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Su yerno le vendió un terreno sucio por $4… ¡Hasta que abrió este hueco de oro!

Su yerno le vendió un terreno sucio por $4… ¡Hasta que abrió este hueco de oro!

Nunca en mi vida pensé que el viejo basurero que me ofreció mi yerno por 4 pesos apenas para poner una mesa y vender unas quesadillas se convertiría en lo que es ahora. Imagínese, comadre, yo ahí con mis manos llenas de tierra, mi corazón encogido por la vergüenza y ese hombre Gustavo, viéndome como si fuera una cucaracha.

 Pero lo que ese terreno guardaba, ni él ni el pueblo entero se lo podía imaginar. Suscríbete al canal para no perderte las próximas historias y cuéntame en los comentarios de dónde me estás escuchando. Me alegra el día saber que estás aquí, pero déjenme contarles, mi hija, cómo fue que llegué a ese punto, cómo fue que Florinda Salinas, la que siempre ha vivido con lo justo y a veces ni eso, terminó parada ahí, humillada.

 y con una esperanza tan chiquita que apenas sí se veía. Fíjese usted que después de tantos años de cargar mi cruz, la vida me dio un empujón más. Mi casa, la casita que con tanto esfuerzo habíamos levantado mi difunto marido y yo, se fue. Sí, se fue. Mis hijos, ya grandes y con sus propias familias decidieron que era mejor venderla.

 Necesitaban el dinero, dijeron, yo, que ya no podía ni con mis males, ¿qué iba a decir? Me quedé, como dice el dicho, con una mano adelante y otra atrás. Con mis 70 años acuestas y la espalda doblada de tanto trabajar, no tenía a dónde ir. Mi nuera, la esposa de mi hijo menor, nunca me quiso en su casa. Decía que yo estorbaba, que ocupaba espacio, que le ensuciaba la cocina y mi hijo, pobrecito, con tal de no pelear con ella, bajaba la mirada.

 Así que ni modo, me tocó irme. Fue entonces cuando apareció Gustavo, el marido de mi hija mayor, el vivo retrato de la ambición. Era un hombre con una mirada dura, de esas que no te ven a los ojos, sino que te escanean. buscando qué sacar. Él se enteró de mi situación y en lugar de ofrecerme un techo, me salió con una gran oferta, como él le decía.

 “Mire, doña Florinda,” me dijo, “sé que anda mal y como no soy de los que se quedan cruzados de brazos, le voy a echar la mano. Tengo un terrenito por allá en la orilla del pueblo. Es un valdío, la verdad. Nadie lo quiere ni para tirar basura, pero usted puede poner su puestecito de comida ahí. Nadie la va a molestar.

4 pesos. Cuatro miserables pesos. Esa fue la cantidad que me pidió por aquel pedazo de tierra. Él, que tenía sus negocios en el centro y se poneaba con su camioneta nueva, me estaba vendiendo un basurero por una limosna. Sentí que se me subía la sangre a la cara. Mi dignidad, que ya venía golpeada, se retorcía como una lombriz en la tierra caliente.

 Un baldío para que yo, Florinda Salinas, pusiera un puesto y vendiera mis guisados. La humillación era tan grande que me daban ganas de gritarle, de escupirle a la cara, pero no podía. Mi estómago rugía. Necesitaba ese lugar. Necesitaba volver a empezar, por más chiquito y sucio que fuera ese nuevo principio.

 Así que con el corazón como una piedra y la cara gacha, acepté. Firmé un papel que él mismo me extendió, un recibo simple, sin formalidades, donde se leía. Recibí de la señora Florinda Salinas la cantidad de cuatro doll a wasers 4 pesos 100m por la venta del terreno ubicado en el lindero de San Pedro. Tal y como se observa. Un precio simbólico decía él, como si me estuviera haciendo un favor.

 Un favor que se sentía como una patada en el alma. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Era eso o la calle? Era eso. ¿O morirme de hambre? Gustavo se puso una sonrisa de oreja a oreja. “Ya ve, doña Florinda,”, me dijo. Siempre hay solución para todo. Ahora sí, a trabajar duro, ¿eh? Sus palabras me sonaron a burla, a una puñalada envuelta en papel de regalo.

 Me entregó una copia de su recibo y se dio media vuelta, dejándome parada en medio de la calle con el papel en la mano y el alma por los suelos. Fue mi regreso forzado a ese lugar, a esa orilla del pueblo donde se apilan los sueños rotos y los viejos recuerdos. Yo solo quería un rincón donde no me echaran. donde pudiera cocinar mis guisados y ganarme la vida con honor, como siempre lo había hecho.

Pero lo que ese terreno me iba a dar, nadie lo hubiera imaginado. Al día siguiente, con el recibo de Gustavo arrugado en el bolsillo de mi delantal, me planté en la orilla del pueblo. Era un muladar, comadre. Eso era lleno de hierba mala, cacharros viejos, botellas rotas. El sol pegaba de lo lindo y el polvo se levantaba con cada brisa que venía de la carretera.

 Los perros callejeros hacían sus necesidades por ahí y los vecinos aprovechaban el anonimato para dejar sus desperdicios. Ver aquello me encogió el corazón otra vez. Este era mi nuevo inicio entre basura y desolación, pero una no puede darse el lujo de la pena por mucho tiempo cuando el estómago ruge.

 Con mis pocas herramientas, un asadón viejo, unos guantes rotos y una cubeta abollada, me puse manos a la obra. Necesitaba limpiar un espacio, aunque fuera chiquito, para poner mi mesa y empezar a vender mis guisados. Mi dignidad me pedía a gritos que no me rindiera. Fui desmalezando, jalando con fuerza las enredaderas que se aferraban a la tierra, levantando las botellas rotas y los plásticos sucios.

El sudor me escurría por la frente y la espalda me dolía. Pero cada trozo de basura que quitaba era como un peso menos en el alma. Poco a poco la tierra empezó a asomarse, una tierra rojiza, de esas que retienen el calor del sol. Mientras trabajaba sentía algo raro, una punzada casi, como si ese pedazo de tierra que todos daban por muerto tuviera algo que decirme.

 No era un lugar cualquiera. Tenía una energía extraña, una quietud profunda que se sentía antigua. Me detuve a descansar. limpiándome el sudor con el reverso de la mano y miré a mi alrededor. La gente solo veía un baldío, pero yo empecé a ver algo más. Fue al mover unas piedras grandes, unas rocas con musgo que parecían llevar siglos ahí.

 Qued con una formación que me llamó la atención. Era como una pared natural, pero muy lisa en algunas partes, como si alguien la hubiera tallado o pulido hace mucho tiempo. No encajaba con el resto de las piedras sueltas del terreno. Me acerqué intrigada. Pasé mi mano por la superficie fría y áspera, sintiendo las irregularidades, las marcas del tiempo.

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