Posted in

Cena de lujo en Sevilla termina en caos al descubrirse que los padres vaciaron sus cuentas para comprarle una villa al hijo más egoísta

Cena de lujo en Sevilla termina en caos al descubrirse que los padres vaciaron sus cuentas para comprarle una villa al hijo más egoísta

PARTE 1

A las nueve menos cuarto de la noche, Sevilla tenía ese brillo dorado que parece puesto por un técnico de iluminación con ganas de lucirse. Las fachadas del centro respiraban calor acumulado, los naranjos parecían colocados a propósito para que la gente dijera “qué bonita es esta ciudad, por Dios”, y en la puerta del restaurante Azahar de Triana una familia entera intentaba aparentar que aquella cena era una celebración normal.

No lo era.

Pero eso todavía no lo sabía todo el mundo.

El restaurante era de esos en los que el camarero no te pregunta si quieres agua, sino si prefieres “mineral natural de manantial” o “filtrada con gasificación ligera”. En la entrada había una lámpara enorme, redonda, moderna, que parecía una luna de diseño, y una señora con vestido negro recibía a los clientes con una sonrisa tan profesional que podría venderte una hipoteca sin mover una ceja.

La primera en llegar fue Marta Benítez, la hija mayor. Treinta y nueve años, abogada, puntual incluso cuando no quería serlo, y con la clase de cara que pone alguien que ha pasado demasiadas tardes arreglando problemas familiares mientras otros decían “ya lo vemos mañana”. Llevaba un vestido verde oscuro, sencillo, elegante, y el pelo recogido. No era una persona de montar escenas. Precisamente por eso, cuando las montaba, la gente se quedaba callada.

Miró la reserva.

“Benítez Robles. Ocho personas.”

La recepcionista buscó en la tablet.

“Sí, mesa privada al fondo. Su familia ya ha pedido que preparásemos el vino.”

Marta arqueó una ceja.

“Mi familia pide antes de sentarse. Qué sorpresa.”

La recepcionista sonrió sin saber si aquello era broma o amenaza.

A Marta la condujeron hasta un reservado con paredes de madera clara, cuadros abstractos y una cristalera desde la que se veía parte del río. La mesa estaba puesta con copas finísimas, platos de cerámica artesanal y servilletas dobladas como si fueran cisnes de clase alta.

En la esquina, su hermano Álvaro ya estaba sentado.

Naturalmente.

 

Álvaro siempre llegaba pronto cuando había comida gratis.

Tenía treinta y cuatro años, camisa blanca abierta un botón de más, reloj grande, pelo perfectamente peinado hacia atrás y esa confianza blanda de quien nunca ha cargado con una consecuencia más de veinte minutos. Estaba haciéndose un selfi con una copa de vino.

Read More