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HUGO SÁNCHEZ: ROMPIÓ EL SILENCIO y REVELÓ lo que NADIE SABÍA…

HUGO SÁNCHEZ: ROMPIÓ EL SILENCIO y REVELÓ lo que NADIE SABÍA…

67 años, cinco pichichis, una bota de oro, más de 200 goles vestido de blanco con el Real Madrid. Y aún así, a los 67 años, Hugo Sánchez se sentó frente a un micrófono, bajó la mirada un momento y soltó algo que llevaba más de una década guardándose. Algo que nadie en México sabía, algo que ni los periodistas más cercanos, ni los amigos del vestidor, ni siquiera su propia familia se atrevían a preguntarle.

 Lo que dijo esa tarde dejó helado al estudio y cuando salió al aire se volvió tendencia en cuestión de horas porque Hugo Sánchez, el hombre que se enfrentó a Maradona, a Cruff, a las defensas más duras de Europa, el hombre que celebraba los goles haciendo una pirueta en el aire como si nada le pesara, ese mismo hombre se quebró frente a las cámaras y por primera vez contó qué fue lo que de verdad pasó aquel 8 de noviembre de 2014.

 dentro de un departamento de Polanco, donde encontraron a su hijo de 30 años acompañado de otro hombre, los dos sin vida. La versión oficial todos la conocemos. una fuga de gas, un calentador defectuoso, una ventilación obstruida, monóxido de carbono, un accidente. Eso fue lo que dijeron las autoridades.

 Eso fue lo que se publicó en cada periódico. Eso fue lo que Hugo Sánchez aceptó en silencio durante 11 años. Pero ahora sentado ahí con el cabello más blanco y la voz más cansada, el pentapichichi confesó que esa versión nunca le terminó de cerrar, que algo desde el primer minuto no encajaba, que él lo supo cuando entró al departamento de la calle Arquímedes y vio cosas que jamás se han contado.

 Y lo más fuerte no fue eso. más fuerte vino después, cuando habló de la última vez que vio a su hijo, de aquella discusión por la carrera de arquitectura, de las palabras que le dijo y de las que jamás se perdonará, de la llamada que recibió en Tijuana minutos antes de subirse a un avión, de ese vuelo eterno hacia la Ciudad de México, donde según sus propias palabras, sintió que el cielo se le caía encima y de algo más, algo que su hijo le había mandado por mensaje semana.

 semanas antes y que él en su orgullo ignoró. No te vayas porque en los próximos minutos vas a entender por qué Hugo Sánchez cayó durante 11 años. Y antes de seguir, déjame algo en los comentarios. ¿Tú recuerdas dónde estabas cuando se dio la noticia de la pérdida del hijo de Hugo Sánchez aquel 8 de noviembre? ¿Te acuerdas del impacto que causó en todo el país? cuéntamelo abajo, porque hay cosas que uno no olvida nunca y esta fue una de ellas.

 Para entender la dimensión de lo que se quebró aquel sábado, hay que entender primero quién era Hugo Sánchez Márquez. Y no me refiero al futbolista, me refiero al padre, al hombre que cuando jugaba en el Real Madrid le decían a sus compañeros que su mayor sueño no era ganar la Champions ni levantar otro pichichi. Su mayor sueño era ver a su hijo Hugo Junior vestir algún día la camiseta del Madrid.

 Vestirla por mérito propio, no por ser hijo de quien era. Hugo Sánchez Portugal nació en Madrid en 1984, justo cuando su padre estaba en plena explosión goleadora con el Atlético. Fue un niño que creció entre vestidores, entre balones, entre fotógrafos. Aprendió a caminar pisando el céspedente Calderón. Aprendió a hablar escuchando a su padre dar entrevistas en español, en italiano, en el español neutro que se hablaba en aquellos tiempos.

 Su madre, Ema Portugal, hizo lo posible para que aquel niño tuviera una infancia normal. Pero ser hijo de Hugo Sánchez en los años 80 era cualquier cosa menos normal. Cuando Hugo Padre se fue al Real Madrid en 1985, todo cambió. La familia se mudó a la capital española y el pequeño Hugo creció viendo como su papá se convertía partido tras partido en una leyenda, goles de chilena, goles de cabeza, pirueta y a celebrar.

 El niño aprendió desde muy chico que su apellido pesaba, que cuando un maestro lo llamaba en clase, todos volteaban. que cuando salía a la calle había gente que se le quedaba viendo que ser Hugo Sánchez Junior era una mochila pesada de cargar, pero también descubrió que el balón Lesnich gustaba, le gustaba en serio, no por imitar a su padre, sino porque genuinamente sentía algo cuando pateaba la pelota.

 Y eso fue paradójicamente el principio del problema porque desde el momento en el que ese niño dijo en voz alta que quería ser futbolista, su padre se transformó. Dejó de ser el padre cariñoso que lo levantaba en hombros. Después de cada gol se convirtió en algo distinto, más exigente, más duro, más obsesivo con cada detalle.

 Hugo padre quería que su hijo fuera mejor que él y quería que llegara solo, sin recomendaciones, sin atajos, sin que nadie pudiera decir que el chico estaba donde estaba por ser hijo del pentapichichi. Esa idea, que en teoría sonaba noble en la práctica fue demoledora porque significó años de entrenamientos eternos, de gritos en el patio, de regaños en la mesa, de exigencias que ningún niño de su edad debería soportar.

Hugo Junior recibía bronca por un mal control, por un pase mal medido, por dormirse 5 minutos más de la cuenta, por todo. Quienes vivieron de cerca aquellos años en Madrid recuerdan escenas concretas. El niño llegaba del colegio con la mochila al hombro, dejaba los libros en la mesa y antes de poder merendar tenía que salir al jardín de la casa, donde su padre lo esperaba con un balón. El entrenamiento empezaba ahí.

conducción, pases cortos, tiros a portería. Hugo padre cronometraba todo, apuntaba en una libreta los tiempos del niño y al día siguiente le exigía bajar esos tiempos, aunque hiciera frío, aunque lloviera, aunque el niño tuviera examen al día siguiente, el balón siempre primero. Portugal en alguna de las pocas entrevistas que ha dado a lo largo de los años ha dejado caer que muchas noches encontraba al pequeño Hugo llorando en su cuarto, no porque le pegaran, no por hambre, ni por castigos físicos. Lloraba por la presión, por la

sensación de no ser suficiente, por la idea terrible para un niño de que su papá iba a querer lo menos y fallaba un partido. Era una cabeza demasiado pequeña para cargar con un apellido tan grande y con un padre que, sin proponérselo, había convertido la casa en una cancha de entrenamiento permanente.

 Cuando regresaron a México y Hugo Junior empezó a entrenar con las fuerzas básicas de Pumas. La situación en casa era tensa. El padre lo observaba todo, le pedía videos, le mandaba recortes, lo llamaba después de cada partido para preguntarle qué había hecho mal. Lo que para muchos sería un sueño ser entrenado por una de las mentes futbolísticas más brillantes del país.

Para el joven Hugo era una pesadilla diaria porque su padre no era su padre, era su crítico más severo, su jefe, su sombra. Llegó el momento del debut. Hugo Sánchez Portugal jugó con Pumas. La afición esperaba ver al heredero, esperaba ver la pirueta, esperaba ver los goles, pero el chico, por más que se esforzaba, no tenía el talento de su padre y eso, lejos de ser un drama, debió haber sido aceptado con naturalidad.

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