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El Diluvio en las Rías Baixas (Primera Parte)

El olor a sal, fango y sangre vieja fue lo primero que invadió los sentidos de Mateo. El agua no caía del cielo; el cielo mismo se había desplomado sobre las Rías Baixas. Galicia, tierra de leyendas, de brumas espesas y secretos enterrados, estaba siendo devorada viva por el Atlántico. La tormenta del siglo había transformado la ría de Arousa en un leviatán rugiente que engullía carreteras, puentes y vidas con una voracidad espeluznante. Pero allí, en el vientre de piedra del Pazo de Valderas, una mansión colonial abandonada al borde de un acantilado, el verdadero terror no era el agua que subía. Era lo que el agua estaba desenterrando.

Mateo golpeó la pesada puerta de roble con el hacha, sus músculos ardiendo por el esfuerzo, el agua helada cubriéndole ya por encima de las rodillas. La madera, podrida por siglos de humedad gallega, cedió con un crujido sordo. Del otro lado de la habitación inundada, una mujer a la que apenas conocía, a la que había sacado de su coche volcado en la carretera costera apenas una hora antes, gritaba su nombre.

—¡Mateo, la pared! ¡Por el amor de Dios, mira la pared! —chilló Lucía, su voz quebrando el estruendo de los truenos que hacían vibrar los cimientos de la casa.

Mateo se giró, alzando la linterna parpadeante. El haz de luz cortó la oscuridad del vestíbulo inundado y lo que iluminó le heló la sangre más que el temporal. La fuerza del agua había derrumbado el revestimiento de piedra de la pared norte. De la herida abierta en la mampostería no brotaba solo lodo, sino huesos. Decenas de ellos. Y anclado en el centro del hueco, sostenido por cadenas oxidadas, colgaba un esqueleto humano incompleto. El cráneo, grotescamente ladeado, tenía un clavo de hierro negro forjado a mano, de al menos veinte centímetros, atravesado directamente en el centro de la frente.

Pero el shock que paralizó a Mateo no fue el macabro descubrimiento arqueológico. Fue el destello que cruzó su mente al ver ese clavo. Un dolor fantasma, agudo y cegador, le atravesó el cráneo exactamente en el mismo lugar. Cayó de rodillas en el agua turbia, llevándose las manos a la cabeza, ahogando un grito.

—¡Mateo! —Lucía se abrió paso a través de la corriente interna que inundaba la planta baja. Sus ropas estaban empapadas, su cabello oscuro pegado a su rostro pálido. Lo agarró por los hombros, sus manos temblando de frío y terror—. ¡Tenemos que subir! ¡El agua está subiendo muy rápido, nos vamos a ahogar aquí abajo con… con eso!

Él parpadeó, la visión borrosa. Por un microsegundo, al mirar el rostro aterrorizado de Lucía a la luz de los relámpagos, no vio a la extraña que había rescatado de la tormenta. Vio a una mujer vestida con encajes del siglo XIX, con el rostro salpicado de sangre fresca, sosteniendo un martillo ensangrentado y llorando con una mezcla de furia y desesperación insondable.

—Isabel… —susurró Mateo, sin saber por qué ese nombre brotaba de sus labios.

Lucía se detuvo en seco, el pánico en sus ojos siendo reemplazado por una confusión genuina y una sombra de algo mucho más oscuro. —¿Cómo me has llamado? —preguntó ella, su voz apenas un susurro audible bajo el rugido de la tormenta. Su verdadero nombre era Lucía, pero al escuchar “Isabel”, una punzada de culpa nauseabunda le retorció el estómago, una culpa antigua y pesada que no le pertenecía.

—No… no lo sé —balbuceó Mateo, sacudiendo la cabeza y recuperando la cordura—. No importa. Tienes razón. Al piso de arriba. ¡Ahora!

La realidad del presente se impuso a las alucinaciones. El agua rugió, rompiendo una de las ventanas del salón principal. Un torrente de agua salada, ramas y escombros irrumpió en la casa. Mateo agarró la mano de Lucía. El contacto de su piel fría envió una descarga eléctrica por el brazo de Mateo, una familiaridad tan íntima y profunda que resultaba aterradora. Tiró de ella hacia la gran escalera de mármol del pazo.

El agua subía escalón por escalón detrás de ellos, como un depredador acechando a su presa. Alcanzaron la segunda planta justo cuando un tronco macizo, arrastrado por la inundación, se estrelló contra los pilares de la planta baja, haciendo temblar toda la estructura. La casa gimió, quejándose como una bestia herida.

Arriba, el pasillo estaba sumido en la oscuridad total. El pazo, deshabitado durante décadas según decían los lugareños en el pueblo cercano de Cambados, conservaba un aire señorial y opresivo. Alfombras apolilladas, retratos cubiertos de sábanas grises y el penetrante olor a polvo y tiempo detenido.

Mateo empujó la primera puerta sólida que encontró. Era la antigua biblioteca. Había una gran chimenea de piedra, estanterías repletas de libros arruinados por la humedad y un gran sofá de cuero agrietado. Empujaron un pesado escritorio de caoba contra la puerta, como si así pudieran mantener afuera no solo el agua, sino la locura de lo que acababan de ver en el piso de abajo.

Agotados, empapados y tiritando incontrolablemente, ambos se dejaron caer al suelo. El sonido de la lluvia golpeando los ventanales era ensordecedor. Fuera, el mundo entero parecía haber desaparecido bajo el manto negro de la tormenta perfecta. Las comunicaciones habían caído horas atrás. No había señal de móvil, ni luz eléctrica, ni forma humana de cruzar la carretera inundada para buscar ayuda. Estaban atrapados.

Comenzaba el primer día.


Día 1: Los Ecos del Encierro

El amanecer no trajo luz, solo una transición del negro absoluto a un gris plomizo y enfermizo. La tormenta no había amainado; al contrario, parecía haber cobrado un ritmo monótono y destructivo. Mateo despertó sobresaltado. Había dormido apenas unas horas en el suelo, envuelto en unas viejas cortinas de terciopelo que había arrancado de las ventanas para intentar conservar el calor corporal.

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