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El desahucio de las pelusas y el hallazgo arqueológico

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Parte 1: El desahucio de las pelusas y el hallazgo arqueológico

Mira que yo no soy de los que se ponen sentimentales con facilidad. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como una guerra de guerrillas pero con cajas de cartón y parkings imposibles—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado del gas, y lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero lo que ocurrió este sábado de limpieza general en mi piso de Chamberí no tiene nada que ver con la burocracia ni con el cuñadismo ilustrado. Fue algo más sutil, más afilado, de esas cosas que se te meten bajo la piel y te hacen dudar de si el suelo que pisas es sólido o simplemente una alfombra puesta encima de un agujero negro de recuerdos.

Todo empezó por culpa de la alergia. Bueno, y de mi madre, que por teléfono tiene un radar para detectar el desorden a kilómetros de distancia.

—Javi, hijo, que te oigo estornudar desde aquí. Eso es que tienes el piso que parece el trastero de una película de terror. Pasa la mopa, que no cuesta nada, y quita las pelusas, que van a acabar pidiéndote el voto en las próximas elecciones —me soltó doña Carmen con esa autoridad maternal que no admite réplica.

Así que ahí estaba yo, un sábado por la mañana, armado con una aspiradora que suena como un avión de la Segunda Guerra Mundial y un bote de spray multisuperficies que promete dejarlo todo brillante pero que básicamente solo huele a limón sintético. Me puse a mover muebles, ese ejercicio de riesgo donde descubres que el mando de la tele que perdiste en 2019 sigue existiendo y que los calcetines desparejados forman una civilización secreta detrás del sofá.

Al llegar al armario del pasillo, ese que en las inmobiliarias llaman “espacio de almacenaje inteligente” y que en realidad es un agujero negro donde metes lo que no quieres ver, encontré la caja.

No era una caja de IKEA. Era una caja de zapatos de una zapatería que ya ni existe, de esas de la calle Fuencarral de cuando todavía pasaban coches. Tenía una capa de polvo tan espesa que podría haber plantado patatas en ella. La saqué al salón, me senté en el suelo —esquivando un calambre en la espalda, que los treinta ya pesan— y levanté la tapa.

—Madre mía… el Jurásico —mascullé.

Dentro no había zapatos. Había fotos. Cientos de fotos de las de antes, de las que se revelaban en la tienda de la esquina y que te daban en un sobre de papel con el negativo dentro, por si querías hacer copias. Ese olor… ese olor a papel químico y a tiempo detenido me pegó un bofetón de nostalgia que casi me deja sin aire. Empecé a rebuscar. Fotos de mi comunión (donde parezco un extra de Marcelino pan y vino), fotos de viajes a Benidorm con el Seat Ibiza cargado hasta los topes, y fotos de domingos en el pueblo con toda la familia gritando alrededor de una paella.

Y entonces, casi al fondo, asomó ella.

Era una foto pequeña, de diez por quince, un poco doblada por una esquina. Al principio pensé que estaba mal hecha. De hecho, estaba fatal hecha. Estaba borrosa. De esas fotos que hoy en día borrarías de la galería del móvil en medio segundo sin pestañear. Pero algo en los colores, en esa luz anaranjada del atardecer de los noventa, me obligó a mirarla con más atención.

En la foto aparecíamos mi padre y yo.

—Vaya tela, papá… —susurré, y por un momento el ruido del tráfico de Madrid desapareció.

Yo debía de tener unos siete u ocho años. Llevaba una camiseta de Naranjito que me quedaba tres tallas grande y una mancha de helado de chocolate en la comisura de los labios que se veía perfectamente a pesar de los años. Estaba radiante. Tenía esa sonrisa de niño que no sabe lo que es el IVA, ni el estrés, ni tener que llamar al seguro del hogar porque se ha roto una tubería. Era una sonrisa de felicidad absoluta, de esas que te llenan la cara y te cierran los ojos.

Pero mi padre… mi padre era la razón por la que la foto estaba borrosa. Su figura era una mancha de movimiento, un contorno desenfocado. En aquel entonces, las cámaras tardaban lo suyo en disparar y, si te movías un milímetro, adiós muy buenas.

—Qué desastre, Paco —dije en voz alta, llamándole por su nombre como hacía a veces para picarle—. Mira que eres difícil de retratar.

Me quedé un rato largo analizando la imagen bajo la luz de la lámpara del salón. Intenté entender por qué mi madre no había tirado aquella foto a la basura en su momento. Era un despojo técnico. Un error fotográfico. Sin embargo, allí estaba, guardada como un tesoro entre fotos de bodas y bautizos perfectos.

Y fue entonces cuando, al entornar los ojos y fijarme en el ángulo de su cabeza borrosa, noté el detalle. El detalle que me hizo soltar la caja de zapatos y sentir un nudo en la garganta que no se iba ni con todo el agua del Canal de Isabel II.

Mi padre no estaba mirando al objetivo. Ni siquiera intentaba posar. Mientras el fotógrafo (seguramente mi madre, gritando “¡no os mováis, que gasto el carrete!”) intentaba capturar un momento familiar para el álbum, mi padre había decidido que el mundo exterior no le importaba nada.

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