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El bendito “Carlos” y la logística del domingo

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Parte 1: El bendito “Carlos” y la logística del domingo

Mira que yo no soy de las que van por ahí buscando tres pies al gato. Bastante tengo ya con intentar entender mi propia vida, que es un caos de facturas de autónoma, suscripciones de streaming que no uso y el drama semanal de decidir si me tiño las canas o acepto que me estoy haciendo mayor, como para ponerme a investigar la de los demás. Pero lo que ocurrió aquel domingo por la noche en mi salón de Chamberí no fue una búsqueda consciente. Yo no iba con la lupa de Sherlock Holmes ni con el instinto de una inspectora de la Agencia Tributaria. Yo solo quería pedir una pizza. Así de inocente era mi existencia a las diez de la noche.

Estábamos en el sofá, ese sofá de una famosa tienda sueca que nos costó tres fines de semana montar y que ya tiene la forma de nuestras posaderas grabada a fuego. Diego estaba a mi lado, todavía con el olor del suavizante de la ropa limpia y ese aroma a café que siempre desprende porque se toma unos cuatro al día para aguantar el ritmo de la oficina. Diego es… bueno, Diego es el tipo de novio que presentarías a tu madre sin miedo a que suelte un taco en la cena de Navidad. Es arquitecto, tiene esa barba de tres días que le queda bien sin esfuerzo y es tan ordenado que a veces me dan ganas de desordenarle los calcetines solo para ver si tiene sangre en las venas.

Llevábamos dos años viviendo juntos, lo que yo llamaba “la paz de los cementerios”, porque nunca discutíamos por nada serio. Como mucho, por quién se había dejado el cartón de leche vacío en la nevera o por si el último capítulo de aquella serie coreana era una obra maestra o una tomadura de pelo.

—Nene, saca el móvil, anda —le dije, dándole un toquecito en el hombro—. Mira en la aplicación esa nueva de comida a domicilio, que me han mandado un cupón de descuento del cincuenta por ciento y hoy no tengo yo el cuerpo para encender la vitrocerámica.

—Claro, toma, fiera. Pero no te gastes el presupuesto de la comunidad, que nos conocemos —respondió él, pasándome el aparato con una confianza que, vista ahora, me parece hasta insultante.

Me dio el móvil desbloqueado. Eso es lo que más me duele. Esa naturalidad. Esa falta de “pantalla de bloqueo” que te hace pensar que estás en terreno seguro. Entré en la carpeta de aplicaciones de comida, pero antes de que pudiera buscar la sección de pizzas de masa fina, el teléfono vibró en mi mano.

Ping.

Una notificación de WhatsApp apareció en la parte superior. No pude evitar leerla. Era un acto reflejo, como cuando vas por la M-30 y no puedes dejar de mirar el cartel luminoso que te dice que hay retenciones en el nudo de Manoteras.

El remitente era un tal “Carlos Trabajo”.

“¿Tienes los informes listos para mañana?”, decía el mensaje.

—Oye, Diego, te escribe un tal Carlos de la oficina —dije, intentando sonar útil mientras buscaba la oferta de la pizza de pepperoni—. Dice algo de unos informes. Vaya tela, que sean las diez de un domingo y todavía te estén dando la brasa con el curro. España no cambia, macho. Aquí la conciliación es un concepto mitológico, como los unicornios o los pisos baratos en el centro.

Diego no se inmutó. Siguió mirando la televisión, donde un chef con mucha mala leche le gritaba a un pobre aspirante porque el suflé se le había bajado.

—Sí, será Carlos, mi jefe de proyecto —murmuró Diego sin quitarle ojo a la pantalla—. Un pesado de manual. Ignórale, Elena. Mañana ya le diré que el domingo es sagrado. Déjalo por ahí y pide la pizza, que me ruge el estómago que parece que tengo un león en las tripas.

Dejé el móvil sobre la mesa de centro, pero la semilla ya estaba plantada. No es que sospechara nada turbio, es que el nombre me resultaba extraño. Llevaba dos años con Diego y conocía a casi todos sus compañeros. Había oído hablar de Nacho, de Bea la de administración, de Sergio el que siempre llega tarde… pero “¿Carlos Trabajo?”. Nunca me había mencionado a ningún Carlos. Y mucho menos a uno que le escribiera con esa urgencia dominical.

—Oye, ¿desde cuándo tienes un jefe que se llama Carlos? —pregunté, intentando que mi voz no sonara a interrogatorio de la Gestapo—. Pensaba que tu jefe se llamaba Antonio.

—Carlos es nuevo, entró hace un mes —respondió él, rascándose la nuca, un gesto que en Diego suele significar que está cansado o que se está empezando a agobiar—. Lleva la parte de urbanismo. Es un motivado de la vida, de esos que desayunan batidos verdes y creen que el Excel es una religión. No le des vueltas, nena. ¿Has pedido ya la pizza?

—En eso estoy, en eso estoy.

Volví a agarrar el móvil. Entré en la app de comida, pero mi dedo, traicionero y curioso, se desvió por un milímetro hacia el icono verde del WhatsApp. Solo quería ver la cara del tal Carlos. Por curiosidad profesional, me dije. Quería ver si de verdad tenía cara de comer batidos de espinacas.

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