Posted in

Javier Solís No Murió por un Vaso de Agua. Quien lo Mató Desapareció esa Misma Noche.

Te contaron que Javier Solís murió por un vaso de agua, que después de la operación bebió lo que no debía y el corazón no aguantó. Esa historia lleva 58 años repitiéndose y es mentira porque a Javier Solís le habían prometido que en tres días se iba a casa. La operación había salido bien, todo estaba en orden.

Pero a las 5:25 de la madrugada algo pasó en la habitación 406 del Hospital Santa Elena. Dijo, “Ay, Dios mío.” Dio un suspiro largo y su corazón se detuvo. Tenía 34 años. Su esposa llegó al hospital pidiendo respuestas. Pidió el expediente médico. Le dijeron que ya no existía. Y cuando buscaron al médico que lo operó, también había desaparecido.

Y cuando entiendas por qué borraron ese expediente, vas a entender que lo que trataban de ocultar era mucho más grave que la muerte de un cantante. Pero para entender quién lo mató y por qué lo dejaron escapar, primero hay que saber algo que casi nadie sabe. Javier Solís no existía.

Ese nombre no aparece en ningún acta de nacimiento, no aparece en ningún registro civil, no aparece en ningún documento oficial del gobierno de México. El hombre que toda Latinoamérica adoraba, el que llenaba teatros, el que vendía millones de discos, el que hacía llorar a medio continente con su voz, era un personaje inventado. Su nombre real era Gabriel Siria Alevario.

Y la historia de Gabriel es mucho más oscura que cualquier bolero que Javier haya cantado. Pero antes de contarla, necesitas saber qué te espera en este vídeo. Existe un acta de matrimonio donde el nombre del novio no coincide con ningún registro civil de México. un documento que demuestra que Javier Solís vivió toda su vida adulta mintiendo sobre quién era.

Vamos a llegar a ese acta. Un día antes de morir, un médico entró a la habitación de Javier y lo que escuchó de su boca cambia por completo la versión oficial de esa muerte. Vamos a llegar a eso. También hay una mujer en esta historia que pagó el precio más alto que puede pagar un ser humano.

Lo hizo exactamente un año después de la muerte de Javier. Y la forma en que lo hizo va a helarte la sangre. Te voy a avisar cuando lleguemos. Y hay algo más. El hospital donde murió Javier Solís sigue abierto. Hoy tiene otro nombre. Pero el expediente médico que desapareció esa noche sigue sin aparecer. Y cuando entiendas por qué lo hicieron desaparecer, vas a entender quién le abrió la puerta a Francisco Zubiria para que se fuera sin rendir cuentas. Nadie supo quién era de verdad.

Gabriel nació el 1 de septiembre de 1931 en la calle Simón Bolívar número 165 en la ciudad de México. Su padre, Francisco Siria Mora, era panadero. Su madre, Juan Alevario Plata, vendía cosas en un mercado público. Eran pobres, no pobres como una historia triste que se cuenta para dar pena.

pobres de verdad de los que cuentan las tortillas. El padre se fue como se iban tantos padres en esa época, sin aviso, sin explicación, sin mirar atrás. Juana se quedó sola con tres hijos y un puesto en el mercado que apenas daba para comer. Y en algún momento de abril de 1932, cuando Gabriel tenía 8 meses de vida, Juana tomó una decisión que marcaría todo lo que vino después.

Lo llevó a casa de su hermano Valentín y de su cuñada Ángela y lo dejó ahí. No volvió a buscarlo y Gabriel creció creyendo que sus tíos eran sus padres. Valentín Levario y Ángela López lo criaron como si fuera suyo. Y hay que decir esto, lo hicieron bien. Valentín fue el padre que Francisco Siria nunca fue.

Lo alimentó, lo vistió, lo llevó a la escuela, le dio lo poco que tenía. En un país donde miles de niños crecían en la calle sin que nadie los mirara, Gabriel tuvo un techo, tuvo comida, tuvo alguien que lo esperaba en la noche, pero a veces la sangre sabe cosas que nadie le dice. Y Gabriel siempre sintió que algo no encajaba, que había un hueco en algún lugar que no podía nombrar, algo en la forma en que los vecinos lo miraban, algo en las conversaciones que se callaban cuando él entraba a la habitación.

Algo en la diferencia entre cómo lo trataba Valentín y cómo lo trataba el mundo afuera de esa casa. No sabemos cuándo se enteró de la verdad. No sabemos si alguien se lo dijo directamente o si lo fue entendiendo de a poco como se entienden las cosas que duelen, no de golpe, sino gota a gota, hasta que un día te despiertas y ya lo sabes todo sin que nadie te haya dicho nada.

Lo que sí sabemos es lo que hizo con ese dolor. Lo guardó, lo enterró tan hondo que nadie pudiera verlo y construyó encima una personalidad que cambiaba según quién estuviera enfrente. Con unos era una persona, con otros era otra, con el público sería otra más. Porque si tu propia madre no te quiso como eras, para qué ser tú mismo con nadie.

Piensa en eso un momento. Un niño que crece sin saber que su madre lo entregó. Un niño que llama mamá a quien no lo parió y papá a quien no lo engendró. Un niño que no sabe que fue abandonado, pero que siente el abandono en cada rincón de su vida sin poder explicarlo. Ese niño va a pasar el resto de su vida buscando algo que no sabe cómo se llama y lo va a buscar en el lugar equivocado.

Cada vez Gabriel dejó la escuela en quinto de primaria, no porque no quisiera estudiar, porque no podía. Necesitaba trabajar. A los 11 años ya estaba en la calle, ganándose la vida como podía. Fue panadero como el padre que nunca conoció. Se levantaba antes del amanecer para amasar pan con las manos agrietadas de frío en una panadería de tacubaya, donde el olor a harina se mezclaba con el de la leña.

Después fue carnicero en una carnicería llamada La Providencia en la colonia Condesa, manos de niño manejando cuchillos de adulto. Cargó bultos, limpió pisos, vendió lo que pudo en la calle. Ebo todo lo que hace un niño pobre en la ciudad de México de los años 40 cuando la ciudad no lo está mirando.

Y la ciudad nunca lo miraba porque en Tacubaya había miles de Gabrieles, miles de niños sin padre que cargaban el peso de un hogar roto antes de saber leer bien. Miles de niños que entendían que la infancia era un lujo que no les tocó. Pero Gabriel tenía algo que los otros no tenían. Por las noches cantaba, cantaba en la calle, cantaba en los mercados, cantaba en la plaza Garibaldi con mariachis que le dejaban acompañarlos a cambio de nada.

se presentó como parte del dúo Guadalajara primero y después con el trío Flamingo que luego se llamó Trío México. Grupos pequeños sin contrato, sin disco, sin futuro. Claro. Tocaban donde les dieran espacio y cobraban lo que les quisieran pagar. Pero la voz de Gabriel era algo que no se podía ignorar. No era solo una voz bonita.

Read More