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Dinastía Pinal: 2 Muertes, Un Hijo Sin Padre y Lo Que Silvia Pinal Calló 93 Años

Dinastía Pinal: 2 Muertes, Un Hijo Sin Padre y Lo Que Silvia Pinal Calló 93 Años

Un abuelo tocando a su nieta de 5 años donde ningún abuelo debería tocar. Una niña de 2 años ahogándose en aguas negras durante 30 minutos mientras su hermana se asoleaba con audífonos. Un hombre disparándole a su esposa y diciendo después se lo mereció. Esto no es una telenovela, esto es la dinastía Pinal, la familia más famosa de México.

 Y todo lo que acabo de decir está documentado. Hoy vas a conocer cuatro secretos. Las palabras exactas de Frida Sofía describiendo el abuso, el testimonio de la testigo que vio morir a la niña. La frase con la que Enrique Guzmán justificó la violencia y el documento que prueba que un niño de esta familia no tiene padre conocido después de tres pruebas de ADN.

 Te aviso cuando llegue cada una. Todo empezó con una niña a la que su propio padre llamó vergüenza. Silvia Pinal tenía 11 años cuando descubrió que su padre era un mentiroso. No cualquier mentiroso, el tipo de mentiroso que te da regalos caros durante años, que te trata con cariño, que te hace sentir especial y después te llama por teléfono para decirte esto.

 No quiero que mi familia se entere que tengo una hija ilegítima. Esas fueron las palabras exactas de Moisés. Pasquel, director de orquesta en la XCW, hombre casado, padre de tres hijos legítimos. Uno de esos hijos era mayor que la madre de Silvia. Piensa en eso. El hombre que embarazó a María Luisa tenía un hijo más grande que ella.

 María Luisa tenía 15 años cuando quedó embarazada. 15 años. En el México de los años 40, una mujer soltera embarazada era una vergüenza. No había otra palabra, vergüenza. Las mujeres que se embarazaban fuera del matrimonio eran marcadas para siempre, señaladas, excluidas y sus hijos también. Silvia nació como hija ilegítima.

 Así la llamaban, así la trataban, así aparecía en los documentos. No era una persona completa, era el producto de un error, una mancha en el honor de su familia. Durante años, su tía Conchita la llevaba a la XW. Allí había un señor amable que le daba regalos caros, juguetes, dulces importados, vestidos bonitos.

 Silvia no tenía idea de quién era ese hombre. No sabía que la sangre que corría por sus venas era la misma que corría por las de él. Y entonces llegó el día que lo destruyó todo. Moisés Pasquel apareció en su casa. Hubo gritos, acusaciones, verdades que salieron como balas. Y en medio de ese caos, una niña de 11 años descubrió que el hombre al que llamaba a papá no era su verdadero padre.

Me derrumbé. escribió Silvia décadas después. No quise hablar con ninguno de los dos, pero lo peor vino después. Silvia decidió darle una oportunidad a su padre biológico. Empezó a frecuentarlo, a conocerlo, a soñar con ser reconocida. Y entonces llegó la llamada que le rompió el corazón para siempre.

No quiero que mi familia se entere que tengo una hija ilegítima. Guarda esta frase. El show debe continuar. Silvia la escuchó por primera vez a los 6 años y la persiguió hasta el día de su muerte. Vas a entender por qué ese rechazo de su padre la marcó para siempre. Fue mi primera gran decepción en la vida, confesó Silvia.

 Su actitud me dolió y me rompió el corazón. Quizá tú también conoces esa sensación. Esperar amor de alguien que debería dártelo por obligación, por naturaleza y recibir rechazo. Sentir que no eres suficiente, que algo en ti está mal, aunque no hayas hecho nada para merecerlo. Ese rechazo marcó a Silvia para siempre y también marcó a todas las generaciones que vinieron después.

Lo que ese hombre le hizo a esa niña de 11 años desató una cadena de dolor que dura hasta hoy. Pero espera, porque lo que viene ahora explica todo lo demás. Pero hubo un hombre que sí la amó como hija. Luis Gepinal era coronel, periodista, político. Se casó con María Luisa sabiendo que Silvia no era suya y la crió como propia.

 Lmites dio su apellido, le dio un hogar, le dio algo que Moisés Pasquel nunca pudo darle. Dignidad. Yo soy tu papá, le decía. Tú eres mi hija y no hay nadie que pueda quitarme mi lugar. Papá Pinal le enseñó algo que cambiaría su futuro. Le aconsejó comprar terrenitos en el pedregal cuando no valían nada, cuando eran solo piedras y matorrales.

Silvia le hizo caso. Esos terrenos hoy valen decenas de millones de pesos. Y aquí viene la primera ironía de esta historia. Silvia Pasquel, la hija mayor de Silvia Pinal, usa el apellido del abuelo que abandonó a su madre. No usa Pinal, no usa el apellido del hombre que realmente la crió, usa Pasquel. Realmente yo me llamo como debería llamarse mi mamá, explicó alguna vez.

 Mi mamá es hija de Moisés Pasquel. El apellido del abandono convertido en apellido artístico, el nombre del rechazo transformado en marca personal. Las heridas familiares tienen formas extrañas de perpetuarse, pero lo que vino después fue aún más oscuro. Silvia Apinal creció con una certeza grabada a fuego.

 Los hombres te abandonan, los hombres te traicionan, los hombres te usan y después desaparecen. Su abuela Jobita crió seis hijas sola. Su madre, María Luisa, la crió sola. El patrón estaba establecido. Las mujeres Pinal construían imperios mientras los hombres las abandonaban. Y sin embargo, Silvia pasó toda su vida buscando en los hombres el amor que su padre biológico le negó.

 Cuatro matrimonios, decenas de romances, hombres famosos, poderosos, ricos. Ninguno pudo llenar ese vacío. El primero fue Diego Rivera. Se conocieron en 1954, poco después de la muerte de Frida Calo. El arquitecto Manuel Rosen los presentó. Diego tenía 67 años, Silvia apenas 24. Él caminaba con dificultad. Su cuerpo enorme se movía lento, pero sus ojos brillaban cuando la miraba.

Él quería pintarla desnuda. Ella se negó, pero aceptó posar para un retrato que hoy está avaluado en 60 millones de pesos, 3 millones de dólares. Es patrimonio nacional, no puede salir de México. Está en fideicomiso para los tres hijos de Silvia. Diego le escribía cartas donde se dibujaba como un sapo rodeado de corazones, mariposas y estrellas con el rostro de Silvia.

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