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El pulgar de Manolo y la tecnología del pleistoceno

 

## Parte 1: El pulgar de Manolo y la tecnología del pleistoceno

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes siendo autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero lo que ocurrió ayer a las dos de la tarde mientras intentaba decidir si me comía un sándwich mixto o pedía comida china, no tiene nombre. O sí lo tiene, pero no es uno que aparezca en el registro civil.

Todo empezó por culpa de mi padre, Manolo. Mi padre era ese tipo de hombre que consideraba que un teléfono móvil servía fundamentalmente para tres cosas: llamar para preguntar a qué hora llegas, recibir llamadas para decir que ya ha llegado y, ocasionalmente, servir de calzo para una mesa coja si el aparato era lo suficientemente robusto. La tecnología y él se llevaban como el agua y el aceite, o como un bético en una peña del Sevilla. No es que fuera torpe, es que era… resistente. Una resistencia numantina al progreso.

Recuerdo cuando le regalamos su primer smartphone. Fue un drama nacional. Mi hermana y yo estuvimos tres tardes enteras explicándole cómo se desbloqueaba la pantalla. Él miraba el cristal como si fuera un artefacto alienígena capaz de absorberle el alma.

—Javi, hijo, que yo con este dedo no puedo —decía siempre, enseñándome un pulgar que parecía una patata nueva de las de freír—. Esto está hecho para gente con dedos de pianista, no para alguien que ha estado apretando tuercas cuarenta años.

Y no le faltaba razón. Ver a mi padre escribir un mensaje de WhatsApp era como ver a un cirujano operando con guantes de boxeo. Su técnica era única: sostenía el teléfono con la mano izquierda como si fuera una granada de mano a punto de estallar y, con el índice de la derecha, ejecutaba picotazos violentos sobre las letras. Cada vez que acertaba a la “A” o a la “E”, soltaba un suspiro de alivio que se oía desde el pasillo.

Por supuesto, los emojis eran ciencia ficción para él. Una vez, por error, le mandó un icono de una flamenca bailando a mi tía Paqui cuando ella le preguntó si iba a ir al entierro de un vecino. El pobre Manolo no sabía cómo borrarlo y se pasó toda la tarde jurando en arameo, convencido de que la policía tecnológica vendría a buscarle por falta de respeto a los difuntos.

—¿Emojis? ¿Eso para qué sirve, Javi? —me preguntaba con esa sorna tan suya—. Si quiero decir que estoy contento, lo digo con palabras, que para algo me enseñaron a escribir los curas. Y si estoy enfadado, ya se me nota en el tono, no hace falta que mande una cara roja con humo por las orejas.

Así era él. Directo, seco y más analógico que un disco de vinilo rallado. Sus mensajes siempre seguían el mismo patrón: frases cortas, sin tildes (porque buscarlas era una odisea que no estaba dispuesto a emprender) y terminadas siempre en un punto final que parecía un golpe de mazo sobre la mesa. “Llego tarde.”, “Compra pan.”, “Tu madre dice que vengas.”. Ni un “hola”, ni un “besos”, ni mucho menos un corazón rojo. El afecto, en mi casa, se demostraba con raciones de bravas y no con píxeles de colores.

Pero volvamos a ayer. Martes de sol traicionero en Madrid. Estaba yo en mi rincón de pensar (el sofá de Ikea que ya tiene la forma de mis posaderas grabada a fuego) peleándome con un cliente que quería que le diseñara un logo “que fuera moderno pero que recordara a la posguerra”. Lo normal en el mundo del diseño freelance, vamos. Tenía el estómago empezando a dar el aviso de las dos de la tarde, ese rugido que te recuerda que la vida es algo más que Photoshop y facturas de Adobe.

El móvil, que descansaba sobre la mesa de centro rodeado de tazas de café vacías, vibró.

*Ping.*

Ese sonido. Ese “ping” de WhatsApp que todos conocemos y que suele significar que alguien ha mandado un meme que ya viste en Twitter hace tres días o que tu madre te está preguntando, por decimocuarta vez en la semana, si has comido caliente. Estiré el brazo con la desgana de un perezoso con resaca y agarré el aparato.

Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco de esos que te dejan un sabor metálico en la boca, como si acabaras de chupar una pila de nueve voltios.

En la pantalla aparecía una notificación de un chat que no debería haberse movido en una eternidad. Un chat que yo guardaba en “Archivados” como quien guarda una reliquia sagrada que duele demasiado mirar, pero que no tienes el valor de borrar. El remitente era “Papá”.

—Venga ya, hombre. Esto es una broma de muy mal gusto —susurré al aire, como si las paredes de mi piso de sesenta metros cuadrados pudieran darme una explicación racional.

Me quedé mirando la pantalla, sin atreverme a desbloquearla. Mis manos empezaron a sudar de esa forma pegajosa que solo ocurre cuando te das cuenta de que el mundo se ha vuelto un poco loco de repente. “¿Papá?”. Era imposible. El número de mi padre lo cancelamos meses después del entierro. Yo mismo fui a la tienda de telefonía, me peleé con una operadora que insistía en ofrecerme una oferta de fibra óptica mientras yo le enseñaba el certificado de defunción, y finalmente vi cómo daban de baja la línea. Ese número ya no existía. O peor, le pertenecía a algún adolescente de Murcia que se pasaba el día jugando al Fortnite.

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