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La pequeña de Madrid nunca comía su almuerzo

La pequeña de Madrid nunca comía su almuerzo

Parte 1

En la cocina de Carmen, a las siete y dieciséis de la mañana, Madrid todavía tenía cara de no haber decidido si levantarse o pedir cinco minutos más. Por la ventana entraba una luz gris, de esas que no iluminan exactamente, sino que se quedan mirando, como una vecina curiosa detrás de la cortina. En la radio, una locutora hablaba del tráfico en la M-30 con la serenidad de quien anuncia el fin del mundo todos los días y ya ha perdido la emoción.

Carmen, en cambio, estaba en plena misión.

Sobre la encimera tenía abierto un paquete de pan, una loncha de queso que se resistía a separarse de sus hermanas, un tomate partido por la mitad y un pequeño ejército de servilletas dobladas con una precisión que ni en una boda de postín. Preparar el almuerzo de su hija Lucía no era una tarea: era un ritual. Casi una declaración de amor con aceite de oliva.

—Hoy toca bocadillo de tortilla —anunció Carmen, como si en la cocina hubiera prensa acreditada—. Pero tortilla de la buena, ¿eh? Nada de esas tortillas tristes que parecen una alfombra mojada.

Lucía estaba sentada en la mesa, con el uniforme del colegio perfectamente abrochado y la mochila apoyada en una silla. Tenía once años y una forma de mirar el mundo como si siempre estuviera calculando por dónde podía entrar el siguiente problema. Era una niña delgada, de pelo castaño recogido en una coleta baja, con unos ojos enormes que parecían pedir perdón incluso cuando no había hecho nada.

—Mamá, con uno pequeño vale —dijo.

—¿Pequeño? —Carmen se giró con el cuchillo en la mano y una expresión dramática digna de teatro clásico—. ¿Pequeño? Lucía, hija, que tienes clase de Educación Física. ¿Tú sabes lo que quema una persona dando vueltas al patio mientras un señor con silbato grita “¡más rápido!”?

—No damos vueltas. Hoy toca baloncesto.

—Peor me lo pones. El baloncesto desgasta el alma. Pregúntale a tu tío Paco, que una vez jugó en las fiestas del barrio y estuvo tres días diciendo que tenía “la rodilla internacional”.

Lucía sonrió apenas. Una sonrisa cortita, de esas que entran y salen rápido para no molestar.

Carmen envolvió el bocadillo con papel de aluminio. Lo hizo con cuidado, cerrando los bordes como si estuviera protegiendo una joya. Luego lo metió dentro de una fiambrera azul con dibujos de estrellas. Encima puso una mandarina, dos galletas y una servilleta en la que escribió con bolígrafo: “Que tengas un día bonito. Mamá”.

Lo de la nota era una costumbre reciente. Carmen había empezado a hacerlo desde que notaba a Lucía más callada. Al principio pensó que sería cosa de la edad. “Está entrando en esa fase”, le había dicho su hermana por teléfono. “Ahora se ponen raras. Un día te abrazan y al siguiente te miran como si les hubieras arruinado la vida por comprar yogures con trozos”.

Pero Carmen no estaba segura. Lucía no era de montar dramas por yogures. Lucía se apagaba en silencio. Y eso, para una madre, era peor que una rabieta con portazo. Al menos el portazo te decía por dónde iba el fuego.

—¿Te gusta la tortilla así? —preguntó Carmen—. La he dejado jugosita, pero sin pasarse, que luego el pan se pone blandurrio y parece que desayunas una esponja.

—Sí, mamá.

—¿Seguro? Porque puedo hacerte otra cosa. Jamón, queso, atún… Bueno, atún no, que luego en clase huele y se monta una comisión de investigación.

—Está bien.

Carmen se acercó y le apartó un mechón de la frente.

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