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El Primer Show de Juan Gabriel tras Salir de Prisión — Lo que Hizo Aquella Noche Emocionó a Todos

Era julio de 1971 cuando Juan Gabriel subió al escenario de un pequeño bar en la Ciudad de México y antes de cantar su primera nota hizo algo que nadie esperaba. Comenzó a llorar frente a las 80 personas presentes y les confesó que acababa de salir de prisión hacía tres semanas.

El público quedó en silencio absoluto. Algunos asistentes intercambiaron miradas incómodas, pensando que tal vez habían cometido error al venir esa noche a escuchar a un desconocido con pasado criminal. Pero entonces Juan Gabriel habló con voz quebrada que el micrófono amplificaba por todo el bar. Fui acusado de algo que no hice.

Pasé año y medio en una celda donde lo único que tenía era mi voz. Y esta noche voy a cantarles las canciones que escribí ahí adentro cuando pensaba que nunca volvería a ver la luz. Lo que sucedió después de esas palabras se convertiría en leyenda entre quienes estuvieron presentes esa noche. El bar se llamaba El patio y estaba ubicado en la colonia Roma, un lugar pequeño que cabía máximo 80 personas sentadas en mesas redondas con escenario elevado apenas medio metro del suelo.

Rqueta Jiménez, la prieta linda, había conseguido ese show para Juan Gabriel con el dueño del bar, que era amigo suyo y estaba dispuesto a darle oportunidad a un muchacho recién salido de la cárcel, sin nombre artístico conocido. Juan Gabriel había llegado dos horas antes, temblando tanto que tuvo que sentarse en el baño del lugar durante 30 minutos solo para controlar la respiración.

No sabía si el público querría escuchar canciones escritas por un hombre acusado de ladrón, aunque fuera inocente. Las pesadillas sobre Lecumberry todavía lo despertaban cada noche. El sonido de puertas de hierro cerrándose, el peso de las cadenas, las miradas amenazantes de otros presos, la soledad aplastante de saber que nadie vendría a salvarlo.

La prieta linda estaba con él en el camerino improvisado, que era en realidad la oficina del dueño, y lo veía prepararse con mezcla de preocupación y fe absoluta en su talento. “Juan Gabriel, escúchame bien”, le había dicho tomando su rostro entre sus manos, como haría una madre. “Lo que pasó en Lecumberry no define quién eres.

Lo que cantas esta noche es lo que va a definirte para siempre.” Juan Gabriel la miraba con ojos que todavía llevaban sombras de prisión, con expresión de alguien que había visto cosas que nadie debería ver a los 20 años. “¿Y si no puedo hacerlo? Queta, había preguntado con voz apenas audible. ¿Y si subo ahí y me paralizo? Si me acuerdo de las celdas, de los gritos en la noche, de sentir que iba a morir ahí adentro, la prieta linda lo abrazó fuerte contra su pecho.

Entonces vas a respirar profundo y vas a recordar todas las noches cuando componías canciones en tu cabeza porque no te dejaban tener papel ni lápiz cuando la música era lo único que te mantenía con vida. En Maramé, el bar comenzó a llenarse alrededor de las 9 de la noche con gente que venía principalmente a escuchar a la Prieta Linda, quien iba a cantar en la segunda parte del show.

Pocos sabían quién era Juan Gabriel o por qué su nombre aparecía en el cartel de esa noche junto al de una estrella establecida. El dueño del bar, don Ernesto, un hombre mayor que había visto tiempos mejores, subió al escenario para hacer la presentación. Buenas noches, señoras y señores. Esta noche tenemos un talento especial.

Un muchacho que viene recomendado por nuestra querida Prieta Linda dijo tratando de sonar entusiasta. Por favor, reciban con respeto a Juan Gabriel. Los aplausos fueron educados, pero sin entusiasmo real. El tipo de aplauso que se da por cortesía más que por interés genuino. Juan Gabriel subió al escenario con pasos lentos, colocó la guitarra sobre su regazo, miró al público que seguía conversando sin prestarle mucha atención y sintió que las lágrimas comenzaban a brotar sin que pudiera controlarlas. Perdónenme”, dijo al

micrófono mientras las lágrimas corrían por su rostro delgado, marcado por el sufrimiento reciente. El público dejó de hablar inmediatamente, sorprendido por ver a alguien llorar así en un escenario antes siquiera de comenzar a cantar. “Yo sé que ustedes vinieron aquí a pasar una noche agradable, a tomar sus bebidas y escuchar buena música.

Y aquí estoy yo llorando como niño. Su voz temblaba, pero continuó hablando. Hace tres semanas salí de la cárcel de Lecumberry, donde pasé 18 meses acusado de robar cosas que nunca robé. Hubo murmullos entre el público, algunos de incomodidad, otros de curiosidad creciente. No les estoy contando esto para que sientan lástima por mí.

Se los cuento porque las canciones que voy a cantarles esta noche las escribí ahí adentro en una celda fría donde lo único que tenía era mi voz y la esperanza de que algún día alguien las escucharía. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Pochini. Esta primera canción la escribí una noche cuando pensaba en mi madre, que no vino a visitarme ni una sola vez en todo ese tiempo, y en todas las veces que amamos a alguien, pero no tenemos nada material que ofrecerles, excepto nuestro corazón.

Juan Gabriel comenzó a tocar los primeros acordes de No tengo dinero y su voz salió quebrada al principio, cargada con todo el dolor de los 18 meses en Lecumberry. Cantaba sobre no tener dinero para ofrecer a la persona amada, sobre dar solo corazón cuando las manos están vacías y cada palabra parecía arrancada directamente de su experiencia vivida en prisión, donde literalmente no tenía nada, excepto sus canciones.

El público observaba en silencio total. Ya nadie conversaba, nadie pedía bebidas. Todos los ojos estaban fijos en este muchacho que cantaba como si estuviera sangrando emocionalmente frente a ellos. En la tercera fila, una mujer mayor comenzó a llorar abiertamente, limpiándose las lágrimas con servilleta de papel.

En la barra, el bartender había dejado de servir y observaba con expresión absorta. La prieta linda que estaba de pie junto a la entrada del bar también tenía lágrimas corriendo por su rostro mientras veía a su protegido transformar su dolor en algo hermoso. Cuando terminó la primera canción, hubo silencio de 3 segundos que se sintió eterno.

Y entonces el bar explotó en aplausos que duraron casi un minuto completo. Varias personas se pusieron de pie, algo inusual en un bar pequeño donde la gente generalmente permanecía sentada durante todo el show. Juan Gabriel miraba al público sin poder creer la reacción. Había esperado rechazo o indiferencia, pero nunca este nivel de conexión emocional.

Gracias”, logró decir con voz todavía temblorosa. “Muchas gracias por escucharme.” Don Ernesto, que estaba en la parte trasera del bar, miraba la escena con expresión de asombro, porque en 30 años de negocio nunca había visto reacción así después de una sola canción. Juan Gabriel respiró profundo tratando de controlar las lágrimas que seguían amenazando con desbordarse.

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