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Rocío Durcal: El SECRETO que Ocultó Durante Toda su VIDA… mientras se Moría en SILENCIO

Rocío Durcal: El SECRETO que Ocultó Durante Toda su VIDA… mientras se Moría en SILENCIO

Sabes bien que soy tan tuya hasta que un día [canto] me muera. Quiero evitar que Dios [música] te dé un castigo. Me [canto] iré esperanza que yo he puesto en ti. Marzo de 2006. Una casa en Torrelodones a las afueras de Madrid. Una mujer baja la escalera apoyándose en el pasamanos como si cada peldaño le costara un mes de vida.

 Lleva una bata clara y el pelo recogido. Tiene 61 años, pero parece tener más. llega al salón, se sienta frente a una caja de cartón que ha bajado del altillo y la abre despacio casi con miedo. Adentro hay cartas, fotografías [música] antiguas, recortes de revistas, un programa de un concierto en bellas artes y al fondo, debajo de todo, un sobre cerrado con su letra escrita por fuera.

Una sola palabra, Antonio. El nombre de su marido, el nombre de Junior. Lo mira durante un rato largo, no lo abre. Ese sobre llevaba más de 15 años guardado. Nadie en su familia sabía que existía. Nadie sabía qué había escrito ahí dentro una tarde de finales de los 80 cuando un médico le había dicho una frase que ella había decidido no repetir en su casa.

 Ni a Junior, ni a Carmen, ni a Antonio, ni a Shila, a nadie. Lo había guardado en esa caja y había seguido cantando como si no hubiera pasado nada. Esta es la historia de la mujer a la que México lloró como si fuera mexicana, la que vendió más de 40 millones de discos. la que llenó el Auditorio Nacional una y otra vez con canciones que parecían escritas para que ella las cantara y nadie más.

 Pero también es la historia de lo que ocurrió detrás de esas canciones, de una enfermedad descubierta demasiado pronto y ocultada durante demasiados años, de una promesa hecha a un hombre que no sabía que su mujer ya estaba contando los meses al revés. y de una caja en un altillo de torrelodones [música] que guardaba la verdad que ella decidió no decir en voz alta.

Está contada por lo que ella misma dijo en sus últimas entrevistas, por lo que Junior contó después, por lo que Carmen, [música] su hija mayor, ha ido reconstruyendo año tras año y por los pocos médicos que se atrevieron a hablar cuando ya no había nada que proteger. Lo que Rocío Durka le escribió en aquel sobre cerrado, nadie lo supo hasta mucho después de que ella ya no pudiera explicarlo.

Para entender esa última escena, hay que volver muy atrás. A un Madrid de posguerra, donde una niña con un nombre demasiado largo descubrió que la única manera de hacerse oír en una casa de cinco hermanos era cantar. María de los Ángeles de las Casas Ortiz nació el 4 de octubre de 1944 [música] en el barrio de Posas en pleno centro de Madrid.

 Su padre Teodoro de la Ceras era guardia civil, hombre serio, de orden, de pocas palabras. Su madre, Lola [música] Ortiz llevaba la casa con el rigor que exigía la época. Cinco hijos, [música] una posguerra que todavía pesaba en las cocinas, racionamiento, el silencio que cubría España como una manta gris. María de los Ángeles era la tercera y desde muy niña hacía algo que descolocaba a su padre.

[música] Cantaba, cantaba todo. Lo que ponían en la radio, lo que oía en las bervenas del barrio, las coplas de concha piquer, las canciones que escuchaba en la pescadería. Tenía 7 años y una voz que paraba conversaciones. Sus hermanos contaban después que su madre la subía a una silla en las reuniones familiares y todos se quedaban callados.

A los 9 años, un vecino la llevó a un concurso radiofónico. Se llamaba El programa de los niños y se emitía desde Radio Madrid. María de los Ángeles cantó una jota aragonesa con una seguridad que sorprendió al jurado. Ganó y a partir de ahí no paró. concursos, programas, festivales [música] infantiles. Una niña pequeña con voz de adulta cantando en escenarios donde los demás participantes apenas se atrevían a mirar al público.

 Su padre no terminaba de aceptarlo. Para Teodoro de las Ceras, una hija cantando en la radio era algo que rozaba lo impropio. Una guardia civil tenía que tener hijas que se casaran bien, no que aparecieran en revistas. La que peleaba por ella era su madre. Lola entendía algo que el padre no quería ver. Aquella niña tenía un don y no encerrarlo era también una forma de protegerla.

 En 1959, [música] cuando María de los Ángeles tenía 14 años, ocurrió el giro. Un productor de cine llamado Luis Sans la vio cantar en un programa de televisión. se quedó hipnotizado. Le ofreció hacer una película, una película musical ligera, [música] hecha a medida para la voz y la cara de aquella adolescente de Madrid.

 La película se llamó Canción de juventud y se estrenó en 1962, pero antes hubo que cambiarle el nombre. María de los Ángeles de las Ceras Ortiz no cabía en una marquesina. Luis Sans le propuso uno nuevo. Rocío por una Virgen andaluza. Durcal por un pueblo de Granada que le sonaba bien. Así nació Rocío Durcal. Y así, sin saberlo del todo, María de los Ángeles dejó de existir para todo el mundo, menos para su familia.

 La película fue un éxito enorme. Vinieron más. Rocío de la Mancha, más bonita que ninguna, La chica del trébol. Una detrás de otra, Rocío Durcal se convirtió en la novia de España, la cara limpia que las madres querían para sus hijos. Y los hijos miraban en los cines de pueblo con el corazón apretado. A los 20 años ya era una estrella nacional y entonces apareció él.

 Antonio Morales Barreto, nombre artístico Junior. Hijo de la cantante filipina Antoñita Morales. Una figura mediática complicada en aquellos años por sus matrimonios y sus escándalos. Junior era guapo. Cantaba en un grupo llamado Los Brincos. Vestía bien y tenía esa mezcla de timidez y mundo que vuelve loca a las chicas de 20 años.

 Se conocieron en una fiesta, se enamoraron rápido. Se casaron el 6 de enero de 1970 en una iglesia de Madrid con todo el país pendiente. La España de entonces no recibió bien aquella boda. La prensa rosa atacó a Junior por su madre, por su pasado, por no estar a la altura de la novia limpia que España quería conservar.

Rocío aguantó. No respondió a los ataques. Junior tampoco. Y el matrimonio empezó con esa primera lección que después se repetiría muchas veces. Lo que duele se calla, lo que se siente no se cuenta. Tuvieron tres hijos. Carmen en 1970, Antonio en 1972, Shila en 1976. Y mientras la familia crecía, la carrera de Rocío empezaban a estancarse.

 Las películas musicales que la habían hecho famosa ya no encajaban con la España que estaba cambiando, el destape, la transición, el cine que llegaba de fuera. Rocío Durcal con sus pelis de niña buena, empezó a parecer un recuerdo de otra década y entonces tomó la decisión que cambiaría su vida y la de su familia para siempre.

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