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Mujer rica se burla del auto de Alexis… hasta que descubre quién es realmente

 caminó lentamente alrededor del auto, examinando con desagrado los rayones, el polvo del capó y el espejo lateral roto con cinta adhesiva. “Debe ser de algún jardinero o algún tipo, que sé yo, futbolista fracasado,” Rió tomándose una selfie con el auto detrás, lista para subirla a sus redes con un comentario burlón.

 Pero entonces, desde el otro lado de la calle, alguien caminó con paso tranquilo hacia el vehículo. Llevaba ropa deportiva simple, una gorra gastada y un celular antiguo en la mano. No llamaba la atención hasta que Regina notó su rostro. Espera, ¿ese no es? Y justo antes de que pudiera decir su nombre, ese no es. Alexis Sánchez”, murmuró Regina retrocediendo un paso sin darse cuenta, pero su mente se resistía a aceptarlo.

 ¿Cómo iba a ser él? El niño maravilla, el mismo que había jugado en el Barcelona, el Arsenal, el Inter. ¿Cómo alguien como él podía estar bajándose de un auto tan ordinario? Alexis levantó la vista. Sabía perfectamente que lo miraban. Lo había sentido antes, esa mezcla de curiosidad, duda y juicio que tantas veces lo había rodeado desde niño, pero no se inmutó.

abrió la puerta del Vitara, colocó una caja con zapatos deportivos en el asiento del copiloto y cerró con cuidado. Regina, aún incrédula, se acercó con una sonrisa incómoda, intentando comprobar lo que sus ojos no querían creer. “Perdona, tú eres tú te pareces mucho a Alexis Sánchez”, dijo como si eso fuera suficiente para encubrir su burla anterior.

 Él se giró lentamente. Sus ojos la recorrieron sin sorpresa, como si ya supiera exactamente qué clase de persona tenía enfrente. “Depende”, respondió con calma. “¿Quién pregunta?” El tono no fue agresivo, pero tenía ese filo que corta más profundo que cualquier insulto. Regina Titubeo no estaba acostumbrada a que la pusieran en su lugar y menos alguien que no calzaba zapatos italianos.

 “Soy Regina Balmaceda. Seguramente me has visto en la portada de alguna revista.” Yo, bueno, pensé que este auto no era tuyo”, dijo bajando un poco la voz mientras miraba el Suzuki como si fuera una especie de virus. Alexis esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, y miró su propio auto con orgullo. “Este auto tiene más kilómetros de esfuerzo que la mayoría de esos autos que ves por aquí, pero entiendo que a algunos les cuesta ver más allá de la pintura.

” Y con esa frase se giró y abrió el maletero, dejando al descubierto algo que a Regina le hizo fruncir el ceño confundida. Dentro del maletero del viejo Vitara había una pila de balones de fútbol, algunos gastados, otros nuevos. Encima de todo, una caja con el logo de una fundación infantil. Regina alzó una ceja sin comprender aún qué estaba viendo.

 ¿Y todo eso? Preguntó con un tono que mezclaba escepticismo y curiosidad. Alexis sacó uno de los balones, lo hizo rebotar en su mano con naturalidad y respondió sin mirarla. Hoy voy a un barrio en La Pintana. Entreno a un grupo de niños cada miércoles. La mayoría no tiene zapatos, pero todos sueñan con una pelota como esta.

 Regina tragó saliva no porque entendiera del todo lo que eso significaba, sino porque nunca habría imaginado a una estrella internacional perdiendo su tiempo con niños de la periferia. Su mundo se regía por exclusividad, eventos privados y cuentas verificadas en Instagram. Todo esto le resultaba ajeno. “Pero tú podrías tener lo que quisieras”, dijo casi como una queja.

 “¿Por qué seguir manejando este montón de fierros?” Alexis soltó una pequeña carcajada, no burlona, sino de esas que salen cuando uno se da cuenta de que el otro simplemente no entiende. Porque lo que yo quiero no está en una vitrina, le contestó mientras cerraba el maletero con firmeza. Regina se quedó en silencio.

 Algo en su interior se removió. No estaba acostumbrada a sentirse ignorante, ni mucho menos a que alguien rechazara la necesidad de aparentar. Entonces, como si la escena no fuera ya lo bastante extraña para ella, Alexis caminó hacia el asiento del conductor, pero antes de subir recibió una llamada que lo hizo fruncir el ceño.

 Miró el celular y su rostro cambió por completo. “Aló, ¿qué pasó?”, dijo Alexis con un tono serio, caminando unos pasos lejos del auto. Regina lo observaba con atención, intentando atar cabos, como si descifrar esa llamada le diera una respuesta que calmara su incomodidad. Alexis apretó la mandíbula escuchando en silencio.

 Al otro lado, una voz desesperada explicaba que uno de los niños que entrenaba, Cristóbal, había sido hospitalizado de urgencia. No tenían recursos, no tenían traslado y su madre estaba sola. “Estoy en camino”, dijo él colgando sin más. Alexis se volvió hacia el auto y alzó la vista. Regina seguía ahí, inmóvil, como si algo invisible la retuviera.

 ¿Todo bien?, preguntó ella, esta vez sin sarcasmo. Alexis dudó un segundo antes de contestar, “No, uno de los chicos está grave. Su mamá no tiene cómo moverlo y el hospital no tiene camas disponibles. Voy a hacer lo posible.” Y justo cuando iba a subir al Vitara, Regina, sorprendiéndose a sí misma, soltó. “¿Puedo llevarte?” Él la miró entre desconfiado y curioso.

 Y tu Macerati no se va a ofender. Tal vez ya era hora de que le diera un buen uso respondió sin saber por qué estaba diciendo lo que decía. Alexis bajó la mirada y pensó por un instante. Está bien, pero nos vamos ya. Regina asintió. En menos de un minuto, ambos subieron a su deportivo de lujo y ella arrancó con fuerza, aún sin saber del todo porque había decidido involucrarse.

 Pero en el camino, mientras Alexis le daba las indicaciones, comenzó a escuchar algo que jamás había escuchado dentro de un Maerati. Una historia, una historia que cambiaría por completo su percepción del hombre que tenía al lado. El rugido del Maerati se fundía con el silencio incómodo que llenaba el auto. Regina manejaba rápido, pero su mente iba aún más acelerada.

 No sabía si era la prisa, el tono de voz de Alexis o esa extraña mezcla de culpa y curiosidad que sentía desde que lo había juzgado sin saber quién era. ¿Quién es ese niño? Preguntó finalmente, rompiendo la tensión. Alexis miraba por la ventana. Su voz, cuando habló fue baja pero firme. Cristóbal, tiene 10 años.

 Su papá los abandonó y su mamá trabaja limpiando oficinas toda la noche. Él juega como si tuviera fuego en los pies, pero el otro día se desmayó en la cancha. Y ahora, ahora no puede respirar bien. Regina tragó saliva. No estaba acostumbrada a escuchar historias así. En su mundo, los niños tenían fiestas temáticas, viajes a Disney y celulares más caros que los de sus propios empleados.

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