Pocos hijos en la historia del fútbol han igualado a sus padres. Es estadística pura. Pero Hugo padre no lo vio así, o al menos eso es lo que él mismo confesaría años más tarde, cuando ya era demasiado tarde para arreglarlo. Hay anécdotas que circulan en el ambiente de Pumas y que jamás llegaron a la prensa rosa.
Compañeros de aquella generación cuentan que cuando Hugo Junior debutaba en las gradas se notaba una cosa rara. La gente no lo veía a él, lo veía a través de él. Cada movimiento del joven era comparado en automático con un recuerdo de su padre. Si remataba de cabeza, alguien gritaba, “¡Ahí está la sangre del pentapichichi!” Si fallaba un control, alguien gritaba que de tal palo tal astilla.
Pero al revés, esa carga emocional, partido tras partido, fue desgastándolo y dentro del vestidor los compañeros lo notaban. Llegaba serio, se concentraba demasiado, se le veía pensando en exceso cada jugada, como si en lugar de jugar fútbol estuviera dando un examen. El miedo a fallar en este deporte es lo que más mata el talento.
Y a ese muchacho el miedo le pesaba más que las botas. El joven pasó por Pumas, pasó por Atlante y poco a poco se fue dando cuenta de que el fútbol profesional no era lo suyo, no al nivel que su apellido demandaba. Y ahí empezó la grieta, una grieta silenciosa que ningún periodista publicó en su momento, pero que dentro de la familia ya se sentía.
Pronto vas a entender por qué esa grieta años después se convirtió en el peor de los abismos. Porque lo que Hugo padre le dijo a su hijo cuando este decidió dejar el fútbol fue algo que jamás debería haber salido de su boca. Hugo Junior, lejos de hundirse, decidió rehacer su vida fuera del balón. Se metió a estudiar comunicación.
probó suerte en el modelaje. Fue parte de campañas para algunas marcas importantes en México. Apareció en revistas, tenía buena planta, una sonrisa que recordaba la de su padre y un carisma propio que lo hacía simpático ante las cámaras. Después se interesó por la actuación, tomó clases, hizo pequeños papeles y poco a poco fue construyendo una identidad propia, una identidad que no dependía del apellido Sánchez, pero faltaba algo y ese algo era lo que su padre más le exigía.
Hugo Junior se había metido a estudiar arquitectura. Era una carrera larga, difícil, demandante. Llegó a sexto semestre. Le faltaba poco más de un año para terminarla, pero entre el modelaje, la actuación, los nuevos amigos, los nuevos proyectos, dejó de asistir a clases. Empezó a faltar y al final, sin avisarle a nadie, dejó la carrera, no la terminó.
Cuando Hugo Padre se enteró, explotó. Fue, según contaría el mismo, una de las discusiones más duras que tuvieron. El pentapichichi le dijo a su hijo palabras textuales que años después él mismo repetiría en una entrevista que mientras no terminara su carrera no contara con él, le dijo que no le pidiera nada, que no le buscara apoyo, que cumpliera con lo que había prometido y entonces hizo algo que un padre solamente debería hacer en última instancia.
cortó el contacto. Lo que vino después fueron casi 3 años de silencio, 3 años de hijo y padre que vivían en la misma ciudad y casi no se veían. 3 años en los que Hugo Junior siguió con su vida en Polanco, en la colonia donde tenía su departamento, en la zona de Arquímedes, una de las calles más céntricas y elegantes de la Ciudad de México.
3 años en los que por dentro el muchacho sufrió porque por más distanciado que estuviera era su padre, era el ídolo de su infancia, era el hombre al que admiraba aunque le doliera admitirlo. Hugo Junior consiguió entonces un puesto en la entonces delegación Miguel Hidalgo. Lo nombraron director de cultura física y deporte. Era un cargo serio, con responsabilidades con presupuesto.
Tenía 30 años, ganaba bien, vivía en una zona privilegiada y empezaba a construirse un futuro propio en la política. Estaba enamorado, tenía amigos, tenía planes, pero según contaría su madre, Ema Portugal, años después también tenía miedo. Un miedo que él mismo le confesó pocos meses antes de aquella noche de noviembre.
En unos instantes te voy a contar exactamente qué fue lo que el joven le dijo a su madre. Una frase corta, solo cinco palabras. Pero esas cinco palabras que en su momento parecieron una broma o hielan la sangre, porque después de lo que pasó, esas cinco palabras dejaron de ser una broma para convertirse en otra cosa, en algo que ni la propia Ema Portugal se atrevió a decir en voz alta hasta 4 años después.
Era sábado 8 de noviembre de 2014, una mañana fría en Polanco, de esas mañanas en las que la ciudad de México amanece con neblina baja y las calles huelen a tierra mojada. En el edificio de Arquímedes 225, una vecina pasaba por el pasillo del piso donde vivía Hugo Sánchez Portugal y notó algo. Un olor extraño, un olor fuerte, olor a gas.
No era la primera vez que en ese edificio había problemas con el suministro, pero esta vez el olor venía claramente de un departamento en concreto, del departamento del joven Sánchez. Polanco, para quien no la conoce, es una de las colonias más codiciadas de la Ciudad de México. Calles arboladas, edificios de los años 50 y 60, restaurados con cuidado, restaurantes con manteles blancos, vecinos que se conocen entre ellos sin invadirse.
Es una zona donde la gente paga por el silencio, por la discreción, por no llamar la atención. Hugo Junior había elegido vivir ahí precisamente por eso. Quería privacidad, quería un lugar donde nadie lo señalara por su apellido. Quería sentirse como un vecino más. Y Arquímedes, esa calle estrecha que conecta con Avenida Presidente Mazaric, le daba justamente eso, tranquilidad, discreción, anonimato.
La vecina tocó, nadie respondió, tocó de nuevo, silencio. Y en ese momento, con el corazón apretado, decidió llamar a la policía. Llegaron los servicios de emergencia, forzaron la puerta y al entrar lo que encontraron fue una escena que ningún oficial olvidaría fácilmente. En la sala, recostado en el sillón, estaba Hugo Sánchez Portugal sin vida.
Y en el baño, en la zona de la regadera, había otro hombre también sin vida, un acompañante, alguien que en ese momento aún no estaba identificado. Después se sabría que era Emanuel San Pedro, un joven de unos 35 años, cercano al entorno de Hugo Junior. El departamento estaba intacto, las cosas en su lugar, los muebles ordenados, la televisión encendida en algún canal de deportes, la cocina limpia.
En la mesa, dos copas, en la pequeña barra del comedor una botella abierta. La ropa del joven Sánchez doblada en el respaldo de una silla. Todo daba la sensación de un sábado normal, de un descanso de fin de semana cualquiera. Y al mismo tiempo todo daba esa otra sensación, la sensación de algo interrumpido a medias, de una conversación que se cortó en seco, de una vida puesta en pausa con el dedo en el botón equivocado.
Los oficiales que entraron lo describirían después con la misma frase. Era como entrar a un decorado de cine perfectamente ordenado, salvo por dos detalles que lo cambiaban todo. La noticia voló. voló por los pasillos del edificio, voló por los teléfonos de los oficiales, voló por las redacciones de televisión y antes de que cualquier comunicado oficial saliera, ya había rumores en cada esquina del país.
Hijo de Hugo Sánchez, Polanco, dos cuerpos, lo que en cualquier otra circunstancia habría sido una nota de página interior. Esa mañana se convirtió en la noticia número uno de México. Hugo Sánchez padre estaba en Tijuana ese fin de semana. Había viajado por temas de trabajo. Estaba a punto de subirse a un avión de regreso a la Ciudad de México cuando le sonó el teléfono.
Hugo padre contaría años más tarde que cuando vio el número supo que algo malo pasaba, algo muy malo. Y al contestar la voz del otro lado, una voz familiar tartamudeando, intentó darle la noticia con cuidado, pero no hay forma cuidadosa de decirle a un padre lo que le iban a decir. Ningún padre en ningún idioma está preparado para esa frase.
Lo que Hugo Sánchez recordaría después es que el aeropuerto se le volvió borroso, que escuchó las voces de la gente como si vinieran de muy lejos, que caminó hacia la sala de embarque sin saber muy bien qué hacía, que se sentó en el avión sin recordar cómo se había sentado y que durante todo el vuelo, mientras el avión cruzaba el norte del país rumbo a la capital, él miró por la ventana sin parpadear, pensando una sola cosa, una sola pregunta, porque no no le contestó la última llamada que su hijo le hizo, porque sí, Hugo Junior había llamado a
su padre días antes y Hugo padre, ocupado, distante todavía por aquella vieja discusión de la carrera de arquitectura, no le había devuelto la llamada, lo había dejado para después, para cuando se desocupara, para cuando tuviera tiempo y ese después nunca llegó. Esa es la herida que Hugo Sánchez ha cargado durante 11 años.
Esa es la herida que sentado frente a un micrófono a los 67 años finalmente se atrevió a abrir frente al mundo. Cuando llegó al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México, ya lo esperaban familiares, lo subieron a un coche, lo llevaron directo a Polanco. El trayecto fue corto, el silencio dentro del auto eterno.
Hugo padre no quería llegar y al mismo tiempo lo único que quería era llegar. Llegar para abrazar a su hijo, aunque ya no pudiera escucharlo. Llegar para verlo, aunque ya no pudiera mirarlo a los ojos. Llegar para pedirle perdón, aunque ya no hubiera tiempo. La autopsia se hizo esa misma tarde y los resultados, lejos de calmar, abrieron más preguntas.
La fiscalía concluyó que el deceso había sido por intoxicación con monóxido de carbono, una fuga de gas en el calentador de agua del baño, una ventilación obstruida, un departamento cerrado sin circulación de aire. El acompañante Emanuel San Pedro había estado tomando una ducha en la regadera. El gas se acumuló.
El joven se desvaneció en el baño y Hugo Junior en la sala recibió la misma fuga. Lentamente, sin darse cuenta, quedó dormido en el sillón y de ese sueño ya no despertó. Esa fue la versión, esa fue la conclusión oficial. Pronto vas a entender por qué Ema Portugal, la madre de Hugo Junior, jamás aceptó del toda esta explicación.
Y por qué hay un detalle, un pequeño detalle físico que hasta el día de hoy le quita el sueño, un detalle que ella misma hizo público 4 años después de la pérdida de su hijo en una entrevista que muchos prefirieron olvidar, pero que ahora, con las palabras recientes de Hugo Padre, vuelve a tomar otro sentido.
El velorio se hizo en privado. La familia pidió respeto. Llegaron amigos cercanos, exjugadores, periodistas que habían cubierto la carrera de Hugo Padre durante décadas. Llegaron representantes de Pumas, de Atlante, de la delegación Miguel Hidalgo. Llegó gente del Real Madrid mandando condolencias desde España. Llegaron mensajes de todo el mundo deportivo, pero el más doloroso fue el que llegó del propio fútbol mexicano.
Esa frase tan repetida, tan vacía a veces, tan llena de verdad. Otras. La ley de la vida marca que los padres se van primero aquí. Esa ley se rompió y rompió a un hombre que muchos creían imposible de romper. En la capilla, las flores se acumulaban contra las paredes, coronas con cintas blancas, ramos enviados por aficionados que ni siquiera conocían personalmente al joven, pero que querían acompañar al pentapichichi.
En aquel momento llegaron carteros con sobres de México y del extranjero. Llegaron familiares de provincia que habían tomado camiones de madrugada para estar presentes. Llegó incluso un grupo pequeño de aficionados anónimos que se quedaron en la entrada sin atreverse a pasar, simplemente con una bufanda de los Pumas en la mano y la cabeza baja.
Había una solemnidad rara en aquella sala. la sensación de que se estaba despidiendo no solo a un hombre joven, sino a una promesa interrumpida, a todo lo que aquel muchacho pudo haber sido y que ahora ya no iba a ser nunca. Hugo padre durante el velorio casi no habló, estuvo ahí, saludó, asintió, recibió abrazos, pero no soltó una palabra de más.
Su rostro era el de alguien que se había vaciado por dentro. Quienes estuvieron ahí lo recuerdan así, como un hombre presente en cuerpo, ausente en alma. Tres días duró el luto público, después el pentapichichi se encerró, se aisló, dejó de aparecer en los medios, dejó de dar entrevistas. Por meses su nombre desapareció de la conversación deportiva del país.
El que nunca callaba cayó. Quienes lo conocían bien por dentro del gremio cuentan que aquellos meses fueron especialmente difíciles. Hugo Sánchez, que siempre fue un hombre de rutinas obsesivas, perdió todas sus rutinas a la vez. Dejó de levantarse temprano para entrenar. Dejó de salir a caminar por las mañanas. Dejó de contestar mensajes de antiguos compañeros.
Algunos amigos cercanos lo describen así. Era como si el tiempo dentro de su casa se hubiera detenido en aquel 8 de noviembre y él se hubiera quedado ahí atorado en esa fecha sin poder mover el reloj hacia delante. Pasaban semanas y él seguía con la misma idea fija, esa última llamada que su hijo le hizo y que él no contestó, esa última conversación que jamás se dio.
Nadie podía sacarlo de ahí, nadie tenía las palabras para eso. Y mientras tanto, en otro punto de la ciudad, EMA Portugal, empezaban a hacerse preguntas. Preguntas que ningún funcionario quería escuchar, preguntas que la mayoría de los medios ignoraron, preguntas que tenían que ver con cosas concretas que ella había visto cuando le permitieron ver el cuerpo de su hijo.
Y años después, cuando se atrevió a hablar, lo que dijo dejó congelado a más de uno. Emma Portugal, madre del joven y exesposa de Hugo Sánchez, nunca creyó del todo en la versión oficial y lo dijo. En el 2018, casi 4 años después de la pérdida, fue a un programa matutino y soltó algo que cambió la conversación. dijo que su hijo semanas antes de aquella noche le había mandado un mensaje extraño por el celular, una carita y debajo de la carita, una frase, cinco palabras nada más, “Mamá, me van a dar cuello” esa frase en el habla
popular de México no necesita explicación, es coloquial, es directa, es brutal y para una madre recibirla en pantalla en un mensaje debe haber sido como recibir un mazazo. Pero Ema Portugal en aquel momento lo tomó como una broma de su hijo, como una exageración, como ese típico humor negro mexicano con el que se le quita peso a todo.
Le contestó algo, le siguió la corriente y siguió con su día. Lo que jamás imaginó es que pocas semanas después esas cinco palabras dejarían de ser una broma para volverse una pregunta sin respuesta. La madre también reveló otro detalle. dijo que meses antes de aquel 8 de noviembre, Hugo Junior le había pedido una cosa muy concreta. Le había pedido que guardara sus últimas fotografías, que las cuidara, que no las perdiera, como si presintiera algo, como si supiera que en algún momento esas fotos se convertirían en lo único que iba a quedar de él. Una madre escucha
esas cosas y las archiva. No quiere pensar mal, no quiere imaginar lo peor. Pero después, cuando lo peor llega, esas frases vuelven con otra fuerza, con otra dimensión, con otro peso. Y Ema fue más allá. En esa misma entrevista contó que cuando le permitieron ver el cuerpo de su hijo, no todos cosas que la dejaron marcada.
Lo dijo con la voz quebrada, pero lo dijo. Su hijo tenía un golpe en el lado derecho de la cabeza, un golpe visible y los ojos abiertos. Eso fue lo que ella vio, eso fue lo que ella declaró y eso fue lo que jamás recibió una explicación pública por parte de las autoridades. El monóxido de carbono, según los expertos, suele provocar un fallecimiento sereno.
La persona se duerme, pierde el conocimiento y se va sin enterarse. No suele haber lucha, no suele haber golpes, no suele haber esa expresión de quien ha visto algo. Por eso, cuando Ema Portugal habló de aquel detalle, mucha gente se hizo preguntas, ¿cómo se golpeó? ¿Se cayó del sillón? ¿Hubo movimiento dentro del departamento? ¿O hubo algo más? ¿Algo que nunca se investigó a fondo? Porque Hugo Junior, no lo olvidemos, era funcionario público, trabajaba en una delegación importante, manejaba presupuestos, tenía contactos políticos
y en sus propias palabras, según contó su madre, sentía que estaba en una posición incómoda. Sentía que cualquiera lo podía callar rápido si decidía hablar de ciertas cosas. Esa frase entendida en el contexto político mexicano de aquellos años tenía un peso muy específico, un peso que EMA Portugal mencionó en su entrevista con palabras suaves, casi entre líneas, pero suficientemente claras para quien quisiera entenderlas.
Aquí es donde el caso se vuelve inquietante, porque oficialmente todo está cerrado, el expediente lo dice, el protocolo de necropsia lo confirma, la fiscalía emitió su comunicado y para el sistema la historia terminó ahí. Pero para una madre la historia jamás termina y para un padre tampoco. Esa duda, esa pequeña espina clavada ha estado allí durante 11 años. Durante 11 años.
Hugo Sánchez padre se quedó callado durante 11 años. Aceptó la versión sin discutirla en público hasta esta semana, hasta el momento en que se sentó frente aquel micrófono a sus 67 años y decidió hablar. Lo que dijo el pentapichichi esa tarde fue un cambio de rumbo total. Para empezar, reconoció algo que muchos ya intuían, pero que él jamás había confesado tan abiertamente.
conoció que cuando llegó al departamento de Polanco, aquel 8 de noviembre después del vuelo desde Tijuana, lo primero que sintió no fue dolor, lo primero que sintió fue extrañeza, algo no le terminaba de cuadrar y según contó esa misma sensación la tuvieron varios miembros de la familia que estuvieron presentes en las primeras horas.
Hugo Sánchez explicó que su hijo era un hombre obsesivo con la limpieza, con el orden, con los detalles, que el departamento de Arquímedes estaba siempre impecable, que el calentador del baño se había revisado meses antes, que las ventanas se abrían con regularidad y que la idea de que una fuga de gas tan masiva hubiera ocurrido sin que nadie en el edificio se diera cuenta antes, le resultaba difícil de procesar.
No estaba acusando a nadie, no estaba diciendo que hubiera otra explicación, pero sí estaba diciendo que él como padre se quedó con preguntas, preguntas que jamás encontraron respuesta y que durante 11 años se obligó a vivir con ellas. Después el pentapichichi habló del verdadero peso que carga y aquí es donde la entrevista se quebró porque Hugo Sánchez, el hombre del que decían que tenía el ego más grande del fútbol mexicano, el hombre que se sentaba en el sillón de la televisora y discutía con tres comentaristas a la vez sin
pestañear, ese hombre se quebró frente a la cámara, bajó la cabeza, se tapó la boca con la mano y pidió un momento. Esos segundos de silencio dijeron más que cualquier discurso, porque en esos segundos cabe una vida entera de arrepentimiento. Pronto vas a descubrir lo que el pentapichichi confesó después de ese silencio.
Vas a saber qué fue exactamente lo último que le dijo a su hijo en aquella discusión por la carrera de arquitectura. Vas a saber qué mensaje le había mandado Hugo Junior días antes de aquella noche en Polanco. Y vas a entender por qué, según el propio Hugo Sánchez padre, esas son las palabras que más lo persiguen, las que no lo dejan dormir, las que ha intentado borrar durante 11 años sin lograrlo.
Quédate porque lo que viene es lo más fuerte de toda esta historia. Hugo Sánchez recordó con la voz entrecortada aquel día de finales del 2011 en el que tuvo la última gran discusión con su hijo. Estaban en la casa familiar. Hugo Junior había llegado con una decisión tomada. Había dejado la carrera de arquitectura, no iba a volver.
Le faltaba poco más de un año para terminarla. Había probado materias difíciles, había hecho ya 5 años de esfuerzo y aún así decidió tirar todo por la borda. La razón le pesaba, le agotaba. Sentía que esa carrera la estaba estudiando para otro, no para él, y necesitaba parar. El padre en aquel momento no lo entendió o quiso entenderlo desde una óptica que solo un futbolista de élite puede tener.
La óptica de la disciplina absoluta, la óptica de que las cosas que se empiezan se terminan, la óptica de que el sacrificio, aunque duela, paga después. Hugo padre le dijo a su hijo palabras textuales que él mismo repitió años después en una entrevista que mientras no terminara la carrera no le iba a apoyar más, que no le pidiera nada, que no fuera a buscarlo si necesitaba ayuda, que cumpliera como él había cumplido toda su vida.
Hugo Junior se levantó de la mesa, no contestó nada, agarró sus llaves y se fue. Y eso fue todo. Esa fue la última conversación importante entre los dos. Hubo después algunos saludos breves, algunas llamadas familiares, algunos eventos en los que coincidieron, pero la conversación profunda, la conversación de padre e hijo sobre la vida, sobre lo que sentía cada uno, sobre lo que quería el otro, esa conversación jamás volvió a ocurrir.
Hugo padre lo confesó y lo confesó con una expresión en el rostro que solo se le ha visto a quien sabe que ya no hay forma de remediar nada, pero hay más. mucho más, porque ahora, sentado frente al micrófono, el pentapichichi reveló algo que jamás había contado en público. días antes de aquel 8 de noviembre, Hugo Junior le mandó un mensaje, un mensaje largo, un mensaje que tenía que ver con la reconciliación, con perdonarse, con volver a verse y empezar de nuevo, con hablar de hombre a hombre, ya sin la figura del Padre exigente y el Hijo
rebelde, sino simplemente como dos personas que se quieren y se han hecho daño. Hugo, padre, con esa honestidad cruda que el dolor te obliga a tener, contó que vio el mensaje, lo leyó dos veces y decidió contestarlo. Después tenía un viaje a Tijuana, tenía compromisos, tenía cosas que organizar y pensó que tendría tiempo.
Tendría tiempo. Esa frase se quedó en el aire del estudio cuando la dijo. Tendría tiempo. Cuántas veces hemos pensado eso cada uno de nosotros. Cuántas veces hemos dejado para mañana algo que ya jamás podrá ser. Eso es lo que más le duele al pentapichichi. Eso es lo que más le ha costado contar. Cuando volvió de Tijuana ya era tarde, su hijo ya no estaba.
El mensaje seguía ahí en el celular sin contestar. Hugo padre lo contó casi sin voz. dijo que durante años lo guardó, que lo leía a veces en las noches difíciles, que llegó un momento en el que tuvo que pedirle a alguien cercano que se lo borrara porque ya no podía seguir abriéndolo porque cada vez que lo leía sentía que le rompía algo por dentro, algo que ya no se podía reconstruir.
La entrevista no terminó ahí porque a continuación el pentapichichi habló de la otra herida, la que tiene que ver con los detalles que Ema Portugal denunció en su día. Hugo padre, con la prudencia que da la edad, no acusó a nadie directamente, no pidió que se reabriera la investigación, no mencionó nombres, pero dejó caer una frase que muchos en el estudio captaron al vuelo.
Dijo que él como padre también tiene preguntas y que esas preguntas las va a guardar hasta el día que ya no esté, pero que prefería decirlo ahora en voz alta porque callar durante 11 años le había pesado demasiado. Lo que hay detrás de esa frase es una sospecha. Una sospecha que Hugo Padre nunca ha querido convertir en denuncia porque comprende que el sistema de justicia mexicano, una vez que cierra un caso, raramente lo vuelve a abrir.
Pero una sospecha al fin, una intuición de padre, la intuición de quien sabe que su hijo, un hombre joven, sano, deportista, con planes, con una vida por delante, no se duerme una tarde de sábado en su sillón y ya no despierta. La intuición de quien sabe que las casualidades a veces son demasiado convenientes para ser solo casualidades.
El estudio quedó en silencio. El conductor, que había hecho cientos de entrevistas en su vida, no encontró las palabras para continuar. Se hizo una pausa larga. Se fueron a corte comercial y cuando regresaron, Hugo Sánchez ya estaba más sereno. Pero algo había cambiado, algo se había roto por primera vez.
El ídolo se había mostrado como un hombre. Un hombre con 11 años de duelo guardado, un hombre con un mensaje sin contestar en un celular viejo, un hombre con preguntas que ya no va a poder responder nadie. Y entonces, justo cuando muchos pensaban que la entrevista llegaba a su fin, el pentapichichi soltó una última cosa, algo que no estaba en el guion, algo que el conductor no esperaba.
Hugo Sánchez miró a la cámara directamente, hizo una pausa y dijo que si le pudiera mandar un mensaje a su hijo en este momento, le diría una sola cosa, una sola frase, que lo perdonara, que lo perdonara por haber sido un padre tan exigente, por haberle pedido lo que él en su caso jamás tuvo que sufrir como hijo, por haber confundido el amor con la disciplina, por haber querido un campeón cuando lo único que tenía que querer era a su muchacho.
En ese instante, todo el peso de los 11 años se concentró en un solo gesto. El hombre que metió goles en cada cancha de Europa. El hombre que se cubría la cabeza con las manos para celebrar una victoria. El hombre que en su mejor momento se sintió capaz de comerse el mundo, ese hombre se cubrió la cara y lloró sin pose, sin cámaras, sin el cuidado que la fama suele exigir.
Lloró como cualquier padre y eso paradójicamente fue lo que lo hizo más grande que nunca. Después de la entrevista, las redes sociales reaccionaron como era de esperar. Miles de mexicanos compartieron el video, muchos lo vieron tres, cuatro, cinco veces. Hubo periodistas que confesaron haber llorado al verlo.
Hubo padres que llamaron a sus hijos esa misma noche después de haberlo visto, solo para escuchar su voz, porque Hugo Sánchez, sin proponérselo, había hecho lo que ningún técnico en el mundo le había enseñado a hacer. Había mostrado que el dolor más grande no se cura, se aprende a cargar. Se aprende a vivir con él, pero no se cura.
El video llegó incluso a España. En Madrid los medios deportivos lo reprodujeron. Antiguos compañeros del Real Madrid mandaron mensajes de apoyo. Algunos comentaron que en su momento, cuando ocurrió la pérdida en 2014, no supieron cómo acercarse, que les costó hablarlo con Hugo, que prefirieron mandar un mensaje y esperar a que el tiempo hiciera su trabajo.
Pero ahora viendo al pentapichichi sentado frente a una cámara con la voz quebrada, entendían que el tiempo en estas cosas no hace tanto trabajo como uno cree. Lo que pocas personas saben y que Hugo Padre también dejó caer en aquella entrevista es lo que pasó dentro de la familia los meses siguientes a la pérdida. La familia Sánchez no fue ajena a las consecuencias.
Hubo desencuentros, hubo silencios largos entre familiares que antes hablaban a diario. Hubo momentos en los que Hugo Padre se replanteó incluso seguir trabajando, seguir dirigiendo equipos, seguir apareciendo en los medios. Pero al final lo que más le ayudó a seguir, según contó él mismo, fueron sus otros hijos, fue su pareja, fue ese círculo cercano que decidió no soltarlo en los días en los que él se sentía más solo.
También contó algo más, algo que tiene que ver con los rituales. Hugo Sánchez confesó que cada 8 de noviembre desde el 2015 hace lo mismo, apaga el teléfono, se aleja de los compromisos, se queda en silencio y dedica unas horas a escribir. Sí, a escribir. Dijo que lleva un cuaderno. Un cuaderno que ha ido llenando año tras año con cartas que le escribe a su hijo.
Cartas que jamás se mandarán, cartas que nadie leerá nunca, pero cartas que según él lo han salvado más de una vez. Lo que escriben esas cartas es algo que prefirió no compartir en detalle, pero adelantó algo. Dijo que en cada carta intenta contarle a su hijo cómo va el mundo, cómo va el fútbol, cómo van los cumpleaños familiares, cómo crecen los sobrinos que su hijo nunca llegó a conocer.
le cuenta de los goles importantes que han pasado, de los nuevos jugadores mexicanos, de los nuevos jóvenes que llegan a Pumas, Atlante, a las inferiores y le cuenta también, según confesó con la voz baja, sus propios miedos, sus propias dudas, sus propios arrepentimientos, porque hay cosas que un padre solo se atreve a decirle a un hijo cuando ya no hay riesgo de que el hijo lo escuche.
Hubo un momento de la entrevista en el que el pentapichichi habló de algo aún más íntimo. Habló del Hugo Junior, niño, del que él no recordaba lo suficiente porque siempre estaba viajando, del que crecía en Madrid mientras su padre estaba concentrado con el Real Madrid, del que cuando la familia regresaba a México de vacaciones miraba a su papá con esa mezcla de admiración y miedo que solo conocen los hijos de las grandes figuras públicas.
Y aquí Hugo padre confesó algo brutal. confesó que durante años ya como entrenador se le iba a llamar a su hijo recién después de cada partido importante para preguntarle por su rendimiento, no para saber cómo estaba, que esa diferencia, esa pequeña diferencia jamás la pudo corregir, porque cuando quiso corregirla ya era tarde.
Hay quienes dirán que esta es una historia de pérdida y lo es, pero también es una historia de orgullo, de ese orgullo masculino mexicano, ese orgullo del padre proveedor, del padre exigente, del padre que cree que mostrar dulzura es mostrar debilidad. Hugo Sánchez, padre fue producto de su tiempo, de su cultura, de su entorno. Y eso en parte lo aplastó.
Eso en parte también aplastó a su hijo porque Hugo Junior creció bajo una sombra demasiado grande, intentando complacer a un padre demasiado perfecto y sin las herramientas para decirle lo que realmente necesitaba escuchar. Cuando uno mira la trayectoria de Hugo Junior con perspectiva, se da cuenta de algo. El joven hizo lo que pudo, probó el fútbol, probó el modelaje, probó la actuación, probó la política.
Estaba buscando su lugar, estaba buscando esa cosa propia, ese espacio donde no tuviera que ser hijo de nadie, donde pudiera ser el mismo. Y según muchos de quienes lo conocieron, lo estaba empezando a encontrar en la delegación. Miguel Hidalgo se sentía bien. Le gustaba el trabajo. Le gustaba pensar que podía construir algo desde la administración pública.
Le gustaba sentir que ese trabajo lo había conseguido por su cuenta. Justo cuando empezaba a sentirse en paz, ocurrió lo que ocurrió. La madre, Ema Portugal ha hablado más veces a lo largo de estos años y cada vez sus declaraciones han ido tomando un tono más sereno, pero siempre en cada entrevista ha dejado caer una idea, la idea de que si su hijo siguiera con vida, las cosas serían distintas, distintas para todos, para ella, para Hugo Padre, para los hermanos, para los amigos.
Y eso, aunque obvio, encierra una verdad terrible cuando alguien se va antes de tiempo, no solo se va esa persona, se van también todas las versiones futuras de uno mismo en las que esa persona seguía estando en las próximas líneas. Vas a entender por qué esta confesión de Hugo Sánchez a los 67 años no es solo una entrevista cualquiera, es algo más.
Es el cierre simbólico de algo que llevaba 11 años abierto en la conciencia colectiva del fútbol mexicano. Y vas a entender también qué fue lo último, lo verdaderamente último que el pentapichichi pidió en ese set antes de que las cámaras se apagaran. Algo que ningún medio publicó al detalle, pero que circuló por dentro del gremio durante toda esta semana.
Lo último que pidió Hugo Sánchez en aquella grabación fue una cosa sencilla. Pidió que si en algún momento alguien volvía te hablar de su hijo en los medios, lo hicieran con cuidado, con respeto, con la misma delicadeza con la que uno hablaría del propio. pidió que dejaran de usar la imagen de Hugo Junior para clickbait, para titulares amarillistas, para programas de espectáculos que cada año alrededor del 8 de noviembre sacaban el caso para llenar minutos de aire.
El pentapichichi pidió simplemente que dejaran descansar a su muchacho, que los 11 años ya habían sido suficientes, pero también pidió algo más, algo que no le pidió a los medios, sino a los padres mexicanos que estuvieran viendo. Y aquí es donde la entrevista alcanza su clímax emocional.
Hugo Sánchez miró a la cámara, se acomodó en la silla, respiró profundo y habló directo. Habló de padre a padre, sin la pose del exfutbolista, sin la solemnidad del personaje público, con la voz cansada de un hombre que ha aprendido demasiado tarde lo que tenía que aprender. les pidió a los padres mexicanos que llamaran a sus hijos, que los llamaran ahora mismo, que no esperaran a tener tiempo, que no esperaran a que pasara el partido, que no esperaran a que terminara la junta, que no esperaran a la próxima visita, a la próxima cena familiar, al próximo
cumpleaños, que llamaran ya, que les dijeran que los querían, que les pidieran perdón si tenían algo pendiente, que les recordaran que los apoyaban, aunque no estuviera an de acuerdo en todo, porque hay una llamada que uno deja para mañana y ese mañana a veces ya no llega. Esa frase fue la que más circuló por las redes en las horas siguientes.
Hubo padres que escribieron en redes sociales que después de ver el video llamaron a sus hijos por primera vez en meses. Hubo hijos adultos que llamaron a sus padres ya mayores y les dijeron cosas que nunca habían dicho. Hubo familias enteras que sin proponérselo se reunieron alrededor de una entrevista que en teoría era solo otra entrevista más.
Y eso al final es lo que justifica que Hugo Sánchez haya decidido hablar después de tantos años, no para cerrar nada, no para acusar a nadie, sino para usar su dolor como un aviso para que su tragedia al menos sirva de algo a alguien. El pentapichichi terminó la entrevista despidiéndose con un gesto suyo característico.
Levantó la mano, miró al conductor, le agradeció el espacio y salió del estudio. Caminó por el pasillo, subió al coche que lo esperaba y se fue. sin dramas, sin rueda de prensa posterior, sin más comunicados, lo que tenía que decir lo había dicho y con eso, después de 11 años de silencio, había vuelto a darle voz a su hijo, a todos esos jóvenes mexicanos que por una razón o por otra ya no están aquí para hablar, hablar por sí mismos.
Hoy, mientras tú escuchas esta historia en algún rincón de Pedregal o de Polanco o de la zona donde sea que viva actualmente Hugo Sánchez, hay un cuaderno, un cuaderno con páginas y páginas escritas a mano, con cartas que jamás se mandarán, con conversaciones que ya no se podrán tener. Y al lado de ese cuaderno hay una fotografía.
La fotografía de un muchacho de 30 años sonriente con un futuro entero por delante que un sábado de noviembre se quedó dormido en su sillón de Polanco y ya no despertó. Esa es la imagen que Hugo Sánchez Márquez carga cada día, la imagen que cargará hasta el final. A los 67 años el pentapichichi rompió el silencio y lo hizo no para cerrar la herida, porque sabe que la herida no cierra.
lo hizo para que otros padres mexicanos no tengan que vivir con un mensaje sin contestar para que otras madres mexicanas no tengan que guardar las últimas fotos de sus hijos para que otros hijos no tengan que mandar mensajes que digan en broma o en serio, “Mamá, me van a dar cuello” para que esa frase que él jamás olvidará se quede solo en aquel celular y nunca más se repita en ninguna pantalla mexicana.
Y aquí, antes de cerrar hay algo que vale la pena pensar, algo que esta historia deja en el aire y que cada uno tiene que responderse en privado. Cuando uno mira la vida de Hugo Sánchez Portugal, ve a un joven que tenía todo, apellido, dinero, educación, belleza, carisma, contactos y aún así, según las palabras de su propia madre, tenía miedo.
Tenía la sensación de que estaba en un lugar incómodo. Sentía que cualquiera lo podía silenciar. Cuántos jóvenes mexicanos sin esos privilegios, viven cada día con esa misma sensación. ¿Cuántos padres se enteran demasiado tarde de lo que sus hijos venían diciendo en broma o en serio durante meses? La respuesta a esa pregunta no la tenemos.
Pero quizá lo que Hugo Sánchez hizo al hablar a los 67 años fue precisamente eso, recordarnos que hay frases que escuchamos sin escuchar, que hay mensajes que dejamos para mañana, que hay llamadas que nunca devolvemos y que el día que uno se da cuenta de lo importante que era esa frase, ese mensaje, esa llamada, ya es demasiado tarde para hacer algo.
Esa es la lección amarga del pentapichichi y es una lección que ojalá ninguno de nosotros tenga que aprender por las malas. Si esta historia te llegó, te recomiendo algo. Toma tu teléfono, llama a esa persona con la que tienes algo pendiente, aunque sea por 2 minutos, aunque sea solo para escuchar su voz, porque al final, como dijo Hugo Sánchez, con los ojos llenos de lágrimas, hay cosas que uno solo aprende cuando ya no se pueden remediar.
Si esta historia te dejó pensando, no te vayas todavía, porque en la pantalla te estará apareciendo otro video del canal que te aseguro te vas a a impactar todavía más. No te lo puedes perder. Dale click ahora mismo, antes de que se te olvide, porque lo que vas a escuchar ahí cambia por completo la forma en la que veías a esa persona.