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El estudiante ejemplar guardó un oscuro secreto escolar durante años

El estudiante ejemplar guardó un oscuro secreto escolar durante años

Parte 1

En el barrio de Chamberí, donde hasta las persianas parecían tener opinión propia y los vecinos sabían si habías comprado pan integral o barra normal antes incluso de que llegaras al portal, vivía Marcos Valverde con sus padres, Carmen y Antonio.

Marcos tenía doce años, unas gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y esa forma de andar de los niños que todavía no han decidido si quieren ocupar espacio en el mundo o pedir perdón por existir. Era delgado, ordenado, educado y, según su madre, “un regalo del cielo con mochila”.

—Este niño es que no da guerra —decía Carmen siempre que podía, incluso cuando nadie se lo preguntaba.

Lo decía en la frutería, en el ascensor, en la cola de la farmacia y una vez incluso al técnico del gas, que solo había ido a revisar la caldera y salió sabiendo que Marcos había sacado un diez en Conocimiento del Medio.

—Pues qué bien, señora —respondió el técnico, con la misma emoción con la que uno lee las instrucciones de una lavadora.

Antonio, el padre, era más comedido, aunque solo en apariencia. Trabajaba en una gestoría cerca de Cuatro Caminos y tenía una teoría muy sólida sobre la vida: si uno estudiaba, era puntual y no se metía en líos, tarde o temprano todo salía bien. Esa teoría la repetía como quien recita un salmo.

—Mira a Marcos —decía en la mesa—. Responsable, aplicado, sin tonterías. Este chaval va a llegar lejos.

Marcos bajaba la mirada hacia el plato.

—Papá, pásame el pan.

—El pan se lo paso al futuro ministro de Economía —bromeaba Antonio, cortando una rebanada.

—No empieces, Antonio —decía Carmen, aunque se le escapaba una sonrisa de orgullo.

En casa, Marcos era perfecto. O, al menos, eso parecía. Llegaba del colegio con el uniforme impecable, la agenda firmada, los deberes hechos y una sonrisa pequeñita que sus padres interpretaban como timidez.

—¿Qué tal el día, cariño? —preguntaba Carmen cada tarde, mientras removía lentejas con la autoridad de quien puede arreglar el país con una olla exprés.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Sí. Normal.

—¿Has comido?

—Sí.

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