La imagen que engañó al mundo
Pasadena, California. 17 de julio de 1994. Final de la Copa del Mundo. El calor sofocante del verano estadounidense envuelve el estadio Rose Bowl mientras el mejor jugador del planeta camina hacia el punto de penalti. Toma aire, chuta y el balón vuela inexplicablemente tres metros por encima del larguero. Brasil se corona campeón del mundo, y Roberto Baggio se queda completamente solo. Inmóvil, cabizbajo, con las manos en la cintura y el silencio ensordecedor de un sueño roto cayendo sobre sus hombros. Esa fotografía dio la vuelta al mundo y se grabó en la memoria colectiva. Sin embargo, lo que casi nadie sabe es el infierno absoluto que este hombre tuvo que sobrevivir para siquiera llegar a pararse en ese punto de penalti. Esta es la crónica de una de las historias más injustas, dolorosas y hermosas del fútbol mundial.

Un niño prodigio y la tragedia que lo cambió todo
Para entender a Roberto Baggio, hay que viajar al norte de Italia, al profundo y silencioso pueblo de Caldogno en 1967. Fue el sexto de ocho hermanos en una casa humilde donde, para destacar, tenías que hacer algo extraordinario. Y Roberto lo hizo con un balón en los pies. A los 11 años, en las calles empedradas de su barrio, ya lograba hazañas imposibles, llegando a marcar seis goles en un solo partido. Esa magia pura llegó a oídos del Vicenza, que lo fichó por una cifra ridícula: 500,000 liras (menos de 300 libras actuales).
Su talento no conocía límites. Con 15 años debutó en el primer equipo y a los 17 ya era el ídolo absoluto del Vicenza, liderando al club al ascenso con 12 goles en 29 partidos. Los clubes gigantes de Italia se peleaban por él, y la Fiorentina logró cerrar su fichaje. Pero el 5 de mayo de 1985, el destino le preparó la primera y más cruel de sus trampas. En el último partido de la temporada contra el Rimini, al intentar continuar una jugada, su pierna derecha se atascó en el césped y se dobló hacia atrás de una manera escalofriante. Ligamento cruzado anterior, cápsula y menisco destruidos. Tenía 18 años, toda una vida por delante, y los médicos le dieron una sentencia brutal: tal vez nunca volvería a jugar al fútbol.
El refugio en el budismo y el nacimiento de una leyenda
La Fiorentina, en un gesto insólito en el deporte moderno, mantuvo el traspaso y pagó toda su compleja cirugía en Francia. El Dr. Bousquet tuvo que reconstruirle la rodilla usando 220 puntos de sutura internos. Lo que siguió fue una pesadilla en vida. Baggio perdió 12 kilos. No comía, no dormía, no vivía. El dolor físico era tan desgarrador que el propio Roberto confesó en su autobiografía el momento más oscuro de su existencia: “Me sentía tan mal que una vez le dije a mi madre que si me quería, me matara. Era un tormento las 24 horas del día”.
Meses después, tras una recaída y una segunda cirugía igual de grave, Baggio estaba sumido en la más profunda depresión. Fue entonces cuando un amigo le presentó el budismo. Entre libros, filosofía y meditación, el joven prodigio encontró un salvavidas emocional. Halló la paz interior que el deporte le había arrebatado. Así nació “Il Divin Codino” (El Divino Coleta), no bajo las luces de un gran estadio, sino en el rincón silencioso de una habitación, con el cuerpo roto y el alma buscando desesperadamente un motivo para seguir viviendo.
Amor, traición y el fuego en Florencia
Contrario a todos los pronósticos médicos, Roberto Baggio volvió. Y no solo volvió, sino que explotó. En la temporada 1989-1990, anotó 17 goles y llevó a una Fiorentina al borde de la quiebra financiera hasta la final de la Copa de la UEFA. Irónicamente, el rival en esa final era la Juventus de Turín. Lo que nadie en Florencia sabía era que la directiva ya había vendido a su ídolo en secreto precisamente a la Juventus.
Baggio jugó esa final con el corazón roto, sabiendo que estaba regalando sus últimos toques al club que lo cuidó cuando estaba lisiado. La Fiorentina perdió la final, y esa misma noche se anunció el traspaso por radio. La ciudad de Florencia ardió literalmente en llamas. Hubo disturbios masivos durante tres días, enfrentamientos con los antidisturbios y 50 heridos en las calles. Un Baggio devastado tuvo que salir ante las cámaras a confesar: “Me han forzado a aceptar el traspaso. No me han dado otra alternativa”.
El rey del mundo contra el sistema
Su llegada a la Juventus marcó el inicio de una lucha constante contra la rigidez del fútbol italiano de la época. Allí se encontró con Giovanni Trapattoni, un entrenador metódico y obsesionado con la táctica defensiva que no toleraba la libertad instintiva de Baggio. Lo marginaba, lo sustituía y le exigía tareas defensivas que anulaban su magia. Lo mismo ocurrió en el Mundial de Italia 1990, donde el seleccionador Azeglio Vicini lo dejó en el banquillo. Cuando finalmente le dio minutos ante Checoslovaquia, Baggio anotó uno de los goles más espectaculares en la historia de los mundiales, driblando a cuatro defensores. Aún así, fue relegado a la suplencia en las dolorosas semifinales contra Argentina.

A pesar del desprecio de sus entrenadores, el talento de Roberto era tan abrumador que no se podía ocultar. En 1993, anotó 39 goles, ganó la Copa de la UEFA y el mundo entero se rindió a sus pies: fue coronado con el Balón de Oro y el premio FIFA World Player con una puntuación casi perfecta. Era el rey absoluto del planeta fútbol, reconocido por todos, excepto por quienes lo dirigían.
Estados Unidos 1994: El héroe solitario y la pesadilla de Pasadena
Llegó el Mundial de 1994 y la selección italiana pendía de un hilo. Estaban a punto de ser eliminados en octavos de final por Nigeria hasta que Baggio apareció en el minuto 88 para forzar la prórroga y luego marcar el gol de la victoria. Fue el inicio de una exhibición sobrehumana. Hizo el gol de la victoria contra España en cuartos de final y anotó dos más contra Bulgaria en semifinales. Él solo, arrastrando sus doloridas rodillas, llevó a Italia a la final.
Antes del temido penalti contra Brasil, Baggio había marcado 71 de 79 penaltis en su carrera. Era el lanzador más infalible de Italia. Pero en el calor asfixiante de Pasadena, el balón se fue alto. “No sé cómo”, relató años después. No falló por cobardía ni por presión, falló porque el fútbol a veces es así de cruel. Ese único disparo le costó el campeonato, le arrebató su segundo Balón de Oro consecutivo (que fue para Hristo Stoichkov) y lo condenó a diez años de sudores fríos y pesadillas nocturnas.
Resurrección, humillación y el último baile del genio