PARTE 1: La víspera del desastre
Marta se despertó aquel sábado con una opresión en el pecho que no era normal.
No era el café de cápsula que se había tomado a toda prisa.
No era el estrés del trabajo acumulado de la semana.
Era algo mucho más profundo, más visceral, más puramente español.
Era el cumpleaños de su suegra, Doña Purificación.
En casa de Marta, el cumpleaños de “la Puri” se trataba con la misma solemnidad que una cumbre de la OTAN.
O quizá con más miedo.
Javi, su marido, dormía a su lado con la tranquilidad de quien no tiene que tomar decisiones críticas.
Él siempre decía lo mismo: “Cariño, lo que tú elijas estará bien”.
Marta sabía que esa frase era la trampa más grande de la historia de la humanidad.
“Lo que tú elijas estará bien” significaba en realidad: “Si fallas, la culpa será exclusivamente tuya”.
Marta se levantó de la cama y caminó por el pasillo frío de su piso en el centro de Madrid.
Se miró al espejo del baño y vio ojeras.
Ojeras de haber pasado tres noches soñando con bufandas, perfumes y juegos de sartenes.
El año pasado le regaló un robot de cocina de última generación.
Puri lo usaba ahora para guardar las bolsas de plástico de la compra.
El anterior le regaló un bolso de piel de Ubrique, legítimo y carísimo.
Puri dijo que el color “era muy de señora mayor”, a pesar de que ella tenía sesenta y ocho años.
Marta suspiró y se mojó la cara con agua fría.
Este año tenía que ser diferente.
Tenía que ser algo que no se pudiera guardar en un armario.
Algo que no se pudiera criticar por el color o por el material.
Tenía que ser una experiencia.
Algo que la mantuviera ocupada y, sobre todo, callada durante un par de horas.
Marta bajó a la calle y se dirigió al centro comercial más cercano.
El ambiente estaba cargado de esa electricidad que solo tienen los sábados por la mañana.
Gente corriendo de un lado a otro con bolsas, niños gritando, abuelos mirando escaparates.
Marta entró en una tienda de esas que huelen a lavanda y a incienso antes de cruzar la puerta.
Se acercó al mostrador con el paso decidido de un soldado yendo al frente.
—Buenos días —dijo la dependienta, que lucía una sonrisa demasiado relajada para ser real.
—Quiero un bono para un spa —sentenció Marta sin preámbulos.
La dependienta empezó a recitar una lista de opciones que sonaban a conjuros mágicos.
Habló de envolturas de algas, de piedras volcánicas, de masajes tailandeses y de chorros subacuáticos.
Marta cerró los ojos y se imaginó a su suegra en un jacuzzi.
Se imaginó a Puri quejándose de que el agua estaba demasiado caliente.
O demasiado fría.
O de que las burbujas le despeinaban la permanente que se hacía cada martes en la peluquería “Loli”.
—Deme el pack “Relajación Absoluta” —dijo Marta, sacando la tarjeta de crédito.
—Incluye circuito de aguas, masaje de aromaterapia y té de jengibre al finalizar —explicó la chica.
Marta asintió, aunque sabía que su suegra odiaba el jengibre porque decía que “sabía a colonia”.
Pagó la cantidad estipulada y recibió un sobre dorado muy elegante.
Al salir de la tienda, Marta se sintió extrañamente poderosa.
Tenía el arma definitiva.
¿Quién podría enfadarse por recibir un masaje?
¿Quién podría poner una mala cara ante la promesa de un descanso reparador?
Marta regresó a casa y encontró a Javi desayunando una tostada con aceite.
—Ya lo tengo —anunció ella, dejando el sobre sobre la mesa de la cocina.
Javi lo miró como si fuera un artefacto explosivo.
—¿Qué es? —preguntó él con la boca medio llena.
—Un spa, Javi. Tu madre se va a relajar.
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Javi dejó la tostada y miró a su mujer con una mezcla de admiración y lástima.
—Un spa… —repitió él, procesando la información.
—Sí, un spa. Chorritos, vapor, tranquilidad. Lo que necesita.
—Mi madre no ha estado en un spa en su vida, Marta.
—Pues ya es hora. Siempre se queja de que le duele la espalda y de que no para quieta.
Javi se rascó la cabeza, algo que hacía siempre que presentía que se avecinaba un drama.
—No sé yo, cariño. Mi madre es muy de su casa.
—Javi, por favor. Es un regalo perfecto. Es moderno, es sano y es caro.
—Bueno, si tú lo dices… —concluyó Javi, volviendo a su tostada.
Marta pasó el resto del día ensayando cómo entregaría el sobre.
Tenía que parecer un gesto de puro cariño, de preocupación por su bienestar.
No podía parecer que quería mandarla lejos por un par de horas.
Llegó la noche y apenas pudo dormir pensando en la comida del domingo.
El domingo en España es el día sagrado de la familia, el arroz y los reproches encubiertos.
Se despertaron temprano, se vistieron con sus mejores galas de “domingo en casa de la madre” y salieron.
El coche olía a ambientador de pino y al nerviosismo de Marta.
—No digas nada del precio —le advirtió Marta a Javi mientras aparcaban.
—Que no, que no digo nada.
—Y no pongas esa cara de que algo va a salir mal.
—Pongo la cara que tengo, Marta, no puedo hacer milagros.
Subieron en el ascensor, ese cubículo estrecho que siempre olía a la comida del vecino del tercero.
Marta apretó el sobre dorado contra su pecho.
Era su escudo.
Su ofrenda de paz.
Tocaron el timbre y oyeron los pasos rápidos y cortos de Puri al otro lado.
La puerta se abrió y apareció ella, con su delantal impecable encima de un vestido de flores.
—¡Ya era hora! —exclamó Puri a modo de saludo—. El arroz se va a pasar y aquí no llegaba nadie.
Marta sonrió, ignorando el dardo inicial.
—Felicidades, Puri —dijo, dándole los dos besos de rigor.
Puri se dejó besar mientras miraba de reojo las manos de Marta.
—Pasad, pasad, que el aire de la calle me enfría la casa.
Entraron en el salón, ese lugar donde el tiempo se detuvo en 1984.
Había tapetes en cada superficie plana disponible.
Había fotos de Javi de comunión, de Javi de bebé, de Javi graduado.
Y una foto de la boda de Marta y Javi, estratégicamente colocada detrás de un jarrón de cristal.
—Sentaos, que voy a traer el aperitivo —ordenó la suegra.
Marta y Javi se sentaron en el sofá de escay, que hizo un ruido de succión al recibir su peso.
—¿Se lo doy ya? —susurró Marta.
—Espera a que estemos comiendo, que tendrá mejor cuerpo —respondió Javi en el mismo tono.
Puri volvió con un plato de aceitunas rellenas y unas patatas fritas de bolsa.
—Tomad, que estaréis desnutridos con esas ensaladas que coméis en la capital.
Marta forzó una carcajada.
—Comemos de todo, Puri, no te preocupes.
—Ya, ya… si yo os veo las caras. Estáis transparentes.
Puri se sentó en su sillón orejero, el trono desde el que gobernaba su pequeño imperio.
—¿Y qué tal el trabajo? —preguntó, aunque no le interesaba la respuesta.
—Bien, mucho lío, como siempre —dijo Javi.
—Normal, si es que no os organizáis. En mis tiempos…
Marta sintió que la tensión empezaba a subir por sus cervicales.
Necesitaba entregar el regalo antes de que Puri empezara a hablar de “sus tiempos”.
—Puri, antes de comer… queríamos darte una cosita —dijo Marta, sacando el sobre dorado.
Puri entrecerró los ojos, como si estuviera analizando un objeto sospechoso en la aduana.
—¿Otra cosita? Pero si ya me llamasteis esta mañana.
—Es por tu cumpleaños, mamá —intervino Javi—. Marta lo ha elegido con mucho cariño.
Marta le lanzó una mirada de agradecimiento.
Puri se limpió las manos en el delantal, aunque estaban perfectamente limpias.
Cogió el sobre dorado con la punta de los dedos.
—Pesa poco esto —comentó ella, agitando el sobre cerca de su oreja.
—Lo bueno viene en frascos pequeños, ya lo sabes —dijo Marta, intentando sonar encantadora.
Puri empezó a abrir el sobre con una lentitud exasperante.
Marta sentía que el corazón le latía en las sienes.
Era el momento de la verdad.
La tarjeta salió del sobre, brillando bajo la luz de la lámpara de salón.
Puri se puso sus gafas de cerca, las que llevaban una cadena dorada.
Leyó en voz alta, muy despacio, como si estuviera descifrando un código antiguo.
—”Bono… para… el… Balneario… Urbano… Serenidad”…
Se hizo un silencio espeso en la sala.
Un silencio de esos que se pueden cortar con un cuchillo de sierra.
Puri levantó la vista de la tarjeta y miró fijamente a Marta.
Marta mantuvo la sonrisa, aunque sentía que los músculos de la cara le empezaban a temblar.
—Es un spa, Puri —explicó Marta con voz aguda—. Para que te relajes un poco.
Puri no sonrió.
No dio las gracias.
No se emocionó.
Frunció el ceño de una manera que Marta conocía demasiado bien.
Era el preámbulo de la tormenta perfecta.
PARTE 2: El contraataque de la suegra
La mirada de Puri se clavó en la de Marta con la precisión de un láser industrial.
Javi, por su parte, de repente mostró un interés inusitado por el dibujo de una aceituna que quedaba en el plato.
—¿Un spa? —preguntó Puri, arrastrando las palabras como si fueran piedras.
—Sí, Puri. Es un sitio maravilloso —insistió Marta, tratando de rellenar el vacío—. Tienen de todo.
—¿De todo qué, Marta? —replicó la suegra, dejando la tarjeta sobre la mesa camilla con un golpe seco.
—Pues… piscinas de agua caliente, saunas, baños turcos…
—¿Baños turcos? ¿Y para qué quiero yo irme con los turcos a bañarme?

Marta respiró hondo, contando mentalmente hasta diez en tres idiomas diferentes.
—Es una forma de hablar, Puri. Es vapor. Abre los poros, limpia la piel, te deja como nueva.
Puri se cruzó de brazos, una postura que en su lenguaje corporal significaba “declaración de guerra”.
—¿Me estás diciendo que tengo los poros sucios? —soltó de repente.
Marta parpadeó, completamente descolocada.
—¡No! ¿Cómo voy a decir eso? Es para que descanses.
—¿Que descanse? ¿Acaso me ves tú muy cansada? —continuó Puri, subiendo el tono—. ¿O es que me ves muy vieja?
—No, mamá, no es eso —intervino Javi, intentando mediar—. Es que Marta pensó que te vendría bien un poco de relax.
Puri se giró hacia su hijo con una expresión de traición absoluta.
—¿Relajarme? ¿Tú también, hijo mío?
—Puri, por Dios —dijo Marta, intentando recuperar el control—. Solo es un regalo.
—Ya, un regalo. Un regalo con segundas —sentenció la suegra.
Se levantó del sillón con una agilidad sorprendente para alguien que supuestamente necesitaba un masaje.
Caminó hacia la cocina y Marta la siguió, no dispuesta a dejar que el tema se cerrara así.
—¿Qué segundas puede tener un spa, Puri? Por favor, explícamelo.
Puri se detuvo frente a la encimera y se giró con una espumadera en la mano, como si fuera un cetro.
—¿Me estás diciendo que huelo mal o que estoy muy nerviosa? —soltó la bomba.
Marta se quedó con la boca abierta.
Javi, que había aparecido por detrás, se tapó la cara con las manos.
—¿Que si hueles mal? —repitió Marta, sin poder creer lo que oía—. ¿De dónde sacas eso?
—Un sitio donde te lavan, te frotan y te echan aceites… —razonó Puri—. Eso se le regala a alguien que no se asea en casa.
—Puri, eso es una barbaridad. Todo el mundo va a los spas. Es un lujo.
—¡Lujo mis narices! —exclamó la suegra—. Lujo es una buena colonia de las de toda la vida, no que te meta un desconocido en una bañera.
Marta sintió que la paciencia se le escapaba por los poros (esos que Puri tenía tan limpios).
—Y lo de los nervios… —continuó Puri—. Me regalas esto “para que me relaje”.
—¡Porque siempre estás estresada con la casa, con la comida, con todo! —exclamó Marta.
—¡Estoy estresada porque tengo que cuidar de todos vosotros! —gritó Puri—. ¡Porque si yo no hago el arroz, aquí no se come!
—¡Nadie te ha pedido que hagas arroz hoy, Puri! —dijo Marta, perdiendo ya los papeles—. ¡Te queríamos llevar a comer fuera!
—¡Para comer las porquerías que ponen por ahí! —bufó la suegra—. ¡Ni hablar!
Puri volvió a su arroz, removiéndolo con una furia que amenazaba con romper la paellera.
Marta regresó al salón y se desplomó en el sofá.
—Te lo dije —susurró Javi, sentándose a su lado.
—No me digas que me lo dijiste, Javi. No me lo digas ahora.
—Es que a mi madre no se le puede regalar nada que no sea un pijama o una planta.
—¡Pues el año que viene le regalo un cactus! —exclamó Marta—. ¡A ver si así se siente identificada!
—Baja la voz, que te va a oír.
—¡Que me oiga! Estoy harta de intentar ser la nuera perfecta.
Desde la cocina llegó el sonido de los platos golpeando la mesa.
Puri estaba montando la mesa de la comida con la delicadeza de un elefante en una cacharrería.
Cada plato que ponía sonaba como un disparo.
—¡A comer! —gritó desde el fondo del pasillo.
Marta y Javi se levantaron como condenados a muerte caminando hacia el patíbulo.
Se sentaron a la mesa en un silencio sepulcral.
El arroz tenía una pinta espectacular, pero a Marta le sabía a cartón.
Puri servía las raciones con una precisión militar, asegurándose de que a Marta le tocara la parte con menos tropezones.
—Come, Marta —dijo Puri con una sonrisa falsa—. Que para estar tan nerviosa como dices que estoy yo, tú tienes una cara de muerta que no puedes con ella.
Marta apretó los cubiertos con fuerza.
—Estoy perfectamente, Puri. Gracias por preocuparte.
—No, si no me preocupo. Solo observo. Es lo que hacemos las viejas que olemos mal.
—¡Mamá, ya basta! —saltó Javi—. Marta lo ha hecho con la mejor intención del mundo.
Puri dejó caer la cuchara de servir dentro de la paellera.
—La mejor intención… —repitió con sarcasmo—. La mejor intención es preguntarme qué quiero.
—Te preguntamos hace un mes y dijiste que no querías nada —recordó Marta.
—¡Porque es lo que se dice por educación! —exclamó la suegra—. ¡Pero una nuera que me conoce debería saber mis gustos!
—¡Llevo diez años intentando conocer tus gustos y cambian cada cuarto de hora!
—¡Eso no es verdad! ¡Mis gustos son los mismos de siempre! ¡Cosas útiles!
—¿Y un masaje no es útil? —preguntó Marta, desesperada.
—¿Para qué? ¿Para que me toque un muchacho con las manos llenas de aceite? ¡Qué indecencia!
Marta miró a Javi, buscando apoyo, pero Javi estaba demasiado ocupado intentando diseccionar un trozo de calamar.
—Le estoy diciendo que disfrute… pero veo que es imposible —dijo Marta finalmente, dejando caer los hombros.
Puri se puso recta en la silla, ofendida hasta la médula.
—¿Imposible? ¿Me estás llamando difícil?
—Te estoy diciendo que no aceptas nada que venga de mí sin sacarle una punta negativa.
—¡Porque siempre me traes cosas que no encajan conmigo! —replicó Puri—. El robot ese que habla… ¡me da miedo!
—¡Es una Thermomix, Puri! ¡Solo pica y cocina!
—¡Me mira mal cuando paso por el lado! ¡Y hace unos ruidos infernales!
Marta se tapó la cara con las manos.
La situación era tan absurda que rozaba lo surrealista.
—Puri, el spa está pagado. No se puede devolver.
La suegra se quedó en silencio un momento, procesando la palabra mágica: “pagado”.
—¿Y cuánto ha costado esa tontería? —preguntó con interés renovado.
—No importa el precio —dijo Marta.
—Dímelo. Seguro que te han estafado.
—Ciento veinte euros —soltó Marta, sabiendo que se arrepentiría.
Puri casi se atraganta con un grano de arroz.
—¿¡Ciento veinte euros por que te mojen un poco!? —chilló—. ¡Pero si con eso lleno yo la despensa para un mes!
—Es una experiencia, Puri. Un regalo especial.
—¡Especial es lo que voy a hacer yo con el sobre ese! —dijo Puri, aunque ahora con un brillo diferente en los ojos.
Marta sabía que ese brillo no era de agradecimiento.
Era el brillo de quien ha encontrado una nueva forma de torturar al prójimo.
PARTE 3: La escalada del conflicto
La comida continuó en un estado de tregua armada.
Puri masticaba el arroz como si estuviera triturando las esperanzas de Marta de tener un domingo tranquilo.
—Ciento veinte euros… —susurraba la suegra de vez en cuando, como un mantra maléfico.
—Mamá, por favor, olvida el dinero —suplicó Javi—. Disfruta de la comida.
—Si yo disfruto, hijo, si yo disfruto —decía ella—. Lo que no disfruto es el despilfarro.
Marta decidió que lo mejor era no decir nada más.
Cualquier palabra que saliera de su boca sería usada en su contra en el tribunal de la suegra.
—¿Y cuándo dices que caduca eso? —preguntó Puri de repente, señalando el sobre dorado que seguía en el aparador.
—Tiene un año de validez —respondió Marta, intentando mantener la calma.
—Un año… bueno, pues ya veré qué hago. Quizá se lo regale a la vecina, a la Paqui.
Marta sintió una punzada de indignación en el estómago.
—¿A la Paqui? ¿Le vas a regalar mi regalo a la Paqui?
—A ella le gustan mucho esas modernidades —dijo Puri con indiferencia—. Además, ella sí que está nerviosa, que el hijo no le encuentra trabajo.
—Puri, ese regalo es para ti. Si se lo das a la Paqui, me vas a ofender muchísimo.
—¡Ah! ¿Y a mí no me ofende que pienses que necesito que me froten con barros?
La discusión estaba entrando en un bucle infinito del que no había salida.
Marta miró el reloj.
Solo habían pasado cuarenta minutos desde que llegaron.
Le parecieron cuarenta años.
—Sabes qué, Puri —dijo Marta, levantándose de la mesa—. Haz lo que quieras con el bono.
—¡Claro que haré lo que quiera, para eso es mío! —replicó la suegra.
—Si lo quieres tirar, tírale. Si se lo quieres dar a la Paqui, dáselo.
—¡Vaya humos tienes hoy, Marta! Se nota que no has dormido bien.
—¡No he dormido bien porque estaba pensando en qué regalarte para que estuvieras contenta!
—Pues la próxima vez piensa menos y pregunta más.
Marta se dirigió al salón a por su bolso.
—¿Ya os vais? —preguntó Puri, saliendo de la cocina con un trapo en la mano—. Si todavía no he sacado el postre.
—No tengo hambre de postre, Puri —dijo Marta con voz temblorosa.
—¡He hecho natillas de las que te gustan, Javi! —gritó la suegra, ignorando por completo a su nuera.
Javi se quedó en medio del pasillo, mirando a una y a otra como un árbitro en un partido de tenis de alta tensión.
—Mamá, yo creo que es mejor que nos vayamos… Marta está un poco cansada.
—¡Lo ves! —exclamó Puri triunfante—. ¡Está cansada! ¡Ella es la que necesita el spa!
Marta se giró, con los ojos echando chispas.
—¿Qué has dicho?
—Que te lo quedes tú, hija. Que te hace más falta que a mí. Que vas siempre como una moto.
Marta soltó una carcajada amarga.
—¿Me estás devolviendo el regalo?
—No te lo devuelvo, te lo cedo. Como un acto de caridad.
Marta sintió que algo se rompía dentro de ella.
No era tristeza, era una liberación absoluta.
—Sabes qué, Puri… tienes razón. Me lo voy a quedar yo.
Marta caminó hacia el aparador, cogió el sobre dorado y se lo metió en el bolso.
Puri se quedó de piedra.
No esperaba que Marta aceptara el desafío tan rápido.
En el manual de la suegra española, el contra-regalo es una maniobra de distracción, no un contrato vinculante.
—¿Te lo llevas de verdad? —preguntó Puri, con la voz un poco más baja.
—De verdad. Mañana mismo pido cita. Me voy a dar un masaje de noventa minutos mientras pienso en lo bien que voy a estar.
Puri parpadeó repetidamente.
—Pero… pero si era mi regalo de cumpleaños… —balbuceó.
—Tú has dicho que no lo querías. Que te ofendía. Que olías bien y que no estabas nerviosa.
—¡He dicho que me parecía un despilfarro! —rectificó la suegra—. ¡No que no lo quisiera!
—Pues ahora ya es tarde —sentenció Marta—. Javi, nos vamos.
Javi miró a su madre, que de repente parecía una anciana desamparada a la que le acababan de robar el tesoro de su vida.
—Marta, cariño… a lo mejor te has precipitado —dijo Javi tímidamente.
—¿Yo me he precipitado? —Marta se acercó a su marido—. Tu madre me ha insultado, ha rechazado mi regalo y me ha llamado sucia de forma indirecta.
—¡Yo no he dicho sucia! —chilló Puri desde el umbral de la cocina—. ¡He dicho que un spa es para lavarse!
—¡Es lo mismo! —gritó Marta.
La tensión en el salón era casi sólida.
Puri empezó a fingir que le costaba respirar, llevándose una mano al pecho.
—Ay, mi corazón… qué disgusto me das, Marta. En el día de mi cumpleaños.
—No pongas esa cara, Puri —dijo Marta, sin inmutarse—. Que esa película ya la he visto muchas veces.
—¡Javier! —exclamó la suegra—. ¡Dile algo a tu mujer! ¡Dile que me está matando!
Javi suspiró, sintiendo que su vida se desmoronaba entre dos fuegos imposibles de apagar.
—Mamá, siéntate. Marta, devuélvele el sobre.
—¡Ni hablar! —dijo Marta—. Si se lo devuelvo, volverá a decir que no lo quiere.
—¡Si me lo devuelves, me lo guardo! —dijo Puri, recuperando el aliento de forma milagrosa.
—¿Para dárselo a la Paqui? —preguntó Marta con ironía.
—¡Para ir yo! —exclamó la suegra—. ¡Para ir yo y demostrarte que no me hace falta ninguna relajación!
Marta miró a Puri.
Puri miró a Marta.
Era un duelo al sol en el centro de un salón con alfombras de lana.
PARTE 4: La rendición y el cierre
Marta sacó lentamente el sobre del bolso.
Lo sostuvo en el aire, como quien ofrece una rama de olivo envuelta en espinas.
—¿Vas a ir, Puri? ¿De verdad? —preguntó Marta con escepticismo.
—Voy a ir —afirmó la suegra con la barbilla levantada—. Y me voy a meter en todos los chorros esos.
—¿Incluso en los baños turcos?
Puri dudó un segundo, pero su orgullo era más fuerte que su miedo al vapor.
—Incluso en los turcos. Si ellos pueden, yo también.
Marta le entregó el sobre de nuevo.
Puri lo agarró con fuerza, como si temiera que Marta se arrepintiera en el último momento.
—Eso sí —añadió la suegra—, me tendrás que acompañar.
Marta sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿Que yo te acompañe? El bono es individual, Puri.
—Pues compras otro —dijo ella con una naturalidad pasmosa—. Yo sola no voy a un sitio de esos, que a saber qué me hacen.
Marta miró al techo, pidiendo paciencia a cualquier divinidad que estuviera escuchando.
—O sea, que el regalo de 120 euros ahora me va a costar 240 —calculó Marta en voz alta.
—Es el precio de mi compañía —dijo Puri, volviendo a su sillón con aire de reina—. Y así vigilas que no me ahogue en el jacuzzi ese.
Javi soltó una carcajada que intentó camuflar como una tos.
—Bueno, pues problema solucionado —dijo él, tratando de aliviar el ambiente—. Iréis las dos y os lo pasaréis de miedo.
Marta se imaginó la escena.
Ella y su suegra, metidas en una piscina de agua tibia, con gorros de plástico ridículos en la cabeza.
Puri criticando la presión del agua.
Puri quejándose de que la música de ambiente era “música de ascensor”.
Puri preguntándole a la masajista si los aceites eran de marca blanca o de los buenos.
Era el escenario perfecto para una pesadilla, o para una comedia de terror.
—Está bien, Puri —aceptó Marta finalmente—. Iremos las dos.
—Pero no el sábado que viene —advirtió la suegra—, que tengo que ir a la revisión de la vista.
—Cuando tú quieras, Puri. Cuando tú quieras.
Se sentaron a comer las natillas, que por cierto estaban deliciosas, aunque Marta no se lo dijo para no darle más alas.
La tarde transcurrió de forma extrañamente pacífica.
Puri incluso le enseñó a Marta unas fotos de sus últimas vacaciones en Benidorm, criticando, por supuesto, la comida del hotel.
Cuando Marta y Javi bajaron finalmente a la calle, el sol ya se estaba poniendo.
Marta respiró el aire contaminado de la ciudad como si fuera el oxígeno más puro de la montaña.
—Ha ido mejor de lo que esperaba —dijo Javi mientras subían al coche.
Marta lo miró incrédula.
—¿Mejor? Javi, tu madre me ha chantajeado para que me gaste otros cien pavos en ir con ella a un sitio donde me va a dar la tabarra durante tres horas.
—Ya, pero al menos no te ha tirado el sobre a la cara.
—Eso es cierto. He ganado una batalla, pero he perdido la guerra económica.
Marta se puso el cinturón y apoyó la cabeza en el respaldo.
—Sabes qué es lo peor, Javi?
—¿Qué?
—Que estoy segura de que le va a gustar. Y el año que viene querrá ir a un retiro espiritual en la India o algo así.
Javi arrancó el motor y salieron del barrio.
Marta miró por la ventana, viendo a otras parejas caminando por la calle, probablemente saliendo de comer de casa de otros padres, de otras suegras.
Se sintió parte de una hermandad silenciosa.
La hermandad de los que intentan complacer a lo imposible.
La hermandad de los que regalan con amor y reciben sospechas.
Marta sonrió para sí misma.
Al final, la Puri era única.
Esa capacidad para transformar un gesto de relajación en un conflicto diplomático de alto nivel era casi un talento artístico.
—Oye, Javi —dijo Marta antes de llegar a casa.
—Dime.
—¿Tú crees que de verdad huelo mal?
Javi se quedó callado unos segundos de más.
—¡Javier! —gritó ella.
—¡Que no, pesada! ¡Que es mi madre, que saca punta hasta a una bola de algodón!
Marta se rió.
Mañana pediría la cita para el spa.
Y se compraría el bañador más discreto que encontrara.
Porque sabía que, en cuanto entraran en el agua, la primera frase de Puri sería:
“Marta, ¿no te parece que ese bañador te hace un poco de tripa?”
Y ella, por una vez, simplemente se sumergiría bajo el agua hasta que las burbujas taparan su respuesta.