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Expulsado de casa a los 18, solo con su Biblia… se refugia en un vagón abandonado y encuentra…

Expulsado de casa a los 18, solo con su Biblia… se refugia en un vagón abandonado y encuentra…

La mañana en que cumplió 18 años, su padre le puso una maleta en la puerta y le dijo que ya era hombre, que los hombres se sostienen solos, que en esa casa no había espacio para quien no aportaba más de lo que consumía. Lo dijo con la frialdad de quien lleva tiempo pensando algo y por fin encontró el momento de decirlo en voz alta, como si el cumpleaños fuera el pretexto que estaba esperando y no la razón verdadera.

 La madre de Emilio estaba en la cocina cuando sucedió. Él la vio de espaldas inclinada sobre el fregadero, con los hombros tensos de quien escucha todo y decide no escuchar nada. No se dio la vuelta y Emilio entendió en ese instante que la traición más honda no fue la de su padre, sino la de ese par de hombros que no se movieron.

 Salió por la puerta con la maleta de lona, que había usado en el único viaje escolar que recordaba, una excursión a una presa cuando tenía 12 años. Dentro iba la ropa que había podido meter en 10 minutos, un cuaderno de notas con tapas azules y la Biblia que le había regalado su abuela materna antes de morir.

 Una Biblia de páginas delgadas como piel de cebolla con las tapas de cuero café oscuro gastado en las esquinas y algunas frases subrayadas con lápiz por una mano que ya no existía. Emilio tenía 18 años, 43 pesos en la bolsa del pantalón y ningún lugar a donde ir. Caminó por el pueblo durante horas sin un destino preciso, con esa manera de moverse que tienen las personas que no quieren que nadie les pregunte si están bien.

 Caminando rápido, aunque no hay prisa, mirando al frente, aunque no hay nada que ver, pasó por la plaza, por la tienda de don Refugio, donde había comprado dulces de niño, por la escuela secundaria, donde había estudiado 3 años antes de que su padre dijera que ya era suficiente instrucción para quien iba a quedarse en el campo.

 Pasó por todo eso como quien camina por el museo de una vida que ya cerró. Al mediodía se sentó en una banca de la plaza con la maleta entre los pies y el estómago vacío y se quedó mirando a los niños que jugaban alrededor de la fuente seca. Una señora mayor que barría la banqueta frente a su casa lo miró con esa mezcla de curiosidad y lástima que la gente tiene cuando ve a alguien joven y quieto en un lugar donde no encaja.

Emilio bajó los ojos antes de que ella pudiera hacer alguna pregunta. Había en ese momento una pregunta enorme que él mismo no sabía cómo formularse. Una pregunta que no era, ¿para dónde vas? Sino sino por qué. ¿Por qué un padre hace eso? ¿Por qué una madre lo permite? ¿Por qué el mundo tiene la costumbre de sacar a la gente a la calle en los peores momentos y llamarle a eso crecer? Pero Emilio no era hombre de preguntas sin respuesta.

 Era hombre de la Biblia y la Biblia le había enseñado desde niño por boca de su abuela Consuelo, que el desierto no es el final del camino, es el camino, que los que fueron empujados afuera de donde estaban siempre terminaron encontrando algo que los que se quedaron adentro nunca iban a ver. Así que dejó de hacerse preguntas y empezó a caminar en una dirección.

 La dirección [carraspeo] la escogió por instinto hacia el norte del pueblo, donde el camino de terracería subía entre cerros de pasto seco y chaparros deche. Había ido por ahí alguna vez de niño, siguiendo a su padre en una inspección de terreno que nunca llevó a nada. Recordaba que el camino terminaba en una vía de tren vieja que ya no usaba ningún ferrocarril operativo, una vía que cruzaba el valle con esa melancolía de las cosas que fueron importantes y dejaron de serlo.

 Llegó a la vía cuando el sol ya bajaba y el cielo tomaba ese color naranja profundo que en el campo parece una advertencia y una promesa al mismo tiempo. siguió la vía hacia el poniente, caminando sobre los durmientes de madera con la maleta en la mano, contando los pasos sin querer contar nada, solo para tener algo que hacer con la cabeza mientras el cuerpo se movía.

Fue así, caminando sobre durmientes de tren con el cielo encendiéndose a sus espaldas como llegó al vagón. Estaba apartado de la vía principal sobre un tramo de vía muerta que terminaba abruptamente en la maleza, como si alguien lo hubiera empujado ahí para sacarlo del camino y lo hubiera olvidado.

 Era un vagón de carga de los antiguos, de los que tenían paredes de metal corrugado y puertas corredizas de hierro, pintado en otro tiempo de rojo oscuro, aunque el tiempo y el óxido habían ido mezclando ese rojo con tonos de café y gris hasta hacer del color algo que ya no tenía nombre preciso. Tenía las ruedas hundidas en la tierra por el peso de los años y la vegetación había ido ganando terreno por los lados con ramas deche apoyadas en las paredes, como si el monte estuviera abrazando aquello despacio.

 Emilio se detuvo frente a la puerta corrediza y la miró un momento. La puerta estaba entreabierta lo suficiente para que entrara un hombre delgado. Dentro había oscuridad y olor a madera vieja y metal calentado por el sol durante muchos veranos. empujó la puerta con las dos manos y el ruido que hizo fue el de algo que no había sido movido en mucho tiempo, un quejido largo y rasposo que salió entre los árboles y se perdió en el silencio del campo.

 Adentro era más grande de lo que parecía desde afuera, porque los vagones de carga tienen esa cualidad de los espacios vacíos que guardan el eco de todo lo que alguna vez transportaron. El piso era de madera gruesa, con tablones anchos que crujían al pisarlos, pero que estaban sólidos, sin podrirse todavía.

 En una esquina había un montón de costales de enquen doblados que algún trabajador olvidó o dejó a propósito. En otra esquina, una caja de madera grande con tapa, que cuando Emilio la abrió con cuidado, resultó estar vacía, con el fondo forrado de papel periódico amarillento que se deshacía al tocarlo. No había nada más, solo espacio y silencio.

 Y esa luz que entraba por la puerta entreabierta en una franja diagonal que dividía el piso en claro oscuro. Emilio puso la maleta en el suelo, se sentó encima de los costales doblados con la espalda contra la pared de metal y sacó la Biblia del bolso exterior de la maleta. La abrió sin buscar nada en particular, de la manera en que los que fueron criados con un libro sagrado lo abren cuando no saben qué más hacer, buscando que las palabras encuentren solas el lugar donde duele.

Las páginas se abrieron en el salmo 116 y Emilio leyó en voz baja para que la oscuridad del vagón oyera, aunque nadie más lo hiciera. Leyó hasta que ya no había suficiente luz para leer. Y cuando cerró la Biblia y la guardó de nuevo, había en él algo que no era paz exactamente, pero que se parecía a la decisión de no rendirse.

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