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La obligaron a casarse con un terrateniente cruel… pero ella huyó hacia el hombre que todos temían

La obligaron a casarse con un terrateniente cruel… pero ella huyó hacia el hombre que todos temían

En la pequeña y estrecha habitación de una vieja casa de piedra situada a las afueras del pueblo, la luz temblorosa de un candil caía sobre las manos de Eloía Herrera. Sus dedos largos y finos, marcados por antiguas heridas de aguja, pasaban con habilidad el hilo blanco a través de una tela gruesa.

 El vestido de novia que descansaba sobre sus piernas no era nuevo, era un vestido viejo de una pariente lejana traído hasta allí para ajustarlo al cuerpo delgado de la joven. Cada puntada avanzaba recta y precisa, como si fueran cadenas invisibles cosiendo poco a poco su futuro. En la sala voz de Teresa, su madrastra, sonaba clara y animada.

Hablaba con Esteban sobre el día siguiente, sobre la boda, sobre los sacos de trigo y las jarras de vino que Ramiro Salcedo llevaría a la casa. “Qué suerte ha tenido la muchacha”, decía Teresa con voz aguda. Una chica pobre como Eloisa casándose con el terrateniente más rico de la comarca. A partir de ahora, esta casa ya no tendrá que preocuparse por la escasez.

 Esteban soltó una carcajada que atravesó la pared delgada. El medio hermano de Eloisa ya calculaba cómo usaría el dinero de la boda para reparar el tejado, comprar más tierra y conseguir por fin un lugar respetable dentro del pueblo. Eloisa no levantó la cabeza, solo se inclinó un poco más sobre la tela, hundiendo la aguja con más fuerza.

Tenía 25 años, edad suficiente para comprender que aquella palabra suerte no era más que una máscara. Ella había visto a Ramiro Salcedo golpear a un jornalero detrás del granero solo porque había derramado un poco de trigo. El chasquido del látigo contra la piel todavía resonaba en su memoria. También lo había escuchado hablar con un amigo con voz baja pero firme.

 Después de la boda aprenderá a callar. Las mujeres de mi casa deben saber cuál es su sitio. Eloisa no era ingenua. Sabía perfectamente qué clase de hombre tendría que llamar esposo al día siguiente. Ramiro no era brutal delante de todos. era cuidadoso, donaba dinero a la iglesia, prestaba grano a los vecinos cuando las cosechas fracasaban y sonreía con una calma que inspiraba respeto.

Pero detrás de aquella sonrisa había una jaula y su familia la estaba empujando hacia ella con alegría. La mano de Eloía se detuvo un instante cuando la aguja se clavó en su piel. Una pequeña gota de sangre oscura y roja cayó sobre la tela blanca. No la limpió, solo observó como aquella mancha se extendía diminuta y casi insignificante entre tantas puntadas.

 Si su padre, don Mateo, siguiera vivo, quizá no habría permitido aquello. Pero su padre había muerto hacía 3 años. Solo quedaban Teresa y Esteban, personas que la miraban como si fuera una mercancía capaz de comprarles un futuro mejor. La voz de Teresa llegó desde la sala. Eloisa, ya terminaste de arreglarlo. Mañana debe quedarte bien.

No hagas que don Ramiro se lleve una decepción. Esteban añadió, “Deberías estar agradecida. No todas tienen una oportunidad así. Todo el pueblo dice que eres afortunada.” Eloisa se mordió el labio. Afortunada. La palabra le supo amarga en la lengua. Era hija de un sastre pobre. Después de la muerte de su padre, aquella casa se había convertido en una carga.

 Esteban se quejaba siempre de la pobreza, de que nadie quería prestarle dinero porque don Mateo había dejado demasiado poco. Ahora, entregarla a Ramiro parecía una solución. No necesitaban preguntarle qué pensaba. Solo necesitaban que ella caminara en silencio hacia el altar. Se puso de pie y dejó caer el vestido hasta el suelo. La tela pesaba sobre sus hombros.

 El vestido se ajustaba a su figura delgada, marcando su cintura y ocultando las viejas cicatrices de aguja en sus manos. En el espejo de cobre opaco que colgaba de la pared, Eloía se vio a sí misma, un rostro hermoso pero triste, unos ojos profundos sin rastro de luz, el cabello negro recogido bajo en la nuca.

 No parecía una novia feliz, parecía una prisionera cociendo con sus propias manos la jaula en la que la encerrarían. Por la ventana entraba el viento caliente de los campos de trigo quemados por el sol, trayendo consigo el olor espeso del polvo rojo. Los veranos en Castilla la Mancha siempre eran largos y crueles, agrietaban la tierra y marchitaban cualquier esperanza.

 Eloía pensó en los campos abiertos, en el camino que salía del pueblo, pero sabía muy bien que una muchacha pobre no tenía a dónde ir. Si no era Ramiro, sería otro hombre parecido. Aquel pueblo vivía de la honra, de los rumores y del silencio. Todas las mujeres aprendían, tarde o temprano, a bajar la cabeza.

 Volvió a sentarse y siguió enhebrando la aguja. Cada puntada era un paso más hacia un destino que otros ya habían decidido por ella. Teresa y Esteban seguían riendo en la sala. Sus risas sonaban cada vez más fuertes, cada vez más lejanas de aquella habitación. oscura. No sabían o fingían no saber que Eloisa ya lo había entendido todo.

 Ramiro la controlaría, le enseñaría a callar y ellos llamarían a eso felicidad. La noche avanzó. El candil de la habitación de Eloisa apenas seguía encendido con una llama pequeña que temblaba como si estuviera a punto de apagarse. El vestido de novia ya estaba doblado sobre la silla, blanco, bajo la luz débil, pero ella no podía dormir.

 El viento caliente seguía silvando por las rendijas de la ventana y traía el olor denso del polvo rojo del páramo. Eloía permanecía sentada en el borde de la cama con las manos apretando la manta vieja. Al día siguiente todo terminaría. Al día siguiente se pondría aquel vestido y entraría en una vida sin regreso. Entonces se levantó.

 Sus pies descalzos tocaron el suelo frío de piedra. Su mirada se detuvo casi sin querer en un rincón del viejo armario de madera. La caja de costura de su padre. Don Mateo Herrera llevaba 3 años muerto, pero aquella caja seguía en el mismo lugar, cubierta por una fina capa de polvo. Eloisa pasó los dedos sobre la madera áspera y abrió la tapa.

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