El bandoneón lloraba. No era un sonido, era un lamento que se arrastraba por las paredes de piedra húmeda del local subterráneo en el corazón del Barri Gòtic. Barcelona entera parecía contener la respiración esa noche. El aire pesaba, cargado de humo de tabaco negro, sudor y el aroma denso de la pasión contenida. Yo, Elena, estaba en el centro de la pista, envuelta en un vestido rojo sangre que se adhería a mi piel como una segunda condena. La luz cenital cortaba la oscuridad, iluminando solo el espacio donde la danza nos devoraría.
Faltaban tres segundos para que mi nuevo compañero de baile saliera de las sombras. Tres segundos.
El maestro de ceremonias lo había anunciado como “El Forastero”, un reemplazo de última hora enviado desde Buenos Aires tras la repentina lesión de mi pareja habitual. No habíamos ensayado. Ni siquiera habíamos cruzado una palabra. La regla del tango en este antro clandestino era estricta: la improvisación nacía del instinto, de la conexión brutal entre dos cuerpos que se leen en la oscuridad.
Dos segundos.
Escuché sus pasos. Firmes. Depredadores. El crujido imperceptible del cuero de sus zapatos contra la madera gastada hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal. Había algo en ese ritmo… un eco que mi mente se negaba a procesar.
Un segundo.
Su mano izquierda tomó la mía. El contacto fue una descarga eléctrica, un latigazo de memoria pura que me paralizó los pulmones. Esa textura. La cicatriz en forma de media luna rozando mi palma. Imposible. Mi cerebro gritó una advertencia primaria, pero el impulso del tango ya nos había arrastrado. Su brazo derecho envolvió mi cintura, atrayéndome hacia su pecho con una fuerza posesiva, absoluta, y mortalmente familiar.
Levanté la vista de golpe, rompiendo la regla de oro de mantener el perfil estoico. Sus ojos se clavaron en los míos.
El mundo se detuvo. El sonido del bandoneón se desvaneció en un zumbido ensordecedor. Las caras de los espectadores, ocultas en la penumbra, se borraron. Solo quedó él.
Mateo.
El marido de mi hermana. El hombre que había desaparecido hace cuatro años, exactamente la misma noche en que encontramos a Isabella muerta.
—No te detengas, Elena. Baila, o nos matarán a los dos —susurró él. Su aliento rozó mi oreja, y la voz, esa voz ronca y profunda que había poblado mis peores pesadillas y mis fantasías más inconfesables, me confirmó la locura.
Era él. Estaba vivo. Y estaba aquí, sosteniéndome en un abrazo mortal mientras el público aplaudía el inicio de “La Cumparsita”.
El terror me embargó, un pánico frío y viscoso que me subía por la garganta. Quise gritar. Quise empujarlo, salir corriendo por las calles adoquinadas del Barrio Gótico, gritarle al mundo que el asesino o el fantasma de mi cuñado había vuelto. Pero mis piernas, entrenadas para la obediencia rítmica, respondieron al tirón de su cuerpo. Di el primer paso hacia atrás. Ocho pasos básicos. Un ocho hacia adelante. Mi cuerpo bailaba por inercia, por pura supervivencia, mientras mi mente se fracturaba en mil pedazos.
¿Cómo? La sangre de Isabella empapando las sábanas blancas de su apartamento en L’Eixample. La policía buscando durante meses. El ataúd cerrado. La tumba donde lloré la pérdida de mi única hermana. El vacío. La sospecha de que él la había asesinado y huido. Todo eso chocaba contra la dura y caliente realidad de su pecho contra el mío.
—Eres un fantasma —logré articular, apenas moviendo los labios, mientras él me guiaba en un gancho violento que hizo jadear al público.
—Soy lo único real que te queda —replicó Mateo, sus ojos oscuros brillando bajo la luz cenital con una intensidad febril—. Tienes que confiar en mí. Solo tenemos estos tres minutos.
—¿Confiar en ti? —Una risa histérica se ahogó en mi garganta. Él me hizo girar, mi vestido rojo trazando un círculo de fuego en el aire antes de volver a chocar contra su cuerpo—. ¡Desapareciste! ¡Isabella está muerta!
—¡Yo no la maté! —La ferocidad en su susurro me hizo tropezar, pero él me sostuvo, enmascarando mi error con una sacada tan elegante que el público aplaudió de nuevo. La tensión entre nosotros no era solo odio o miedo; era una corriente subterránea, volcánica, algo que siempre había existido entre los dos, incluso cuando Isabella estaba viva. El pecado que nunca me perdoné. La atracción prohibida que me hizo odiar a mi hermana en secreto y odiarme a mí misma aún más.
Él también lo sentía. Podía notarlo en la forma en que sus dedos se hundían en mi espalda, en cómo nuestros muslos se entrelazaban en cada figura del baile, rozando el límite de la decencia. Estábamos bailando sobre la tumba de Isabella.
—Están aquí, Elena —murmuró Mateo mientras hacíamos una pausa dramática, mi espalda arqueada hacia atrás, su rostro a milímetros del mío, casi besándonos frente a cien extraños—. En el público. Los hombres que la mataron. Los hombres de los que llevo cuatro años huyendo.
La sangre se me heló. Traté de mirar de reojo hacia las mesas en la oscuridad.
—No mires —me ordenó, tirando de mí hacia arriba y reanudando el compás acelerado del final de la pieza—. Si saben que yo sé quiénes son, o si se dan cuenta de que te lo he dicho, no saldremos vivos de este sótano. Tú solo sonríe. Eres la reina de la pista, Elena. Actúa como tal.
Cada giro era una tortura, cada cruce de piernas una ruleta rusa. Mi mente procesaba la información a la velocidad de la luz. Si Mateo decía la verdad, el asesino de mi hermana nos observaba desde las sombras. Si mentía, estaba bailando abrazada al monstruo que destruyó mi familia. De cualquier manera, el peligro era inminente, respirando en mi nuca.
El último acorde del bandoneón resonó, desgarrador y final. Mateo me arrinconó en la pose de cierre: su pierna entre las mías, mi brazo alrededor de su cuello, mi pecho subiendo y bajando erráticamente contra el suyo. La sala entera estalló en una ovación atronadora, de pie, gritando. Habían presenciado el baile más crudo, violento y apasionado de la temporada. No sabían que habían aplaudido una crisis de pánico disfrazada de arte.
Nos separamos lentamente. Él me ofreció su brazo, haciendo una reverencia hacia el público. Su rostro estaba bañado en sudor, pero su expresión era una máscara de piedra.
—Caminaremos hacia el camerino —dijo, sonriendo al público, pero su tono era gélido—. Si intentas escapar, no podré protegerte.
Tomé su brazo, sintiendo el calor de su piel a través de la fina tela de su camisa. Caminamos hacia el estrecho pasillo que llevaba a los camerinos, dejando atrás los aplausos. En cuanto la puerta de madera maciza se cerró tras nosotros, aislándonos del ruido, la máscara cayó.
Me liberé de su agarre con un movimiento brusco y retrocedí hasta chocar contra los espejos iluminados. Agarré unas tijeras de peluquería que estaban sobre el tocador y se las apunté directamente al pecho. Mi mano temblaba, pero mis ojos estaban fijos.
—Atrás —grité con voz ronca, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con derramarse—. No des un puto paso más, Mateo.
Él levantó las manos en señal de rendición, respirando pesadamente. Había envejecido. Las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas, y tenía una cicatriz nueva que le cruzaba la mandíbula izquierda. Pero seguía siendo él. El hombre que me había roto el corazón al casarse con Isabella, el hombre al que había amado en secreto desde el día en que lo conocí en aquel café de la Plaça de Catalunya.
—Baja eso, Elena —dijo con calma desesperante—. Si quisiera hacerte daño, no habría arriesgado mi vida saliendo a esa pista de baile.
—¡Me has arruinado la vida! —le espeté, avanzando un paso con las tijeras—. Cuatro años, Mateo. Cuatro años llorándola. Cuatro años siendo interrogada por la policía, sintiéndome vigilada, creyendo que tú…
—Creías que yo la degollé en nuestra propia cama y luego me esfumé en la noche. —Su voz no tenía ira, solo un cansancio infinito—. Eso es lo que ellos querían que creyeras. Eso es lo que la policía, pagada por ellos, se encargó de difundir.
—¿Quiénes son ellos? —exigí, sintiendo que la realidad se tambaleaba.
Mateo dio un paso adelante. Yo retrocedí, chocando los hombros contra el espejo. Podía oler su loción de afeitar, mezclada con el sudor del tango. Era un aroma embriagador que activaba resortes prohibidos en mi interior, haciéndome odiar mi propia debilidad.
—El Sindicato de la Sombra. No es una mafia común, Elena. Operan desde el puerto, mueven desde arte robado hasta vidas humanas. Tu hermana… Isabella… ella no era la santa que tú creías.
—¡Cállate! —grité, lanzando un tajo al aire con las tijeras. Él no se inmutó—. No te atrevas a ensuciar su nombre.
—Isabella trabajaba para ellos. —Las palabras cayeron como yunques en el pequeño camerino. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por nuestras respiraciones aceleradas—. Era la contable principal. Lavaba dinero a través de la galería de arte. Cuando descubrí lo que hacía, quise que huyéramos. Quise ir a la policía. Pero ella se asustó. Trató de robarles un archivo, un disco duro con todas las transacciones, como seguro de vida. La descubrieron.
Negué con la cabeza frenéticamente.
—Es mentira. Isabella era curadora de arte. Solo organizaba exposiciones.
—¿Cómo crees que pagaba ese ático en L’Eixample, Elena? ¿Con la venta de acuarelas de artistas locales? Despierta. La mataron para recuperar la información. Yo llegué esa noche a casa, la encontré… —La voz de Mateo se quebró. Por un segundo, vi el dolor real, desnudo y sangrante en sus ojos, el mismo dolor que me había consumido a mí—. La encontré desangrándose. El asesino aún estaba en la casa. Luché con él. Por eso tengo esta cicatriz. —Señaló la marca en su mandíbula—. Logré escapar por los tejados porque sabía que el siguiente era yo, y que la policía ya estaba comprada para incriminarme. He pasado cuatro años en las sombras, en Marsella, en Nápoles, reuniendo pruebas, buscando ese disco duro que ella escondió.
Dejé caer las tijeras. El ruido metálico contra las baldosas pareció ensordecedor. Mis piernas fallaron, pero antes de que pudiera caer al suelo, Mateo me sostuvo. Sus brazos me rodearon, fuertes y cálidos. Me aferré a su camisa, escondiendo el rostro en su pecho, sollozando sin lágrimas, sobrepasada por el shock, la traición póstuma de mi hermana, y el miedo.
—¿Por qué has vuelto ahora? —murmuré contra la tela.
—Porque encontraron el rastro del disco duro. Isabella no lo escondió en su apartamento ni en la galería. Te lo dio a ti, Elena.
Me separé de él, mirándolo con incredulidad.
—Yo no tengo nada. No me dio nada antes de morir.
—Piensa, Elena —insistió, agarrándome por los hombros, sus ojos perforando mi mente—. Los días antes de su muerte. Un regalo, un objeto, algo que te pidiera que guardaras. El Sindicato sabe que tú debes tenerlo. Por eso esta noche había dos hombres de ellos en el público. Han venido a por ti. Tuve que interceptar al bailarín real, sobornarlo y tomar su lugar para acercarme a ti antes de que ellos lo hicieran en el callejón al salir del local.
Mi mente viajó en el tiempo, retrocediendo a los días previos a la pesadilla. Isabella siempre radiante, pero últimamente nerviosa, fumando sin parar, mirando por la ventana. Nuestro último café en las Ramblas. Me había dado…
Un jadeo escapó de mis labios.
—El camafeo —susurré—. El collar vintage que me regaló por mi cumpleaños, tres días antes de morir. Dijo que era una reliquia, que nunca debía abrirlo, que se arruinaría el mecanismo. Lo tengo en mi joyero en casa.
Los ojos de Mateo brillaron con una mezcla de triunfo y pánico.
—Un microchip oculto. Es eso. Tenemos que ir a tu casa ahora mismo. Si lo consiguen, estás muerta, y yo también.
Un golpe seco en la puerta del camerino nos hizo saltar. Luego, el tintineo de un manojo de llaves.
—¿Elena? —Era la voz de Carlos, el dueño del local—. Tienes visita. Unos caballeros dicen ser admiradores de tu baile. Quieren pasar a felicitarte.
Mateo y yo cruzamos una mirada de pánico absoluto. Los hombres del Sindicato estaban del otro lado de la puerta.
—Diles que me estoy cambiando, Carlos, saldré en un minuto —grité, esforzándome por mantener la voz firme.
—Date prisa, nena. Parecen impacientes.
Escuchamos los pasos de Carlos alejarse, dejando a los “admiradores” plantados frente a la puerta.
Mateo se movió con rapidez felina. Agarró una vieja silla de madera y la encajó bajo el pomo de la puerta. Luego, corrió hacia la pequeña ventana en la parte alta de la pared del camerino, que daba a un callejón trasero.
—¿Puedes trepar por aquí con ese vestido? —preguntó, subiéndose al tocador y empujando el vidrio oxidado, que cedió con un gemido agudo.
Miré mi vestido rojo, ceñido y con una gran abertura lateral. Agarré la tela de la falda y la rasgué sin piedad hasta el muslo para poder moverme.
—He bailado tango con tacones de aguja durante diez años, Mateo. Puedo hacer cualquier cosa.
Me subí al tocador. Él me ayudó a impulsarme a través de la estrecha ventana. El aire frío de la noche barcelonesa me golpeó el rostro. Salí a tropezones hacia el callejón oscuro y maloliente, aterrizando sobre unos cartones húmedos. Un segundo después, Mateo cayó silenciosamente a mi lado.
Detrás de nosotros, en el interior, escuchamos un estruendo. Habían echado abajo la puerta del camerino.
—¡Corran! —gritó una voz grave y desconocida desde dentro.
Mateo agarró mi mano, entrelazando sus dedos con los míos con la misma firmeza con la que me había sostenido en la pista de baile. Y empezamos a correr.
El Barri Gòtic de noche es un laberinto diseñado para perderse. Calles estrechas y sinuosas, plazas ocultas y sombras milenarias que parecen tragar a los transeúntes. Corríamos despavoridos por las calles adoquinadas de piedra, el sonido de mis tacones resonando como disparos en el silencio sepulcral.
—¡Quítate los zapatos! —me ordenó Mateo al doblar una esquina hacia el Carrer del Bisbe.
Me detuve un segundo, me descalcé y continué corriendo descalza, sintiendo la humedad fría de las piedras bajo las plantas de mis pies. Mi corazón latía con la misma furia descontrolada del bandoneón de hace unos minutos.
Escuchamos pasos pesados detrás de nosotros. Dos, tal vez tres personas. Nos estaban cazando.
Mateo me empujó hacia un portal oscuro de madera antigua. Nos aplastamos contra la pared, en la oscuridad más absoluta, conteniendo la respiración. Nuestros cuerpos estaban apretados uno contra el otro. A pesar del terror visceral de ser asesinados, la proximidad de Mateo encendía un fuego traicionero en mi interior. Podía sentir los latidos de su corazón contra mi pecho. Su respiración agitada en mi cuello. El recuerdo de tantas noches imaginando esto, deseando lo que era de mi hermana, me llenó de culpa y de un deseo irrefrenable.
Los pasos se acercaron. Sombras alargadas se proyectaron en la calle frente al portal.
—Se han metido por los callejones. Separaos. Revisad cada rincón —dijo una voz metálica, amenazante.
Los pasos se dividieron y se alejaron poco a poco.
Nos quedamos en silencio durante lo que parecieron horas. Finalmente, Mateo relajó ligeramente la postura y suspiró.
—Tenemos que llegar a tu apartamento, en Gràcia —dijo en voz muy baja—. ¿Tienes las llaves?
Asentí en la oscuridad, tocando el pequeño bolsillo escondido en el forro interior de mi escote donde siempre guardaba mi llave.
—Bien. Iremos por las calles secundarias. Mantente pegada a mí.
Salimos del portal con la cautela de dos fantasmas. La caminata hacia Gràcia fue un suplicio. Sin zapatos, mis pies sangraban levemente por los cortes de los cristales y las piedras sueltas de la calle. Pero la adrenalina adormecía el dolor. Mientras avanzábamos, ocultándonos en los soportales cada vez que un coche pasaba cerca, las preguntas que habían estado martillando mi cabeza comenzaron a salir.
—Mateo… si Isabella te estaba ocultando que trabajaba para la mafia, ¿cómo te enteraste?
Él no me miró mientras respondía, manteniendo la vista fija en los cruces de las calles.
—Descubrí unas transferencias extrañas en nuestra cuenta conjunta. Cifras enormes que entraban y salían en cuestión de minutos hacia paraísos fiscales. Cuando la confronté, lloró. Me dijo que había sido un error de juventud, que los del Sindicato la habían ayudado a financiar la galería al principio y luego la habían obligado a ser su mula financiera. Me juró que estaba buscando la forma de salir.
—Y tú la creíste —dije, con un dejo de amargura que no pude evitar.
Mateo se detuvo bajo la luz amarillenta de una farola parpadeante y me miró directamente a los ojos. Había dolor en ellos, pero también una verdad cruda.
—La quería, Elena. Era mi esposa. Pero… nuestro matrimonio ya estaba roto mucho antes de eso. Tú lo sabes.
Aparté la mirada, sintiendo mis mejillas arder. Sí, lo sabía. El matrimonio de Isabella y Mateo había sido un desastre espectacular de puertas para adentro. Isabella era un espíritu libre, volátil, ambiciosa, a menudo egoísta. Mateo buscaba paz, un hogar. Y en medio de esa tormenta, siempre estuve yo. La hermana pequeña, la bailarina callada que lo observaba en las cenas familiares, que leía los mismos libros que él, que entendía sus silencios.
Una noche, un año antes de la muerte de Isabella, nos habíamos quedado solos en la cocina durante una fiesta. Ella estaba borracha, coqueteando con otros en el salón. Mateo y yo habíamos chocado accidentalmente al coger una botella de vino. Sus manos rozaron las mías. El contacto duró segundos, pero la electricidad, la comprensión mutua de lo que sentíamos y jamás debíamos cruzar, quedó sellada en el aire. Nunca hablamos de ello. Hasta hoy.
—No hablemos del pasado —murmuré, retomando la marcha para ocultar mi nerviosismo—. Ahora solo importa recuperar ese collar y salir vivos.
Llegamos a mi edificio en el barrio de Gràcia pasada la medianoche. Era un bloque antiguo, modernista, con una puerta de hierro forjado pesado. Entramos rápidamente. Subimos los tres pisos por las escaleras, evitando el ruido del ascensor.
Abrí la puerta de mi apartamento. Todo estaba a oscuras, silencioso. Exactamente como lo había dejado.
—No enciendas las luces principales —susurró él, cerrando la puerta con seguro y pasando el cerrojo—. Usa una lámpara pequeña.
Fui al dormitorio principal, con Mateo siguiéndome de cerca. Encendí la tenue luz de la mesilla de noche. La habitación estaba ordenada. Fui directamente al tocador, abrí el cajón superior y saqué el joyero de madera tallada.
Mis manos temblaban mientras abría la tapa. Aparté anillos sin valor y cadenas enredadas, buscando el tacto frío del camafeo de plata antigua.
Mis dedos rozaron el fondo vacío recubierto de terciopelo.
Mi corazón dio un vuelco. Saqué todo el contenido del joyero, arrojándolo sobre la cama. Collares, pendientes, pulseras. Todo estaba allí. Excepto el camafeo.
—No está.
Mateo palideció. Se acercó rápidamente, revisando entre las joyas desparramadas, buscando dobles fondos en la caja.
—Tiene que estar. ¿Lo llevaste puesto últimamente? ¿Lo dejaste en el teatro?
—¡No! —Mi respiración se volvió superficial. El pánico volvía a asfixiarme—. Nunca lo uso. Era un recuerdo doloroso. Siempre estuvo aquí… a menos que…
Un crujido proveniente del salón interrumpió mis pensamientos.
Nos quedamos congelados. Alguien más estaba en el apartamento.
Mateo me hizo una seña para que me agachara tras la cama. Metió la mano debajo de su chaqueta y sacó, para mi horror, una pistola negra y compacta. El hombre que yo conocía, el arquitecto tranquilo, portaba un arma con la soltura de un profesional.
El ruido se repitió. Pasos lentos y calculados, acercándose por el pasillo hacia el dormitorio.
Mateo se posicionó junto al marco de la puerta. Retuvo la respiración. Yo me tapé la boca con ambas manos para ahogar cualquier sonido.
La figura se asomó por la puerta, recortada contra la oscuridad del pasillo, sosteniendo una linterna en una mano y algo que brillaba metálicamente en la otra.
En un movimiento relámpago, Mateo se abalanzó sobre el intruso. Agarró la muñeca del arma, golpeándola contra la pared hasta hacer que un revólver con silenciador cayera al suelo. La linterna rodó por el parqué, iluminando fragmentos de la pelea. Cuerpos chocando, gruñidos de esfuerzo.
El intruso era fuerte, pero Mateo peleaba con la furia desesperada de alguien que ha pasado cuatro años preparándose para esto. Con un golpe seco en la nuca, el hombre cayó inconsciente al suelo.
Mateo se apoyó contra la pared, jadeando, bajando el arma. Fui hacia él, esquivando el cuerpo del intruso, y encendí la luz del techo.
Miré al hombre en el suelo. Iba vestido completamente de negro, con un pasamontañas que Mateo le arrancó de un tirón. No lo conocía.
Sin embargo, algo en el suelo, cerca de la mano abierta del matón inconsciente, captó mi atención. Me agaché lentamente.
Allí, resplandeciendo bajo la luz del dormitorio, estaba el camafeo de plata. La cadena estaba rota. El hombre lo había encontrado antes de que nosotros llegáramos.
Lo recogí con manos temblorosas. El cierre de plata estaba forzado. El camafeo estaba abierto.
—Lo tengo —dije, mostrándoselo a Mateo.
Él se acercó rápidamente, examinando el interior de la joya. En el hueco donde debería ir una fotografía, había un minúsculo chip de memoria negro, encajado a la perfección.
—Es esto —susurró Mateo, sus ojos brillando con alivio y furia al mismo tiempo—. La clave para destruir al Sindicato y limpiar mi nombre.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiendo que mis piernas finalmente cedían y dejándome caer en el borde de la cama—. Han encontrado mi casa. Saben quién soy. Nunca podré volver a mi vida.
Mateo se arrodilló frente a mí. Tomó mis manos, manchadas por el polvo y la tensión de la noche. Su pulgar acarició suavemente mis nudillos.
—Siento haberte arrastrado a esto, Elena. Lo siento en el alma. Pero no podía permitir que te mataran a ti también.
Lo miré a los ojos. Todo el resentimiento de los últimos años, la ira por su desaparición, se disolvió bajo el peso de su mirada. Había arriesgado su vida, saliendo de su escondite, entrando en la jaula del león, solo para salvarme.
La tensión entre nosotros, alimentada por el peligro y la proximidad, se volvió insoportable. Las barreras de la moralidad, de los recuerdos de mi hermana, se desmoronaron. Sin pensarlo, sin poder controlarlo, me incliné hacia él.
Él no retrocedió. Al contrario, soltó el arma en el suelo y sus manos subieron por mis brazos desnudos, enredando sus dedos en mi cabello desordenado.
Nuestros labios se encontraron. Fue un beso urgente, desesperado, salado por el sudor y las lágrimas no derramadas. Era el beso que habíamos reprimido durante casi una década, lleno de culpa, de miedo, pero sobre todo, de un hambre devoradora. Me agarró por la cintura, atrayéndome hacia él con la misma fuerza posesiva del tango, y yo respondí enredando mis brazos en su cuello, profundizando el beso como si en él estuviera el antídoto contra todo el horror de esa noche.
El mundo se redujo a la textura de sus labios, al calor de su piel, al sonido de nuestras respiraciones mezcladas en la habitación iluminada, mientras un sicario inconsciente yacía a pocos metros de nosotros. Estábamos vivos. Y en ese instante efímero, rodeados de muerte y peligro inminente, reclamamos lo que siempre debió ser nuestro.
Nos separamos por falta de aire, apoyando nuestras frentes la una contra la otra.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Mateo, con la voz ronca, acariciando mi mejilla—. Sus compañeros se darán cuenta pronto de que no responde. Tenemos que irnos de Barcelona. Ahora.
—¿Adónde? —pregunté, sin soltarlo.
—Conozco a alguien en la Europol en Madrid. Alguien fuera de la jurisdicción contaminada de Cataluña. Le entregaremos el chip. Nos darán protección.
Asentí, levantándome con renovada determinación. Fui al armario, cogí una bolsa de lona y metí ropa limpia, un par de zapatillas, dinero en efectivo y mi pasaporte. Fui al baño, me lavé la cara y me quité el vestido rojo rasgado, poniéndome unos vaqueros oscuros y un jersey de cuello alto. En cinco minutos, estaba lista para dejar atrás mi vida entera.
Mientras volvía al dormitorio, Mateo estaba atando al matón inconsciente con cuerdas que había sacado de mi maletero del coche, asegurándolo a la tubería de la calefacción.
—Esto nos dará algo de tiempo —dijo.
Salimos del apartamento en silencio, dejando atrás el lugar donde había forjado mi hogar durante años. Bajamos las escaleras y salimos a la calle. El aire estaba frío, anunciando la madrugada.
Caminamos rápido hacia la estación de Sants. El plan era coger el primer AVE de la mañana hacia Madrid. Cada persona con la que nos cruzábamos nos parecía un sicario. Cada coche que frenaba lentamente nos hacía saltar. La paranoia era nuestro nuevo compañero de viaje.
Llegamos a la estación cuando los primeros rayos del sol comenzaban a pintar el cielo de Barcelona de tonos morados y naranjas. La estación estaba desierta, salvo por los trabajadores de limpieza y algunos viajeros madrugadores.
Compramos los billetes en la máquina expendedora, pagando en efectivo para no dejar rastro digital. Nuestro tren salía en veinte minutos.
Nos sentamos en un banco apartado en el andén, observando el tren de alta velocidad estacionado en la vía. Mateo me tomó la mano.
—Casi lo hemos logrado, Elena. En unas horas, este infierno habrá terminado.
—¿Y luego qué, Mateo? —lo miré, buscando en su rostro un futuro que no lograba imaginar—. ¿Qué pasa si el Sindicato no cae? ¿Qué pasa si la policía nos traiciona de nuevo?
—No lo permitiré. Si no funciona en Madrid, huiremos más lejos. Juntos. —Apretó mi mano—. He perdido cuatro años de mi vida escondiéndome. He perdido a mi esposa. No voy a perder la oportunidad de tener una vida real, y la única persona con la que quiero intentarlo… eres tú.
Las palabras flotaron entre nosotros, pesadas y llenas de promesas. Le creí. Por primera vez en años, sentí una chispa de esperanza en mi pecho.
Pero el destino, o el Sindicato de la Sombra, no iba a dejar que huyéramos tan fácilmente.
“Pasajeros con destino Madrid, por favor, procedan a abordar”, anunció la voz metálica por los altavoces de la estación.
Nos levantamos. Mateo cogió mi bolsa. Empezamos a caminar hacia las puertas del tren.
De repente, un frío helado me recorrió el cuerpo. A unos cincuenta metros por el andén, bloqueando el acceso al vagón que debíamos abordar, estaban tres hombres trajeados. No tenían pinta de pasajeros. Sus manos descansaban dentro de sus chaquetas, posturas tensas y ojos clavados directamente en nosotros.
En el centro estaba un hombre canoso, con una cicatriz que le cruzaba la ceja, vestido con un abrigo caro. El líder.
Mateo se detuvo en seco. Su mano soltó la mía y se movió instintivamente hacia la pistola bajo su chaqueta.
—No, Mateo, son tres y estamos en medio de la estación —susurré, aterrada.
El hombre canoso comenzó a caminar lentamente hacia nosotros. La estación parecía vaciarse a nuestro alrededor. Los pocos pasajeros y el personal de tren parecían ajenos al duelo a muerte que estaba a punto de ocurrir, absorbidos en su prisa matutina.
—Mateo Vargas —dijo el hombre al acercarse, su voz retumbando en el andén vacío—. Te hemos buscado durante mucho tiempo. Ha sido un dolor de cabeza, tengo que admitirlo.
—Se acabó, Salgado. Tenemos el chip —escupió Mateo, sin retroceder un milímetro—. La policía en Madrid ya sabe que estamos de camino. Si nos pasa algo, la información se envía automáticamente a la prensa.
Salgado soltó una carcajada seca, sin humor.
—Eres un arquitecto ingenioso, Mateo, pero un mentiroso pésimo. Sabemos que no has tenido tiempo de desencriptar ni copiar nada. Ese chip es el único original. Entrégalo, y quizás perdonemos a la encantadora hermana de Isabella. Tienen mi palabra.
—Tu palabra vale lo mismo que la vida de Isabella —replicó Mateo.
La tensión era palpable, un alambre a punto de romperse. Vi cómo los dos hombres a los lados de Salgado sacaban lentamente sus armas con silenciador, manteniéndolas bajas, listas para disparar.
Estábamos atrapados. Sin escapatoria.
Mi mente voló de vuelta al tango. A la improvisación. A sobrevivir en el caos.
Miré el tren a nuestro lado. Las puertas aún estaban abiertas, pitando levemente, anunciando su cierre inminente. A unos metros detrás de Salgado y sus hombres, vi a dos policías de la estación haciendo su ronda matutina, caminando tranquilamente, mirando sus teléfonos, ajenos a la situación.
Necesitábamos una distracción masiva. Una que Salgado no pudiera controlar.
Solté mi bolsa, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué el pequeño espejo compacto que usaba para maquillarme antes de actuar.
—¡Mateo, ahora! —grité.
Lancé el espejo con todas mis fuerzas contra el gran ventanal de cristal del tren, justo al lado de nosotros. El cristal no se rompió, pero el estruendo resonó como un trueno en el silencio del andén.
Al mismo tiempo, antes de que el espejo impactara, me giré hacia los policías que estaban a lo lejos y grité con los pulmones llenos de aire, con la voz histérica y aterrada de una víctima genuina:
—¡SOCORRO! ¡TIENEN ARMAS! ¡NOS VAN A MATAR!
El grito rompió la calma de la mañana. Los dos policías levantaron la vista de inmediato, soltando sus teléfonos y corriendo hacia nosotros, gritando por radio.
Salgado y sus hombres se congelaron por una fracción de segundo. Era todo lo que necesitábamos. Disparar en una estación llena de policías que se acercaban corriendo era un suicidio incluso para el Sindicato.
—¡Al tren! —rugió Mateo.
Me agarró del brazo y nos lanzamos al interior del vagón justo en el instante en que las puertas automáticas comenzaban a cerrarse. Las hojas de metal se cerraron de golpe detrás de nosotros, separándonos de los asesinos.
Por la ventana, vi la furia en el rostro de Salgado. Uno de sus hombres intentó golpear el cristal, pero el tren ya empezaba a moverse, acelerando suave y rápidamente. Los policías llegaron al andén donde estaban ellos, ordenándoles con las armas en alto que se detuvieran.
Caímos al suelo del pasillo del tren, exhaustos, sin aliento, cubiertos de sudor y polvo. El paisaje urbano de Barcelona comenzó a pasar borroso por las ventanas mientras la velocidad aumentaba.
Mateo se arrastró hacia mí, rodeándome con sus brazos. Nos abrazamos con fuerza en el suelo del tren, riendo y llorando al mismo tiempo, soltando toda la tensión acumulada de una noche de pesadilla.
Habíamos sobrevivido. Teníamos el chip. Teníamos a la Europol esperándonos en Madrid.
Pero sobre todo, después de cuatro años de mentiras, luto y muerte, por primera vez, teníamos un futuro. El fantasma del pasado había desaparecido en la estación de Sants, y frente a mí solo estaba Mateo, el hombre con el que finalmente podría vivir mi propio tango. Sin secretos, a la luz del día.
El traqueteo hipnótico del tren de alta velocidad AVE cortaba el paisaje de Cataluña como un cuchillo a través de la niebla matutina. Dentro del vagón, el silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido de los rieles y nuestra propia respiración agitada. Nos habíamos refugiado en los últimos asientos del coche número siete, un rincón solitario donde la luz del amanecer apenas lograba filtrarse por las cortinillas a medio bajar.
Mateo mantenía su brazo derecho protectoramente alrededor de mis hombros. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido furioso de su corazón que, poco a poco, comenzaba a acompasarse con el mío. Estábamos cubiertos de polvo, sudor y el miedo residual que se negaba a abandonar nuestros poros. Mis pies descalzos y heridos descansaban sobre mi bolsa de lona, palpitando con un dolor sordo que me recordaba que todo lo vivido en las últimas horas no era una pesadilla febril, sino la cruda realidad.
—Tenemos que revisarte esas heridas —murmuró Mateo, rompiendo el silencio. Su voz era un susurro áspero, desgastado por la tensión.
—Estoy bien —mentí, aunque hice una mueca de dolor al intentar mover los dedos de los pies—. Solo son cortes superficiales. Sobreviviré.
Él se separó suavemente de mí, me miró a los ojos con una intensidad que me hizo tragar saliva, y negó con la cabeza. Sin decir una palabra más, se levantó, me tomó en brazos con una facilidad asombrosa y me llevó hacia el pequeño baño del vagón. Entramos los dos en el estrecho cubículo de acero inoxidable y cerró la puerta con pestillo.
El espacio era claustrofóbico, iluminado por una luz fluorescente que delataba cada imperfección, cada magulladura en nuestros rostros. Mateo me sentó sobre la tapa del inodoro cerrado, encendió el grifo del lavabo y empapó un puñado de toallas de papel con agua y jabón líquido. Se arrodilló frente a mí, como un penitente ante un altar, y comenzó a limpiar la sangre seca y la suciedad de mis pies con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de la noche anterior.
Observé su rostro concentrado. La cicatriz nueva en su mandíbula. Las arrugas prematuras alrededor de sus ojos que hablaban de años de exilio, soledad y paranoia. Sentí un nudo en la garganta. Este era el hombre al que había odiado, al que había culpado de la tragedia que destrozó a mi familia. Y, sin embargo, era el único que había estado dispuesto a morir por mí.
—Mateo… —comencé, pero la voz se me quebró.
Él levantó la vista, sus ojos oscuros encontrándose con los míos.
—No llores, Elena. Por favor. Si lloras, creo que me desmoronaré yo también, y no podemos permitirnos ese lujo todavía.
Asentí, secándome una lágrima traicionera que había logrado escapar.
—¿Qué hay en el chip? —pregunté, cambiando de tema para aferrarme a la lógica, a la supervivencia.
Mateo suspiró, secando mis pies con cuidado antes de levantarse y apoyarse contra la puerta del baño. Metió la mano en su bolsillo y sacó el camafeo roto. El pequeño cuadrado negro descansaba en el centro de la plata antigua como una maldición encapsulada.
—Nombres. Cuentas bancarias en las Islas Caimán, Suiza, Panamá. Rutas de contrabando en el puerto de Barcelona. Pero lo más importante, Elena… —Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Contiene la lista de sobornos. Políticos, jueces, altos mandos de la policía catalana e incluso de la guardia civil. El Sindicato de la Sombra no es solo un grupo de matones. Son una corporación invisible que controla la ciudad. Isabella… ella era el genio detrás del blanqueo de toda esa red. Ella diseñó el laberinto financiero por el que movían el dinero sucio.
El impacto de sus palabras me dejó sin aliento. Mi hermana, la curadora de arte sonriente, la mujer elegante que me regalaba vestidos y me invitaba a cenar en restaurantes con estrellas Michelin, era la arquitecta financiera de un imperio criminal.
—¿Por qué la mataron entonces? —pregunté, sintiendo un escalofrío—. Si era tan valiosa para ellos…
—Porque Isabella se volvió codiciosa, o tal vez se aterrorizó, no estoy seguro —explicó Mateo, su rostro ensombreciéndose—. Descubrí que había empezado a desviar pequeñas cantidades a una cuenta secreta a su nombre. Millones de euros, poco a poco. Estaba preparando su salida. O la nuestra. Cuando la descubrieron, exigieron la devolución del dinero y las claves de acceso. Ella intentó usar este chip como chantaje para que la dejaran ir viva. Se equivocó de estrategia. Con el Sindicato no se negocia.
Un silencio pesado cayó entre nosotros. El sonido del agua goteando en el lavabo parecía ensordecedor.
—¿Y tú crees que la Europol en Madrid estará limpia? —pregunté, la paranoia comenzando a arraigar en mi mente.
—Mi contacto es el Inspector Jefe Alejandro Reyes —dijo Mateo, guardando el chip de nuevo—. Es un hombre de la vieja escuela. Investigó al Sindicato hace una década y casi lo matan por ello. Lo apartaron, lo trasladaron a Madrid, a delitos cibernéticos menores, para silenciarlo. Él es el único que tiene motivos personales para hundirlos y la autoridad federal para proteger a los testigos. Confío en él. Es nuestra única opción.
Volvimos a nuestros asientos. Las horas pasaron en un letargo tenso. A medida que el paisaje cambiaba de las colinas catalanas a las llanuras áridas de Aragón, el tren se llenó de luz solar, una luz que dolía en los ojos acostumbrados a las sombras. Yo logré dormitar por momentos, apoyada en el hombro de Mateo, pero mis sueños estaban plagados de callejones oscuros, bandoneones que sonaban como gritos de auxilio y el rostro de mi hermana desangrándose sobre sábanas blancas.
A las 9:30 a.m., la megafonía anunció nuestra inminente llegada a la Estación de Atocha en Madrid.
Nos preparamos. Mateo me entregó su chaqueta para que ocultara la ropa manchada, y yo me puse las zapatillas de deporte que había metido a toda prisa en la bolsa. Al bajar al andén de Atocha, el calor seco de Madrid nos golpeó el rostro. La estación, un laberinto de hierro forjado, cristal y un jardín botánico tropical en su interior, bullía de actividad. Miles de personas cruzándose, ignorando que entre ellos caminaban dos fantasmas perseguidos por la muerte.
—Mantén la cabeza baja y camina rápido —ordenó Mateo, tomando mi mano.
Caminamos por el inmenso invernadero de la estación, rodeados de palmeras y plantas exóticas, hasta llegar a la salida hacia la Plaza del Emperador Carlos V. Allí, aparcado en zona prohibida, había un sedán negro, discreto, con los cristales tintados.
Un hombre de unos sesenta años, con el pelo blanco y un traje gris arrugado, estaba apoyado contra el capó, fumando un cigarrillo con impaciencia. Al vernos, tiró el cigarrillo al suelo, lo pisó y abrió la puerta trasera del coche.
—Mateo —dijo el hombre, su voz grave como la de un fumador empedernido. No hubo abrazos, ni saludos efusivos. Solo la urgencia de la supervivencia.
—Alejandro —respondió Mateo, asintiendo. Me empujó suavemente hacia el interior del vehículo y él subió detrás de mí. El Inspector Reyes se sentó al volante y aceleró agresivamente, integrándose en el caótico tráfico madrileño.
—Tardasteis más de lo que esperaba. Me tenías con los cojones en la garganta, chaval —gruñó Reyes mirando por el espejo retrovisor mientras maniobraba por el Paseo del Prado.
—Tuvimos complicaciones en Sants. Salgado y sus perros estaban allí.
El coche dio un volantazo brusco cuando Reyes escuchó el nombre.
—¿Salgado? ¿Ese hijo de puta en persona? —Reyes apretó los dientes—. Si Salgado bajó a la arena, significa que el Sindicato está desesperado. ¿Tienes el paquete?
Mateo asintió, golpeando el bolsillo de su pecho.
—Lo tengo. Pero está encriptado. Necesitamos tus equipos para abrirlo y transmitirlo a la central de la Europol en La Haya. Y necesitamos protección permanente para ella. —Mateo me señaló.
Reyes me miró a través del retrovisor. Sus ojos grises eran fríos, calculadores, pero había un destello de compasión en ellos.
—Elena, supongo. Eres idéntica a Isabella. Lo siento mucho, niña. Te han metido en un pozo de mierda muy profundo.
—Solo quiero salir de él —respondí, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
—Os llevaré a un piso franco en el barrio de Salamanca —dijo Reyes, girando por la calle Alcalá—. No es oficial. Es un apartamento a mi nombre que la agencia desconoce. Tengo un ordenador portátil seguro allí, con software de desencriptación militar. Lo abriremos, copiaremos los datos y enviaré un escuadrón táctico limpio para escoltaros al aeropuerto. A medianoche estaréis en un vuelo a Buenos Aires. Nuevas identidades. Nuevo todo.
La mención de Buenos Aires me hizo mirar a Mateo. Él asintió lentamente. El hogar del tango. El fin del mundo. Parecía un plan perfecto. Demasiado perfecto.
Llegamos al piso franco. Era un ático lujoso, silencioso, con las persianas bajadas y olor a encierro. Reyes bloqueó la puerta con tres cerrojos diferentes y nos guio hacia un estudio improvisado. Sobre una mesa de cristal descansaba un ordenador portátil robusto y negro.
—Dámelo —exigió Reyes, extendiendo la mano.
Mateo sacó el chip y se lo entregó. Reyes lo insertó en un adaptador USB y lo conectó al ordenador. Sus dedos volaron sobre el teclado, abriendo pantallas negras con códigos verdes que pasaban a toda velocidad.
—Está encriptado con un protocolo AES de 256 bits —murmuró Reyes, con el ceño fruncido—. Tu mujer era una paranoica brillante. Tardará unas tres horas en romperse la clave por fuerza bruta. Podéis descansar mientras tanto. Hay comida en la nevera y una cama en la habitación del fondo.
Nos fuimos al dormitorio. La fatiga me golpeó como un mazo de plomo en cuanto vi la cama doble. Mateo cerró la puerta y se sentó en el borde del colchón, frotándose el rostro con las manos.
Me acerqué a él y me arrodillé entre sus piernas, rodeando su cintura con mis brazos, apoyando mi cabeza en su estómago. Él me acarició el pelo, desenredando los nudos con sus dedos con una ternura infinita.
—Casi ha terminado, mi amor —susurró, y esa palabra, mi amor, pronunciada por primera vez, hizo que mi corazón se expandiera y se rompiera al mismo tiempo—. Esta noche volaremos a Argentina. Empezaremos de cero. Abriré un estudio de arquitectura, tú podrás abrir tu propia escuela de tango. Solo nosotros.
Levanté el rostro para mirarlo. Sus ojos estaban llenos de una promesa que parecía inquebrantable. Me levanté, me senté a horcajadas sobre sus muslos y lo besé. No fue un beso desesperado como el de mi apartamento, ni apresurado. Fue lento, profundo, un juramento de sangre y lágrimas. Hicimos el amor en esa habitación oscura, en medio del silencio, buscando en la piel del otro la confirmación de que estábamos vivos, borrando con caricias los cuatro años de dolor, fantasmas y mentiras. Fue un acto de exorcismo. La sombra de Isabella finalmente se disipó, dejándonos a los dos desnudos frente a nuestra propia verdad: nos amábamos, y habíamos sobrevivido para poder hacerlo.
Me quedé dormida en sus brazos. No sé cuánto tiempo pasó.
Me despertó el sonido ahogado de voces en el pasillo.
Abrí los ojos de golpe. Mateo ya no estaba en la cama. Me incorporé, envuelta en la sábana, con el corazón latiendo a mil por hora. Miré la hora en el reloj digital de la mesilla: 14:00. Habíamos dormido tres horas.
Me puse mis vaqueros y el jersey rápidamente. Me acerqué a la puerta del dormitorio de puntillas y pegué la oreja a la madera.
—…te dije que el trato era vivo, Alejandro —decía una voz. Una voz que heló la sangre en mis venas. Era grave, metálica, educada pero letal.
Era la voz de Salgado. El hombre del andén en Barcelona.
—Y yo te dije que me dieras el tiempo para desencriptarlo antes de aparecer, imbécil —Reyes siseó, su tono lleno de veneno, pero sin el menor rastro de miedo—. La chica es un estorbo. Acaba con ella si quieres. Pero el chip no se destruye. Lo usaremos para chantajear a la cúpula y tomar el control total del Sindicato, como acordamos. El viejo líder está acabado. Nosotros seremos los reyes.
El mundo se detuvo. El oxígeno abandonó la habitación. Reyes. El policía incorruptible, el héroe de Mateo. Era un traidor. Era parte del plan. Él y Salgado querían el chip no para destruir al Sindicato, sino para dar un golpe de estado y liderarlo.
¿Dónde estaba Mateo?
Un ruido sordo, como un golpe brutal contra carne y hueso, y un gemido ahogado respondieron a mi pregunta.
—¡No le toques! —gritó Reyes—. Le necesito vivo para abrir las cuentas secundarias si la llave maestra falla.
No pensé. El instinto tomó el control. Miré a mi alrededor buscando un arma. No había nada, excepto una pesada lámpara de bronce en la mesilla de noche. La agarré, arranqué el cable de la pared y me acerqué a la puerta.
Abrí la puerta de una patada, saliendo al pasillo con la lámpara en alto.
La escena en el salón me dejó paralizada por una fracción de segundo. Mateo estaba arrodillado en el suelo, con la cara ensangrentada, los brazos sujetos a la espalda por dos sicarios trajeados. Salgado estaba frente a él, limpiándose la sangre de los nudillos con un pañuelo de seda. Reyes estaba sentado en el escritorio, frente al ordenador portátil, que ahora mostraba barras verdes de descarga completada.
Todos giraron la cabeza hacia mí al escuchar la puerta.
—Vaya, la Bella Durmiente ha despertado —dijo Salgado, esbozando una sonrisa siniestra—. Elena. Es un placer verte de nuevo, esta vez sin público.
—¡Corre, Elena! —rugió Mateo, forcejeando salvajemente con sus captores. Uno de ellos le dio una patada en las costillas que le hizo toser sangre.
—Baja eso, niña —dijo Reyes, sacando su pistola reglamentaria y apuntándome con desgana—. Se acabó el juego. Isabella fue una estúpida que quiso jugar en una liga de mayores y perdió. Tu novio aquí presente fue útil para traerme el premio. Tú… tú simplemente estuviste en el lugar equivocado en el momento equivocado.
—Eres un monstruo —le escupí a Reyes—. Confió en ti.
—La confianza es el lujo de los débiles —respondió Reyes, imperturbable. Giró la pantalla del portátil hacia Salgado—. La encriptación ha cedido. Tengo los archivos.
Salgado asintió, satisfecho.
—Perfecto. Mata a la chica. Llévate a Mateo al sótano. Tenemos mucho de qué hablar sobre las cuentas de su difunta esposa.
Reyes quitó el seguro de su arma.
Mi mente operó a una velocidad sobrehumana. Evalué la distancia. Tres metros hasta Reyes. Cuatro hasta Salgado. Dos sicarios con las manos ocupadas sujetando a Mateo.
El tango no es solo un baile. Es la física pura del equilibrio, la transferencia de peso, la anticipación y la respuesta explosiva. Mi cuerpo estaba entrenado para moverse más rápido que la vista humana.
En lugar de retroceder, di un paso rápido hacia adelante y lancé la pesada lámpara de bronce con todas mis fuerzas, no hacia Reyes, sino hacia la inmensa cristalera del ático, que daba a la calle.
El impacto fue ensordecedor. El cristal blindado no se rompió por completo, pero se resquebrajó con un crujido estruendoso, activando instantáneamente la alarma de seguridad del edificio. Una sirena estridente y cegadoras luces estroboscópicas rojas inundaron el salón, creando un caos sensorial absoluto.
Reyes se sobresaltó, disparando instintivamente hacia la ventana. El estruendo del disparo se mezcló con la alarma.
En ese segundo de confusión, Mateo reaccionó. Usando su peso muerto, se dejó caer hacia atrás, desequilibrando a los dos matones, y lanzó una patada ascendente directa a la rodilla de uno de ellos, rompiéndola con un crujido nauseabundo. El hombre cayó gritando. Mateo rodó por el suelo, liberándose del agarre del segundo sicario.
—¡A la cocina! —gritó Mateo.
Corrí. Esquivé a Salgado, que había sacado su propia arma pero estaba cegado por las luces rojas. Entré en la cocina, con Mateo pisándome los talones.
—La puerta de servicio —indicó él, señalando una puerta metálica al fondo.
La abrió de un empujón y salimos a una escalera de incendios exterior de hierro oxidado. Empezamos a bajar los peldaños de dos en dos. Estábamos en un quinto piso. Abajo, en la calle, la gente empezaba a arremolinarse, mirando hacia el ático del que provenía la alarma y el disparo. Las sirenas de policía reales ya se escuchaban a lo lejos.
Miré hacia arriba. Salgado y el sicario restante estaban en la plataforma del quinto piso, apuntando sus armas hacia nosotros.
—¡Cúbrete! —gritó Mateo.
Una lluvia de balas rebotó contra el metal de las escaleras, haciendo saltar chispas a centímetros de nuestras cabezas. Nos agachamos, deslizándonos por los fríos barrotes de hierro hasta llegar al tercer piso, luego al segundo.
Saltamos el último tramo y caímos sobre el asfalto de un callejón trasero, rodando para amortiguar el impacto. Nos levantamos de un salto y empezamos a correr por el laberinto de callejuelas, alejándonos del sonido de las sirenas.
Corríamos sin rumbo fijo, movidos puramente por la adrenalina. Nos perdimos en el centro de Madrid, esquivando turistas en la Plaza Mayor, mezclándonos con las multitudes en el mercado de San Miguel. Finalmente, agotados, sin aliento y con los músculos ardiendo, nos refugiamos en los baños públicos subterráneos de la estación de metro de Sol.
Mateo se apoyó contra los azulejos sucios, escupiendo sangre en el lavabo. Tenía una brecha en la ceja y un hematoma oscuro se extendía por su mejilla.
—Maldita sea —murmuró, golpeando la pared con el puño cerrado—. Reyes… el hijo de puta nos vendió. Todo estaba preparado. Hemos perdido el chip, Elena. Han ganado. Ellos tienen los archivos y nosotros estamos muertos. No podemos ir a la policía, Reyes controla a los federales. No tenemos a dónde ir.
El pánico amenazaba con devorarlo. Lo agarré por el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarme.
—Mateo, escúchame. Respira.
Sus ojos estaban desorbitados, llenos de una derrota absoluta.
—Se acabó, Elena. Te he condenado.
—No, no se ha acabado —le dije, mi voz extrañamente calmada, como si otra persona estuviera hablando a través de mí. La debilidad que había sentido en Barcelona había desaparecido, quemada en el fuego cruzado del ático de Reyes. Estaba harta de correr. Harta de ser la víctima de una conspiración que mi hermana había provocado.
Solté su rostro y me llevé la mano al bolsillo interior de mis vaqueros. Saqué un pequeño objeto negro y cuadrado y lo puse en la palma de su mano.
Mateo miró el objeto. Parpadeó, incrédulo. Sus pulmones dejaron de bombear aire.
Era un pendrive USB.
—¿Qué… qué es esto? —balbuceó.
—Cuando te vi durmiendo en el ático, no pude conciliar el sueño —confesé—. La paranoia no me dejaba tranquila. Reyes no me daba buena espina. Así que me levanté, fui al portátil mientras él estaba en el balcón fumando, y copié la carpeta desencriptada en este pendrive que encontré en uno de los cajones del escritorio. Dejé el chip original, pero nosotros tenemos la copia de todo. Los nombres. Las cuentas. Las pruebas.
Mateo me miró como si estuviera viendo a un ángel armado con una espada de fuego. Me agarró por la cintura, levantándome del suelo en el sucio baño del metro, girando conmigo y soltando una carcajada que sonaba a pura histeria y alivio.
—¡Eres brillante! ¡Dios mío, Elena, eres una genio! —me besó el rostro, la frente, los labios, manchándome con su propia sangre.
Al bajarme, su expresión cambió, volviéndose dura y resuelta.
—Si tenemos los datos, ya no necesitamos correr más. Ahora nosotros cazamos.
—¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo que la adrenalina volvía a subir.
—Salgado y Reyes creen que han ganado, pero saben que estamos vivos. Nos buscarán. Pero si enviamos esto a la prensa ahora, la policía, los jueces comprados… lo esconderán todo. Alegarán que los archivos son falsos. Tenemos que hacer que el sistema colapse de golpe, a nivel internacional.
—¿Cómo?
—Vamos a Toledo —dijo Mateo, sus ojos brillando con una determinación letal—. Conozco a un hacker allí. Un anarquista que odia al gobierno y a las corporaciones. Lo conocí en mis años de exilio. Si le damos esta información, él tiene los medios para inyectar los archivos directamente en las bases de datos de Interpol, en la red oscura, y en todos los servidores de los cincuenta principales periódicos del mundo de forma simultánea e irrastreable. Una vez que pulse “Enviar”, nadie, ni Reyes ni el Sindicato, podrá pararlo. El mundo entero sabrá quiénes son.
Salimos del baño, con un nuevo propósito. Ya no éramos presas. Éramos la venganza personificada.
Robamos un coche viejo, un Seat Ibiza aparcado en un barrio periférico —Mateo puenteó los cables con una habilidad que preferí no cuestionar— y condujimos hacia el sur.
El paisaje castellano se extendía ante nosotros, dorado y abrasador bajo el sol de la tarde. Una hora más tarde, la imponente silueta de Toledo se alzó en el horizonte, una fortaleza medieval de piedra parda, rodeada por el foso natural del río Tajo.
Cruzamos el puente de Alcántara y nos adentramos en el laberinto de callejuelas empedradas de la antigua capital. Era como volver al Barri Gòtic, pero más antiguo, más asfixiante, cargado de siglos de historia de sangre y acero.
Mateo me guio por callejones sinuosos, alejándonos de las zonas turísticas, hasta llegar a un destartalado taller de reparación de electrodomésticos en la parte baja de la Judería. Golpeó una secuencia rítmica en la pesada puerta de madera.
Unos segundos después, una mirilla se abrió. Luego, los cerrojos crujieron y la puerta se entreabrió, revelando a un hombre joven, de aspecto desaliñado, con gafas de pasta y una camiseta gastada de un grupo de rock.
—Mateo —dijo el joven, sin mostrar sorpresa—. Sigues vivo. Eso es un milagro estadístico.
—Necesito tu ayuda, Kike. Y la necesito ahora —dijo Mateo, empujando la puerta para entrar.
El interior del taller era una cueva cibernética. Entre lavadoras oxidadas y televisores de tubo, había bancos de servidores, pantallas parpadeantes y cables colgando como enredaderas.
Mateo le entregó el pendrive.
—Quiero que subas esto. A todas partes. A la vez. Interpol, FBI, Europol, el New York Times, El País, Le Monde. Todos. Que sea una bomba de racimo digital de la que nadie pueda esconderse.
Kike cogió el USB, lo conectó a un ordenador encriptado aislado de la red principal y abrió el contenido. Sus ojos se abrieron de par en par a medida que leía los documentos. Silbó por lo bajo.
—Hostia puta, Mateo. Esto es el Santo Grial. Tienes las firmas de transferencias del Ministro de Interior. Hay jueces del Tribunal Supremo aquí. Si publico esto, el gobierno de España podría caer.
—Hazlo —ordené, con voz firme.
Kike me miró, evaluándome. Luego asintió.
—Me llevará unas dos horas configurar los bots y los proxies para asegurar que la filtración sea masiva y no puedan cortarla bloqueando un solo servidor. Sentaos.
Esas dos horas fueron una tortura china. Nos sentamos en un viejo sofá desgarrado. Mateo cargó la pistola que le había quitado a uno de los matones en el apartamento de Reyes, comprobando el cargador, asegurándose de que la bala estaba en la recámara.
El silencio en el taller solo era roto por el frenético teclear de Kike.
De repente, una luz roja comenzó a parpadear en uno de los monitores de seguridad de Kike, conectado a las cámaras exteriores que vigilaban la calle.
—Tenemos un problema —dijo Kike, su voz tensa—. Alguien está bloqueando las señales de móvil en un radio de doscientos metros. Y tres furgonetas negras acaban de aparcar al final de la calle. Se están bajando hombres armados.
El Sindicato nos había encontrado. Reyes, utilizando el sistema de rastreo nacional, debía haber localizado la matrícula del coche robado, o tal vez Kike estaba vigilado. No importaba cómo. Estaban aquí.
—¿Cuánto te falta? —preguntó Mateo, poniéndose en pie, con el arma lista.
—Veinte minutos para que el script esté completamente encriptado y listo para el lanzamiento masivo. Si lo envío ahora, podrían interceptarlo y contener los daños —respondió Kike, tecleando a la velocidad del rayo, con el sudor perlando su frente.
—No tenemos veinte minutos —dije, mirando la pantalla. Más de diez hombres, fuertemente armados con chalecos tácticos, subían la calle empedrada, liderados por Salgado. Venían a matarnos a todos y a quemar el taller hasta los cimientos.
—Yo los detendré —dijo Mateo, dirigiéndose hacia la puerta—. Kike, asegúrate de que esa información salga. Elena, quédate aquí con él. Si yo caigo, hay una trampilla en el suelo del baño que da a las antiguas alcantarillas romanas. Huid por ahí.
—No voy a dejarte solo —le agarré del brazo.
—No discutas, Elena. ¡Es la única forma! —Mateo me besó con desesperación, un beso con sabor a pólvora y despedida—. Te amo.
Abrió la puerta de madera y salió a la calle, cerrando tras de sí.
Un segundo después, el infierno se desató.
El sonido ensordecedor de disparos de armas automáticas hizo vibrar las paredes de piedra del taller. Gritos. Cristales rotos. Mateo estaba disparando desde detrás de un muro, pero estaba en desventaja abismal.
No me iba a quedar escondida esperando a que muriera.
Corrí hacia un banco de herramientas de Kike. Había martillos, llaves inglesas… y un pesado tubo de acero hueco, de medio metro de largo. Lo agarré. Pesaba, pero estaba perfectamente balanceado. Era un arma improvisada letal.
Me acerqué a la puerta, ignorando los gritos de Kike.
La abrí de un golpe.
La callejuela era un caos de humo blanco y ruido. Mateo estaba parapetado tras un contenedor de basura de metal, disparando esporádicamente para mantener a los mercenarios a raya, pero se estaba quedando sin munición. Los hombres de Salgado avanzaban implacablemente.
Salgado, arrogante, no se escondía. Caminaba por el centro del callejón empedrado, confiado en sus chalecos antibalas y en la potencia de fuego de sus hombres.
En ese momento, dos mercenarios flanquearon a Mateo. Uno de ellos le apuntó a la cabeza.
Con un grito que me desgarró la garganta, salté fuera del taller. En tres zancadas explosivas, usando la técnica de proyección del tango, crucé el espacio que me separaba del mercenario. Antes de que pudiera apretar el gatillo contra Mateo, giré sobre mi eje y descargué el tubo de acero con toda la fuerza de la inercia centrífuga directamente contra su rodilla.
El hueso estalló. El hombre gritó, cayendo al suelo, disparando su arma al aire.
El segundo mercenario se giró hacia mí, pero Mateo, aprovechando la distracción, se levantó y le disparó dos tiros en el pecho.
Salgado se detuvo. Sus ojos se fijaron en mí, llenos de furia fría. Levantó su pistola de gran calibre, apuntando directamente a mi pecho.
—Zorra insolente —siseó—. Debería haberte matado en el teatro.
Pero antes de que pudiera disparar, Mateo se interpuso entre nosotros. El arma de Salgado rugió.
El sonido fue ensordecedor. Mateo se tambaleó hacia atrás, cayendo de rodillas. Un mancha roja oscura comenzó a extenderse rápidamente por el lado izquierdo de su pecho.
—¡MATEO! —grité, el terror paralizándome.
Salgado sonrió con crueldad, bajando el arma lentamente para apuntar a la cabeza de Mateo para el tiro de gracia.
Pero cometió un error. Su atención estaba en el hombre herido. Olvidó a la bailarina.
No pensé en las consecuencias. No pensé en la moralidad. Solo sentí la furia ardiente de una leona a la que le arrebatan lo único que ama. Agarré el arma que había dejado caer el primer mercenario al que ataqué. Era una pistola pesada, sucia, caliente por los disparos.
La levanté con ambas manos. Mis brazos no temblaron. Mi respiración se detuvo.
Apunté a la cara de Salgado, al único lugar no protegido por el chaleco táctico.
Él levantó la vista y vio el cañón negro de mi arma. Por primera vez, en esos ojos fríos y calculadores, vi el terror absoluto.
Apreté el gatillo.
El retroceso casi me disloca los hombros. Salgado fue lanzado hacia atrás como si lo hubiera atropellado un camión, cayendo pesadamente sobre los adoquines medievales. No volvió a moverse.
El silencio que siguió fue absoluto, irreal. Los pocos mercenarios que quedaban, al ver a su líder muerto, vacilaron. Y entonces, como una plaga de langostas, el sonido de múltiples sirenas de la policía local española inundó la calle. Los mercenarios dejaron caer las armas y echaron a correr, dispersándose por la ciudad.
Dejé caer la pistola y me arrojé de rodillas junto a Mateo. Estaba pálido, respirando con dificultad, con los ojos entrecerrados. Apreté mis manos ensangrentadas contra su herida, intentando detener la hemorragia, llorando incontrolablemente.
—No te mueras… por favor, no te mueras ahora, maldita sea —suplicaba entre sollozos.
Él sonrió débilmente, levantando una mano temblorosa para acariciar mi mejilla manchada de sangre y suciedad.
—Siempre… siempre fuiste la mejor pareja de baile, Elena —susurró.
Detrás de nosotros, la puerta del taller se abrió. Kike salió, con un cigarrillo en los labios, mirando la carnicería en la calle y luego la pantalla de su teléfono móvil.
—Chicos —dijo Kike, exhalando el humo—. Está hecho. El mundo entero acaba de recibir el paquete. En Twitter ya es trending topic mundial. Reyes acaba de ser detenido en directo en Madrid por asuntos internos que no están en su nómina. El Sindicato ha caído.
La noticia flotó en el aire caliente de Toledo. Habíamos ganado.
Escuché las botas de los paramédicos y la policía acercándose corriendo por el callejón. Me apartaron de Mateo, subiéndolo rápidamente a una camilla. Me aferré a su mano, negándome a soltarlo hasta que estuvimos dentro de la ambulancia, con las sirenas aullando, de camino al hospital.
Ese fue el final de nuestra vida anterior. El final de los secretos, de las persecuciones, y el final del reinado del Sindicato de la Sombra. Las semanas que siguieron fueron un torbellino de operaciones quirúrgicas, interrogatorios exhaustivos con agentes federales internacionales que reemplazaron a la corrupta Europol madrileña, y el estallido del mayor escándalo político y criminal en la historia de Europa. El gobierno cayó, decenas de altos mandos fueron encarcelados, y la muerte de Isabella finalmente obtuvo justicia póstuma.
Fueron meses duros, dolorosos. Pero los pasamos juntos.
Cinco años después…
El sol del final de la tarde bañaba las coloridas fachadas de La Boca, en Buenos Aires, con una luz dorada y melancólica. El aire olía a carne asada, café fuerte y al río de la Plata.
Empujé la puerta de madera con cristales biselados de nuestra escuela de baile, “La Cumparsita”. El sonido rítmico del bandoneón y el violín llenaba el amplio salón con piso de roble brillante. En el centro de la pista, tres parejas de alumnos practicaban los ocho básicos bajo la atenta mirada de su instructor.
Mateo estaba allí. Vestía unos pantalones de lino negro y una camisa blanca ligeramente desabrochada. Se movía con la misma elegancia depredadora de siempre, aunque a veces, en los días de mucha humedad, cojeaba ligeramente de la pierna izquierda, un recordatorio de la bala en Toledo.
Se detuvo al verme entrar, aplaudiendo para detener la música.
—Bien, clase, eso es todo por hoy. Excelente progreso. Nos vemos el jueves —anunció con una sonrisa cálida que años atrás habría creído imposible en él.
Los alumnos se despidieron alegremente, dejando el salón en silencio.
Mateo se acercó a mí, secándose el sudor de la frente con una toalla pequeña. Se inclinó y me besó suavemente en los labios.
—Llegas tarde, señora Vargas —murmuró, con los ojos brillando de picardía.
—La pequeña Isabella tenía una rabieta en la guardería, no quería soltar los bloques de construcción —respondí, sonriendo y frotando mi vientre, que empezaba a abultarse ligeramente con nuestro segundo hijo.
Mateo acarició mi vientre, y luego envolvió mi cintura con su brazo, atrayéndome hacia la pista de baile vacía.
—¿Un último baile antes de cerrar? —preguntó, extendiendo su mano izquierda hacia mí.
Miré esa mano. La cicatriz en forma de media luna en su palma seguía allí. Era la marca del hombre que había descendido a los infiernos y había vuelto, solo para encontrarme. La marca del hombre al que amaba.
Acepté su mano.
Él encendió el viejo tocadiscos, y las notas graves y apasionadas de un tango de Gardel llenaron la sala.
Nos abrazamos. Frente con frente, pecho con pecho. No había miedo. No había secretos oscuros escondidos en joyas robadas, ni sicarios acechando en las sombras. Solo éramos nosotros dos, bailando al compás de nuestro propio destino, en la ciudad donde el tango nació. Y mientras dábamos el primer paso, dejándonos llevar por la música, supe con certeza absoluta que, sin importar los fantasmas del pasado que hubiéramos dejado atrás, en los brazos de Mateo, por fin, estaba en casa.