capitán de manos del mejor jugador del mundo? Para entenderlo, hay que volver al principio.

A un patio de tierra en Porto Alegre hace más de 20 años, donde un niño pobre, descalso y con sueños demasiado grandes para sus zapatos rotos, descubrió que el rival más difícil de su vida no llevaba camiseta, tenía cuatro patas y un ladrido inolvidable. Ronaldo de Asís Moreira creció en un barrio humilde de Porto Alegre en el sur de Brasil.

Su padre, soldador murió cuando él era apenas un crío. Su madre crió a tres hijos sola trabajando turnos dobles. La casa era pequeña, el patio de tierra y los lujos eran cosas para otra gente. Un balón de fútbol era un lujo, un balón de cuero todavía más. Pero había una cosa que Ronaldinho sí tenía.

 Un perro callejero al que llamaron bombo, un perro mediano marrón con el pecho blanco, que adoptaron porque no se quería ir de la puerta. No era de raza, no tenía pedigrí, era solo un perro. Pero Bombo, sin saberlo, iba a convertirse en el primer entrenador de fútbol del futuro Balón de Oro. La historia la cuenta su hermano Roberto.

 Ronaldinho, con cinco o 6 años, salía al patio cada tarde con una pelota de plástico medio rota. Y cada tarde Bombo salía detrás de él. Bombo amaba el balón, lo perseguía, lo mordía, lo robaba y así, sin saber que estaba creando al mejor regateador del mundo, le robaba el balón al niño una y otra vez. 100 veces al día hasta que el niño aprendió a no perderlo.

Aprendió a fintar con la cadera, aprendió a esconder el balón detrás del talón. Aprendió a hacer eso que años más tarde llamarían elasticó. Sus primeros regates no fueron contra niños, fueron contra un perro. Su primer rival no fue un defensa, fue Bombo. Bombo murió cuando Ronaldinho tenía 14 años.

 El niño, que ya despuntaba en las inferiores del gremio, lloró durante días y nunca lo olvidó. Guarda esta imagen, porque ahora vamos a volver al campo del Barcelona a aquel martes por la mañana al niño en la silla de ruedas y al perro mestizo. Aquella mañana en San Joan de Spí, el equipo se preparaba para una sesión normal.

 Calentamiento, ejercicios de pase, partidillo. Frank Rard, holandés metódico, había planeado algo simple. Eto bromeaba con Deco. Puyol dirigía a los jóvenes e incluso Ronaldinho llegaba con la sonrisa puesta, como cada día. Saludaba al jardinero, al cocinero, al chico que llenaba las botellas. Para él todos eran parte del equipo. A las 9:15, una furgoneta blanca se detuvo en la puerta del centro deportivo.

De ella bajaron tres personas, una mujer cansada, con el rostro de quien no duerme bien desde hace meses. un niño pequeño, demasiado pequeño para sus 9 años, sentado en una silla de ruedas con una manta azul sobre las piernas y un perro mestizo, blanco, con manchas marrones, viejo, con una pata que cojeaba ligeramente, pero que caminaba pegado a la silla como si la silla fuera su mundo entero.

El niño se llamaba Diego, la madre se llamaba Elena, el perro se llamaba Capitán. Era una visita organizada por una fundación que cumple deseos a niños con enfermedades graves. Diego tenía leucemia desde los 7 años. Había aguantado 2 años de quimioterapia, 2 años de hospitales, 2 años de habitaciones blancas.

Tres semanas antes, los médicos habían hablado con Elena en un pasillo y le habían dicho la palabra que ninguna madre quiere oír. Cuando la fundación apareció en su vida, Elena no sabía qué pedir. Pero deo sí. Quiero ver a Ronaldinho y quiero que venga capitán conmigo. Diego, mi amor, los perros no entran en esos sitios.

Capitán también es jugador. Mamá, capitán. también es futbolero. Elena no discutió. Capitán había aparecido en sus vidas el mismo verano del diagnóstico. Había llegado a la puerta de su casa con hambre y con la pata herida. Y desde el día en que Diego le dio agua, no se había separado de él. Capitán había estado en cada quimioterapia, en cada ingreso, en cada noche de fiebre.

 Era ese perro callejero que se subía a la cama del hospital cuando las enfermeras no miraban y que dormía con la cabeza apoyada en el pecho del niño como si su latido fuera lo único que importaba. La fundación habló con el club. El club dijo que no. Las normas eran las normas. Pero entonces alguien mencionó la historia delante de Ronaldinho y Ronaldinho dijo sin levantar la voz, con esa serenidad que tienen los hombres que no necesitan gritar para imponerse, que vengan los tres.

El perro también, yo me hago responsable. Y así fue como esa mañana de martes capitán entró en el campo de entrenamiento del FC Barcelona. Diego y Elena fueron acompañados hasta una zona lateral del campo junto al banquillo. Capitán iba atado con una correa de cuerda gastada. El niño no podía caminar mucho, pero estaba despierto, atento, los ojos enormes en una cara que la enfermedad había hecho demasiado pequeña.

La sesión había empezado. Ronaldinho en una esquina hacía malaismos para calentar. Y entonces todo cambió. Capitán vio el balón y, fiel a su naturaleza, hizo lo que llevaba haciendo toda su vida. Se soltó de la cuerda y salió corriendo hacia él. Hubo un grito. Un asistente intentó atraparlo. Frank Fck Car pitó con el silvato molesto. Decó.

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