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¡Mi pareja me exige el divorcio en pleno aniversario para irse a vivir inmediatamente con mi compañera de piso en Valencia!

¡Mi pareja me exige el divorcio en pleno aniversario para irse a vivir inmediatamente con mi compañera de piso en Valencia!

Parte 1

Aquel jueves de junio Valencia estaba haciendo lo que mejor sabía hacer en junio: fingir que todavía era primavera mientras te cocía lentamente por dentro como una croqueta olvidada en la freidora. A las siete y media de la tarde, el sol seguía ahí, plantado sobre los tejados de Ruzafa, con una soberbia que ni mi suegra el día que descubrió que yo compraba gazpacho envasado.

Yo llevaba dos horas preparando la cena de aniversario.

Dos horas.

Que se dice pronto, pero dos horas en mi cocina, con el horno encendido, eran prácticamente una prueba de supervivencia homologada por la Generalitat. Me había recogido el pelo con una pinza, tenía el maquillaje a medio derretir y había cambiado tres veces la música porque ninguna lista de reproducción parecía adecuada para celebrar siete años de matrimonio con Álvaro.

Al principio puse jazz suave, pero me hizo sentir como si estuviéramos en una consulta de dentista elegante. Luego puse boleros, pero me dio la sensación de que alguien iba a llorar antes del postre. Finalmente dejé una lista llamada “Cena romántica mediterránea”, que básicamente era guitarra española, un saxofón perdido y una voz de fondo diciendo “na-na-na” con mucha dignidad.

La mesa estaba preciosa. Eso sí que hay que decirlo.

Mantel blanco, dos copas buenas, las que solo usábamos cuando venía alguien con posibilidades de juzgarnos. Velas color crema, flores compradas en el Mercado Central, una tarta pequeña de almendra y naranja, y un plato de croquetas caseras que había hecho con tanta ilusión que, si alguien me las hubiera criticado, habría tenido que llamar a emergencias.

También había comprado vino. Uno bueno. No de esos que eliges porque la etiqueta tiene un dibujo bonito, sino de los que te hacen mirar el precio dos veces y luego decirte: “Bueno, es una vez al año, Marta, no seas rata”.

—¿Marta? —gritó Nuria desde el pasillo.

Nuria era mi compañera de piso. Bueno, nuestra compañera de piso. Aunque decirlo así hacía que sonara como una solución adulta y práctica, cuando en realidad había sido una idea que empezó con “solo será unos meses” y llevaba ya casi año y medio instalada en casa como una planta de interior con cuenta de Netflix.

Apareció en la puerta de la cocina con un vestido verde ajustado, el pelo recién peinado y unos pendientes dorados que yo no le había visto nunca.

—¿Qué tal estoy? —preguntó, dando una vueltecita.

La miré de arriba abajo. No porque fuera mala persona, sino porque cuando alguien entra en tu cocina un jueves cualquiera vestido como si fuera a recoger un Goya, el ojo humano investiga.

—Muy bien —dije—. ¿Tienes cita?

Nuria sonrió sin abrir mucho la boca.

—Algo así.

—Ah.

Seguí colocando unas aceitunas en un cuenco. Ella se apoyó en el marco de la puerta.

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