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El eco del cuero y la vergüenza de los diez años

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Parte 1: El eco del cuero y la vergüenza de los diez años

Mira que yo no soy de los que se ponen sentimentales con facilidad. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero si hay algo que me desarma, que me deja la guardia baja y me hace sentirme como aquel niño caprichoso que fui, es el olor a betún negro y el sonido de unos pasos pesados sobre el terrazo del pasillo.

Todo empezó en los años noventa. Madrid era una ciudad que olía a humo de Ducados y a esperanza de progreso. Yo iba a un colegio concertado en el barrio de Chamberí, uno de esos sitios donde las apariencias importan más que la tabla del siete. Mis amigos, como Dani o Borja, llevaban siempre lo último de lo último: zapatillas de marca con cámaras de aire que parecían naves espaciales y mochilas que costaban lo que mi padre ganaba en una semana en la nave de logística. Yo, por el contrario, vivía en una lucha constante por encajar en un mundo que se medía por el logotipo de tu sudadera.

Y luego estaba mi padre, Manuel. Mi padre era un hombre de silencios largos y manos que siempre olían a una mezcla de café y cartón. Trabajaba diez horas al día moviendo palés, subiendo y bajando de una carretilla elevadora que, según él, tenía más personalidad que muchos de sus jefes. Manuel no era un hombre de moda. De hecho, Manuel era el tipo de hombre que consideraba que comprarse ropa era una actividad de riesgo para la economía familiar.

Pero lo que más me dolía, lo que me hacía querer tragarme la tierra cada vez que venía a recogerme al colegio o cuando íbamos a las reuniones de padres, eran sus zapatos.

No eran zapatos normales. Eran unos zapatos de cuero negro, de punta redondeada, que debieron ser elegantes cuando España todavía usaba la peseta con alegría. Pero para cuando yo cumplí los diez años, aquellos zapatos eran una ruina arquitectónica. El cuero estaba cuarteado, con grietas que parecían el mapa de carreteras de Castilla-La Mancha. La suela estaba tan gastada que, cuando caminaba sobre el suelo mojado, mi padre hacía un ruidito de succión, un “chlop-chlop” rítmico que a mí me sonaba como una sirena de alarma anunciando mi humillación social.

—Papá, ¿de verdad te vas a poner esos zapatos para la graduación de primaria? —le pregunté un jueves por la tarde, mientras le veía darles betún con una vieja camiseta de algodón que servía para todo en casa.

—¿Y qué les pasa a estos, Javi? —respondió él, sin levantar la vista del brillo mate que intentaba sacarle a la puntera—. Están perfectamente. Un poco de crema, un buen cepillado y parecen recién salidos de la tienda de la esquina.

—¡No parecen de tienda, papá! Parecen del museo arqueológico. Dani dice que esos zapatos los usaban los caballeros medievales para ir a la guerra. Todo el mundo se ríe, de verdad.

Él se detuvo un momento. Miró el zapato que tenía enfundado en la mano izquierda, lo giró para observar la suela plana como una tortilla y luego me miró a mí con esa sonrisa media que nunca supe si era de resignación o de ternura.

—Dani es un muchacho muy gracioso, pero no sabe lo que es un zapato domado, nene. Estos ya conocen mis pies, no me hacen rozaduras, no me aprietan y aguantan lo que les echen. Estoy bien así, de verdad. No necesito estrenar para sentirme importante.

Aquello me sacaba de mis casillas. “¿Estoy bien así?”. Era su frase favorita. Se la aplicaba a su abrigo de pana que tenía más años que yo, a su reloj Casio que tenía la correa pegada con celo y, por supuesto, a sus malditos zapatos. Yo, en mi infinita estupidez infantil, pensaba que mi padre era un dejado. Que no tenía amor propio. Que le daba igual que su hijo fuera el hazmerreír de la clase porque su progenitor parecía un extra de una película de la posguerra.

Recuerdo perfectamente el día de la comunión de mi prima Lucía. Fue un evento de esos que en Madrid se preparan como si fueran los Juegos Olímpicos. Todo el mundo estrenaba traje, corbata y, por supuesto, calzado. Mi madre, Carmen, iba radiante con un vestido azul y unos tacones que le hacían caminar como si estuviera pisando huevos. Yo llevaba un traje de marinero que me picaba hasta en el alma, pero me sentía el rey del mambo con mis náuticos nuevos que brillaban como el sol.

Y entonces apareció él. Manuel. Con su traje gris marengo de la boda de mis padres (que le quedaba un poco tirante de hombros) y sus eternos zapatos viejos. Los había limpiado tanto que la piel brillaba de una forma antinatural, como si intentaran ocultar las heridas de guerra del cuero bajo capas y capas de cera negra.

—Papá, por favor —le susurré en el portal—. Te he ahorrado diez euros de mi hucha. Si quieres vamos ahora mismo a la zapatería esa de la calle Fuencarral, que tienen unos de rebajas. Te los compro yo, pero no vengas así.

Mi madre me lanzó una mirada de advertencia, de esas que significan “cállate ahora mismo o te quedas sin tarta”, pero mi padre simplemente se rió. Una risa gorda, de esas que le hacían toser un poco por el tabaco.

—¿Diez euros, Javi? Guárdatelos para un balón de reglamento, que el tuyo está ya pinchado. A estos todavía les queda mucha calle por delante. Además, en la iglesia hace frío y estos tienen el cuero gordo, me mantienen los pies calientes. Venga, que perdemos el autobús.

Pasé toda la comunión intentando que mi padre no se moviera mucho de la mesa. Me avergonzaba cuando se levantaba a por una cerveza o cuando salía a bailar el “Paquito el Chocolatero” con mi tía Paqui. Ver esos zapatos desgastados moverse entre los invitados con sus zapatos de charol y sus suelas de cuero impecables era para mí una tortura china. Me sentía pobre. Me sentía inferior. Y lo peor es que le echaba la culpa a él.

No entendía, con mi mente de niño alimentada por anuncios de televisión y catálogos de juguetes, que la elegancia no está en lo que brilla, sino en lo que sostiene. No comprendía que esos zapatos eran el testigo mudo de una vida de sacrificios que yo todavía no era capaz de procesar. Para mí, eran solo cuero viejo. Para él, eran una herramienta de supervivencia.

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