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El paquete de la discordia y el síndrome del impostor

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Parte 1: El paquete de la discordia y el síndrome del impostor

Mira que yo no soy de las que creen en las señales del destino. Si se me cruza un gato negro, pienso que el pobre animal va a su bola buscando un cubo de basura digno; si se me rompe un espejo, me lamento por los veinte euros que me va a costar el nuevo en el IKEA; y si me pica la mano izquierda, lo achaco a una dermatitis por el jabón barato del curro. Pero lo que ocurrió aquel martes de noviembre en mi salón de Chamberí no era una señal, era un aviso de desahucio emocional con papel de regalo de seda.

Yo soy Elena, redactora de contenidos para una agencia de publicidad que cree que “disruptivo” es ponerle un lazo a un bote de mayonesa. Vivo en un piso que es básicamente un pasillo largo con ventanas a un patio de luces donde la vecina del tercero cocina coliflor por encima de sus posibilidades. Y allí estaba yo, intentando terminar un informe sobre “Tendencias de consumo en la Generación Z” (que básicamente es gente joven queriendo cosas que no pueden pagar), cuando Damián entró por la puerta.

Damián es… bueno, Damián es el tipo de novio que presentarías a tu abuela sin miedo a que suelte un taco o se olvide de recoger el plato. Es arquitecto, tiene esa barba de tres días que parece recortada con regla y es tan ordenado que a veces me dan ganas de desordenarle los calcetines solo para ver si tiene sangre en las venas. Llevábamos tres años viviendo juntos en una especie de búnker de paz y tortilla de patatas (sin cebolla, porque él es un purista de la textura, Dios me libre de discutir eso).

—Nena, deja el ordenador un momento. Te he traído una cosa —dijo, dejando las llaves en el mueble de la entrada con un tintineo que me sonó a música celestial.

Me giré en la silla, con el cuello crujiendo como una puerta vieja. Damián sostenía una bolsa de una tienda de la calle Serrano. Una de esas tiendas donde no entras si no llevas un zapato que cueste más que mi alquiler mensual. El logo era sobrio, elegante, de esos que te gritan “aquí hay lujo y tú no perteneces a este código postal”.

—¿Y esto? ¿Qué hemos celebrado y yo no me he enterado? ¿Te han dado el proyecto del auditorio de Albacete? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de emoción.

—No, nada de eso. Es que pasé por delante del escaparate, lo vi y pensé en ti. Me dije: “Esto es para Elena. No puede ser para nadie más”.

Me levanté con la agilidad de un saco de patatas. El corazón me iba a mil. No es que yo sea una interesada, pero a nadie le amarga un dulce de quinientos pavos en una bolsa de cartón satinado. Damián me entregó el paquete con una sonrisa que, vista ahora con la perspectiva de la catástrofe, me parece más falsa que un billete de seis euros.

—Ábrelo. Quiero ver tu cara —insistió.

Lo saqué con cuidado. Era una caja forrada en tela de terciopelo. Al abrirla, mis ojos se toparon con un bolso. Pero no un bolso cualquiera. Era un modelo clásico, de esos que heredan las hijas de las marquesas, de piel de becerro negra con un cierre de metal dorado que brillaba tanto que podía ver mi cara de pasmo reflejada en él.

—Damián… esto es… esto es demasiado. Es precioso —balbuceé.

—Te lo mereces, nena. Por aguantar a los clientes pesados y por ser tú. Como siempre decimos, tú eres mi mejor inversión —me dio un beso en la frente, de esos que saben a protección y a mentira bien cocinada.

Me colgué el bolso al hombro y fui derecha al espejo del pasillo. Me miré. Javi, mi reflejo, no terminaba de encajar con el bolso. Yo llevaba unos pantalones de chándal con una mancha de lejía y una sudadera que pone “I Love New York” de cuando fui hace cinco años y todavía no me dolían las lumbares. El bolso era un objeto de otro mundo, de una vida donde no se come pizza recalentada ni se pelea con el administrador de la finca por una gotera.

Pero entonces, mientras me admiraba y me sentía como una influencer de las de verdad, algo no encajaba. Fue una sensación sutil, como cuando entras en casa y notas que alguien ha movido un cuadro un milímetro a la izquierda. Un picor en la base del cerebro.

Empecé a examinar el bolso con más detalle. Era perfecto, sí. Pero… olía a algo. No era el olor a piel nueva, ese aroma que te hace sentir que has triunfado en la vida. Era un aroma dulce, un poco empalagoso. Un perfume. Un perfume de mujer que no era el mío. Yo uso uno que huele a cítricos y a “limpio”; este olía a jazmín y a “tengo una cuenta en Suiza”.

—Damián, ¿esto lo han sacado del almacén hoy? —pregunté, intentando que mi voz no sonara a interrogatorio de la Gestapo.

—Claro, nena. Lo tenían en el expositor principal. ¿Por qué lo preguntas?

—No sé… huele raro. Como si alguien lo hubiera usado.

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