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Padres de la alta sociedad rescatan financieramente al hijo tramposo con millones de euros mientras ignoran a su otra hija que no puede pagar el alquiler

Padres de la alta sociedad rescatan financieramente al hijo tramposo con millones de euros mientras ignoran a su otra hija que no puede pagar el alquiler

Parte 1

A Clara Valcárcel la carta del alquiler le llegó un martes, que ya de por sí era una falta de respeto. Los lunes uno espera desgracias, porque el lunes viene con uniforme de desgracia: café frío, metro lleno, impresora sin tinta, gente diciendo “empezamos la semana con energía” como si no fuese una amenaza. Pero un martes, a media mañana, con el sol entrando tímidamente por la ventana de su piso de Lavapiés y una tostada quemándose en la cocina, parecía demasiado cruel.

La carta estaba encima del felpudo, doblada con esa precisión administrativa que tienen las malas noticias. Clara la recogió con dos dedos, como quien levanta una medusa muerta en la playa.

—A ver qué quiere ahora la comunidad —murmuró.

Su compañera de piso, Rocío, apareció desde el pasillo con una mascarilla verde en la cara y una bata de flores que parecía heredada de una tía abuela de Cádiz.

—Si es otra derrama del ascensor, me tiro por las escaleras. Total, como el ascensor no funciona desde 2019, al menos hago uso de las instalaciones.

Clara abrió el sobre.

No era la comunidad.

Era peor.

Su casero, don Eusebio, le recordaba con una cortesía de notario resentido que el pago del alquiler llevaba once días de retraso y que, de no regularizar la situación en un plazo breve, se vería obligado a tomar “las medidas oportunas”.

—Medidas oportunas —leyó Clara en voz alta—. Qué expresión tan bonita. Suena a que te van a mandar flores y en realidad te mandan un burofax.

Rocío se acercó, todavía con la mascarilla verde, y leyó por encima de su hombro.

—¿Cuánto te falta?

Clara tragó saliva.

—Setecientos treinta.

—Bueno, tampoco es tanto.

 

Clara la miró.

—Rocío.

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