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La Última Carta de Amor en Córdoba

El frío del mármol calaba hasta los huesos de Elena, pero el temblor de sus manos no se debía a la baja temperatura de la madrugada andaluza. Estaba agazapada tras una de las ochocientas cincuenta y seis columnas de la Mezquita-Catedral de Córdoba, con la respiración contenida y los ojos muy abiertos en la penumbra. El silencio del inmenso bosque de piedra y arcos de herradura era absoluto, hasta que un sonido húmedo y arrastrado rompió la quietud. Alguien, o algo, se arrastraba por la nave central hacia el Mihrab.

Elena apretó contra su pecho un pergamino arrugado, manchado con una sustancia ferruginosa que olía inconfundiblemente a sangre fresca. Sus latidos retumbaban en sus oídos como los tambores de una marcha fúnebre. Hace apenas tres horas, su compañero de turno, el viejo guardia de seguridad Manuel, había sido encontrado en el Patio de los Naranjos con el rostro contorsionado en una máscara de terror absoluto, sin una sola herida visible, pero con los ojos en blanco y el corazón reventado desde dentro. Y junto a su cuerpo sin vida, este pergamino. Una carta. Otra más.

La tinta, trazada en una caligrafía cúfica impecable, aún estaba húmeda. Elena no necesitaba un traductor para saber qué decía, pues las pesadillas se lo habían estado susurrando durante semanas. «Mi alma te busca a través de los siglos, mi amada. Pero la sombra que me persigue exige un peaje por cada grieta que abro en el tiempo. Hoy, un guardián ha caído. Pronto, no habrá barrera entre nosotros. Espérame donde la luz de Alá no se atreve a tocar la piedra».

Firmado: Tariq. Año 540 de la Hégira. El año 1145 de nuestra era.

Elena cerró los ojos con fuerza, sintiendo que la cordura se le escapaba por las yemas de los dedos. Tariq no era un fantasma, no era una leyenda. Era el hombre con el que había cenado la noche anterior en una taberna cerca del Alcázar. El hombre de piel aceitunada, ojos oscuros como el ónix y sonrisa melancólica del que se había enamorado perdidamente desde que él llegó a Córdoba hace un mes para unas supuestas prácticas de restauración arqueológica. Pero el Tariq de la taberna, el que le besaba el cuello y le hablaba de poesía andalusí con una devoción inusual, le había confesado una verdad que ella tomó por una metáfora romántica, un juego de rol elaborado: «No soy de este tiempo, Elena. Vengo de una Córdoba asediada, de un siglo donde la magia oscura fue mi única salvación para encontrarte. Y al cruzar, he traído a la Muerte conmigo».

De repente, un crujido espantoso resonó cerca de la Capilla de Villaviciosa. Elena ahogó un grito. Una sombra se proyectó contra los arcos bicolores de ladrillo y piedra. No era la sombra de un ser humano. Era una silueta alargada, retorcida, con extremidades que parecían astillas de obsidiana. Era la manifestación física de la maldición temporal, el guardián del abismo que Tariq había engañado para poder enviar sus cartas hacia el futuro, y que ahora cobraba su venganza devorando la fuerza vital de cualquier persona cercana a Elena.

—¡Elena! —un susurro rasgó la oscuridad. Era la voz de Tariq. Venía desde el interior del Mihrab, la zona más sagrada de la antigua mezquita.

Elena dudó. Si corría hacia él, podría atraer a la entidad de las sombras. Si se quedaba, moriría sola entre columnas milenarias. Impulsada por una mezcla de terror y un amor que desafiaba toda lógica, se puso en pie y echó a correr. Sus zapatillas de lona apenas hacían ruido sobre el suelo gastado. Esquivó las verjas renacentistas, cruzó las naves islámicas sintiendo el peso de los siglos sobre sus hombros. La criatura de la sombra emitió un siseo escalofriante al detectar su movimiento y comenzó a perseguirla. El frío se intensificó, congelando el aliento de Elena en el aire. Las luces de emergencia comenzaron a parpadear y estallar una por una, sumiendo el monumento en una oscuridad casi total, solo rota por la luz de la luna que se filtraba por los lucernarios.

Al llegar a las intrincadas celosías del Mihrab, unas manos fuertes la atraparon y la tiraron hacia el interior del nicho de oración. Era Tariq. Su rostro estaba pálido, cubierto de un sudor frío, y sus manos estaban manchadas de la misma tinta roja del pergamino.

—Te dije que no vinieras esta noche —le recriminó Tariq en un susurro desesperado, abrazándola contra su pecho—. El Ifrit del tiempo ha encontrado la brecha. Manuel… no pude salvarlo. Intentó detener la manifestación de la carta.

—¿Eres tú? —sollozó Elena, tocando su rostro, sintiendo la carne cálida y real, incapaz de reconciliar a este hombre de carne y hueso con el autor de cartas de hace novecientos años—. Dime que todo esto es una locura, Tariq. Dime que hay una explicación.

—La hay, habibi —respondió él, besando su frente mientras el siseo de la criatura se acercaba a las puertas del Mihrab, arañando la piedra con sonido a cristales rotos—. Nací en el año 1120. Fui un erudito en la biblioteca de los Omeyas, aunque el califato ya había caído. Descubrí textos de magia prohibida en las ruinas de Medina Azahara. Vi tu rostro en una visión del futuro. Vi a la mujer de mi alma, trabajando entre estas mismas columnas, mil años después de mi muerte. No pude soportar la idea de vivir una vida sin ti, así que hice un pacto. Escribí cartas usando mi propia sangre y el polvo de estrellas caídas, ligando mi alma a la tuya a través del tiempo. El hechizo me permitió viajar físicamente a tu época, pero a un costo terrible.

El suelo bajo ellos tembló. Las ricas decoraciones de mosaicos bizantinos del Mihrab parecieron retorcerse.

—El pacto exige equilibrio, Elena —continuó Tariq, con lágrimas en los ojos—. Por cada día que paso en tu época, una vida inocente debe ser reclamada por la entropía del tiempo. Manuel fue el primero. Pero el demonio no se detendrá. Destruirá tu mundo para corregir la anomalía que yo he creado.

—Entonces… nuestro amor es una sentencia de muerte —susurró Elena, sintiendo que el mundo se derrumbaba.

—Lo es. Y la única forma de detenerlo es que yo regrese. Que cierre la brecha.

El sonido de garras arañando el arco del Mihrab los interrumpió. Una oscuridad espesa y antinatural comenzó a filtrarse por la entrada. Tariq se interpuso entre Elena y la entidad. Susurró unas palabras en un dialecto árabe antiquísimo. Sus manos comenzaron a brillar con una luz dorada y enfermiza.

—He preparado un último sello —dijo Tariq, mirándola por encima del hombro. Sus ojos reflejaban un dolor insoportable—. Pero para activarlo, debo escribir la última carta. Y debe ser sellada con la sangre de quien abrió la puerta.

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