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EL SANTO: Se QUITÓ la MÁSCARA… y por ESTO MURIÓ 10 DÍAS DESPUÉS

EL SANTO: Se QUITÓ la MÁSCARA… y por ESTO MURIÓ 10 DÍAS DESPUÉS

Permítame contarle algo que usted ya sabe, pero que quizás nunca ha pensado de esta manera. Usted creció con el santo. No importa si nació en los 40, en los 50, en los 60. Si usted es mexicano y tiene más de 50 años, el santo estuvo en su infancia de una forma u otra, en la televisión del cuarto de su padre, en los cómics que circulaban de mano en mano en la escuela, en las conversaciones de la calle donde alguien decía que había visto una película suya el sábado y todos querían saber cómo había terminado. El santo era parte del

paisaje de México como el Chile, como el mariachi, como la bandera. Estaba ahí, siempre había estado ahí. Y usted nunca lo vio sin máscara. 42 años. 42 años de llenar arenas, de hacer 52 películas, de aparecer en cómics que se vendían por millones, de ser la figura más reconocible de México en el mundo. Y usted nunca supo cómo era su cara.

 Hasta el 26 de enero de 1984. Esa noche, frente a 20 millones de mexicanos que estaban pegados a sus televisores como si fuera el partido más importante del mundo, un hombre de 66 años puso sus manos temblorosas en los bordes de una máscara de plata que había cargado durante cuatro décadas y se la quitó. y México enmudeció.

 No de emoción solamente de algo más difícil de nombrar, de la sensación específica que produce ver a alguien que fue invencible toda tu vida, mostrándote que debajo de la invencibilidad hay un hombre normal con arrugas, con ojos cansados, con la nariz torcida de tanto que le habían pegado. 10 días después, ese hombre estaba muerto. 10 días.

 Eso es lo que vamos a contar hoy, ¿no? El mito. Al hombre. Rodolfo Guzmán Huerta, el de Tulancingo, Hidalgo, el hijo del ferrocarrilero, el que firmó un contrato que él mismo describió décadas después, como haber vendido su rostro, su identidad, su humanidad. Y la pregunta que queda flotando después de conocer la historia completa es la misma que queda flotando en muchas historias de hombres extraordinarios.

¿Valió la pena? Rodolfo creía que sí. Vamos a ver si usted llega a la misma conclusión. Rodolfo Guzmán Huerta nació el 23 de septiembre de 1917 en Tulancingo, Hidalgo. No en la Ciudad de México, que es donde su historia se desarrolló después. en Tulancingo, que es una ciudad de provincia en el estado de Hidalgo, una ciudad donde la gente trabajaba y sobrevivía y donde los sueños grandes tenían que viajar mucho antes de hacerse realidad.

 Su padre era ferrocarrilero, trabajador, hombre de a pie, que se levantaba de madrugada y se iba al trabajo y volvía cansado y hacía lo que tenía que hacer para que los suyos comieran. No había riqueza, había lo suficiente y a veces ni eso. El padre de Rodolfo murió joven y cuando murió dejó a la familia en una situación que Rodolfo describió en la única entrevista donde habló de verdad sobre sus orígenes, como la situación del que tiene que encontrar la manera o quedarse sin opciones.

 No había pensión, no había seguro, había que trabajar. Rodolfo llegó a la Ciudad de México con esa urgencia. Tenía ganas de ser actor, de cine serio, de los que aparecían en los carteles grandes y que la gente reconocía por su nombre, no por un personaje. Quería que alguien supiera que Rodolfo Guzmán existía y que valía la pena verlo.

 Lo que encontró en la Ciudad de México fue diferente a lo que imaginaba. Encontró que para ser actor necesitaba conexiones que no tenía y dinero que no tenía y un apellido que no tenía. encontró que la industria del espectáculo en el México de los años 30 y 40 no estaba esperando a un muchacho de tulancingo sin nada, pero encontró la lucha libre.

 La lucha libre en el México de esa época era algo que usted tiene que imaginar desde la perspectiva de quien no la conoce todavía, no de quien ya sabe lo que es. No era el espectáculo codificado que conocemos hoy. Era algo más crudo, más inmediato, más vivo. Era el entretenimiento de los que no podían pagarse el teatro ni el cine frecuentemente.

 Era el drama en vivo, El bien contra el mal, El héroe y el villano. En un cuadrilátero donde la gente podía gritar lo que la vida cotidiana no le dejaba gritar. Rodolfo empezó a entrenar con un luchador llamado Ciclón Veloz. El entrenamiento era duro de la manera en que son duras las cosas, cuando no hay recursos para hacerlas de otra manera, sin instalaciones modernas, sin equipos, solo el trabajo y los golpes y aprender aguantando. Y Rodolfo aguantaba.

 Eso era lo que tenía. No era el más grande, ni el más fuerte, ni el más técnico, pero aguantaba. Y cuando alguien aguanta y sigue viniendo, eventualmente llega a algún lado. Llegó a 1942. Tenía 25 años. Llevaba siete luchando con el nombre de Rudy Guzmán en arenas pequeñas, ganando 20 pesos por función, siendo correcto, pero no especial, siendo exactamente el tipo de luchador que la gente ve y no recuerda.

 Y entonces llegó Salvador Luterot. Salvador Luterot era el hombre que controlaba la lucha libre mexicana de una manera que hoy llamaríamos monopolio. Era el dueño de la empresa mexicana de lucha libre. Era el que decidía quién luchaba en la Arena México, que era el escenario más importante, y quién no era el que hacía o deshacía carreras con una llamada telefónica.

 Lutero lo citó en su oficina. escritorio de madera oscura, humo de cigarro. La atmósfera del hombre que sabe que tiene poder y que no necesita demostrarlo porque todos a su alrededor ya lo saben. Le dijo, “Usted es bueno, Rodolfo, pero la gente no lo recuerda.” ¿Sabe por qué? “Porque le ven la cara. Son normal.

 La gente no paga por ver gente normal.” Y sacó una máscara de plata auténtica, con un peso específico que Rodolfo describió décadas después. como el peso de algo que ya sabía desde el primer momento que iba a cargarlo mucho tiempo. El trato era simple en los términos de Luterovoz. La máscara lo iba a hacer rico, lo iba a hacer leyenda, pero tenía un precio.

Nunca se la podía quitar en público, en privado, en su casa, 24 horas. Era el santo o no era nadie. Y si algún día se la quitaba públicamente, perdía todo. El nombre, los derechos, el dinero, todo volvía a la empresa. Rodolfo agarró la máscara, le preguntó, “¿Y si no acepto?” Luteroz respondió con la tranquilidad del que sabe que la respuesta ya está tomada.

 Sigue siendo Rudy Guzmán y en 5 años nadie recuerda su nombre. Rodolfo pensó en su padre, enterrado en fosa común, olvidado, sin que nadie supiera que había existido. Firmó. Punto. El 26 de septiembre de 1942 en la Arena México. Debutó el Santo, el Enmascarado de Plata. Esa noche, en su cuarto, Rodolfo Guzmán se quitó la máscara por última vez y se miró en el espejo.

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