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La madre invitaba a cenar a la “MEJOR AMIGA” de su hija sin saber que ella era quien la DESTRUÍA psicológicamente en el colegio cada mañana

La madre invitaba a cenar a la “MEJOR AMIGA” de su hija sin saber que ella era quien la DESTRUÍA psicológicamente en el colegio cada mañana

Parte 1

Marisa llevaba toda la tarde entrando y saliendo de la cocina con la solemnidad de quien prepara una cena de Estado, aunque en realidad solo había puesto una mesa para cuatro personas, dos servilletas de tela que llevaban diez años sin ver la luz y una fuente de croquetas que había comprado congeladas y estaba dispuesta a defender como “receta familiar” si alguien preguntaba.

—Claudia, cariño, ¿has puesto ya los vasos buenos?

Claudia, desde el pasillo, contestó con una voz tan apagada que parecía venir de otra casa.

—Sí, mamá.

—¿Los de cristal fino o los que parecen de cristal fino?

—Los finos.

—Madre mía, qué valiente eres. Tu abuela estaría orgullosa o nos denunciaría, una de dos.

Claudia dejó los vasos sobre la mesa con cuidado. Tenía dieciséis años y una manera de moverse por su propia casa como si pidiera permiso al suelo antes de pisarlo. Antes no era así. De pequeña hablaba hasta dormida. En las fotos del salón aparecía con los brazos abiertos, la boca llena de dientes de leche y una energía tan expansiva que Marisa decía que en lugar de hija había tenido una mascletà.

Pero desde hacía meses, Claudia se había ido apagando. Primero dejó de contar anécdotas del instituto. Después dejó de invitar amigas a casa. Luego empezó a decir “bien” cada vez que alguien le preguntaba cómo estaba, con ese “bien” seco, sin aire, que no significa nada bueno.

Marisa lo atribuía a la edad. La adolescencia, decía, era como una reforma en casa: ruido, polvo, puertas cerradas y nadie sabía cuándo iba a terminar.

—¿Y estás contenta de que venga Valeria? —preguntó Marisa, recolocando por tercera vez unos cubiertos que ya estaban rectos.

Claudia se quedó quieta.

—Sí.

—Ay, qué alegría. Por fin conozco a tu mejor amiga. Porque hija, yo ya pensaba que ibas al instituto con testigos protegidos. Nunca cuentas nada.

Claudia tragó saliva.

—No es mi mejor amiga, mamá.

Marisa levantó la cabeza, con una cuchara de madera en la mano y la expresión de una presentadora de concurso cuando alguien falla una pregunta facilísima.

—¿Cómo que no? Pero si siempre vais juntas. Si su madre me dijo el otro día que sois inseparables.

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