Posted in

EL ÚLTIMO ABRAZO EN EL CAMINO DE SANTIAGO

PRÓLOGO: LA CATEDRAL LLORA SANGRE

Sangre. Es curioso cómo el color de la sangre resalta con una belleza macabra, casi obscena, contra el gris milenario y mojado de la piedra gallega. La lluvia, pertinaz y fría, caía sobre la Praza do Obradoiro como agujas de hielo, lavando los pecados de miles de peregrinos, pero incapaz de limpiar la mancha carmesí que se extendía bajo el cuerpo de aquel hombre.

Las campanas de la Catedral de Santiago de Compostela comenzaron a repicar, marcando el mediodía. Un sonido ensordecedor, triunfal, que contrastaba brutalmente con el estertor agónico que escapaba de los labios de él. Estaba de rodillas, con las manos aferradas a su propio abdomen, sintiendo cómo la vida se le escapaba entre los dedos entumecidos por el frío y el dolor. Sus ojos, antes llenos de una devoción febril y un amor ciego, ahora estaban dilatados por el terror y la más absoluta incomprensión.

Frente a él, de pie como una estatua de hielo, estaba ella. Lucía. O al menos, así se había hecho llamar durante los últimos ochocientos kilómetros. El agua empapaba su cabello oscuro, pegándolo a su rostro pálido, esculpido por el cansancio de semanas de caminata y por una determinación que helaba la sangre. En su mano derecha, oculta hasta hacía un segundo en el bolsillo de su chubasquero, brillaba el metal pulido de una navaja de caza, ahora teñida de rojo. El agua resbalaba por la hoja, goteando sobre los adoquines con un ritmo hipnótico.

—¿Por qué? —logró articular él, tosiendo una burbuja de sangre que le manchó la barba rala—. Te amo… Íbamos a empezar de cero…

La mujer no parpadeó. No hubo lástima en su mirada, ni remordimiento, ni siquiera la pasión ardiente de la venganza. Solo había un vacío abismal, un abismo forjado en las llamas del infierno ocho años atrás. Lentamente, se arrodilló frente a él, acercando su rostro al de aquel hombre que se desangraba a la sombra de los apóstoles. El olor a ozono de la tormenta se mezcló con el hedor metálico de la muerte inminente.

—No vamos a empezar de cero, Mateo —susurró ella. Su voz, que durante treinta y cinco días había sido un bálsamo de ternura, ahora rasgaba el aire como cristales rotos—. Porque tú me mataste hace ocho años.

El hombre, al escuchar ese nombre, “Mateo”, abrió los ojos desmesuradamente. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia le recorrió la espina dorsal. Mateo. Nadie lo llamaba así desde aquella noche de fuego y cenizas. Él era Alejandro ahora. Alejandro, el peregrino en busca de expiación. Alejandro, el hombre con un rostro nuevo, esculpido por cirujanos plásticos en Brasil tras el “accidente”.

Él alzó una mano temblorosa, manchada de su propia muerte, intentando tocar el rostro de la mujer. Sus retinas escanearon sus facciones. Aquellos pómulos afilados, esa nariz recta, los ojos oscuros y duros… De repente, como un relámpago que ilumina un paisaje en la más profunda oscuridad, la ilusión se rompió. Las piezas del rompecabezas, distorsionadas por el tiempo, el hambre, las cirugías reconstructivas y una pérdida de peso extrema, encajaron con una violencia devastadora.

No era Lucía. Dios misericordioso, no era Lucía.

—¿Elena? —el nombre salió de sus labios como un gemido ahogado, un fantasma invocado desde la tumba—. Pero tú… tú moriste en el incendio… Yo vi las cenizas…

—Los monstruos no dejamos que el fuego nos consuma, Mateo. Nos forjamos en él —respondió ella, agarrando bruscamente la mandíbula del hombre, obligándolo a mirarla a los ojos—. Me arrebataste todo. Mi rostro original, mi familia, mi dignidad. Me dejaste ardiendo en aquella casa en Málaga mientras tú huías con los millones de la póliza. Creíste que eras un fantasma intocable. Pero los fantasmas no caminan a Santiago de Compostela buscando perdón.

Mateo intentó respirar, pero sus pulmones se llenaban de líquido. El dolor era insoportable, pero palidecía ante la monstruosidad de la revelación. Se había enamorado profundamente, desesperadamente, de la mujer a la que había intentado asesinar ocho años atrás. Habían compartido cama, lágrimas, ampollas y secretos bajo las estrellas de la Meseta. Ella le había curado las heridas de los pies, mientras afilaba la hoja que ahora le partía el estómago.

—Lo sabías… —susurró él, escupiendo más sangre—. Todo el Camino… lo sabías.

—No al principio —confesó Elena, su voz descendiendo a un susurro casi íntimo, acariciando el cabello empapado del hombre que moría—. Al principio, solo eras un extraño encantador con una mochila demasiado pesada. Pero los cuerpos tienen memoria, Mateo. La forma en que respiras cuando duermes, ese tic en tu ojo izquierdo cuando mientes, la alergia a las nueces en Burgos… Fui hilando los detalles. Y cuando me di cuenta de quién eras realmente, bajo esa máscara de silicona y arrepentimiento barato, decidí que Dios no sería el único en juzgarte al final de este peregrinaje.

El sonido de sirenas de policía comenzó a rasgar el murmullo de la lluvia en la distancia. Los pocos peregrinos que estaban en la plaza, inicialmente paralizados por el shock creyendo que se trataba de una emergencia médica, ahora gritaban, señalando el charco de sangre y el cuchillo.

Elena se puso de pie lentamente. No intentó huir. No soltó el arma. Miró hacia la imponente fachada de la Catedral, con sus torres gemelas apuntando a un cielo gris y hostil. Había llegado a la meta. Su propio y retorcido jubileo.

Mientras la consciencia de Mateo se desvanecía en un túnel de oscuridad y frío, su mente, en un último y desesperado intento de aferrarse a la cordura, viajó hacia atrás en el tiempo. Regresó a las montañas nevadas de los Pirineos. Al primer día. Al día en que el diablo y la vengadora se conocieron disfrazados de peregrinos rotos. Al momento en que este abrazo mortal comenzó a tejerse, paso a paso, sobre el polvo del Camino de Santiago.

Read More