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Esperó 20 años al amor de su vida… hasta que el heredero halló la verdad que el pueblo enterró

Esperó 20 años al amor de su vida… hasta que el heredero halló la verdad que el pueblo enterró

Aquel verano, el sol de Castilla caía como fuego sobre los campos de trigo, ya amarillos y endurecidos por la sequía. El polvo se levantaba con cada ráfaga de viento caliente, cubriendo de blanco los viejos tejados de piedra de una pequeña aldea escondida en el valle. Lázaro Ejea bajó del último autobús al caer la tarde con una vieja maleta de cuero a sus pies.

 Tenía 45 años, el cabello salpicado de canas y los ojos cansados de un hombre que había pasado más de 30 años lejos de su tierra. El funeral de don Eusebio Ejea se celebró a la mañana siguiente en el pequeño cementerio situado al final del pueblo. No hubo campanas de iglesia resonando durante mucho tiempo, solo unos pocos tañidos perezosos y dispersos.

 El sencillo ataú de roble descansaba sobre dos bancos largos, cubierto por una tela blanca amarillenta por los años. Asistieron apenas unas 20 personas, en su mayoría rostros envejecidos que Lázaro casi ya no reconocía. Permanecían separados unos de otros sin que nadie llorara en voz alta. Solo se oía el viento atravesando las hileras de álamos y el rose de la pala contra la tierra seca.

 Lázaro estaba solo en la primera fila, con los hombros ligeramente encorbados y sin una sola lágrima en los ojos. Miraba el ataúd, pero no veía nada más que un vacío frío y silencioso. Don Eusebio había muerto 5co días antes a causa de un infarto repentino. Aquel hombre era su padre, aunque Lázaro llevaba más de tres décadas sin llamarlo así.

 Cuando terminó el entierro, el abogado del pueblo, el anciano Vicente, encorbado y con gafas de montura metálica, invitó a Lázaro a su pequeña oficina junto a la panadería de doña Petra. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz que entraba desde la calle, mientras un ventilador de techo giraba con lentitud.

 Don Vicente colocó un fajo de documentos sobre la mesa y habló con una voz ronca por los años. La antigua estación y todos los terrenos que la rodean le pertenecen a usted, Lázaro. Don Eusebio no dejó otro testamento. Solo hay una cláusula sencilla. Usted es el único heredero. Lázaro asintió sin hacer preguntas.

 Firmó los papeles sin leerlos con demasiada atención. En su cabeza solo había una idea clara: venderlo todo, tomar el dinero y marcharse de aquel lugar lo antes posible. Don Vicente deslizó un sobre color crema sobre la mesa. La empresa turística Horizon Heritage se puso en contacto hace tres semanas. Quieren comprar todos los terrenos de la estación para construir un complejo rural de estilo antiguo.

 La oferta no es mala. le permitiría vivir cómodamente en Madrid o Barcelona. Están esperando su decisión. Lázaro tomó el sobre y sintió el grosor de los documentos que contenía. En ese instante recordó la imagen de la vieja estación que había intentado olvidar durante 30 años. Las vías oxidadas, la taquilla podrida y el andén número dos, siempre cubierto de hierba salvaje.

 Me reuniré con ellos, dijo sec. Don Vicente lo observó durante un largo momento con cierta duda en la mirada. La gente del pueblo no habla mucho, pero todos saben que usted ha vuelto por esto. La estación no es solo un terreno, es una parte de la memoria del pueblo. Lázaro se puso de pie sin responder. No le importaban los recuerdos de la aldea.

 Solo quería cortar el último hilo que aún lo unía a aquel padre frío que en otro tiempo lo había empujado a marcharse de allí. Aquella tarde Lázaro caminó hasta la vieja casa situada junto a la estación. La puerta de madera crujió al empujarla. Dentro, el olor a polvo y madera podrida lo recibió de golpe.

 Todo seguía en el mismo lugar. La larga mesa del comedor, el reloj de pared detenido desde hacía años y la única fotografía familiar colgada torcida en la pared donde don Eusebio aparecía serio, sin una sola sonrisa. Lázaro abrió una ventana para dejar entrar el viento caliente. Desde allí podía ver con claridad las antiguas vías que se perdían en la sombra de la tarde.

 No había sonido de trenes, ni silvatos, ni voces. solo un silencio pesado que lo cubría todo. La primera noche en aquella casa, Lázaro no pudo dormir. El aire sofocante de Castilla permanecía atrapado en las paredes, aunque el sol se había puesto así a horas. Estaba acostado en la vieja cama de su padre con el olor a pino viejo y polvo del tiempo pegado a las sábanas.

Después de reunirse por la mañana con Mateo Villar, el representante de la empresa turística, Lázaro había firmado un acuerdo preliminar. Regresarían en una semana para medir el terreno y discutir los detalles. La suma ofrecida era lo bastante alta, como para permitirle abandonar el pueblo sin mirar atrás.

 Cerca de la medianoche se incorporó y se sirvió una copa del vino tinto que quedaba. La cocina estaba oscura, iluminada solo por la tenue luz de una lámpara de mesa. Salió al porche, encendió un cigarrillo y contempló el terreno que se extendía frente a él. Las viejas vías avanzaban rectas hacia la oscuridad, inmóviles como una serpiente muerta y seca.

 No había nada más que el viento deslizándose sobre los campos de trigo resecos. Entonces la vio, una luz amarilla y débil parpadeaba a lo lejos, justo en el andén número dos. No era la luz blanca y fría de una bombilla eléctrica, sino una vieja lámpara de aceite temblorosa, como si intentara conservar el último resto de calor en medio de la noche.

 Lázaro frunció el ceño. Pensó que tal vez serían niños del pueblo o algún vagabundo que se había colado allí, pero aquel terreno ahora le pertenecía. No podía permitir que extraños entraran y salieran a su antojo. Apagó el cigarrillo, tomó una vieja linterna del cajón, se echó una chaqueta sobre los hombros y salió. El camino de tierra que conducía a la estación era irregular, con hierba seca enredándose en sus zapatos.

 Cuanto más se acercaba, más clara se volvía la luz. La lámpara colgaba de un viejo poste de hierro en el andén número dos, iluminando unos bancos de piedra cubiertos de polvo y algunas hojas secas. Lázaro empujó la verja oxidada. El chirrido metálico resonó en la noche. Pasó la linterna por la taquilla en ruinas, por el viejo panel de horarios ya desteñido, finalmente se detuvo en el andén. Había una mujer allí.

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